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Hay que entender que Blancanieves, Cenicienta y Aurora son hijas de su tiempo

No fui una niña a la que le gustasen demasiado Blancanieves, Cenicienta o La bella durmiente. Mis películas favoritas Disney eran Tod y Toby y Los 101 dálmatas, aventuras con animales que también leía una y mil veces en los grandes tomos de lomo blanco de Películas que las mostraban en formato cómic. También Robin Hood, El libro de la selva o Los aristogatos.

Las princesas Disney que había siendo yo niña me interesaban poco, la única con la que recuerdo haber disfrutado era La bella durmiente, pero por su magnífica malvada y por las aventuras del príncipe, el auténtico protagonista, enfrentándose a ella.

Muchos años después de las tres princesas clásicas llegó una segunda hornada de princesas modernizadas con Aladdin, La sirenita y La bella y la bestia. Sí que las vi en su momento, pero Jasmine, Ariel y Bella me encontraron entrando en la adolescencia y más interesada en escuchar a Madonna.

No fue hasta muchos años después, tras ser madre, que me reencontré con las princesas Disney.
Con las clásicas, con las nuevas y con las novísimas representadas por Tianna, Rapunzel, Mérida, Elsa y Anna. En los últimos años he podido ver todas las cintas con mirada de adulta y comprender todas sus virtudes.

Cuando Julia era muy pequeña gustaba especialmente de ver a Blancanieves, ese cuento clásico que dice que no te fíes de los extraños a menos que sean currantes bajitos y barbudos o que lleguen bien vestidos a lomos de un caballo blanco (ejem) y que lo mejor que puedes hacer es ser bondadosa, cocinar y limpiar a fondo todo, aunque sea con el culo de las ardillas a modo de bayeta (ejem 2). “¡Qué horror!”, me dijo en alguna ocasión alguna que otra madre que tenía prohibido que sus hijos vieran esas películas por los estereotipos que arrastra. Bueno… Cada cual educa a sus hijos como mejor cree, pero a mí no se me pasó nunca por la cabeza prohibir su visionado. Hay muchas maneras de compensarlo y es algo que se puede hacer ver a los niños. Porque mi hija haya visto y disfrutado con Blancanieves su objetivo en la vida no va a ser cocinar, fregar y encontrar un príncipe. Ella también es hija de su tiempo.

Blancanieves es una película que se estrenó hace ocho décadas, cuando en España estábamos enfangados en una Guerra Civil. Es un icono popular innegable, es historia del cine y una obra de arte cuya elaboración en su momento fue un trabajo monumental de muchos artistas, un punto de inflexión en el cine de animación y no se puede entender sin tener en cuenta el tiempo en el que se hizo. No podemos juzgarla con nuestros ojos de hoy día, igual que no podemos hacerlo con las protagonistas femeninas de Casablanca, Historias de Filadelfia o Lo que el viento se llevó. Bastante bien han envejecido todas ellas, princesita incluida, teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado desde su creación.
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¿No estáis un poco cansados de tantos huérfanos en las películas infantiles?

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Tras la publicación el viernes pasado de un artículo de mi compañero Isra Álvarez sobre la diversidad racial en las princesas Disney, heredero del próximo estreno de Moana (Vaiana en el resto del mundo), nació en redes sociales una conversación con @Zurine_UG sobre los padres de las princesas, que con pocas excepciones están criando malvas. Y la cosa es especialmente sangrante respecto a las madres.

No deja de ser curioso teniendo en cuenta que a los niños lo que mayor estabilidad les proporciona es saber que sus padres estarán siempre ahí, a su lado. Lo que más les angustia es imaginar que les pasa algo malo y se ven solos.

Para poner una madre así, casi mejor no poner ninguna.

Princesas con madres entre las clásicas solo tenemos a Aurora. Una madre que es un cero a la izquierda, un florero que entrega a su bebé a tres hadas madrinas y lo recupera ya para que se case con el príncipe. Y entre las más recientes solo están Rapunzel, que también crece lejos de sus padres como Aurora pero al final los recupera, y Mérida. La princesa pelirroja, la más atípica de Disney (ya, ya sé que en realidad es Pixar), parece querer resarcirse de la masacre maternal previa de todas las otras princesas Disney y coloca a la reina como coprotagonista y a la relación madre-hija como hilo conductor. Es una película que se considera menor dentro de Pixar, pero que según pasa el tiempo creo que va haciendo vale sus virtudes.

Fijaos en la cantidad de princesas con padre pero huérfanas de madre: Jasmine (Aladdin), Ariel (La Sirenita), Bella (La bella y la bestia), en Blancanieves y Cenicienta los padres también sobreviven a las madres el tiempo justo para liarla casándose con los peores bichos que encontraron.

Completamente huérfanas están Elsa y Anna (Frozen), que pierden a sus padres a la vez. Tiana es una rara avis que es huérfana, pero de padre.

Y en las películas que no tienen princesas por medio, lo de la horfandad también abunda: el caso de Bambi es mítico, pero también están ahí Tod y Toby, Dumbo, Mogli (El libro de la Selva), Simba (el Rey León), Tarzán, Nemo

Lo de tener abuelos o tíos que se ocupen de los huérfanos, ni planteárselo claro. Solo en Big Hero 6 recuerdo a una tía haciéndose cargo de sus sobrino huérfanos de nuevo. Y Mulán, princesa no era, pero tenía padres e incluso abuela (gracias por el apunte Ana). La estructura familiar de los protagonistas de películas infantiles es entre escasa e inexistente.

“Dickens ha hecho mucho daño”, bromeábamos, pero es verdad que va siendo siglo de que los guionistas sean algo más originales si quieren dotar de complejidad a sus protagonistas y el pasado que arrastran. Los huerfanitos que nos dan lástima, igual que las malvadas madrastras y los colofones románticos al uso, están ya demasiado gastados.

Tal vez se estén dando cuenta. Las películas Disney/Pixar que más nos han gustado últimamente son Zootrópolis (Zootopia) e Inside Out, cuya niña tiene unos padres estupendos. En ninguna de ellas hay nada de todos esos recursos manoseados.

Veremos que nos trae Moana.

‘Peter y el dragón’ y ‘El libro de la selva’, viene una racha de niños con taparrabos en Disney

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Bueno, tal vez he exagerado un poquito, porque dos películas no sé si se pueden llamar racha. Claro que si sumamos al niño de El viaje de Arlo ya serían tres. Probablemente lo más correcto sería hablar de que continúa la incuestionable racha de hacer nuevas versiones ‘reales’ de clásicos animados, porque Peter y el dragón y El libro de la selva son adaptaciones en carne y hueso (al menos por la parte de los personajes humanos) de dos clásicos de Disney. Lo que se hizo ya con Cenicienta, La bella Durmiente con Blancanieves, y lo que se hará en La Bella y la bestia, con Emma Watson, o La sirenita, con Chloë Grace Moretz.

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‘La Cenicienta’ de Branagh, que ha tenido más suerte con el príncipe, “es muy triste”

El pasado fin de semana estuvimos viendo el último estreno infantil de Disney. Y los dos comentarios de Julia tras verla fueron: “Es muy triste” y “me ha gustado mucho, pero no muchísimo”. Tiene seis años, así que tampoco puedo pedirle mucho más como crítica cinematográfica, pero creo que lo que ha dicho es bastante significativo. Además coincide con lo que otras niñas de su edad han contado después de verla.
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La película, en la que no hay canciones pero sí canturreos homenaje a la original de Disney, es muy triste en todo su largo arranque con la madre muerta, luego el padre muerto y después la madrasta y hermanastras puteando. Mientras tanto, Cenicienta aguantando estoicamente rebosante de bondad. Nada que no sepamos por el clásico de dibujos animados, pero es que en esta versión se recrean en ello. Sobre todo en la parte de acabar huérfana. Por otra parte, en la película de dibujos, la futura princesa tenía un puntito insolente y contestón que eché en falta en esta versión que ha elegido como mensaje demostrar el poder de la bondad (tú aguanta mecha y sigue siendo bueno, que al final tendrás tu recompensa. Ejem).

Es una película bonita en el sentido de bien rodada, con actores correctos y bien elegidos (los protagonistas proceden de dos populares series: Juego de tronos y Downtown Abbey), un vestido extremadamente azul y una puesta en escena muy cuidada. Se nota el oficio de Kenneth Branagh. Y fue un acierto poner a Helena Bonham-Carter como madrina y a Cate Blanchett de madrastra de Blanchett. Lo contrario hubiera sido demasiado fácil. Ojalá a Blanchett le hubieran dejado soltarse más la melena, te quedas con ganas de conocer mejor a la madrastra y sus motivaciones.

La historia es la que ya conocemos con más desarrollo de alguna de las partes y unas cuantas pinceladas diferenciadas, pero no esperéis en esencia otra cosa que el cuento clásico. El mayor cambio viene de la figura del príncipe, un Rob Stark más limpito, con mallas blancas y los ojos tan azules como el vestido de ella. Esta Cenicienta ha tenido más suerte que su predecesora dibujada, cuyo príncipe siempre sospeché que no tenía ningún interés por las mujeres y estaba siendo el pobre obligado a pasar por el aro. Ojo a estos detalles de la primera película de Disney:
– Rey y chambelán, desesperados por casar a un príncipe que pasa del tema organizan un baile con todas las jóvenes casaderas.
– Príncipe bostezando con desinterés mientras todas esas jóvenes desfilan ante él. ¡Qué veinteañero heterosexual haría eso!
– Príncipe queda boquiabierto ante la joven del vestido fabuloso. ¿O es ante el vestido fabuloso?
– Joven huye perdiendo el zapato, príncipe no la alcanza. Ni siquiera lo intenta. Chambelán recoge zapato.
– Rey y chambelán de nuevo maquinando para encontrar a la única mujer que ha despertado un mínimo interés en él.
– Chambelán recorriendo casas con el zapato mientras el príncipe está tranquilo en palacio.

Blanco y en botella. Por eso al príncipe es a quién más ha metido mano Branagh en la cinta. Y para bien.

Resumiendo: una película mayoritariamente para niñas, pero que al menos con las más pequeñas puede hacerse larga, con un arranque muy extendido y dramático.

No creo que vaya a convertirse en un fenómeno como Frozen, que por cierto el corto del cumpleaños de Ana que proyectaron antes de La Cenicienta también me pareció flojito. A ver qué hacen con esa segunda parte de Frozen ya aprobada, espero que no echen por tierra lo conseguido en la primera parte.

Para contrarrestar esa noche le conté la historia de Joan Trumpauer, la joven heroina contra el racismo en Estados Unidos cuya historia recogieron mis compañeros del blog Trasdos coincidiendo con el estreno de la película de disney.

Unir princesas Disney y denuncias sociales: ¿La fórmula del éxito?

No pensaba escribir hoy de princesas Disney, la verdad. Iba a hacerlo sobre nuestra visita el fin de semana pasado al Safari Madrid o sobre haber dejado por vez primera a Julia una semana con sus abuelos en Asturias, pero me la reservo para más adelante viene aprovechando que mi compañero Daniel González (bloguero además de videojuegos) ha publicado un extenso reportaje que os recomiendo leer: Los artistas corrompen la pureza de las princesas Disney para reflejar la crudeza de la realidad.

Nos guste o no, Blancanieves, Aurora, Cenicienta y demás protagonistas Disney con falda hasta los pies son iconos, referencias culturales para varias generaciones. Más allá del disfrute infantil son objetó de filosofías más o menos enjundiosas, chistes, parodias, sujeto de denuncias varias e incluso revisitas artísticas.

Lógico y normal.

Lo que pasa es que últimamente me da la impresión de que hay mucho artista, en la mayoría de los casos de calidad discutible, haciendo sus propias versiones de las princesas disney para darse a conocer, para atraer para sí mismo la fama que ellas tienen. Hacer el agosto en versión reconocimiento internáutico y mediático.

Normalmente la cosa es así: buscan una buena causa, discapacidad, cáncer, violencia machista… y dibujan a las princesas en relación con esa causa a modo de denuncia.

Llevo un tiempo encontrándome esa fórmula
, y el problema como ya os comentaba es que en la mayoría de los casos me parece que artísticamente la cosa tiene el mérito justo (si es que tiene alguno) y huele a distancia a artimaña promocional.

Os dejo los que he ido encontrando recientemente, y no me he puesto a rascar en profundidad, seguro que hay más.

Son muchos ya los que han tomado este atajo. ¿No os parece que la fórmula ya está agotada?

El don de la belleza sin igual no es ninguna bendición

auroraSiempre he creído que cuando las tres hadas madrinas concedieron el don de la belleza a Aurora no le hicieron ningún favor. Si la futura bella durmiente fuera mi bebé y hubieran venido con sus varitas en ristre para concederle ser guapa hasta quitar el aliento no hubiera dicho que no, pero habría pensado en que ese trío tenía muy pocas luces. Entre todas las posibilidades existentes: bondad, inteligencia, sabiduría emocional, sano escepticismo… van y le arrean la belleza extraordinaria.

De ser su madre me hubiera pasado toda su infancia y adolescencia procurando contrarrestar el dichoso don, intentando que no pasara demasiado tiempo ante el espejo, que no convirtiera en su seña de identidad más valiosa algo que no se ha obtenido por méritos propios y que acabara desapareciendo en pocos años; algo que hará que los hombres, probablemente entre ellos muchos de los menos recomendables, la deseen nada más ponerle los ojos encima sin valorar otra cosa. Intentaría que los halagos y la mirada del otro no fueran su alimento, que no puedes entregar tu vida al primer tipo apuesto que te encuentras mientras estas cogiendo fresas.

– Fíjate en lo que le pasó a tu prima del norte, la princesa Ana con Hans – le diría si yo fuera la reina madre – mejor sola que mal acompañada, como la prima Elsa. Esa sí que es lista –

Está bien ser agradable a la vista, es genial ser guapos dentro de una normalidad manejable. Pero no, no creo que una hermosura sin par sea una bendición ni algo deseable para mi hija. No sé qué pensaréis vosotros.

Tras ver Frozen y Maléfica, que ofrece una versión muy alternativa de la historia que conocemos, parece que en Disney también quieren desmontar aquello del amor verdadero nacido a los cinco minutos de encontrarte con alguien en sus últimos títulos. Y bien que me parece. Ojalá la siguiente película de princesas que preparan tenga una protagonista de apariencia más normalita. Tienen pelirrojas, rubias, indias, árabes…. ¿Para cuándo una princesa Disney algo gordita, com acné o carita de pan? Lo de la princesa interesada en otras princesas, que deslumbre a otra hermosa señorita cantando junto a un pozo o que no tenga claro si le gustan los chicos o las chicas va a tener que esperar más, soy consciente.

Volviendo a Maléfica, no quiero destripar la película (alguna vez lo he hecho y me habéis regañado con razón), simplemente quería decirnos que es perfectamente apta para niños. No da miedo, es preciosista y con detalles cuidados y la historia es sencilla para que niños pequeños puedan entenderla. Está recomendada a partir de siete años, pero yo fui con Julia que tiene cinco y estaba empeñada en verla tras ver el trailer mil veces en los canales infantiles de Disney y la disfrutó mucho. De hecho creo que debería catalogarse como película para niños. A ellos puede gustar mucho, a los adultos se les va a quedar muy simple. Y me da que no se está transmitiendo demasiado bien en la promoción.

Es muy previsible en su desarrollo diferente al del cuento de hadas de Disney, se cepilla al que fue mi príncipe favorito  de niña (el verdadero protagonista de la cinta original) y Angelina está sencillamente espectacular, sostiene ella sola una película por lo demás bastante normalita. Bueno, ella y también Sam Riley, el cuervo que se come la pantalla cada vez que aparece. A Aurora la podría haber interpretado cualquier niña rubita y guapa.

Por cierto que en Maléfica arreglan un error de guión flagrante de la versión original: ¿Por qué las hadas se la quedan casi 16 años y la crían alejada de sus padres para devolverla al castillo justo el día que el maleficio dice que se pinchará? ¿No podrían haber esperado un par de días más para asegurarse?

‘Frozen’: no se puede saltar del flechazo al altar

Cartel promocional con la princesa Elsa.

Cartel promocional con la princesa Elsa.

Domingo, sesión matinal llena de niños. Al fin hemos visto una película a la que todos teníamos ganas: Frozen, el reino de hielo. La última gran apuesta Disney en pantalla grande. La película infantil más apetecible a priori del invierno, al igual que El origen de los guardianes (con otro creador de nieve como protagonista: Jack Escarcha, coincidencia) lo fue el año pasado.

Ir con tantas expectativas puede ser un problema. No es la primera vez que salgo escaldada por acudir con el listón muy alto. En películas de adultos y también con títulos infantiles. Ahí está Brave, sin ir más lejos.

Por suerte en esta ocasión no ha sido así. Frozen, que apenas tiene nada en común con el cuento clásico en el que supuestamente está inspirada, es un divertimento cinematográfico muy por encima de la media. Visualmente es muy hermosa. Músicalmente una delicia, que estoy deseando poder ver en versión original para disfrutar de las voces de Broadway originales (llevo desde ayer con ‘Let it go‘ incrustado en el cerebro) Es original en el tratamiento del chica-conoce-chico y también en toda su estructura. La historia transcurre ágil y cuesta elegir un personaje favorito, todos son consistentes y tienen su encanto.

Aunque a mi hija no le ha costado. Julia ha salido fascinada con la princesa Elsa y jugando a crear hielo y nieve. Aún es pronto para saber si destronará a Tiana y Rapunzel. Ya veremos…

Es una auténtica pena que la calidad de la proyección no hiciera justicia a la película.

No acudí con Jaime, pero me estoy planteando llevarle. Sin duda en casa la disfrutará.

Eso sí aún tiene que pasar la prueba de fuego que Enredados (y muy pocas más) han superado: verla en casa una docena de veces sin perder su brillo.

Aviso. Aquel que quiera verla virgen, mejor que a partir de ahora pare de leer.

La historia no se centra en una relación romántica, sino en la de dos hermanas: la princesa Elsa (espectacular su transformación en plan Angelina en la alfombra roja) y la princesa Ana. Habla de la aceptación de lo que somos, del peligro de la sobreprotección y de comprender que no podemos vivir en soledad.

Pero sí que hay romance. Lo hay con una interesante vuelta de tuerca en las películas de princesas: la moraleja es que no te fíes del flechazo, no te apresures en casarte. Conoce a alguien que te gusta y ten una relación de verdad, conócele bien antes de decidir si es el hombre de tu vida. Salir a la vida deseando encontrar un príncipe azul puede conducirte al desastre.

Ya se lo podrían haber contado a Blancanieves, Aurora o Cenicienta. Sobre todo en el caso de la última estoy convencida de que se va a llevar el chasco de que su flamante marido tiene poco de heterosexual. Revisad la película: es el padre el que se empeña en buscar esposa al príncipe, que no hace ni caso a las mujeres; en el baile de palacio le llevan a todas las damas del reino y se dedica a bostezarlas en la cara. Creo que lo que le fascina de Cenicienta es us estilismo. Y luego el que ordena desesperado buscar a la dueña del zapato perdido es de nuevo el padre, el príncipe anda desaparecido.

Volviendo a Frozen, creo que volveremos a verla en pantalla grande.

Trofeos, sombras, protagonistas sin historias… princesas

Un colega, que no creo que ande precisamente preocupado por educar niños en estos momentos, me ha descubierto un entretenimiento en forma de App (no me atrevo a llamarlo videojuego ni él tampoco) que le llamó la atención y que decidí probar en cuanto me habló de él.

Se llama Hope, lo ha desarrollado Mr.Roboto y tiene su enjundia pese a su humildad. En Hope, con una estética que gustará a todos los nostálgicos de los videojuegos de píxel visto, muestran la tradicional historia de un héroe que tiene que salvar a una princesa matando miles de malos, pasando pruebas y avanzando por un mapa. Su originalidad es que no manejamos a ese héroe dando espadazos, sino que contemplamos a la pobre princesa secuestrada. Vemos como llora, suspira, espera y desespera. Y pasan más cosas sí, lógicas en esa situación de princesa retenida por un malvado pero en las que los juegos no suelen entrar. Cosas que no lo hacen recomendable para niños.

Esa es su gracia más allá del guión, que puede gustar más o menos, lo interesante es que nos hace darnos cuenta de (como dice el amigo que me lo recomendó) “la mierda de personajes femeninos que suele haber en los videojuegos, son los trofeos del protagonista y poco más”.

Hay excepciones sí, pero tiene razón. La figura femenina en esas aventuras es tirando a patética. Tras jugar a Hope, me está dando por imaginar lo que pueden estar pasando, lo que les están haciendo a todas esas pseudoprotagonistas. No son precisamente modelos femeninos atractivos para que las niñas se sientan identificadas con ellos. Mejor de hecho si no se sienten identificadas con ellos.

No sé si esa será una de las razones por las que las niñas se sienten mucho menos inclinadas a dedicar su tiempo de ocio a los videojuegos. Es probable que sí. Tal vez la industria del videojuego tenga que hacer un esfuerzo real por atraer a las niñas y a adolescentes con juegos de calidad, más allá de Nintendogs, Sims o juegos horrorosos en los que adiestras ponys o cuidas bebés. Estereotipos sin parar.

Pero deberían planteárselo. Niñas como mi Julia, con sus cuatro años, padres que tienen la casa llena de consolas y saben de juegos y que disfrutan de ratos de ocio con sus propios juegos en el iPad y en la consola, pueden marcar una diferencia importante, una generación de niñas predispuestas favorablemente hacia los videojuegos. Si al crecer les ofrecen títulos de calidad, claro.

Tal vez sea difícil ese cambio de foco de la industria, teniendo en cuenta el porcentaje de testosterona reinante  entre desarrolladores y distribuidores y la creencia establecida de que se trata de un tipo de ocio que (también con excepciones, como las protagonistas-trofeo) interesa eminentemente a los varones. Productos hechos eminentemente por varones para varones. Claro que, de seguir así, será una profecía perennemente autocumplida.

Y es cierto que las cosas ya están cambiando. En mi generación apenas había unas pocas niñas interesadas por los juegos, en generaciones posteriores el número ha ido subiendo, pese a ese mercado que sigue enfocado en el cromosoma Y y que cuando pone una protagonista femenina fuerte y con carisma, como la emblemática Lara Croft, la diseñan pensando en que sea imposible dejar de mirarla el culo (otra observación de mi amigo).

Bueno, que divago… Volviendo a Hope, creo que tiene dos posibles finales. Yo he visto uno y me parece que me animaré a intentar el otro.

No importa si tenéis poco tiempo o no os gustan los juegos, si tenéis curiosidad podéis zambulliros en Hope sin miedo. Apenas roba unos pocos minutos cada noche (mejor ponerse con él cuando se esté tranquilo, yo lo hacía en la cama antes de dormir) y en menos de una semana lo habréis liquidado.

Y da que pensar. Me da que a todos nos surgen reflexiones diferentes, aunque relacionadas.

Mi colega, ese que me lo ha descubierto, ha escrito mucho más y mejor que yo en Yorokubu sobre Hope. Os dejo con el enlace a su pieza Esperar y suspirar: el juego de ser princesa y con algunos fragmentos inconexos (os recomiendo leerlo entero).

La divulgadora feminista Anita Sarkeesian ha dedicado ya dos episodios de su estupenda y polémica serie de vídeos Tropes vs. Women in Video Games a señalar cómo los videojuegos recurren constantemente a la figura de la damisela en apuros y colocan a mujeres y niñas como trofeos o motivaciones para los personajes masculinos. A veces el análisis de la Sarkeesian dispara al bulto y hace trampa con ciertos títulos por pasar detalles por alto, pero atina en lo importante: hay muchos protagonistas masculinos y muchos personajes femeninos que no son más que zanahorias atadas a palos. Todo cáscara.

La protagonista de Hope es una damisela en apuros de manual. Sí, la escuchamos más que a la Peach de Super Mario y más que a la princesa Zelda, pero está encerrada, está indefensa y es el trofeo de un personaje masculino. Lo que ha hecho Mr. Roboto al mover el foco y enseñarnos esta parte de la historia, nos sirve para señalar de una forma todavía más clara las flaquezas que esconden estos personajes. Es cierto que en la historia de Hope la princesa lleva carga dramática y acapara la mayor parte del texto del guion, pero sigue siendo un personaje de videojuego cuyas únicas habilidades son caminar, llorar y suspirar y sigue dependiendo de otro para salvarse.

¿Y por qué no se cuenta nunca el otro lado de la aventura? ¿Es un coñazo? “No creo que sea aburrido”, responde Ricardo (el creador), “simplemente no es tan épico ni emocionante para el jugador. Sin embargo es más trágico, o así nos lo imaginamos nosotros.  Cada punto de la historia tiene su gracia, ¡cuántos millones de personas querrían saber más del punto de vista del Imperio en La Guerra de las Galaxias!”.

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Mostremos a nuestras hijas quiénes fueron las auténticas princesas a la que imitar

La traducción es mía, pido perdón por ella, pero creo que la fotógrafa y madre reciente Jaime C. Moore explica mejor que nadie su maravillosa idea.

Como mi mi increíble hija, Emma, cumplió 5 años el mes pasado, yo había estado buscando por todas partes  inspiración creativa para sus fotografías de sus 5 años.

Me di cuenta de que era habitual para muchas niñas vestirse como hermosas princesas de Disney, no importa donde mirase, el 95% de las “ideas” eran los “cómo fabricar” o cómo vestir a tu niña pequeña como una princesa de Disney. No me malinterpreten, me encantan las princesas de Disney, sus hermosos vestidos, su pelo perfecto, sus preciosas voces y sus historias de amor ideales. Es una mezcla que que no puedes evitar que te haga extasiarte con los personajes. Pero me hizo pensar que son sólo personajes, cuentos sobre princesas  hechas por escritores (la mayoría antes de 1998) … una fantasía poco realista para la mayoría de las niñas (Yay Kate Middleton!).

Empecé entonces a pensar en todas las mujeres reales que mi hija podría conocer, mujeres reales que, sin haber conocido a Emma, han cambiado su vida para mejor. Mi hija no nació en la realeza, pero ella nació en un país donde ahora se puede votar, ser médico, un piloto, un astronauta, o incluso presidente si quiere y eso es lo que importa realmente.

Yo quería que ella conociera el valor de esas mujeres increíbles que habían ido en contra de todo para que ella ahora pueda tener todo. Elegimos cinco mujeres (cinco mujeres increíbles y fuertes), ya que era su quinto cumpleaños. Pero hay miles de mujeres increíbles (y niñas) que vencieron obstáculos y lucharon (y todavía luchan) por su igualdad de derechos en todo el mundo…

Así que dejemos de lado las muñecas Barbie y las Princesas de Disney solo por un momento y mostremos a nuestras niñas las mujeres reales que pueden ser.

Jaime, te aseguro que te haré caso. Haré todo lo posible por lograr que mi hija crezca conociendo a estas mujeres. No puede ser que crezcamos sabiéndonos al dedillo las historias de Blancanieves, Aurora o Rapunzel, y no conozcamos a las heroínas de carne y hueso a las que tanto debemos y tan de admirar son.

Tú también eres una inspiración.

Os dejo con las fotos en las que su hija Emma aparece caracterizada como las cinco mujeres que ambas estuvieron investigando.

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Adriana, Mary, Ilene, Jodi y Paige, las auténticas princesas Disney

¿Os suenan Adriana Caselotti, Mary Costa, Ilene Woods, Jodi Benson o Paige O’Hara? Tal vez sí, tal vez seáis unas enciclopedias andantes del universo Disney, pero me da que no. Yo, desde luego, no tenía la más remota idea de quienes eran hasta hace un par de días.

Todas ellas se encuentran entre las actrices más rentables de la historia. Son las que insuflaron voz y vida a Blancanieves, Aurora (La bella durmiente), Cenicienta, Ariel (La sirenita) y Bella. Los que somos padres recientes, sobre todo aquellos que lo somos de niñas y ponemos de vez en cuando las películas en versión original, las hemos oído en numerosas ocasiones. Conocemos bien sus voces, su forma de cantar. Poco más.

Adriana-Caselotti-disney-princess-voice-actresses-28460658-263-320Adriana Caselotti, una guapa morena que nació en 1916 y murió a los 80 años, era una actriz y cantante de origen italiano. Nacida en una familia vinculada  a la ópera, dobló el primer largometraje de Disney (de éxito estratosférico) con 26 años.

Blancanieves (1937) la marcó para toda la vida. Fue una lotería y una maldición. Disney truncó su carrera. “Lo siento, pero esa voz no se puede utilizar en cualquier lugar. No quiero estropear la ilusión de Blancanieves”, dijo por lo visto el propio Walt.

Su casa, toda de madera, emulaba las de la película con pozo de los deseos incluido. Adriana tuvo cuatro príncipes. De tres de ellos se divorció y de otro quedó viuda. La última década de su vida la pasó luchando contra el cáncer. Antes de morir aseguró: “Sé que mi voz vivirá para siempre”.

Tenía razón.

100112_FS_DatelineDisney_IlleneWoods_FEAT_1Illene Woods, nacida un año antes que Mary y que a mí me recuerda más a una eficaz secretaria que a una diva, fue la voz de Cenicienta (1950) cuando tenía apenas 21 años. Ya era famosa cantando desde los 15 años, con un programa de radio de enorme audiencia en su haber.

Dos amigos suyos escribieron tres de las canciones más conocidas de Cenicienta: Bibbidi Bobbidi Boo, A dream is a wish your heart makes y So this is love.  A Walt Disney le encantaron y decidió usarlas en su película y pedir a Ilene que fuera la voz de la princesa.  Más de trescientas cantantes habían optado al papel.

Illene cantó mucho para los soldados americanos en guerra. También cantó en privado para el presidente Roosevelt y en la Casa Blanca para Truman.

Se casó dos veces. La primera a los 17 años. Tuvo una hija de ese matrimonio. Del segundo tuvo dos varones. Murió hace muy poco, en 2010, habiendo olvidado que una vez fue la princesa que perdió un zapato por culpa del alzhéimer.

00000005-9971Mary Costa, del tipo rubio gélido que hacía las delicias de Alfred Hitchcock pese a su apellido, nació en Tennessee en 1930. Era una cantante de ópera profesional. Tuvo que pasar horas de audiciones para lograr el papel de Aurora en La bella durmiente (1959). Tenía 29 años cuando interpretó la mítica canción de “eres tú el príncipe azul, que yo soñé…”, que en inglés en realidad era Once upon a dream.

Mary sí que tuvo una larga y prolífica carrera, pero como cantante de ópera, con primeros papeles en Los Angeles, Nueva York, Londres o Moscú. Parece ser que bordaba el papel de Violetta en La traviatta. Hizo apariciones en televisión y en conciertos varios.

Como anécdota valga que Jackeline Kennedy le pidió que cantara en el memorial de la muerte de su marido.

Murió a los setenta años. Toda su vida apoyó causas humanitarias, pero especialmente sus últimos años se volcó en la ayuda de los niños que habían sufrido abusos y dando charlas motivadoras a niños en colegios e institutos animándoles a luchar por sus sueños.

Jodi+BensonJodi Benson inaugura la segunda generación de princesas clásicas de Disney, la generación del merchandising brutal y la que vimos las que ahora somos madres recientes siendo niñas o adolescentes (he de confesar que yo nunca hice ningún caso a las princesas Disney de niña, no recuerdo haber visto entonces La sirenita, Aladdin la descubrí ya adulta y La Bella y la bestia me pilló preadolescente y aborreciendo el rosa).

Benson es una actriz de doblaje (no solo de animación, también de videojuegos) y cantante soprano con bastantes tablas en Broadway. Ella dio la voz a Ariel en La Sirenita (1989).

Nació en 1961 y también fua la voz de Barbie en Toy Story. Es más, hacía un pequeño papel secundario en Encantada, la historia de Giselle, como secretaria que alucina con los ademanes de princesa de cuento de hadas de Amy Adams.

Paige+OHaraPaige O’Hara, nacida en 1956, es una cantante de Broadway. Ha sido la voz oficial de Bella (La bella y la bestia, 1991) hasta enero de 2012, que Disney decidió jubilarla. No dieron motivos, pero es fácil deducir que su voz ya no sonaba todo lo fresca y joven que debería.

Por cierto, ahora que está tan de moda Los miserables por su último estreno en cines, no está de más recordar que ella interpretó divinamente el papel de Fantine en Broadway.

Personalmente, es la voz que más me gusta. Adriana, Mary e Ilene, a mí al menos, tienen voces que me resultan demasiado líricas, incluso algo anticuadas.