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El primer y el último alimento

Viendo la segunda temporada de la serie de televisión Roma (muy recomendable, por cierto), me llamó la atención una escena del primer episodio.

Julio César ha sido asesinado, está tendido y amortajado mientras su esposa le vela. Se acerca entonces una esclava acompañada de una mujer joven con grandes pechos, un ama de cría, que se descubre un pecho y deja caer un chorro de leche sobre la boca del cadáver.

Me resultó tan curioso que volví a poner el fragmento con los comentarios de los creadores de la serie.

Allí explicaron que se trataba de una antiquísima práctica de origen etrusco.

Consistía en despedir al muerto de la misma manera que se le recibió cuando nació, dándole como último alimento el que había sido el primero y cerrando así perfectamente el ciclo.

Y aunque a muchos les pueda parecer grotesco, a mí me pareció un ritual funerario precioso.

Qué suerte no ser madre en Esparta

Las pasadas navidades regalé a mi santo un pack nacido a raiz del éxito de la película 300 con tres documentales sobre historia, leyendas y costumbres de Esparta.

Allí explicaban como cada vez que nacía un bebé, los sabios de turno lo examinaban minuciosamente. Si el recién nacido tenía cualquier defecto o parecía débil, lo abandonaban en un monte. Allí, obviamente, moría rápidamente desatendido.

A los siete años los niños se separaban de sus madres y pasaban a depender de la tutela del Estado, que se dedicaba a convertirlos en los soldados de élite de la época.

Cuando doce años mas tarde eran hombres que iban a su primera batalla. Se cuenta que sus madres les entregaban su escudo de madera y cobre diciendo “Vuelve con él, o encima de él”.

Qué diferente era la maternidad entonces.

También contaban y me resultó llamativo que sólo había dos maneras de tener una lápida que te recordase tras tu muerte: si eras un soldado que moría en combate o si eras una madre que moría en el parto.

Una sociedad dura la espartana. Tenía que serlo si ha arrastrado esa fama en aquella época en la que todas lo eran.

En la antigüedad ninguna sociedad que perdurase era comprensiva con los débiles. No se podía permitir una infancia prolongada.

Roma también abandonaba a los bebés que no eran saludables o tenían cualquier deformidad. Y educaba a los niños como pequeños adultos.

Se necesitaban hombres y mujeres duros.

¡Qué suerte no vivir en aquellos tiempos!

Pero resulta interesante pensar que todos los que estamos aquí descendemos de aquellos recios supervivientes.

De generaciones de madres y hombres que se impusieron a los cuatro caballos del Apocalipsis, que vencieron a las guerras, el hambre, la muerte y la peste.