BLOGS
Mara viste y calza Mara viste y calza

“Algunas personas
sueñan con piscinas,
yo sueño con armarios”.
Audrey Hepburn

Resiliencia. Capítulo 19: La guarida del lobo

Cuando dos personas se encuentran pueden pasar varias cosas: todo o nada.

Y después está esta historia.

Capítulo 1: Dos semanas antes de la colisión
Capítulo 2: Una semana antes de la colisión
Capítulo 3: Un día antes de la colisión
Capítulo 4: Seis horas antes de la colisión
Capítulo 5: Colisión
Capítulo 6: 30 segundos después de la colisión
Capítulo 7: No solo los aviones vuelan
Capítulo 8: Cuesta abajo y sin frenos
Capítulo 9: Todo contigo
Capítulo 10: Lo que te mereces
Capítulo 11: No deberían hacerte llorar
Capítulo 12: Jugando las cartas
Capítulo 13: Hacer sangre
Capítulo 14: Madrid me mata
Capítulo 15: Tú tienes la culpa
Capítulo 16: Hemos terminado
Capítulo 17: No me gusta para ti
Capítulo 18: Yo jamás te haría daño

Capítulo 19: La guarida del lobo

Andrés dedicó todo el fin de semana a cuidarla. No la dejaba sola ni un minuto y Mia empezó a sentirse agobiada. Quería volver a su casa, pero Andrés insistía en que aparecer con un moratón en la frente haría pensar mal a cualquiera. “Y tú no quieres que tus padres piensen cosas que no han pasado, ¿verdad?”.

Trató de llamar a su amiga varias veces, pero Inés no cogía nunca el teléfono. Era como si, desde el plantón que le dio en la facultad, no quisiera saber más de ella. Andrés apareció por la puerta de la habitación con una bandeja llena de platos justo cuando Mia soltaba el teléfono.

-¿A quién estabas llamando?

-A Inés. Llevo sin hablar con ella desde el viernes y quería saber cómo estaba.

-¿Estás segura de que no estabas llamando a tus padres?- Mia le miró con sorpresa.

-¿Y por qué iba a llamarles?

-No lo sé- dijo Andrés mientras empezaba a cortar en trozos el filete que había hecho para su novia. Mia se incorporó y cogió los cubiertos que le ofreció el chico.- ¿Estás a gusto aquí?

-Claro. Me estás cuidando un montón.

-Podrías quedarte toda la semana. No tienes más clases y Raúl aún va a tardar en volver. Incluso puedo acercarte al trabajo en su moto.

Mia, sin dejar de comer, clavó la vista en el plato. Su cabeza aún se encontraba confusa respecto a lo que había sucedido el día anterior. Por un lado recordaba claramente a Andrés encima suyo teniéndola completamente inmovilizada. Podía incluso sentir la mano de su novio en el cuello. En una de sus visitas al baño había encontrado la marca rosada que habían dejado los dedos del chico debajo de la mandíbula. No, tenía claro que Andrés no quería que saliera de su casa hasta que las marcas desaparecieran y sabía que por muy insistente que se pusiera, a no ser que fuera por la fuerza, no iba a conseguir irse.

Los momentos siguientes se proyectaban borrosos en su cabeza. Recordaba estar a ras de suelo pero no cómo había llegado hasta ahí. El cariño y los cuidados de Andrés sin que el chico hubiera mencionado en ningún momento nada de las fotografías le hacían sospechar. No se encontraba con fuerzas como para tener un enfrentamiento, por lo que aceptó sin protestar.

-Claro… Me parece genial.

El chico se puso en pie y tras coger su cartera, salió de la habitación.

-Voy a comprarte un cepillo de dientes- dijo poco antes de cerrar la puerta del piso con llave tras él.

Mia miró a su alrededor. Andrés se había llevado su móvil. Se levantó aún algo mareada buscando infructuosamente por el piso algún teléfono. Después de revisar las paredes en busca del cable de línea se dio por vencida y volvió a la habitación de Andrés. Estaba encerrada e incomunicada, y, por primera vez en toda su vida, se sintió totalmente sola.

Cuando Andrés volvió, Mia estaba mucho más espabilada. El chico dejó una serie de productos en la cocina, desde un cepillo de dientes a varios paquetes de compresas, y comenzó a recoger los platos en los que había servido la comida. La chica se acercó a él con pies de plomo

-Andrés, lo he estado pensando y sí que preferiría irme a casa – el chico enjabonaba los platos sin mirarla-. Quiero estar también con mi familia, echo a mis hermanas de menos.- Andrés seguía sin desviar la vista del fregadero. Mia no sabía qué más decirle, odiaba la sensación de tener que darle explicaciones para que su opinión se tuviera en cuenta.

-No sé, Andrés… No le veo mucho sentido a estar aquí sola por las mañanas mientras tú estás trabajando. Podría quedarme algún día a dormir pero preferiría poder estar en casa o haciendo cosas.- El chico saltó como un resorte.

-¿Cómo puedes ser tan desagradecida? ¿Te tengo como a una reina y quieres marcharte? De verdad que no te entiendo, Mia… En ocasiones como esta pareces un monstruo.- La chica le miró dolida.

-No soy ningún monstruo Andrés, solo quiero poder tener algo de tiempo para mí.

-¿Y aquí no lo tienes? ¿Qué hay en tu casa que no puedas hacer aquí? ¿O es que quieres estar lejos de mí?- Andrés soltó de golpe los cubiertos que estaba aclarando a excepción de un cuchillo.

Mia se encogió. Aquello era como el trueno que anunciaba la lejana tormenta y, si bien no estaba segura de cómo podría acabar, tenía la ligera sospecha.

-Andrés, por favor, ¿puedes soltar el cuchillo y hablamos de esto en el salón?-El chico se giró hacia ella mirándola fijamente sin pestañear apuntándola con el cuchillo. Mia trató de mantener el tipo.

-¿Te doy miedo, Mia? ¿Es eso?-susurró Andrés serenamente mientras a Mia se le ponía la piel de gallina.

La chica contuvo un grito de terror cuando vio a Andrés acercarse a ella andando lentamente.

-¿Te quieres ir porque te asusto?- la voz del chico era mecánica, casi inhumana.

Mia empezó a retroceder hasta la pared. El chico llegó hasta ella y deslizó la punta del cuchillo por su mano recorriendo su brazo. El metal subió por su hombro en una caricia fría y bordeó su cuello. Andrés siguió con los labios el camino que había seguido el cuchillo hasta llega a su oreja. Una parte de ella se veía protagonizando los titulares de las noticias del día siguiente.

-Te quiero- dijo él mientras le bajaba los pantalones. Mia incapaz de moverse, se quedó muda en el sitio. Cuando Andrés se los quitó la mandó a la habitación. La chica entró con la cabeza totalmente embotada.

Sin pensar en nada, de manera automática, recogió su mochila, las pocas pertenencias que había dejado en casa de Andrés y volvió a la cocina. El chico, que ya había soltado el cuchillo, terminaba de enjuagar los últimos cacharros cuando vio aparecer a Mia.

-Te he dicho que me esperes en la habitación, Caramelo.

-Me voy-dijo ella mientras recogía el pantalón del suelo. Andrés se volvió riendo.

-¿Qué?

-Me marcho, Andrés. Y esta vez para siempre.

El chico, viendo que su novia iba en serio, le arrebató los pantalones de la mano.

-No, no te vas.-Mia volvió a intentar cogerlos forcejeando con Andrés.

No sabía si era por el miedo que estaba sintiendo o por el golpe del día anterior, pero se sentía al borde del desmayo. Sin saber cómo, su cuerpo reaccionó por ella y sacó fuerzas. De un empujón lanzó a Andrés hacia atrás y le arrancó los pantalones de las manos. La chica salió de la cocina dirigiéndose a la puerta, pero Andrés la seguía furibundo.

-¡Eres una puta!- empezó a vociferar mientras le escupía en el pelo. Mia, haciendo caso omiso, giró las llaves y abrió la puerta. Andrés se quedó apoyado en el marco.

-Si te marchas, no vuelvas. Nunca.

Sin contestarle, Mia empezó a bajar las escaleras. Cuando se encontraba a punto de salir a la calle oyó cómo Andrés gritaba su nombre mientras bajaba las escaleras tras ella. “Corre” gritó una voz en su cabeza. Fue como si todas sus alarmas internas saltaran al mismo tiempo. Sin mirar atrás Mia salió corriendo buscando la parada de autobús más cercana. Afortunadamente, el que la dejaba cerca de casa, estaba recogiendo en ese mismo instante a los pasajeros a pocos metros de ella. Mia se subió de un salto y ni aún dentro, se permitió perder la calma. No estaría bien hasta que llegara a casa.

Al poco de arrancar, un coche pitaba como enloquecido al autobús. Mia se asomó a ver a qué se debía tanto escándalo. Andrés, desde su coche, seguía al autobús tratando de hacerle parar adelantándole y reduciendo la velocidad. La chica se estremeció. Sabía que no iba a darse por vencido tan fácilmente, pero ella tampoco iba a hacerlo. Si Andrés la quería la tendría que sacar a rastras. Para la satisfacción de Andrés, el autobús, se detuvo en la parada siguiente y Mia observó como el chico salía del coche. Se encogió temblando en el asiento rezando porque el autobús arrancara y, afortunadamente, el conductor, viendo que Andrés se había bajado, aceleró y dejó atrás al chico. Él buscó a su presa por las ventanas mientras el autobús pasaba por su lado. La chica se asomó en un deje de valor, o de locura. Andrés permanecía quieto imperturbable. Clavó la mirada en ella y a Mia se le helaron las entrañas.

Cuando llegó a la parada, emprendió una última carrera para llegar a su calle. Pensó que Andrés se encontraría esperándola y que tendría que oponer resistencia. La sensación de que todo había sido en vano la inundaba, pero no fue así. La calle se encontraba vacía. Conteniendo un suspiro de alivio subió a su casa.

Sus padres no le preguntaron nada. No hizo falta. Mia se metió en el baño y dejó que sus lágrimas se confundieran con el agua de la ducha. Fue ahí y solo ahí, cuando lloró por Andrés por última vez.

 

 

2 comentarios

  1. Dice ser sara

    Ese chico no se merece ni una lagrima

    29 Mayo 2016 | 14:05

  2. Dice ser Pecas y lunares

    Celebro que la trama siga por esos derroteros y que esta situación sea la última escena en la que la chica derrame sus lágrimas por ese cafre.

    29 Mayo 2016 | 20:03

Los comentarios están cerrados.