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La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

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Tras los libros y la película llega el musical infantil de ‘Los futbolísimos’

Hace cinco años que Roberto Santiago publicó el primer volumen de Los futbolísimos, la historia de un grupo de chavales aficionados al balompié que resuelven misterios. Una suerte de Los cinco de Enid Blyton en versión patria y futbolera pero con nueve: el gordito comilón, la empollona, el guaperas, el miedoso, el pequeñajo… y cuyos protagonistas son Pakete, que siempre falla los penaltis, y Helena con H, entre los que salta la primera chispita del “me gusta”.

Probablemente no os cuente nada que una mayoría no sepáis. La colección de libros, de los que SM ya ha publicado catorce entregas, ha vendido muchísimo, más de millón y medio de ejemplares. Entre los niños de unos siete a doce años es una lectura habitual, sobre todo si esos niños son varones al menos un poquito futboleros. Y siempre hay que agradecer la existencia de los libros que acercan a nuestros hijos al amor por la letra impresa.

El éxito fue tal que este verano llegó a los cines la película, con guion del propio Roberto Santiago, que también es cineasta. No la he visto, os lo confieso. Que se estrenara en agosto no ayudó, tampoco que para mi hija el balompié no tiene el menor atractivo. La acabaremos viendo en cualquier caso.

Ahora, este pasado fin de semana, ha llegado un nuevo capítulo de Los futbolísimos. Nada menos que un musical infantil escrito y dirigido por Santiago que también es un libro a la venta, se podría considerar el número 15 de la saga.

El sábado estuve viéndolo en compañía de tres niños. Mi hija, ajena a este universo; otra niña que disfrutó la película y un niño que se ha leído todos los libros de Paquete y sus amigos. Los tres entre los ocho y los diez años, los tres público objetivo de esta representación para todos los públicos.

Y los tres disfrutaron de este musical infantil de menos de hora y media de duración sin descanso que está lejos de ser perfecto pero que es un buen plan de ocio familiar.

La historia se ubica una década después de las aventuras detectivescas de los chicos del Soto Alto. Ya son universitarios que han perdido el contacto unos con otros y a los que Helena reúne con una carta un tanto misteriosa para jugar un último partido, narrado por el periodista especializado Miguel Ángel Román, y resolver un nuevo misterio.

Se supone que son ya adultos, pero no lo son en realidad por su comportamiento, forma de expresarse e intereses. Son la misma pandilla de los libros, por mucho que ya trabajen, vivan lejos de sus padres o puedan conducir furgonetas desmandadas.

Y el guion es también infantil, sin ningún sentido despectivo pero sí descriptivo. Es una obra pensada para el disfrute de los niños, no tanto de los padres. Sobre todo niños seguidores de la saga, aunque todos puedan divertirse, aplaudir y cantar por mucho que desconozcan el universo creado por Santiago.

Se agradece la fortaleza de Helena y su capacidad de tomar la iniciativa. Es fácil imaginarla explicando a Paquete que los celos no son amor ni se le parecen. También tal vez sobra, sin molestar, el notable peso del componente romántico. Los niños en la edad de pasarlo bien con este musical prefieren humor y aventuras antes que romance.

El musical (Pentación Espectáculos) lo defienden, con empeño y sobrada dignidad, un elenco de jóvenes actores entre los que destacaría a los que interpretan a Ocho y a Anita, además de a los protagonistas Helena y Pakete. Debería sobrar decir que nadie espere encontrar las voces o los bailes de Anastasia en ellos, pero en la obra que es, encajan perfectamente y se percibe su entrega y entusiasmo.

Son Jaime Riba, Ondina Maldonado, Natán Segado, José Artero, María Zabala, Elena Matateyou, Víctor de las Heras, Juan Antonio Carrera, Daniel Galán y Paloma Pujol.

(Javier Naval)

No tiene unas canciones especialmente memorables, pero cumplen su objetivo de acompañar a la historia de modo atractivo. Resulta un tanto llamativo que la canción en la que más empeño ponen para lograr la participación de público sea la que menos se presta a ello, por cierta expresión china que de poco sirve ver transcrita. En cambio tiene un final más fácilmente participativo, eficaz en su simplicidad. Tal vez haría falta algo similar en su primera mitad.

Y también es simple pero eficaz la resolución del ambiente y cambio de escenario. Poco más que tres bancos acompañados de las atinadas ilustraciones de Enrique Lorenzo.

El precio de la entrada oscila entre los doce y los veinte euros. Se representará al menos hasta el 20 de enero en el teatro La latina de Madrid.

‘Anastasia’, un musical de extraordinaria calidad que es perfecto para acudir con niños

El pasado jueves pude disfrutar, en compañía de mi hija de nueve años, del musical Anastasia que se estrenó por primera vez en Broadway el pasado año, coincidiendo con el veinte aniversario de la conocida película de animación de Don Bluth y Gary Goldman. Tras Nueva York, la primera ciudad que tiene el privilegio de alojar la preciosa historia imposible de la hija pequeña de los últimos zares ha sido Madrid.

Y la Anastasia de Gran Vía no merece otra cosa que repetir el éxito que está teniendo su gemela en Broadway.

Dirigida por Darko Tresnjak (ganador de un Tony), con libreto de Terrence MacNally (cuatro premios Tony), toma el cuento que conocemos por la película y lo eleva. Profundiza y pule la historia animada hasta el punto de lograr ser un disfrute perfecto tanto para los niños (a partir de unos siete u ocho años, sobre todo por su duración), como para los adultos. Es, a mi parecer, la mejor opción musical para acudir en familia.

El resultado es espectacular gracias a la conjunción cuidada con mimo e inteligencia de la historia, las interpretaciones, la música, las luces y su perfecto ritmo, que nos lleva de la mano hasta la conclusión con una constante sucesión de escenarios y cambios de vestuario.

No tiene nada que envidiar en maravilla a El rey león, que sí debería envidiar a Anastasia por su capacidad de sorprender.

Más fiel a lo que podría haber sido la historia, la caída de los zares y los peligros a los que se enfrenta la protagonista no procede de los hechizos de un Rasputín de ultratumba con un murciélago de mascota. Afortunadamente tenemos a Gleb, la encarnación sobre las tablas de la flaqueza del bolchevique al que da vida de manera sobresaliente Carlos Salgado.

Pero la estrella indiscutible, el gran descubrimiento, es la jovencísima Jana Gómez. Su Anastasia cautiva, con su canto, presencia e interpretación. Escuchar esa voz de cristal que te quiebra por dentro es un privilegio.

Tanto brilla Anastasia que el noble canalla Dimitri, el hijo de un anarquista enamorado de la ciudad en la que ha tenido que sobrevivir interpretado por el solvente Íñigo Etayo, corre el riesgo de ser eclipsado cuando comparten escenario.

De hecho, el único aspecto a mejorar que señalaría es que la historia de amor entre la princesa y el ladrón no logra alzar el vuelo, queda desvaída. Al buen bribón le falta magnetismo en momentos clave. Hay más fuerza sobre el escenario cuando Anastasia lo comparte con Vlad. La verdadera historia de amor, la que te llega al corazón es la de la emperatriz viuda (perfecta Ángels Jiménez) con la nieta que dio por perdida.

El punto humorístico, muy bien llevado, que no resulta en ningún momento excesivo, recae en manos de Vlad, el veterano acompañante de la pareja protagonista. Javier Navares borda su papel. También la condesa Lily (Silvia Luchetti), que es igualmente maravillosa.

Pero no acaba ahí el elenco del musical. Tanto San Petesburgo como París logran convertirse en protagonistas de pleno derecho. Oficinas bolcheviques, trenes que parten, el refugio parisino de los nobles rusos exiliados, palacios, puentes y callejones, e incluso un preciado sorbo del lago de los cisnes, están recreados con gran belleza.

Y más allá del goce estético, quiere ser representación histórica. Abundan los detalles inspirados en la realidad para aquel que los sepa capturar al vuelo. Es fácil despertar en nuestros niños el interés por lo ocurrido, por la Historia, tras ver Anastasia.

Igual que hacerles ver lo que realmente es importante, que no son los bienes materiales. O que ni la maldad ni la bondad son compartimentos estancos, que los seres humanos estamos hechos de todos los matices del gris.


FOTOS: STAGE ENTERTAINMENT/JAVIER NAVAL

Los niños y la memoria histórica

‪Cuando he recorrido Francia siempre han atraído mi mirada los monumentos a los caídos que hay en todas mas ciudades, en todos los pueblos, por pequeños que sean. Están siempre en un lugar de honor, en una plaza principal, frente a la iglesia o el ayuntamiento. Normalmente repletos de nombres de muertos en la Primera Guerra Mundial, pero también en la Segunda. En ocasiones en alguna otra, anterior o más reciente. Además de los nombres, a veces también hay algún dato más, como la edad, el lugar de su muerte o el puesto que ocupaban en el escalafón militar, aunque también hay lugar para el recuerdo a los civiles.‬

‪Tiendo a mirarlos siempre que puedo, encontrando a veces varios apellidos en común en pueblos diminutos, entendiendo tras décadas de distancia el drama que supuso la pérdida de tantos vidas para muchas familias, para muchas poblaciones, para la nación entera.

‪Sus vidas se interrumpieron no por causas naturales, sino por la peor de las antinaturales; la guerra. ‬

‪Y he hallado nombres y apellidos de origen español con cierta frecuencia. ‬

‪Me ha dado por pensar que agradecería poder ver en todos los pueblos españoles, da igual su tamaño, una relación con los nombres de los caídos en nuestras diferentes guerras, me da igual el bando. ‬

‪Un monumento en su memoria, en la de todos, que serviría para reflexionar e intentar comprender cómo los hombres son capaces de hacerle algo así a otros hombres. Difícil tarea, pero importante para que cale la necesidad de no volver a recorrer caminos equivocados.‬

Soy de las que cree que tener memoria histórica es importante, que de la historia se pueden extraer muchas enseñanzas que nos ayuden a avanzar en la buena dirección, la de respetarnos en lugar de enfrentarnos.‬

‪Tener memoria histórica es importante, pero en España se ha tendido a intentar curar fingiendo olvidar, callando, escondiendo el dolor, el resentimiento, el orgullo herido y la sensación de injusticia bajo las alfombras.‬

‪No estoy segura de que sea lo más inteligente, por mucho que sepa que fue casi imposible cualquier otra actitud.‬

‪Tampoco soy tan inocente como para no saber que algo como lo que tienen en Francia es prácticamente imposible de manera generalizada en España (algunos intentos me consta que ha habido) por muchos motivos, empezando porque probablemente el momento de edificar algo así ya pasó y terminando porque el grueso de nuestras muertes corresponden a una guerra civil. Sé bien que es más fácil erigir recordatorios en una guerra contra otros, más aún si terminaste en el bando ganador. Por mucho que esos otros sean ahora buenos vecinos.‬

‪Pero no puedo obviar que cuando me paro a mirar los monumentos franceses mi hija de nueve años me observa y pregunta. Gracias a nuestros viajes por Francia es consciente de la existencia de las dos guerras mundiales, de los millones de muertes en las que se tradujo y del sinsentido que es una guerra. ‬

Sabe más de esas dos guerras, ha interiorizado más sus muertes, que las de nuestra guerra civil. Y eso que también de ella le he hablado; le he contado que tres de sus bisabuelos combatieron, en bandos diferentes, siendo aún críos que no tenían ni veinte años. Igual que uno de sus tatarabuelos vistió uniforme en Cuba.‬

‪No sé qué pensáis vosotros, pero yo creo que nuestros niños nacidos ya cien años después de esos muertos, merecen que abramos armarios, levantemos las alfombras y aireemos nuestra casa. ‬

‪Y que nosotros tenemos el reto de afrontar ese desafío con cabeza y corazón. Mucho me temo que somos la única generación que podría hacerlo.‬

‪Puede que mi deseo esté equivocado, puede que debamos limitarlo a dejarlo estar, cada vez más desvaído, menos presente y doloroso.‬ Borrar y olvidar.

‪Y que simplemente sigamos leyendo los nombres de vidas segadas y reflexionando al respecto en otros países, en otras guerras, cuando hagamos turismo.‬

Un día en Legoland Alemania, un parque temático ideal para familias con niños (más que para jóvenes adictos a la adrenalina)

El pasado mes de junio tuvimos la oportunidad de pasar un día en un parque temático que hace tiempo teníamos ganas de conocer. Hay varios Legoland, nosotros estuvimos en el de Alemania.

No fuimos con Jaime. Aprovechamos la escapada con pernoctación que tiene junto a sus profesores y compañeros a final de curso para poder volar con Julia. La última experiencia en un avión con él nos quitó las ganas de repetir lo de elevar el vuelo en familia y además hace ya unos cuatro años que decidió que los parques temáticos, que tanto había disfrutado antes, habían dejado de gustarle. El año pasado fue la primera vez que hicimos algo así, viajando a Londres sin él y con nuestra hija, y probablemente lo repetiremos en un futuro porque no queremos privar a Julia de experiencias y tampoco arrastrar a Jaime contra su voluntad.

Pero volvamos a Alemania. Para acudir a Legoland  hay autobuses frecuentes pero me da la impresión de que lo mejor es acudir con coche, propio o de alquiler (el parking cuesta 6 euros). Nosotros estábamos en Munich y en poco más de hora y media por buenas carreteras nos plantamos en el parque. Llegamos un viernes poco antes de la hora de apertura, las 10 de la mañana.

Apenas había colas a la entrada y tampoco nos las encontramos en las distintas atracciones. De hecho pregunté en la entrada por la opción de comprar su versión del fast pass y me dijeron que ese día no la vendían porque no era necesario. Totalmente cierto. En alguna de las atracciones que más gustaron a mi hija montamos hasta tres veces sin problemas.

Os he dicho el horario de apertura. El de cierre es pronto para lo que estamos acostumbrados en España: las 18 de la tarde, aunque se amplía en fines de semana, festivos y vacaciones. Y las atracciones y tiendas (salvo la grande de la entrada) cierran incluso antes, así que es buena idea madrugar y llegar a tiempo para aprovechar el día. Igual que también lo es dejar la preciosa zona de Miniland, lo primero que vemos de frente nada más entrar, para el final de la jornada.

En Miniland hay numerosos edificios (nos gustó mucho el rincón de los edificios más altos del mundo), rincones del mundo (sobre todo alemanes, pero también podemos, por ejemplo, ver Venecia) representados con todo detalle mediante bloques y figuras de Lego y también una zona bastante grande dedicada a StarWars. Hay botones que activan distintos tipos de mecanismos, algo a lo que pocos niños se pueden resistir.

Os confieso que nos gustó más de lo que esperábamos, y no es que fuéramos con las expectativas justas ni mucho menos. La impresión con la que salimos es que es un parque eminentemente familiar, ideal para familias con niños de hasta unos catorce años. La mayoría de las atracciones, incluso la montaña rusa más potente, son aptas para niños de en torno a los ocho años. Por eso mismo no es el mejor parque si lo que se buscan son emociones fuertes, atracciones en las que la adrenalina fluya y las rodillas tiemblen en la cola.

El parque está limpio y cuidado, con mucha vegetación que hace agradable el paseo. Y no tiene una extensión exagerada. No es uno de esos parques ‘matapadres’, en los que tras una jornada de atracción en atracción estás como si hubieras corrido una maratón de rodillas.

Es de destacar la comida. Normalmente comer en un parque temático o de atracciones es sinónimo de comida basura y cara. Legoland es sin duda el parque en el que mejor he comido, no porque tuviera muchos restaurantes lujosos y tematizados. En absoluto. Lo que tiene son distintas opciones muy variadas según la zona, que te permiten igual tirar de codillo, que de arroz con verduras al curry, hamburguesas o noddles. Y es fácil encontrar opciones vegetarianas. En la mochila llevábamos algún tentempié, al examinarla en la entrada lo vieron, y no hubo inconveniente en entrar con ellos. Eso sí, las bebidas o helados sueltos ya no son precisamente un chollo.

Para muestra un botón, tres bebidas, los dos platos que veis, un menú infantil, unos rollitos orientales y dos helados supusieron bastante menos de cuarenta euros. Eso sí, no pretendáis parar a comer a las 15 de la tarde que lo mismo os lleváis una desagradable sorpresa. El horario es europeo, no español.

Vamos con lo que hicimos en el parque, para que os hagáis a la idea de lo que podéis encontrar.

Nosotros nos fuimos en primer lugar a la derecha de la entrada, montamos en unas tazas giratorias bastante más rápidas que las que muchos conoceréis por Disneyland. A continuación hay una montaña rusa en la que es opcional ponerse unas ganas 3D para que el viaje tenga un toque innovador.

Después encontramos una zona en la que los niños pueden conocer los robots Lego Mindstorm y jugar con videojuegos, un zona de proyecciones en la que no entramos, y una atracción de agua realmente divertida.

Justo pasado todo eso está la parte dedicada a Lego Ninjago. Ahí vimos la atracción favorita de Julia, en la que ‘tripitimos’ y consistente en lanzar con la mano estrellas ninjas para ayudar a los ninjas protagonistas de la serie y la película a acabar con toda suerte de malvados. Su principal novedad es que no disparas nada, haces el gesto de lanzar y lo reconoce. Y cansa, lo advierto.

Tenemos una pequeña ninja en casa, menuda paliza nos dio.

Os dejo una muestra de esta zona para que veáis cómo han preparado muchas de las atracciones estrellas para que las colas no les pesen demasiado a los niños:

En el exterior hay cuatro zonas en las que trepar, golpear, girar y, en definitiva, entrenarse como un ninja. El cuadro de los reflejos es especialmente divertido.

Es fácil encontrar elementos con los que jugar en cualquier rincón del parque.

Otra atracción que nos gustó es la montaña rusa de agua, ambientada en una jungla de Lego con elementos jurásicos. Tiene apenas dos saltos, uno de espaldas más pequeño y el grande de frente. No es posible salir de ahí sin mojarse, que quede claro.

Frente a ella hay un viaje en coche por otra jungla que gustará a los más pequeños.

Para los más pequeñitos aún, hay un río que recorrer en canoa.

Hay también un parque infantil de Lego Duplo para los más peques, en el que pueden refrescarse si hace calor, y una zona de conducción y de barcas, que Julia se ahorró por ser similar a lo vivido ya en otros parques.


En la zona de Egipto el objetivo de la atracción también es disparar, en esta ocasión de una manera más convencional, pero también recomendable.

Tras Ninjago, lo que más disfrutó Julia fue el laberinto de espejos, en el que el objetivo es encontrar a varios ladrones y que al final tiene una zona de juego con Legos, además de una cárcel de lo más colorida.

También repitió  y disfrutó del viaje en barco pirata, que como tengas en tierra a gente con ganas de mojarte, puede ser una auténtica guerra naval de la que sales calado.

Hay un viaje por lo alto del parque dando pedales muy tranquilo que también gustará a los niños más pequeños, aunque si no hay mucho tiempo es algo de lo que se puede prescindir. Igual que el cercano paseo a caballo de la zona de los caballeros.

A los que gusten de más movimientos, en esa zona de los caballeros tienen dos montañas rusas, la más grande del parque (aunque como os contaba apta para niños pequeños y valientes) y otra más infantil.

Pero lo que más disfrutó Julia, que no es muy dada a subir en montañas rusas, es algo tan sencillo e ingenioso como una búsqueda de oro con cedazo. Las pepitas se pesan cuando el niño se cansa de buscar y puede elegir entre una figurita de Lego o una medalla. Había que pagar unos pocos euros por ello, eso sí.

Los dragones voladores de Ninjago y las manos robóticas, idénticas a las de Futuroscope pero sin música y en las que se puede elegir el grado de intensidad, son otras dos atracciones algo más fuertes, sin exagerar en ningún caso.

Junto a las manos robóticas está una pequeña fábrica de Lego que se puede visitar y en la que te regalan una pieza única y numerada hecha allí. Al final de la pequeña factoría en la que es curioso ver cómo se crean y pasan los controles de calidad las piezas de Lego hay una tienda con todo tipo de piezas sueltas disponibles para la venta.

¿Un día es suficiente? Si es un día como el nuestro, con una afluencia de público moderada, sin duda alguna. Se puede perfectamente disfrutar e irte al coche sin la sensación de que te has perdido muchas cosas.

Como os contaba, nosotros pudimos repetir algunas y solo nos dejamos sin conocer las proyecciones, alguna atracción que no nos llamó especialmente la atención  y no subimos al elevador que te da una vista aérea de todo el parque. No obstante es cierto que también es disfrutable, repitiendo atracciones, en dos días enteros. Así, además, se puede pasar algún rato en la zona que tienen dedicada a los robots Lego Minsdtorm y a las consolas de Nintendo.

No puedo opinar sobre los hoteles temáticos que alberga el parque, y desde los que se accede al parque desde la zona de Egipto. Tampoco de los espectáculos, no había ninguno el día que fuimos nosotros.

¿Cuánto cuesta? Es posible encontrar algún descuento por lo que cuentan en foros, pero el precio estándar en taquilla es de 45,50 euros los adultos y 40,50 los niños y, comprado con antelación (lo más recomendable), la cosa puede salir por entre 32 y 35 euros por persona. Hay tres Exprés Pass, que reducen el tiempo de espera un tiempo sin especificar, un 50% y un 90% y que cuestan respectivamente 20, 35 y 70 euros. Por lo que he leído a otras personas, al menos el primero interesa si se acude un día de mucha afluencia. Pero vista nuestra experiencia, os aconsejo buscar un día entre semana para visitarlo si es posible para disfrutar sin colas por el dinero de la entrada y apurar el día. Una atracción a la que subes según llegas es fácil que guste mucho más que esa misma atracción tras hora y media esperando.

En Legoland además tienen tickets gourmet. Hay uno que, por 57 euros, permite que cuatro personas se pongan las botas en los restaurantes de autoservicio. El que cuesta 71 es válido en todos los restaurantes. Pero a menos que se tenga mucho capricho en entrar en uno de esos restaurantes, la verdad es que los varios y variados puestos de comida como el que elegimos nosotros te permiten comer bien, rápido y por menos dinero.

Respecto a las personas con discapacidad: todo el parque está adaptado. Tampoco debería haber problemas en los hoteles. A los visitantes con una discapacidad severa se les hacen 4 euros de descuento en la entrada. En la web indican que todos los visitantes que requieran de asistencia en este sentido pueden  pedir ayuda al personal de las distintas atracciones y que hay un punto de información en la entrada.

Cómo es ir a comer a un restaurante con mi hijo con autismo

Entrar en un restaurante con Jaime no es tan sencillo como con Julia. Jaime, por su autismo, hace que tengamos que valorar mucho en qué establecimientos entramos y que vayamos poco. Cuando estamos de vacaciones buscamos con frecuencia planes de alimentación alternativos o que si, en casa, surgen planes con amigos que incluyen restaurantes nuestra familia tenga que dividirse, buscar canguros para él, llegar tarde o irnos antes.

Y no nos podemos quejar. Conozco otras familias con hijos con autismo que jamás pisan un restaurante con ellos.

También hay personas dentro del espectro autista que están como peces en el agua servidos por camareros, la variedad de manifestaciones del autismo es enorme y cada individuo (con o sin autismo) es diferente, incluso extremadamente distinto.

Pero tenéis que tener presente que mi hijo, con once años, está muy afectado, que apenas tiene unas pocas aproximaciones a palabras y pocos intereses. Yo hablo sobre todo de lo que conozco, de nuestra experiencia y de la de otros en situaciones similares.

¿Por qué es más difícil ir con Jaime a un restaurante?

Un problema es que muchos de nuestros niños tienen poca paciencia y escasas formas de entretenimiento. No entienden que haya que esperar a la comida, a la cuenta… ellos están acostumbrados a comer rápido y pasar a otra cosa. Y carecen con frecuencia de modos para distraerse. De hecho es algo que se busca y trabaja con ellos.

Otro es que se comportan raro: pueden chillar, tal vez de puro contento, aletear las manos, querer jugar con los cubiertos, romper las servilletas, hacer ruidos extraños… comportamientos tal vez similares a los de un bebé, pero teniendo el aspecto de un niño (o un adolescente o un adulto) normal. Encontramos con frecuencia miradas de censura, de reproche, cuando es algo que se disculparía en un bebé o en un niño con una discapacidad visible. De hecho sé bien que en chavales con Down o parálisis cerebral lo que despiertan esos comportamientos disruptivos es miradas de lástima o se evita directamente mirarles de ninguna manera, aunque eso da para otro tema. Los padres de niños con algún tipo de discapacidad tenemos que aprender a bregar con ello. Igual que los mismos niños. Jaime no es consciente, pero muchos otros sí. Ojalá textos como este ayuden a que la gente se lo piense dos veces antes de juzgar a la ligera.

Uno más. Los ambientes con mucho ruido, con muchos estímulos, pueden saturarlos, provocar en ellos rechazo o sobreestimularlos. Jaime aquí tampoco tiene demasiado problema, mucho barullo tiene que haber para que le sature.

Sigamos con otro. Este es un problema que Jaime no tiene, porque come de todo y le gusta probar lo que ve en otros platos, pero hay niños que tienen dietas muy restrictivas, que comen muy pocas cosas y se niegan a probar cualquier otra.

En fin, que no es fácil, que mucha gente se queda en casa y no sale con sus hijos con autismo (o con otros tipos de discapacidad).

Nosotros intentamos hacer una vida de familia normal y acudimos en ocasiones a restaurantes, sobre todo en las vacaciones de verano, pero tienen que cumplirse una serie de condiciones.

Lo primero es elegir bien. Los sitios de comida rápida, hamburgueserías, pizzerías y demás lugares en los que tú te sirves rapidito, no hay que esperar por la cuenta y no son precisamente lugares de etiqueta en los que el grito de un niño haga que todo el mundo se gire a mirarte. Son los más fáciles. En nuestro caso basta con buscar un sitio en el que podamos encajonar a Jaime (entre nosotros y la pared por ejemplo), para que no decida levantarse y le podamos ayudar a comer y limpiarse.

Respecto al otro tipo de restaurantes, los de mantel y camarero, lo cierto es que no nos atrevemos a ir a los de alto o mediano postín. Tampoco a aquellos que notamos bucólicos y románticos. Somos los primeros que no queremos molestar y que no creemos que sean lugar para nosotros. Además de que comemos a la carrera con frecuencia y no es plan pagar más para hacer tocata y fuga.

Nuestros favoritos son los establecimientos del tipo que tienen menú del día, sobre todo aquellos que son pequeños, negocios familiares. Si hay terraza y el tiempo lo permite, preferimos estar fuera. Buscamos de nuevo mesas apartadas, si podemos, y elegimos para Jaime un sitio en el que le podamos tener controlado y ayudarle. Hemos desarrollado buen ojo con el tiempo para escanear rápidamente las opciones y elegir la mejor.

Los momentos críticos son los tiempos de espera. La tablet con música puede ayudar, pero solo hasta cierto punto. También es verdad que con los años, como es un niño que disfruta con la comida, espera pacientemente que nos tomen nota y vayan llegando los platos. La paciencia se le acaba cuando ya ha comido. No existe para nosotros la sobremesa con el café. Es frecuente que uno de nosotros tenga que salir a la calle con él una vez ha terminado mientras el otro espera para pagar.

De hecho, Jaime come bien y disfruta con la comida, pero no suele tomar postre. El postre es algo que también uno de los dos se pierde con frecuencia. Normalmente su padre que es menos goloso.

Cuando nos sentamos bromeamos diciendo que venimos acompañados de una bomba de relojería. Una de la que desconocemos el tiempo que nos dará de margen para comer. Yo era de las que comía despacio, ahora soy como una bala por si acaso.

A veces explico a la persona que nos atiende, una vez que estamos en la mesa, que Jaime tiene autismo y puede tener comportamientos peculiares. No lo hago siempre, depende de si le veo más nervioso, de si me da la impresión de que camarero lo entenderá, de si tenemos muchos otros comensales cerca… mi experiencia es que hablar claro aumenta la comprensión de los demás y evita problemas.

No, no es especialmente fácil, pero como hace muchos años escuché a una madre que llevaba mucho más camino andado que yo, hay que intentarlo. Esos intentos no sólo mantienen unida a la familia, realizando actividades juntos, también son una terapia para ellos, un aprendizaje. Y también para nosotros, podemos llegar a alcanzar más dosis de paciencia, calma en situaciones difíciles y asertividad de la que creemos si nos ponemos a ello.

‘El viaje extraordinario’, el desembarco de Julio Verne en Futuroscope

Julio Verne es uno de mis escritores de ciencia ficción favoritos. Lo es por el componente de aventura de todos sus libros, por su carácter de pionero, porque sus escritos son aptos para todas las edades y capaces de avivar el amor a la lectura en cualquiera. También porque me gusta la ciencia ficción que tiene componentes plausibles, que sueña y adelanta lo que la ciencia traerá. En eso Verne fue el precursor de muchos otros que juntamos letras a su sombra.

Es una pena que la lectura de sus obras se esté perdiendo
. Esa es al menos la impresión que me da. Aquellos de nuestros abuelos que eran ávidos lectores de niños, conocían bastante bien a Verne. Los que ahora somos padres y leíamos mucho, también. Los niños de hoy juraría que no. Al menos en España. Y no creo que sea por las muchas películas que han adaptado sus libros con mayor o menor fortuna. La verdad es que no tengo claro el motivo, aunque puedo imaginar unos cuantos, y destaca el exceso de distinto tipo de oferta de entretenimiento más moderna. Tomo nota para procurar que Julia conozca las maravillas de su tocayo del siglo XIX.

Teniendo eso en cuenta es de agradecer que Futuroscope haya decidido recurrir a Verne para su última atracción, inaugurada esta temporada, y no a cualquier franquicia de éxito entre la chavalería.

Tenían muchos libros de Julio Verne con viajes asombrosos para inspirarse, al fondo del mar, al centro de la tierra, a la luna… pero han optado por sus cinco semanas en globo.

A lo largo de la cola exterior nos recuerdan lo visionario que fue el escritor, todo aquello que imaginó y luego fue verdad, desde satélites a submarinos pasando por teléfonos con imagen incorporada.

La zona de espera interior se divide en tres partes y ya es parte de la diversión en si misma
. Una primera en la que conviene no perder detalle, bellamente decorada con multitud de referencias. En la segunda el comandante de la nave y una científica que ha participado en su creación nos dan la bienvenida en un vídeo en francés (subtitulado en español afortunadamente, un idioma que no abunda en el parque). La tercera es un vehículo de la embarque que nos traslada por un Futuroscope del futuro y alternativo cuyos edificios son puertas a los mundos de Verne.

Y luego ya las normas de seguridad y el viaje, que se trata de un vuelo dulce, sobrevolando India (precioso atardecer sobre el Taj Mahal), Egipto, una megalópolis del futuro, el Himalaya… la sensación es de flotar, de volar realmente en globo, viendo el mundo desplegarse a tus pies y notando el viento a la contra en el rostro.

Los adjetivos propicios para describir la experiencia son bonita, agradable, suave… Se disfruta sin necesidad de brusquedad, sin una silla o un vehículo de traqueteo poco confortable, que ya tienen bastante de eso en otras atracciones del parque francés.

La única pega es que sabe a poco. “Es muy chulo, con dos o tres destinos más sería una súper atracción”, fue el comentario de Julia al terminar y tener que abandonar la gran sala en la que tiene lugar. Tal vez también que hay más de Verne en las zonas de espera que en la atracción, que moderniza tal vez demasiado ese viaje en globo perdiendo el encanto del futurismo decimonónico por el camino.


Respecto a todo Futuroscope, que está en su 30 aniversario, me remito a lo que conté aquí hace tiempo. En la base se mantiene, aunque es cierto que ha habido otras novedades: una remodelación de la zona infantil con zona de construcción que equipa a los niños con casco y todo y otra para jugar con canalizaciones de agua, un nuevo espectáculo de Ice Age u otro en el que quince drones bailan en formación. ¡Ah! Y el espectáculo nocturno es ahora otro, La Forge aux Etoiles, y Julia y yo coincidimos en que peor que el anterior, que era más poético, alegre y comprensible, más del gusto infantil.

Es un parque en pulso constante contra el avance de los tiempos. Un parque sin montañas rusas en el que indudablemente se puede pasar una o dos jornadas memorables. Un parque en el que con frecuencia se echará en falta la comprensión del francés por mucho que haya cacharros traductores (que suelen acabar restando espacio en la mochila) y la amabilidad manifiesta de sus trabajadores.

Un parque, en definitiva, que no merece para la mayoría y por sí solo el viaje desde España. No tiene precisamente un aeropuerto al pie. La buena noticia es que la región sí que merece una visita, o varias. Poitiers y sus alrededores, desde Nantes a Burdeos incluso, es hermosa, un destino tranquilo, variado en su oferta de ocio y alojamientos, accesible en coche desde España, con una gastronomía apetecible y asequible. Y dentro de esa visita, Futuroscope sí que es una parada recomendable, sobre todo si hay niños.

Ile de Ré, lugar de concentración para futbolistas y de disfrute para familias con niños

– ¿Sabes dónde está concentrada la selección para la Eurocopa? En la Ile de Ré. A ver si la van a poner de moda… –

Eso me dijo mi santo, evocando inevitablemente el día que pasamos hace dos veranos en aquel pequeño paraíso de mar, viñedos, ostras y ecos de buques balleneros. Ese fue el año en el que nos enamoramos del norte de Francia, desde Poitiers hasta Caen, de Burdeos a Nantes, de LeMans a LaRochelle, y entre medias sus pequeños pueblos, sus ciudades tranquilas y llenas de maravillas.

Un viaje que no dejo de recomendar a mi alrededor si lo que se busca es desconexión, cultura, naturaleza, sin agobios de gente, por poco dinero si se viaja en coche, se buscan buenos alquileres y se compra en sus mercados para cocinar luego los productos de la tierra. Este año volveremos. Será la primera vez que repitamos por tercera vez un destino. Nos queda mucho por conocer, explorar y disfrutar.

Así que no he podido resistirme a escribir hoy de esa pequeña isla, será que ya me pide el cuerpo vacaciones, por si a alguno os sirve de inspiración para viajar con niños. Va a ser un post con muchas fotos, lo advierto, aunque tres de ellas no son mías. Arena y niños, uno de ellos al que hay que llevar siempre de la mano para evitar fugas por su autismo, impide que me dedique a la fotografía tanto como me gustaría.

La Ile de Ré es uno de los lugares más turísticos  que hemos visitado junto con La Rochelle, aunque para nada estaba saturado de gente pese a que fuimos en época de máxima afluencia (en temporada alta puede llegar a tener 160.000 personas, cuando en baja son 16.000). A las fotos de las playas me remito.

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Está apenas a media hora (y 16 euros de peaje por cruzar en coche su espectacular puente) de La Rochelle.

Vista del puente une La Rochelle con la isla de Ré (EFE/Juanjo Martín).

Vista del puente une La Rochelle con la isla de Ré (EFE/Juanjo Martín).

La Ile de Ré es un sitio en el que disfrutar con los niños de sus playas enormes y tranquilas en las que no se pasa calor pero los valientes pueden bañarse, Julia lo hizo. Claro que tanto ella como su hermano osaron bañarse el año posterior en las playas del desembarco de Normandía.  ¿Quién dijo frío?

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Por Normandía con niños

Este verano hemos pasado una semana de nuestras vacaciones en Normandía. Quería traer aquí los lugares que mas gustaron a Julia y Jaime, por si en alguna ocasión os planteáis ir por aquella región con niños y nuestra opinión, sin ser en absoluto expertos en la zona, puede seros útil.

Advierto que va a ser un post largo, en parte porque voy a subir un buen puñado de fotos. De hecho pensé en partirlo en varios como hice el año pasado, pero como en éste he empezado tarde y no me parecía seguir hablando de las vacaciones en septiembre, aquí os he condensado todo.

Sobre el alojamiento. Nosotros buscamos una casa a buen precio en un pueblo bien situado para explorar la zona y acertamos por completo. Estuvimos muy a gusto en las afueras de Percy, en una finca cerrada por la que los niños podían correr y jugar y saludar a las vacas vecinas. Jaime, con su autismo, necesita sitios así, seguros y tranquilos. De todas maneras, paramos poco en la casa. Apenas un par de tardes. Todos los días hubo excursiones.

Por lo que vimos al buscarla, abundan las casas semejantes por aquella región: bien equipadas y por entre 350 y 500 euros la semana para una familia entera. Probablemente en torno al 6 de junio, aniversario del desembarco, será todo más caro.

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Elegimos Percy porque desde allí está todo mas o menos al alcance en coche, que no solo nos interesaba visitar las playas del desembarco, y también acertamos: resultó que había una pastelería (hay un montón fantásticas por toda Francia) con unos macarons buenísimos; también tenían una cabina británica, no es la única que vimos en Normandía.

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Lo primero que hay que tener en cuenta es que el clima es variable y poco predecible. “Estás en Normandía, dónde el sol no brilla”, ponía en un folleto turístico. Al menos en agosto yo diría que es algo así como “estás en Normandía, dónde el sol brilla cómo y cuándo le da la gana”. En un mismo día puede hacer de todo, hubo uno en concreto que empezamos con sudadera y tormentas y acabamos bañándonos en la playa, así que no es mala idea llevar en el coche apaño para reaccionar sobre la marcha. Y las previsiones más vale mirarlas justo la noche antes para planificar la jornada, hacerlo con más antelación no es nada seguro.

Voy a decir una obviedad, si no hubiera tanta lluvia no estaría todo tan florido y tan verde ni disfrutaríamos de esos paisajes en los que vacas y caballos pacen a los lados de la carretera e incluso algún ciervo se atreve a asomar del bosque a esos pastizales. Tres vi yo en terrenos de pasto ganadero a última hora de la tarde desde el coche.

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¿Qué vimos? Empezaré por el Mont-Saint-Michel, aunque es el último sitio al que acudimos. Se trata de uno de los lugares más visitados de Francia del que poco puedo contar yo aquí que no esté explicado mejor en otros sitios. Es una maravilla, una parada obligada. Pero también os digo que está tan lleno de visitantes que es difícil disfrutarlo como a nosotros nos gusta. Jaime se portó estupendamente bien pese al bullicio y a que ese día hacía mucho calor. Moverse por la mayoría de sus calles empedradas supone, por lo menos en verano, ir abriéndose paso a duras penas entre turistas de todas las nacionalidades, dejando a ambos lados tiendas de recuerdos y establecimientos de restauración en los que los precios llegan a triplicar lo que cobran en otras ciudades. Un ejemplo: un crepe con azúcar por el que en otros sitios te cobran entre uno y dos euros (uno y medio nos costó por ejemplo en la hermosa y también turística Bayeaux) aquí estaba en tres y medio.

Para llegar a la abadía hay que dejar el coche en un parking enorme que cuesta 12,50 euros. Y luego se pueden coger unos autobuses gratuitos que van y vuelven continuamente o caminar entre dos y tres kilómetros (dependiendo de dónde se haya aparcado) por un camino que luego se convierte en pasarela. Nosotros fuimos caminando y volvimos en autobús. No llegamos a entrar en el interior de la abadía (solo entran un tercio de los visitantes del Mont-Sainte-Michel), hubiera sido demasiado para Jaime, así que lo paseamos y luego nos fuimos a disfrutar de Carolles, las playas que hay a 40 kilómetros en dirección a Granville, ciudad en la que salen los ferries y en la que acabamos dando un paseo y merendando. Fue una jornada que nos salió redonda. Y entre Granville, el Mont-Saint-Michel y la playa, los niños lo pasaron mejor en la arena, todo hay que decirlo.

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Lo que no me esperaba cuando planificamos el viaje en Madrid es que mis rubios disfrutarían como locos en las baterías alemanas que había defendiendo las playas en las que se produjo el desembarco aliado del Día D. Ya sabéis que Normandía, además del Mont-Saint-Michel, es destino turístico por excelencia para aquellos que quieren conocer un lugar clave en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Julia no dejaba de pedir todos los días que fuéramos a alguna batería más, feliz, igual que su hermano, de explorar, saltar y correr al aire libre entre los restos de hormigón que formaron parte del intento de crear el llamado muro del Atlántico.

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En la foto superior están corriendo por las defensas que están a pie de la playa de Utah. También las hay en Omaha. Pero la que más nos gustó a todos, por variada y bien explicada, fue la de Crisbecq, en la que hay que pagar 7 euros los adultos y 4 los niños. También estuvimos en la batería de Longues-Sur-Mer, que es gratuita y conserva los cañones originales, pero en la que no hay explicaciones, ni dioramas ni variedad en las construcciones.

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Por toda la costa hay muchísimas baterías, unas de pago y otras gratuitas. Lo ideal es elegir bien dos o tres que sean diferentes. Lo mismo que con los museos/memoriales. Por cierto, ya que estoy hablando de precios. En muchos museos y memoriales los niños pequeños no pagan. Y, aunque no lo especifiquen, con el carné de familia numerosa suelen hacer descuento en todas partes.

Julia y Jaime también lo pasaron muy bien en el Point de Hoc, el punto que une las playas de Utah y Omaha por el que escalaron los rangers estadounidenses, por imposible que parezca al ver la pendiente e imaginar que al mismo tiempo estaban recibiendo disparos.

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Mis peques estuvieron brincando y trepando, junto a otros niños que había por allí, en los numerosos y profundos cráteres que dejaron las bombas y que ahora están tapizados de verde y sirven de lugar de pasto a las ovejas.

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Hay algo hermoso y esperanzador en ver a los niños jugando en lo que fueron escenarios de violencia y muerte, en ver a tu hijo recogiendo alegremente conchas en una playa cuyas arenas fueron rojas.

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Vayamos con las ciudades. Una de las primeras que visitamos fue Saint-Lo, bautizada tras la guerra como la capital de las ruinas. Y es fácil constatar los estragos que padeció viendo lo que quedó en pie de la catedral y que abundan las nuevas construcciones. Si hay poco tiempo y hay que ajustar las excursiones, yo dejaría Saint-Lo fuera.

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En cambio no me perdería por nada del mundo Bayeaux. Fue el sitio con mas gente que encontramos, si obviamos el cementerio americano y, por supuesto, el Mont-Saint-Michel. Pero que haya gente no significa que vayamos a estar agobiados ni mucho menos. En Bayeaux, primera ciudad liberada tras el desembarco, se merece al menos que pasemos un día entero. Además de ver la catedral y recorrer sus calles, tienen un interesante museo, no muy grande y que no se hace nada pesado a los niños. Lo mismo que sucede con el museo Overlord, de iniciativa privada y llenito de dioramas muy conseguidos.

Pero por lo que es mas famoso Bayeaux es por un tapiz del siglo XI que explica con una audioguía caminando a paso de procesión a lo largo de sus 70 metros la conquista de Inglaterra por parte de Guillermo el Conquistador. Es impresionante, hay algo de cola para acceder a él y me temo que no es apto para los niños más pequeños. Jaime no lo vio y Julia ya estaba cansada en sus últimos metros. Lo siento, no hay fotos. No estaban permitidas.

En Bayeaux vimos el primer cementerio militar: el británico. Fue el que mas nos impresionó, tal vez porque es menos majestuoso que el americano de Omaha, tal vez porque fue el primero, puede que porque tenía menos gente, también porque en muchas de las cruces la familia había podido dejar unas palabras pensando en su ser querido: “nuestro hijo único”, “fiel y amante esposo”, “padre de tres hijos”… vas leyendo mientras recorres sus cruces.

Además del británico y del estadounidense, vimos un sobrio cementerio alemán cercano. Creo que estos lugares son otra visita obligada, también con niños.  Estremece verlos tanto por el número de caídos como cuando te detienes en tumbas concretas. Te hace preguntarte cuándo dejaremos de seguir a los locos y a los monstruos. Y a los niños también les despierta preguntas interesantes que son un reto contestar.

También en Bayeaux está el memorial que Reporteros Sin Fronteras tiene dedicado a los periodistas caídos cubriendo conflictos. Aunque solo fuera por deformación profesional, yo tenía que ir, aunque entiendo que no a todos interesará. Está justo frente al cementerio inglés y, con citas de Simone de Beauvoir y Voltaire, se trata de un jardín con un sendero a cuyos lados hay monolitos con distintos años y los nombres de los reporteros muertos. Si ampliáis las imágenes, alguno os sonará.

Caen, liberada tras intensos combates. Otra ciudad que merece mucho la pena. La que más ambiente tenía, con mucha gente joven, comercios y recorridos interesantes en los que aún se ven muchas casas agujereadas por las balas.

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En Caen también estuvimos un día entero, con gran parte de la mañana dedicada a su enorme memorial, con una escultura aún más enorme en la puerta, que solo es recomendable para los niños más mayores. De hecho, los menores de diez años no pagan.

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El mas caro y grande de los memoriales, va mucho más allá del desembarco y sus consecuencias. Lo que muestra es variado y muy duro, la ascensión al poder de Hitler, su solución final que abarcaba judíos, comunistas, gitanos, personas con discapacidad… También la resistencia y el colaboracionismo francés, la evolución del conflicto y sus antecedente. Es imposible que no conmueva recorrerlo.

En todos los museos y memoriales vamos intentando adaptar a Julia todo lo que vemos, y le explico siempre la historia sin mentir, pero simplificándola y suavizándola.

Cuando llegamos a la zona en la que explicaban la solución de la Alemania Nazi para la gente con discapacidad la pobre no daba crédito. “¿Mataron a 10.000 personas como mi hermano?”, me dijo desconcertada, abriendo aun mas sus enormes ojos. Decidió que ese museo no le gustaba y, pasado cierto punto, quiso ir rápido y salir pronto. Os dejo un cartel propagandístico destinado al pueblo alemán en el que se justificaba ese exterminio del que no recuerdo que haya ninguna película en términos de costes puros y duros: “este paciente hereditario cuesta a la comunidad 60.000 RM. Ciudadanos, es vuestro dinero también”.

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Justo en ese museo Jaime también decidió a su manera que no quería seguir ni un minuto mas y hubo que salir entre gritos. En el mismo lugar del Memorial de Caen está el búnker en el que el general alemán Richter tenía su cuartel general en 1944. Puede que algún experto me lapide por lo que voy a decir, pero me pareció que tenía el interés justo comparado con todo lo que ya habíamos visto.

El museo que mas gustó a Julia (y a todos nosotros, todo hay que decirlo) es el que hay en Sainte-Mère-Eglise, el pueblo más protagonizado por la Segunda Guerra Mundial de todos los que vimos. Igual que el maniquí del paracaidista permanece en lo alto de la iglesia, todo está lleno de tiendas con todo tipo de recuerdos y archiperres de aquel entonces, pero es que incluso peluquerías, farmacias y pastelerías están decoradas con soldados americanos de uniforme y parafernalia militar de la época. Está solo a dos pasos del parque temático militar, y eso a mí no me gusta tanto.

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El museo tiene mucho material y varias zonas, al aire libre y en interior. Impresiona ver el frágil planeador en los que aterrizaban (o lo intentaban), pero lo que mas gustó a todos es una parte en la que se simula lo que fue el salto en paracaídas, primero recorriendo un avión en el que hay soldados sentados esperando a saltar; de ahí se ‘salta’ sobre un cristal que simula el paisaje que tenían los estadounidenses y luego se recorren mas dioramas muy conseguidos. A Julia le gustó tanto que lo recorrió cuatro veces, dos con su padre y dos conmigo. Para Jaime estaba demasiado oscuro y había mucho ruido extraño.

Para comprar camisetas, sudaderas, llaveros y demás recuerdos relacionados con el desembarco, este museo y el memorial de Caen creo que eran los mejores sitios, además de alguna tienda suelta que pueda ver por ahí (nosotros dimos con una tiendita estupenda en Bayeaux). Pero la mejor recomendación es comprar cuando veas algo que te guste, que no es uno de esos sitios en los que veas los mismos recuerdos repetidos continuamente durante todo el viaje.

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Pero la abadía del Mont-Saint-Michel, patrimonio de la UNESCO y la Segunda Guerra Mundial no deberían eclipsar los paisajes y pueblos de Normandía. Ir a preciosos lugares como Villedieu les Poeles, que es especialmente recomendable en día de mercado para comprar fruta, verdura o mariscos llenos de sabor, acercarse a la abadía de Hambye, en un entorno natural espectacular, hacer lo que nosotros llamamos “turismo de coche”, eligiendo en el GPS rutas pintorescas que nos descubran paisajes y pueblitos en lugar de autovías.

Todos los museos, cementerios, memoriales y lugares reseñables relacionados con el desembarco están diseminados por diferentes pueblos. El coche (o la moto) es imprescindible. Y hacer una selección también. A menos que se pase allí un mes entero es imposible ver todas las playas y los lugares de interés.

Y como os decía al principio, hay playas para disfrutar más allá de su componente histórico. Playas tranquilas, limpísimas y no tan frías como pudiera parecer. Claro que lo dice una que pasó su infancia en Gijón, no en Murcia. Mis dos rubios se bañaron varias veces.

Hay que tener en cuenta que se come pronto, que los comercios tienen los horarios muy ajustados y es fácil encontrar todo cerrado a horas que a los españoles nos parecen inconcebibles. Los domingos no abre casi nadie. Y, ojo, que para nada estoy diciendo que sea malo. Simplemente hay que tenerlo en cuenta.

Se come bien: mejillones y pescados, quesos, fruta y verdura que saben de verdad, sidra (yo la prefiero dulce) y zumo de manzana, embutidos, dulces y chocolates… Es cuestión de explorar. Nosotros somos más de mercados y cocinar que de restaurantes, y en ese sentido hay mucha variedad.

No es nuestro caso, pero para familias que disfruten dando pedales juntas, hay pocos sitios mejores. También hay muchas facilidades para ir con caravanas. Es además un sitio fantástico para montar a caballo. Hay muchísimos y con un aspecto fantástico. Una forma especial de recorrer las playas del desembarco que en otra época de mi vida no hubiera perdonado es a caballo.

Es recomendable también acercarse a los diferentes puntos de información turística. Te van dando leyeras guías, que en muchos son pequeños libritos muy completos. Me dio la impresión de que hay mucha mas gente que hable inglés allí que en otras zonas de Francia. Lógico supongo, dada la proximidad con las islas.

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Fue solo una semana que nos dejó con ganas de más, aún no sabemos si repetiremos el próximo año. Así que, como ya os dije que no pretendemos ser expertos, estaremos encantados de escuchar vuestras impresiones y otras recomendaciones. Hay mucha más Normandía que la que he contado, seguro.

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Casi un mes por Francia

imageSe acabó. Acabaron los días disfrutando de la piscina en el minúsculo y precioso pueblo de La Chapelle Mouliere, un lugar en el que parece haberse detenido el tiempo. Acabaron también los días en Percy, en una hermosa casita de piedra normanda, rodeados de verde en el que correr y con unas vacas jóvenes como vecinas a las que amenizábamos por las tardes cantando ‘tengo una vaca lechera’. Jamás tuvimos Julia y yo público más entregado.

Se acabó el recorrer villas, baterías, ciudades, chateaus, museos, playas y abadías escuchando Tendance, Virgin y los hits franceses. Se acabó el descubrir olores y sabores de distritos quesos, frutas, panes y moules et frits. Se acabaron los bon jour, merci, au revoir y bon journé; se acabó vivir rodeados por la música que tiene otro idioma.

Se acabaron unas vacaciones en las que hemos disfrutado y desconectado, preparándonos todos para afrontar un nuevo curso con cambios: Jaime cambia de colegio, Julia pasa a Primaria y nosotros tendremos nuevos retos. Pero pronto estaremos planeando qué rincón de Europa conocer el próximo verano, buscando alojamientos tranquilos en pueblos pequeños a precios ajustados y situados de tal manera que nos permitan explorar la zona en viajes a una o dos horas de coche.

Hay tanta Europa por explorar, lugares poco bulliciosos, en los que descubrir y disfrutar. Tenemos suerte, ambos son buenos viajeros. Jaime, con su autismo, necesita vacaciones así. Tranquilas, huyendo del sol abrasador que le roba el sueño y de los lugares atestados.

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Quedan en la memoria los buenos ratos, hermosos destellos de mis niños riendo en el agua, corriendo en el verde, abriendo los ojos a paisajes diferentes, a detalles asombrosos, aprendiendo a aprender, a ser flexibles. Comprendiendo que somos perfectamente capaces de ser felices.

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Queda también algún post de viaje en el que os contaré lo que hemos hecho en el país vecino, por si nuestra experiencia os pudiera servir de algo.

Nos seguimos leyendo.

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Disneyland París saca la artillería de Frozen este verano

frozenTodos los años el parque francés procura ofrecer algo nuevo. El verano pasado la gran apuesta fue por Ratatouille, una atracción inspirada en la maravillosa película de Pixar (una de mis tres favoritas junto a Up y Wall-E) ubicada en el segundo parque de Disneyland París; hablé de ella en este blog el pasado mes de agosto. También hubo otras novedades más pequeñas, como tener a Rapunzel en un punto del parque principal y también un lugar en el que conocer a Spiderman. También os conté en su momento que nos encantó la visita al superhéroe, que no pudo ser más simpático y paciente con Jaime. Por lo visto está siendo todo un éxito y confío en que sea la antesala a la llegada de más superhéroes de Marvel y a una mayor presencia de StarWars.

Pero no estoy hoy por la labor de hablar del pasado o del futuro, sino de la principal novedad que habrá en Disneyland París este verano. Tenía que ser, por supuesto, algo de Frozen; la película de animación más taquillera de la historia y no me extrañaría descubrir que también la más rentable en cuestión de merchandising.

Muchos de los que me estáis leyendo seguro que conocéis de primera mano la locura que despierta la película de Elsa y Anna, de la que sabemos que habrá una segunda parte. Confío que no fastidien todo lo logrado en la primera.

A partir del 1 de junio y hasta el 13 de septiembre habrá en el parque un espectáculo inspirado en Frozen, por lo visto similar al que hay desde el año pasado en Orlando, en el que se representarán escenas de la película y con una nueva zona inspirada en el nórdico pueblo de Arendelle.
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