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La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

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Por un recreo inclusivo, en el que ningún niño se sienta al margen #recreoinclusivo

El momento de salir al patio suele ser especialmente delicado cuando hablamos de niños con necesidades educativas especiales, con autismo, con discapacidad. Lo pude corroborar de nuevo cuando elaboré el mes pasado un reportaje sobre las otras precupaciones de la vuelta al cole.

En el recreo un niño que no ve, que no oye, que tiene problemas motores o autismo, tiene muchas papeletas de acabar solo. Al niño que no ve hay que irle a buscar, él no es capaz de encontrar un amigo. El que no oye tiende a aislarse si no entiende reglas de juego o llamadas. El que tiene autismo y dificultades sociales puede verse superado o separado. El que tiene problemas para moverse no puede participar en muchas actividades habituales.

Si no hay una intervención, el recreo, que debería ser momento de relax y diversión para los niños, puede ser en cambio un rato de soledad, angustia o incluso dolor.

Y no por culpa de los otros niños. Es lógico que no caigan en la cuenta, que vayan a divertirse sin darse cuenta del compañero que se ha quedado atrás.

No basta con vigilar el patio. Hay que intervenir buscando dinámicas que integren, positivas para todos los niños.

Por eso me parece una estupenda iniciativa el concurso escolar que ha lanzado Grupo Social ONCE para lograr un recreo inclusivo. Por eso lo traigo aquí. Cualquier padre puede proponerlo en su colegio y simplemente participar ya crea conciencia (en niños y adultos) de pensar en el otro, de ponerse en su lugar.

Es un programa de sensibilización educativa que pretende trabajar en el aula de manera activa el cambio de actitudes y la actuación de los estudiantes para mantener una convivencia respetuosa. Este año, más de 2.000 profesores y 150.000 alumnos trabajarán el #recreoinclusivo.

La hora del recreo suele durar entre 20 y 30 minutos. Es el tiempo suficiente para que un estudiante se sienta al margen de sus iguales. Por ello, este concurso busca que los centros perciban el recreo como una parte importante de su proyecto educativo y no como un simple paréntesis en la jornada lectiva. De esta manera se puede convertir en una oportunidad educativa para la inclusión.

El concurso pone a disposición de los participantes diversas herramientas para que puedan mejorar sus aptitudes sociales y conseguir un entorno de recreo más inclusivo. De esta manera, serán los propios escolares y docentes los que hagan propuestas para hacer un espacio de ocio y convivencia para tod@s.

En el 35 concurso escolar del Grupo Social ONCE pueden participar todos los escolares de los centros educativos españoles públicos, concertados y privados, desde Primaria hasta Bachillerato, además de Educación Especial y Formación Profesional.

Los estudiantes de Primaria y Especial deberán realizar un cartel que refleje sus pautas para fomentar y reivindicar la diversidad e inclusión en el recreo, que deberá ir acompañado de una audiodescripción. Mientras, los escolares de la ESO, FP y Bachillerato tendrán que grabar un videoclip musical (de un minuto de duración) que tiene que ir acompañado de un pequeño guión.

Cada grupo o aula deberá subir a la página web del concurso su trabajo. Los directores o profesores de todos los centros educativos que deseen participar en el concurso y acceder a los materiales educativos, podrán hacerlo a través de la propia web o por vía telefónica en el número gratuito 900 808 111, siendo la fecha límite de recepción de participaciones el 1 de febrero de 2019.

 

¿Deben los institutos imponer normas de vestimenta a sus alumnos?

Entre los cuatro y los dieciséis años fui a un colegio al que solo acudían niñas. Todas íbamos con uniforme. Uno pensado para ser muy recatado; un pichi con una falda que no podía superar la rodilla, aunque eso obligase a las familias a cambiar más a menudo de uniforme. Para intentar subsanarlo, y porque las madres de los ochenta se las sabían todas, era frecuente que llevásemos treinta centímetros de dobladillo que los hacían crecederos.

Como era pichi y no falda suelta, en el camino de ida y vuelta al colegio no podíamos enrollar la cintura de la falda para poder enseñar algo más de carne y que el atuendo nos quedase más mono. Así lo hacían algunas alumnas en otro par de colegios cercanos, también femeninos y de monjas, que también se las sabían todas.

Daba igual. En el camino a nuestro colegio había que pasar una calle peatonal en la que se apostaban los chicos de otro centro, esta vez solo masculino, de curas y sin uniforme. Uno de sus deportes favoritos, sobre todo cuando el calor hacía que llevásemos calcetines en lugar de medias largas, era asaltarnos, subirnos las faldas y salir corriendo. Y podríamos haber llevado falda hasta los pies y cuello vuelto, que el despertar del interés por el otro no hubiera sido menor ni nos hubiera distraído menos. A unos y a otras.

Recordaba esas batallitas al ver que un instituto de Torrevieja ha prohibido a sus alumnas acudir con shorts al centro. Una decisión del consejo escolar que ha soliviantado a muchas alumnas y a sus familias.

“Soy adulta y sé cómo debe vestir una niña para ir decorosamente al centro. Llevaba un pantalón que cualquier madre podemos comprar a una adolescente, con el que no enseñaba absolutamente nada: no entiendo que tenga que medir tres o cinco centímetros siempre que mi hija vista recatadamente”, ha dicho una de las madres.

En Torrevieja, en septiembre, hace un calor más que interesante. Las chicas, que quieren ir fresquitas, tildan la decisión de machista. A ellos no les prohíben los pantalones cortos, aunque sí las camisetas de tirantes.

El pasado viernes cuarenta alumnas, apoyadas por sus familias, acudieron en shorts. Solo lograron que más de la mitad recibieran una charla de una hora en la biblioteca. Este lunes son setenta las que se plantaron en el centro, y parece que unas veinte se han quedado en la puerta.

(EUROPA PRESS)

No sé qué opinión tendréis vosotros. Tal vez sois de los que creéis que los muslos distraen de los estudios tanto como para obligar a cubrirlos de tela. Yo creo que estar fresco y cómodo ayuda a concentrarse. Y que, como ya he apuntado antes, es imposible poner freno a las distracciones carnales de la adolescencia (o de la edad adulta, que a veces parece que las hormonas mueren cuando cumples los treinta y nada más lejos de la realidad).

No estoy necesariamente en contra de las normas de vestimenta, aunque, sinceramente, no las encuentro especialmente necesarias para la buena marcha de un centro. Me parece más relevante impedir tacones de aguja por cuestiones prácticas y de salud en esas normas que hablar de longitudes de pantalones y faldas, que vuelven a responsabilizar a la mujer de los comportamientos ajenos, que inciden en culpabilizarla por su vestimenta, que propician un modo de pensar machista.

Puedo estar equivocada, pero permitir autonomía a los chavales y las familias, tirando de sentido común, me parece más lógico. Y solo si hay algún caso que pasa de castaño oscuro, hablar con los chicos o con las familias.

‪¿Sabes cuánto pesa la mochila de tu hijo? Si supone más del 15% del peso del niño, deberías protestar

La preocupación por el peso de las mochilas que llevan mis hijos reconozco que es un tema que no me preocupa personalmente. Mi hija, que tiene nueve años, acude a un colegio en el que no tenemos que comprar libros de texto. Los que ya usan, son del colegio, y solo excepcionalmente viene alguno de paseo a casa. En su mochila va un cuaderno, la merienda y algún libro que quiera leer.

Jaime, con once años, tampoco lleva peso. Tiene autismo, va a un colegio especial y no usa libros. Lleva un par de cuadernos pequeños, la agenda de comunicación y la merienda.

No obstante, si me encontrase con que uno de mis hijos tiene que llevar a la espalda un 30% de su peso, desde luego que protestaría. Igual que lo ha hecho mi compañero Edu Casado, autor del blog Qué fue de los deportistas olvidados , por los cauces oficiales y en un hilo de twitter en el que concluye: “¿No será mejor que los niños hagan un esfuerzo de responsabilidad a la hora de manejar sus hojas que un esfuerzo físico para cargar su mochila?“.

GTRES

Si sois de los que veis ir a vuestros hijos, niños pequeños o adolescentes, con voluminosas mochilas al colegio o al instituto, os pediría hacer el mismo ejercicio que hizo Edu: pesar la mochila y calcular el porcentaje que supone respecto al peso del chaval. Los fisioterapeutas recomiendan que no supere un 15% (un 10% preferiblemente) del peso del niño. Hay demasiados ejemplos sangrantes de lo que es inadmisible. Que van a aprender, no a entrenarse para ser sherpas.

Creo sinceramente que todos los padres que vean a nuestros hijos acarreando ese peso incomprensible también deberíamos protestar. Mediante las ampas, dirigiéndonos a la dirección de los colegios o incluso a las consejerías de educación.

Más allá del debate de hasta qué punto son necesarios los libros de texto, si se emplean al menos no deberían pesarles. Siempre hay alternativas, como el uso de archivadores e incluso de taquillas y cajoneras asignadas a cada niño en el centro escolar.

¿Están las madres más implicadas en la educación de los niños?

Este lunes es portada en 20minutos, en su edición impresa u online, la otra vuelta al colegio, la de los niños con discapacidad o enfermedades crónicas. Niños en los que preparar la vuelta a las rutinas, los cambios que se encontrarán, seis cajas de libros en braille o nuevas ratios de insulina está por encima de la preocupaciones por los libros de texto o el peso de las mochilas.

En el reportaje hablan seis madres. Ningún padre. Y eso no quiere decir ni mucho menos que los padres no estén implicados en igual medida en la crianza y educación de sus hijos. Quiero dejar meridianamente claro que sé que hay muchos padres implicadísimos en la educación de sus hijos. Tanto o más que las madres. Conozco bastantes. Pero hablan las madres. En este reportaje y en muchos otros publicados en este y otros medios.

Esta abrumadora mayoría me recuerda que en las reuniones convocadas por los centros escolares abundan las madres (de hecho, no es raro se los docentes se dirigen a las madres, obviando a los pocos padres presentes) y son ellas en mayor medida las que acuden a las tutorías, a preparar los disfraces de carnaval y forman parte de las AMPAS.

Y creo que debería invitarnos a todos a reflexionar.

¿Están las madres más implicadas en la educación de nuestros niños? ¿Lo están igual pero son más visibles? ¿Los padres querrían, pero sus circunstancias laborales lo impiden? ¿Los padres podrían implicarse más si de verdad quisieran? ¿Son dinámicas que ya están cambiando?

No pregunto por casos particulares, sino por la generalidad. ¿Qué opináis?

(GTRES)

No perdáis la ilusión, que no os fallen las fuerzas en este nuevo curso, docentes afortunados

Este sábado he estado escuchando a unos cuantos maestros, rodeados de bastantes más, en las Ludo Ergo Sum de las que os hable el pasado jueves. Profesores interesados en llevar los juegos de mesa a las aulas, en el aprendizaje mediante juegos y en la gamificacion. Docentes implicados, que quieren mejorar e innovar por el bien de sus alumnos.

Era un placer, como madre, estar entre todos ellos. Recordaba en ese momento que justo antes del verano, con el curso recién clausurado, hubo un hashtag precioso en redes sociales en el que docentes de niños de todas las edades nos contaron los motivos por los que se consideraban afortunados.

GTRES

Enseñar es un oficio vocacional, que requiere de personas que les guste lo que hacen. De estupendas personas imperfectas, que aprenden también de sus errores  y que tienen días mejores y peores y circunstancias más y menos propicias. Como todos.

No siempre hay buenos profesionales enseñando, soy consciente. Hay ineptos, malas personas, gente que se limita a cumplir el expediente, desencantados y agotados. Igual que en mi oficio, el periodismo.

Pero me consta que son legión los que quieren hacer las cosas bien, incluso mejor. Personas que aman la enseñanza pese a sus sombras e impedimentos, pese a las ratios elevadas, a temarios, leyes y normas más que discutibles, a absurdos administrativos, a direcciones que no ven con buenos ojos las innovaciones e incluso a nosotros, los padres, que demasiadas veces ponemos piedras en su camino en lugar de hacer equipo.

Hoy, una época en la que los nuevos cursos están arrancando por toda España, quiero acordarme de esos maestros que hace tres meses se confirmaban afortunados con comentarios que destilaban amor por su labor.

No perdáis la ilusión, que no os fallen las fuerzas, seguid investigando nuevas vías de entusiasmar a nuestros hijos en su aprendizaje por favor. Sé que a veces os sentís muy solos, poco valorados. Pero también somos legión los padres que somos conscientes de lo importante de vuestra labor.

Os necesitamos. Toda la sociedad os necesita.

Un buen meneo al árbol de la LOMCE, que falta hace

Este miércoles fue un día de maremágnum educativo que aún hoy se siente, de temblor de tierra convertido en tsunami en las redes sociales. El nuevo Gobierno dijo que iba a derogar parte de la LOMCE, algo esperable y esperado; y que la nota de la asignatura de Religión ya no iba a contar para nada y habría otra de valores cívicos para todos irrumpió como trending topic y fuente de debates y desencuentros.

Religión sí, religión no como asignatura. Religión católica o mejor religiones. Religión con un acercamiento cultural e histórico o catequista. Religión con nota que cuenta o como una extra escolar de zumba o polideporte. El debate es viejo y largo, con frecuencia encendido, y mi experiencia me dice que es difícil que haya cambios de punto de vista o acuerdos.

¿Mi opinión? La resumiré en que si a alguien su fe le proporciona consuelo, un sentido al mundo o a sí mismo, me merece el máximo respeto y puedo entender que desee que a sus hijos les enseñen esas creencias en su centro escolar, por mucho que eso no garantice que esos niños hereden esa misma fe. No obstante, me parece lógico y deseable que esa nota no cuente. Igual que desearía que a los niños se les enseñara nutrición, unas mínimas nociones financieras para que sepan defenderse al firmar una hipoteca o primeros auxilios, más aún que una asignatura de valores éticos, pero tampoco querría que puntuaran.

Niños pequeños en el colegio. (GTRES)

Pero hay mucho más, sin duda más relevante, en lo esbozado por Isabel Celáa ayer en el Congreso. Estoy de acuerdo con lo que otra ministra, Carmen Calvo, comenta hoy en una completa entrevista que os recomiendo: “el gran debate que siempre tenemos con la educación no lo tenemos que focalizar sobre asuntos que no tienen ningún sentido en el siglo XXI, como que la religión no debe estar en el currículum, porque lo que sí tiene que estar en el currículum son los valores cívicos, aprender qué es la democracia y la educación sexual. Como tenemos todavía el tema (de la religión) embarrancado ahí, porque es un tema que tendría que estar ya resueltísimo como en cualquier democracia europea, no ponemos el foco a lo que se lo tenemos que poner. Nuestros niños y nuestras niñas tienen que recibir educación cívica, educación afectiva, educación sexual, educación en valores, porque al final una parte importante de tu vida depende de eso”.

La ministra habló de la supresión de las polémicas reválidas, que de hecho ya ni siquiera eran obligatorias ni sus resultados valían para nada y cuya elaboración costaba un dinero injustificable que iba a parar a manos privadas.

También ha dicho que se reducirán de horas lectivas y las ratios de alumnos por aula, así como los días que se tarda en sustituir a un profesor de baja, con un máximo de diez de ausencia. Ha dejado en el aire el concierto a los centros que segregan alumnos por sexos y dicho que habrá un nuevo modelo de becas, se incentivará la educación infantil primando a aquellas familias más necesitadas y se modernizará la FP, que falta hace, y ojalá también se plantearan en serio una preparación profesional de calidad adaptada para alumnos con discapacidad.

Alumnos de Formación Profesional (GOBIERNO DE ARAGÓN/ARCHIVO)

Vinculado a la reciente polémica sobre si hay que perseguir la deseable inclusión a costa de cerrar los centros de Educación Especial, La ministra dijo que “obligatoriamente tiene que existir” y que “tenemos que estudiar si algunos alumnos que se han quedado en centro de educación especial podrían estar en aulas en otros centros”. Suena sensato y parece aclarar las dudas sobre la continuidad de estos colegios, a día de hoy imprescindibles para miles de familias. Eso no significa que no haya necesidad de poner el foco también en las necesidades de esos alumnos, cuyos derechos son pisoteados con insólita frecuencia.

Es verdad que estamos hartos de tantos cambios de ley, que necesitamos una mínima estabilidad en el ámbito educativo, que no ayuda que cada cambio de Gobierno suponga novedades; pero también es cierto que la LOMCE, tal y como está, no contenta apenas a nadie y es preciso meterle mano a fondo.

Hay a quien le sabe a poco que no se derogue la LOMCE entera, pero bienvenido sea al menos el mover bien fuerte el árbol para que caigan las frutas podridas y hacerle algunos buenos injertos.

En cualquier caso de momento lo único que tenemos sobre la mesa son palabras. No hay información sobre dotación presupuestaria ni desarrollo específico de lo apuntado.

Los primeros acordes suenan bien, pero habrá que esperar y ver cómo de bien suena la música que a nuestros hijos les tocará bailar.

“Tu hijo no está en el colegio adecuado”

Por segundo día consecutivo, algo que creo que no había pasado jamás, tengo una firma invitada en el blog. Se trata de Clara Hernández, madre de un niño con autismo que ha experimentado algo que, con diferentes matices, es muy común en los padres de hijos diagnosticados dentro del espectro autista: un cambio de colegio entre sinsabores.

Mi hija tiene nueve años. No tiene autismo. Solo ha acudido a un único centro escolar. Es lo normal en un niño de esa edad si no ha habido mudanzas o alguna circunstancia excepcional de por medio.

Lo excepcional en un niño con autismo que ronde los diez años es que solo haya estado en un colegio. El mío, con once, ha pasado por tres. Espero que en el que está sea ya el definitivo.

Y eso no puede ser. Sobre todo cuando la estabilidad es vital para ellos, cuando los cambios les cuestan, sobre todo cuando un abordaje acertado, único y continuado en el tiempo es lo que mejor puede contribuir a que alcancen su máximo potencial.

La mayoría entran en Infantil en la vía Ordinaria de escolarización, porque aún no han sido diagnosticados o sabiéndolo y con apoyos o en una aula TEA. Y la mayoría acaban descolgados, enviados a Especial (tal vez tras uno o varios traslados a otros colegios de la Ordinaria) porque la inclusión de pacotilla existente solo admite a los que mejor evolucionan, a los que no tienen conductas disruptivas, a los que encajan con los medios o las ganas que el colegio tenga.

Olvidan que no es el niño el que tiene que encajar, sino que es el centro escolar el que tiene que adaptarse. Exigir a la administración los medios que hagan falta y asesorar a los padres para que puedan sumarse a esas exigencias. No vale no hacer gala de ser un colegio inclusivo si no se es con todos. Y ninguno lo es con todos, solo con aquellos que pueden manejar tal y como ya están.

(GTRES)

Hemos conseguido cambiar a nuestro hijo de colegio. Hemos conseguido para él y para su hermana pequeña de 3 años un centro escolar inclusivo y con recursos de apoyo. Puede parecer una minucia pero, en la realidad de una familia con dos hijos con TEA, es todo un logro. Nosotros no tenemos derecho a elegir cualquier centro, porque no todos aceptan niños con necesidades especiales: por falta de recursos o por falta de interés.

Mi hijo comenzó 1º de infantil en un colegio “notable” según los rankings nacionales: potentes instalaciones y gran nivel académico y deportivo.  Un colegio concertado y, por tanto, sostenido con fondos públicos. Nos pareció perfecto para un niño que, con tres añitos, evolucionaba bien: tenía diagnosticado un Retraso Leve del Lenguaje, pero en cuanto empezara el cole, con todos los estímulos que iba a recibir, arrancaría, según nos habían dicho varios profesionales.  Finalmente su evolución no fue la esperada: en 2016 fue diagnosticado de Trastorno Especifico del Lenguaje, para acabar diagnosticado de Autismo de Alto Funcionamiento en 2017. Tiene reconocido un grado de discapacidad del 34%.

Desde su escolarización informamos puntualmente tanto a la tutora de nuestro hijo, como a la Orientadora del colegio. Nos indicaron que debíamos acudir a un Centro de Atención Temprana para ampliar la terapia que recibía nuestro hijo. Iniciamos ese proceso, muy complejo, por cierto, dada la elevada lista de espera que hay en Andalucía para centros públicos pero también para privados. Preguntamos al Servicio de Orientación sobre cómo nos podían ayudar desde el colegio. Nos hicieron un informe. Y nos indicaron que el colegio no cuenta con recursos de apoyo ni logopeda. Eso fue todo.

Cuando conseguimos un Centro de Atención Temprana, nos informaron correctamente de todos los trámites que debíamos hacer, y solicitamos al servicio de Orientación que inscribiera a nuestro hijo como alumno con Necesidades Educativas Especiales (NEE) y que realizara un Dictamen de Escolarización.

Al empezar el segundo año de infantil solicitamos al Servicio de Orientación que nos cumplimentara la documentación para pedir una beca del Ministerio de Educación para alumnos con NEE. Nuestra sorpresa es que nos responden que no podemos solicitarla, porque no han inscrito a nuestro hijo como alumno con NEE como habíamos pedido. Reclamamos, esta vez por escrito, que le inscribieran. Era Octubre de 2016. Mi hijo no obtuvo Dictamen de Escolarización hasta Marzo de 2017. Cuando comentábamos lo sucedido con terapeutas o trabajadores sociales, nos informaban de que algunos colegios “evitan” inscribir a alumnos con NEE para que no consten y no se vean obligados a solicitar la Unidad de Apoyo a la Integración. Obviamente, no podemos afirmar que esto suceda en este Colegio… pese a que nuestra experiencia nos lleva a pensar que sí.

Durante ese segundo año de infantil, el colegio se centra en dejarnos muy claro que “tu hijo no está en el colegio adecuado”, “no tenemos profesores de apoyo, solo de refuerzo, pero no es suficiente para tu hijo”, “le cuesta mucho adaptarse”, “yo no soy profesora de educación especial”,… Además de no recibir ningún tipo de apoyo o recomendación por parte del equipo de Orientación. Dada la situación, reforzamos el trabajo fuera del colegio e iniciamos una fase de terapia intensiva con nuestro hijo, en la que nos implicamos al máximo para conseguir que  alcance el nivel académico y se adapte de la mejor manera posible. Todo ello, mientras empezamos a buscar otro colegio.

Durante el último curso de infantil, la tutora de nuestro hijo se ausenta por estar de baja por enfermedad durante un trimestre; contratan a una profesora sustituta a la que cuando le preguntamos si sabe algo del diagnóstico de nuestro hijo se sorprende y nos dice que no estaba informada. La tutora no había informado a su sustituta y, entendemos que quizá tampoco a los profesores de las extraescolares, al personal del comedor… Ya no sólo se trata de que el colegio no cuente con PT, ni AL, ni profesores de apoyo. Es que directamente no se informa sobre las necesidades de un niño a todo el equipo con el que va a trabajar.

Dado que desde el Centro Escolar no obtenemos respuesta, acudimos a los padres de la clase de nuestro hijo a través de un mensaje que enviamos el 2 de Abril, haciéndolo coincidir con el Día de Concienciación del Autismo. Enviamos un mensaje en el que invitamos a las familias a informar a sus hijos de la importancia de respetar, ayudar e incluir a todos los compañeros, sean como sean. Un mensaje en tono positivo que recibe como contestación el cariño de toda una clase. A la vuelta de su baja, la tutora de nuestro hijo nos muestra su desaprobación y nos indica que hemos “cometido un error” al dar esa información a los padres: nuestro hijo había sido uno más durante estos tres años, pero ahora era un niño señalado, etiquetado, del que decían sus compañeros que estaba enfermo o que no podía aprender. La realidad que nos transmiten los padres de la clase, y que percibimos nosotros, es que está más arropado y sus compañeros entienden mejor sus comportamientos.

Estas anécdotas, esta experiencia, no es más que un grano de arena del desierto que tenemos que atravesar las familias de niños con NEE en edad escolar.

Los centros no informan correctamente sobre sus carencias: este colegio no cuenta con Unidad de Apoyo a la Integración, que pueden solicitar voluntariamente a la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, y no informan sobre ello. Tampoco aparece reflejado en los rankings de los mejores colegios de España los centros que cuentan con recursos de apoyo y los que no; quizá si un cole tiene alumnos con NEE en sus filas, ya no es digno de un notable?

En estos centros escolares se vulnera sistemáticamente el Art. 24 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de las Naciones Unidas, excluyendo y dificultando la convivencia escolar de los alumnos con discapacidad con la clara finalidad de que abandonen el centro. A nosotros nos han “empujado hacia la puerta” durante tres años. Y nos vamos. No podemos más. Hay familias que deciden aguantar… Aquellos que se quedan, y los que entran sin información completa, encontrarán un profesorado que no tiene formación, ni intención de tenerla, sobre los Trastornos del Desarrollo más comunes. El TDHA, el TEA, el TEL, los trastornos del aprendizaje,… tienen una prevalencia actual cercana al 5% de la población de 1 a 5 años. Por mucho que intenten evitar que los niños con dificultades estudien en ese colegio, cuentan con alumnos escolarizados que se beneficiarían de recibir atención temprana, y no la reciben porque su personal no sabe detectarlo a tiempo. Están condenando a esos niños, como poco, y sólo hablando del ámbito que les interesa, al fracaso escolar.

La inclusión no existe, somos los padres. Pero al menos los padres podemos presionar para que nuestro sistema educativo se acerque cada vez más a algo parecido a la igualdad de oportunidades. Al menos, debemos esperar que este tipo de colegios se replanteen un enfoque más inclusivo.

La inclusión sería lo deseable, pero mantener la Educación Especial es imprescindible a día de hoy

Un modelo de educación completamente inclusivo sería lo ideal, a lo que hay que aspirar. Estoy convencida de ello. Tanto como que a día de hoy estamos muy lejos de lograr una inclusión mínimamente aceptable que permita prescindir de los centros de Educación Especial, tanto por voluntad política como por recursos.

La Educación Especial a día de hoy es necesaria, lo creo así sinceramente. Son un salvavidas para muchas familias pero sobre todo es la mejor respuesta educativa a día de hoy y siendo realistas para decenas de miles de niños, muchos de ellos que estuvieron previamente en la vía ordinaria y supuestamente inclusiva acumulando malas experiencias, desatención e incluso un notable sufrimiento.

Si algún año logramos esa deseada inclusión que dé una buena respuesta a las necesidades de todos los niños, independientemente de sus problemáticas, capacidades y grados de autonomía; si algún día de verdad podemos prescindir de la labor de los Centros de Educación Especial, el proceso tendrá que ser muy gradual, bien medido y casi personalizado. Y lo veo muy lejano en el tiempo. Desde luego, a día de hoy, dudo mucho que fuera posible abordar algo así.

Estos días de atrás he visto de cerca la preocupación de muchas familias que se han movilizado para evitar que se demonice esta opción educativa. Que se demonice y se desmonte.

(ELENA BUENAVISTA)

De esa preocupación ha nacido la Plataforma Educación Inclusiva SÍ, Especial TAMBIÉN, cuyo manifiesto inicial se dio a conocer la pasada semana y que aquí os dejo para entender mejor esta problemática.

A continuación he querido mostrar la respuesta de Plena Inclusión a esta preocupación.

Leer ambos puede ayudar a entender una situación compleja, en la que las soluciones fáciles y rápidas nunca van a funcionar.

Las personas con discapacidad, sus familias y docentes nos encontramos profundamente preocupados por la intención de algunos partidos políticos y organizaciones sectoriales de eliminar la Educación Especial que atiende a miles de niños y niñas en España.
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A los buenos maestros

Voy a empezar diciendo una obviedad. Hay maestros excelentes. También los hay que trabajan duro y con vocación para lograr serlo desde una perfecta imperfección.

Tienen abordajes diferentes de la educación, distintos planteamientos, discrepancias a veces, pero le echan ganas y dedicación, se forman y viven la enseñanza con pasión. Enseñando a párvulos y a adultos, a personas con discapacidad y a adolescentes desahuciados por otros colegas.

Me da la impresión de que cada vez son más, aunque bien sé que en todas las épocas ha habido docentes así y en todos los niveles.

Fernando Fernán Gómez en la excelente ‘La lengua de las mariposas’. Me imagino a Don Gregorio a día de hoy innovando en el aula, tal vez adepto a la gamificación.

Y a muchos les ponemos las cosas muy difíciles, incluso les terminamos quemando. Lo hacemos entre padres, administración, falta de recursos y también mucha zancadilla de otros profesionales de la enseñanza, supuestos compañeros acomodados, suspicaces, de cortas miras, desmotivados, que solo miran su propio ombligo o directamente son mala gente.

Otra obviedad: hay profesionales excelentes, buenos, regulares y malos en todos los oficios. Es así en la docencia, en centros públicos, privados y concertados, y también en el periodismo, en la medicina, en el mercado e incluso en la política. Sin olvidar que nadie, ni siquiera el mejor, se ha librado de cometer errores en alguna ocasión. De hecho se aprende con frecuencia metiendo la pata.

Por ser madre, por mi actividad en este blog y como periodista, he tenido la suerte de conocer a bastantes buenos maestros. Mis hijos han tenido la suerte aún mayor de encontrarse con varios durante su breve vida académica. Jaime más que Julia, no sé si es una cuestión de suerte o que abundan entre los que están en Educacion Especial aquellos con una pasta especial.

Y lo hacen contra fuertes vientos y traicioneras mareas, contra planes educativos cambiantes y a veces incongruentes, falta de recursos, interinidades crónicas, sesgos ideológicos a los que los niños deberían ser ajenos, incomprensión generalizada cuando desean innovar, aulas atestadas y con notables desequilibrios, poco reconocimiento y mucho desgaste personal.

Ahora que el curso acaba quiero acordarme de ellos, deseando que el descanso del verano les ayude a recargar fuerzas y olvidar sinsabores.

No quiero que despidan el curso sin sentirse valorados; sin saber que hay también muchos padres que apreciamos su esfuerzo; que somos consciente de que tienen entre sus manos el material más sensible de la sociedad, nuestros niños, y que sabemos que intentan enseñarles bien y con cariño.

Los habrá que, como siempre, recuerden con envidia amarilla sus largas vacaciones, que es cierto que son más extensas (no para todos, los hay para los que el verano supone también una interrupción de sueldo) que las de una mayoría de trabajadores pero no tanto como creen esos que olvidan sus propias ventajas laborales al lanzarse a la crítica, como vuelos gratis si trabajan en compañías aéreas o descuentos en los comercios en los que desempeñan su labor. Pero es que incluso en trabajos sin prebenda ninguna es mezquino no alegrarse de la suerte ajena solo porque no te ha tocado a ti. El camino a la felicidad no se construye comparándose con los demás y atacando todo lo bueno que no ha sido para ti.

Dicen que la envidia es muy española, no lo sé. Yo procuro de forma consciente tenerla bien lejos. Lo que me gustaría que fuera muy español es agradecer a aquellos que trabajan duro, que intentan abrir nuevos caminos y así lograr que el paso de nuestros hijos por colegios e institutos sea feliz y provechoso. Querría que lo muy español fuera cooperar, arrimar el hombro todos por el bien de las generaciones futuras.

Buen verano, buenos maestros. Descansad, que pronto nos veremos en un nuevo curso cargado de retos.
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‘¡Ayúdale a despegar!’, un libro que acompaña en la crianza de los hijos distinto y útil

Desde hace ya muchos años llegan a mis manos, a mi vista o mis oídos muchos libros relacionados con crianza. Los hay de todo tipo. Unos tiran del humor, otros de las experiencias personales o de la evidencia científica. Los hay escritos por famosos,también por profesionales de la salud o la educación.

Como es lógico los hay buenos, malos y regulares, pero os confieso que salvo muy pocas excepciones lo que despiertan en mí es hastío. Sobre todo si se trata de manuales que vuelven a repasar lo contado mil veces: los cuidados y cambios en el embarazo, el puerperio y las primeras etapas del niño. “¿Otro más?”, es lo que pienso.

No me extraña que para muchos futuros padres descarten eso de acudir al papel impreso en busca de conocimiento para afrontar esa nueva etapa en sus vidas, tras la que nada volverá a ser igual.

Tampoco me extraña que tantos declinen amablemente los volúmenes que otros padres ya no tan recientes se ofrecen a regalarles, o que los acepten por vergüenza torera pero los dejen cerrados en algún rincón olvidado. Tampoco que duden de lo que en muchos está escrito. ¿De verdad estará actualizado según las últimas evidencias científicas? Porque a veces no está claro lo que es irrebatible o solo una opinión (por fundada y aceptable que sea), porque intuyen que hay muchos modos de crianza, porque “no quiero que me pongan la cabeza como un bombo.

Creo sinceramente que hay una saturación de volúmenes así, libros en su mayoría de vida breve, como la comida rápida. Por todo eso apenas he hablado en más de una década de blog de libros de crianza. Pero hoy voy a hacer una excepción porque el título lo merece.

¡Ayúdale a despegar!, cuya primera y nutrida edición se ha agotado en tiempo récord, me sorprendió para bien. Considero que es uno de esos pocos libros realmente útiles para leer durante el embarazo, también una vez ya hemos sido padres, porque su enfoque es distinto, porque nos cuenta cosas que no sabemos, porque nos ayuda a ver a nuestro hijo de otra manera, a darnos cuenta de la importancia de las primeras semanas.

Un libro interesante también para muchos profesionales de la salud y la educación infantil, escrito de manera rigurosa y con varios niveles de lectura: capítulos desarrollados en profundidad, resúmenes y consejos prácticos al final de cada uno de ellos, y lleno de referencias bibliográficas al final.

A lo largo de catorce capítulos, los once primeros del fisioterapeuta pediátrico Iñaki Pastor y los tres últimos la psicóloga experta en trauma infantil Jara Acín y Rivera, aprendemos que el ser humano es programable; que la importancia de tocar a nuestro hijo es mayor de lo que creíamos; que coger en brazos sin límite es bueno y también lo son los límites y la firmeza; que es posible enseñar a los niños a encarar mejor el dolor físico y emocional; que hay que huir de las etiquetas cuando se habla de problemas de aprendizaje o a cómo crear buenos vínculos y un entorno de amor y seguridad.

Pero, sobre todo, aprenderemos que el ser humano es un todo Desde su primer día de vida que hay que cuidar por completo, porque un mal equilibrio tal vez se traduzca en el futuro en dificultades con las matemáticas, y que siempre estamos a tiempo de intervenir para, como clama el libro desde su portada, lograr que nuestros hijos tengan “un desarrollo sin límites”.

Termino recomendando la entrevista a sus autores, que este viernes hemos publicado en 20minutos, y que ayuda a entender mejor las enseñanzas y reflexiones de ¡Ayúdale a despegar!.