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¿Y si él es más bajito que tú?

En ocasiones me considero torpe, inapropiada, brusca, poco ortodoxa o políticamente incorrecta… pero nunca me había considerado una persona prejuiciosa. Con amigos de diversas orientaciones sexuales, de diferentes creencias y distintas procedencias pensaba que era una persona de mente abierta.

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¿Qué es lo que tiene que tener imprescindiblemente un hombre para que me fije en él? En lo que concierne a su personalidad, nada concreto, pero sí había una cosa que debía cumplir, más de 173 cm de altura. Es decir, todo aquel que fuera más bajito que yo era descartado directamente. Sin vaselina ni nada.

Cuando la conversación daba pie (o sino, lo metía entre líneas) lanzaba la pregunta: “Oye, ¿pero tú cuánto mides? Que en las fotos pareces muy alto”. Si la respuesta no pasaba “la criba” ya podía ser el chico más simpático del mundo que no cambiaba de idea. Hay que ser superficial, ¿eh? (Sé que en estos momentos os caigo muy mal).

Cuento esto medio avergonzada medio arrepentida de toda la gente especial a la que he podido “descartar” por este motivo. Creo que el tema de la altura es algo que hemos heredado de nuestras antecesoras, ya que la mayoría de las mujeres relacionamos los hombres altos con seguridad. Lo cual podía tener una justificación hace millones de años, cuando corrías el riesgo de que un animal salvaje te atacara (algo un poco más difícil en 2016) y necesitabas que defendieran a tus crías. Pero, a la hora de la verdad, he estado con chicos altos que no tenían “ni media ostia” así como tengo amigos más bajitos que, como les pilles de malas, te echan abajo una puerta.

“Es que si me pongo tacones no quedamos bien juntos” era otra de mis excusas. Si me quiero poner tacones me los voy a poner igual, porque en primer lugar, visto como quiero y no por los demás y, en segundo lugar, que yo sea más alta que mi acompañante no significa que quede mal. Hay hombres fantásticos con los que me he reído como en mi vida, con los que he encontrado cosas en común y además me han llegado a atraer físicamente. He caminado por primera vez siendo yo la que llevaba el brazo por encima de sus hombros y no han disminuido mis ganas de llevarle a la cama, otro de mis grandes miedos cuando de pensar en bajitos se trataba.

Lo que no sabía era que la cama no entiende de centímetros (o quizás sí, pero no precisamente de la altura), entiende de pieles, de feromonas, de química… y sobre todo que, cuando hablamos de placer, las barreras están en la cabeza de uno mismo y no en quién nos encontramos bajo las sábanas.

Así que si eres de esas o de esos (de esas que era yo hace un tiempo) déjate de tonterías y céntrate un poquito más en la persona que tienes delante, que más alta, baja, gorda o delgada, si te hace feliz, lo tiene todo. Y pobres de los que no sepan verlo.