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Altamira en el pasillo

Tenía que llegar, imagino que es un paso casi obligado para la mayoría de los padres recientes: estaba trabajando en casa con mi hija pintando tranquilamente a mis pies. En apenas dos minutos que me he despistado, no más, ha debido salir de la habitación con el rotulador en la mano y ha vuelto para seguir pintando como un angelito.

Al poco he oído a mi santo en el pasillo: “¡Noooo! ¡Julia! ¡Qué has hecho!”.

Pues lo que ha hecho es un bisonte con rotulador negro en el pasillo. Seguro que a muchos os suena.

Le he dicho que eso no se hacía, hemos ido por dos paños húmedos para comprobar hasta que punto es lavable la pintura lavable y me ha ayudado a quitarlo.

Ha quedado bastante más desvaído, aunque sigue presente. Las pinturas lavables no están pensadas para los rotuladores de punta gorda infantiles.

¡Qué se le va a hacer! A fin de cuentas es sólo una pared. Una pared que viene a hacer juego con la que hay salpicada de comida en la cocina, con el pasillo raspado por el carro, con la pared en la que están los pictos de su hermano y se está desconchando…

Las paredes se pueden volver a pintar.

A ver si aguanta la pintura medianamente decente al menos hasta que hayan pasado las ansias de hacer murales.

Las trastadas de los peques

Tocaré madera digital, mi peque tal vez por ser aún demasiado peque (ayer cumplió 22 meses), aún no ha protagonizado ninguna travesura.

Pero no me cabe la menor duda que algo hará antes o después.

Entre los dos y los tres años yo cometí mi primera y única fechoría: me apropié en un descuido del sobre que encerraba el sueldo semanal de mi padre (entonces se pagaba en muchos sitios en efectivo y por semanas) y lo colé billete a billete por el hueco del radiador.

Después de un buen rato buscando infructuosamente, mi padre tuvo la iluminación de mostrarme un billete y preguntarme si había visto otros parecidos.

Y siempre cuenta que le agarré del dedito y le conduje al radiador. Hubo que desmontarlo. Pero se recuperó el dinero.

Mi santo hizo tres muy buenas: vertió una garrafa entera de aceite desde la terraza al patio y tiró la alianza de su madre desde la terraza a la calle. Tanto el aceite como la alianza fueron irrecuperables. Por lo que he oído, a muchos niños les da por tirar cosas por la ventana o el balcón.

Pero la peor fue pegar fuego a las cortinas de la habitación en la que dormía mi cuñado, que aún era un bebé. Y allí se quedó en silencio. Menos mal que mis suegros estaban pendientes y acudieron a comprobar porqué estaba todo tan tranquilo.

Una de las más divertidas que recuerdo la cuenta una amiga: ella se ausentó con su madre dejando a su hermana pequeña al cuidado del padre. El padre se medio adormiló en el sofá y la niña, que se había hecho caca, se metió la mano en el pañal, descubrió que con aquello se podían hacer unas pinturas rupestres preciosas y a ello se dedicó con alegría por todo el pasillo. Al padre le despertó la peste. Por supuesto, hubo que volver a pintar.

¿Tú bebé hizo alguna tratada divertida? ¿La hiciste tú?

¿Y a qué edad crees que se empieza con las travesuras? Para estar preparada…