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¿Nuestro deber es estar con ellos?

A finales de enero tienen que hacer a mi peque una resonancia magnética. Tienen que dormirle para poder hacérsela. En febrero hay un electroencefalograma y una prueba en el otorrino. En marzo un extracción de sangre para mirar todo tipo de cosas.

Todas esas pruebas son de descarte. Normalmente en los niños con un diagnóstico como el mío, de trastorno generalizado del desarrollo, suele dar todo bien.

Pero todas esas pruebas forman parte de un protocolo para descartar otro tipo de problemas diferentes (lesiones cerebrales, síndrome del X frágil…) o asociados (epilepsia por ejemplo).

Conozco a muchas madres cuyos hijos han pasado por ello y todas coinciden en que suena peor de lo que parece, que luego no es para tanto.

En cualquier caso hay que pasar por ello.

Obviamente hay pruebas en las que no estaré. Pero siempre que pueda allí estaré con él.

Hasta ahora no le han hecho más que algunas extracciones de sangre por su alergia al huevo, pero siempre he estado a su lado.

Conozco padres que prefieren no estar presentes cuando a su hijo le sacan sangre o le dan unos puntos de sutura.

Imagino que por aquello de que ojos que no ven corazón que no siente.

Totalmente respetable, pero no es lo mío.

Yo no es que prefiera estar. Es que creo que es mi obligación como madre estar presente e intentar tranquilizarle.

Personalmente, me sentiría peor no estando.

Si está en mis brazos, si le tomo la mano, si canto sus canciones preferidas… quiero creer que pasará mejor el trago.

Ese es mi punto de vista particular como madre.

Luego está el punto de vista de los profesionales de la salud.

Un post de Amalia Arce, la madre reciente pediatra que sabéis que sigo va por el mismo camino.

Os dejo parte:

En ocasiones en Urgencias hay que realizar tratamientos o exploraciones complementarias que pueden no ser muy agradables para los niños, como por ejemplo realizar una analítica o suturar una herida cutánea. A diferencia de los adultos, los niños no siempre pueden comprender el procedimiento a realizar, y aunque lo comprendan, lo habitual es que tengan un comportamiento receloso cuando no directamente actitudes de pánico. Las figuras del padre o de la madre en ese momento pueden ser facilitadoras para que el niño no asuma la situación con una angustia excesiva. Y al contrario, si los padres se muestran muy nerviosos o inquietos ante la situación, los niños se contagian y lo pasan peor. Por eso a mí me parece importante no mostrar nuestra propia ansiedad como padres en según qué momentos, aunque entiendo que esto no siempre es fácil.

Todo esto está ligado con la presencia o no de los padres durante las exploraciones o los tratamientos. En los diferentes hospitales dónde he trabajado he vivido diferentes actitudes, aunque la tendencia que va en aumento es la de permitir no sólo que los padres estén presentes sinó que puedan colaborar en alguna parte del procedimiento. De alguna manera la autonomía de los pacientes (y en este caso de sus padres como responsables) va ganando terreno al paternalismo que ha imperado en las décadas anteriores en el ejercicio de la medicina.

Los profesionales mantenemos diferentes actitudes ante la presencia de los padres. Hay quien incrementa su propia inseguridad y hay quién no tiene inconveniente en que estén. Generalmente suele ser más preocupante para el personal en formación.

Personalmente yo creo que los padres no deberían estar en momentos de soporte vital (por ejemplo si se están haciendo maniobras de reanimación) por lo complicado y estresante de la situación. Y tampoco en pruebas que requieren una esterilidad alta como por ejemplo en cirugías o punciones lumbares.

En el caso de procedimientos menores como las suturas, a mí no me importa que estén los padres. De hecho lo prefiero sobretodo en una circunstancia: cuando se da la suma de niño muy nervioso con padre/madre tranquilo/-a. Algunas padres ansiosos o que se han puesto nerviosos por la situación, o que son muy aprensivos deciden por iniciativa propia esperar fuera.

Me toca repetir la prueba del azúcar

Hace poco más de un mes os contaba que me habían hecho la famosa prueba del azúcar, y que tampoco era para tanto.

Y muchas en los comentarios me comentastéis que la que era realmente pesada, incluso desagradable, era la que te hacen si esa no es concluyente.

Pues la prueba me dió 144, que está en el límite de la normalidad. Y dado que yo nací gigante, el peque nació grandote y Julia parece que va camino también de ser grande, la ginecóloga quiere asegurarse y me ha mandado “la larga”.

Además, mi padre es diabético. Está apuntado en mi historia aunque la ginecóloga ni lo mencionó.

Durará unas tres horas, la hacen en el hospital en lugar de en el ambulatorio y te dicen que vayas acompañada.

La tengo el día 29 de diciembre. Ya os contaré qué tal esta vez.

De momento ya tengo a media familia dando vueltas a eso de que la niña va a ser grande. “!Ya verás como te toca otra cesárea¡” me dijo mi abuela el otro día.

Y sigo tranquila confiando en que la segunda prueba del azúcar resulte bien y que el parta vaya por sus cauces naturales.