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Al 80% de los docentes les gustaría trabajar más en equipo con las familias, pero… ¿cómo?

Este martes la Fundación SM y Gestionando hijos han presentado el primer estudio sobre la percepción de los educadores en torno al rol de madres y padres en la educación. Los resultados proceden de una encuesta realizada por correo electrónico a más de 450 directores y jefes de estudios de diferentes instituciones educativas de toda España entre enero y marzo de 2018. La mayoría de centros públicos (75,1%) y entorno urbano (57%).

Es un estudio que contradice de entrada esa impresión existente entre muchas familias de que muchos docentes no quieren a los padres entrometiéndose en lo que sucede en el colegio porque lo único que hacen es entorpecer, de que en muchos centros escolares prefieren que escuela y hogar sean mundos estancos para desarrollar tranquilos su trabajo.

(GTRES)

Es una impresión apoyada en hechos. Todos conocemos (o incluso hemos pasado y estamos) en centros en los que a las familias no se las invita precisamente a participar y parece que, cuanta menos guerra den, mejor. Por suerte, también vamos oyendo hablar de centros en los que es todo lo contrario e incluso cuentan con la ayuda de padres y madres (y abuelos y abuelas) en su día a día.

Volvamos al estudio, que apunta que nada menos que al 80% de los profesionales de la educación les gustaría que las familias trabajasen más en equipo con ellos.
Es más, el 96% creen que el mejor desarrollo de los alumnos viene dado cuando los centros escolares y las familias se coordinan y un 69,3% afirma que el interés de los padres en la educación de sus hijos condiciona sus resultados académicos.

Creo que nadie con dos dedos de frente pensaría otra cosa. Por supuesto, a priori cooperar siempre es preferible y redundará en beneficio de los alumnos. Ya el pasado mes de octubre, coincidiendo con el día mundial de los docentes, yo os contaba en este mismo blog que los padres deberíamos hacer equipo con los maestros.

Me faltaría saber a qué se refieren esos docentes con cooperar juntos, cuál es la letra pequeña en la que estaban pensando los encuestados cuando respondían. Tal vez para muchos docentes de los que han contestado cooperar consista únicamente en acudir a las tutorías pertinentes, apoyar las tareas que manda para hacer en casa y que las familias refrenden su autoridad, pero rechazan más aproximaciones. Tal vez también haya otros que tengan en mente padres proponiendo actividades, sumándose a ellas, echando una mano en huertos o bibliotecas escolares o incluso implicándose en talleres o grupos interactivos.

No es lo mismo y es imposible saberlo a partir de esta encuesta. Ojalá haya un segundo estudio que ahonde en ello. Ahí lo dejo como crítica constructiva.

Y hablando de críticas constructivas, el estudio trae de la mano dos manifiestos, uno dirigido a las familias y otro a los docentes, que invitan a secundar y difundir. Pero os confieso que hay una sentencia del manifiesto dirigido a los padres que me chirría en el sentido que apuntaba sobre qué se entiende por cooperar.

Fijaos en el final del punto dos: “Escucharé con atención y buena disposición lo que los profesores me digan sobre mis hijos y no les criticaré ni cuestionaré sus decisiones“.

Lo siento, pero no estoy de acuerdo. Los padres conocemos a nuestros hijos, mejor en muchos sentidos que los docentes. Descartar de entrada que podamos hacer aportaciones válidas por su bien o dar a entender que los maestros son infalibles me parece un error. Para argumentarlo voy a dejar aquí un extracto del post que os contaba que publiqué en octubre:

No me parece oportuno cerrar filas con los profesores sin cuestionar nada. Probablemente así muchos docentes tendrían las cosas más fáciles, pero lo primero es el bien del menor, no la facilidad de gestión e intendencia del alumno, la clase o el colegio.

Un profesor puede estar equivocado en sus métodos, haber hecho una mala interpretación, no tener toda la información, carecer de recursos…

Y sobra que os cuente que hay profesores buenos, malos y regulares, como en todas las profesiones. Hay personas bondadosas, mezquinas e incluso poco equilibradas. Hay docentes vocacionales, y aterrizados en un centro escolar sin más. Hay enamorados de la enseñanza y desencantados. Docentes llenos de fuerza y otros quemados.

E incluso los mejores entre ellos pueden meter en algún momento la pata.

Si los padres creemos que debemos hablar con ellos para que reconsideren alguna decisión, la manera en la que conciben a nuestro hijo o algún aspecto de cómo le enseñan, tenemos todo el derecho de hacerlo. Diría que incluso la obligación.

Siempre desde el respeto, el sentido común y la mesura.

Si creemos que debemos decir a nuestros hijos que el profesor tal vez se haya equivocado en  eso, que no le eche demasiadas cuentas a lo que le dijo o hizo, incluso que es posible que no sea el mejor maestro del mundo pero que haga lo que pueda en clase y tenga paciencia porque no durará siempre, que todos hemos tenido alguna vez un mal docente. Pues también estamos en nuestro derecho si creemos que redundará en el bienestar del niño.

No hay que desautorizar alegremente, hay que ponderar bien las consecuencias de lo que hagamos. Nunca vale es que nos escuchen gritar “tu profe es un gilipollas”.

Porque también hay muchos padres que tienen tela marinera. Hay padres sensatos y otros incapaces de razonar. Los hay buena gente, pero también mezquinos, irresponsable, incluso violentos. Los hay que cuentan hasta diez y los que se calientan a la velocidad a la que un Ferrari alcanza los 100 kilómetros por hora. Los hay que defienden a sus cachorros irracionalmente y los que saben evaluar qué hacer con calma. He dicho en el pasado que a veces las familias somos las responsables de haber quemado a excelentes profesionales. Lo he visto especialmente en Educación Especial.

E igual que los docentes, incluso los mejores también pueden errar.

Tengo claro es que lo mejor para nuestros niños es que familias y profesorado sepamos cooperar. Tenemos que saber entendernos.

Todos los demás, con la excepción del punto nueve (es poco realista pedir que nos planteemos a diario qué estamos haciendo para que la escuela de nuestros hijos sea mejor, con hacerlo una vez por trimestre ya sería mucho), me parece oportuno y podría firmarlo.

Termino con el manifiesto de los profesores. Siempre se podrían añadir cosas, más allá de añadir tal vez mantener una actitud abierta a las críticas o sugerencias que hagan los padres, estaría el seguir formándose, pero no tengo nada que objetar.

En cualquier caso sí que hay que pedir, por favor, que colaboremos juntos por el bien de nuestros niños. También es lo que ellos quieren.

Me encanta que nuestros padres y los profesores se lleven bien.

Es importante que se hablen y que se digan “esto Noelia lo ha hecho mal”.

Eso también sería el colegio ideal, que los padres se implicasen.

Porque al fin y al cabo tienen mucho que ver y mi educación también va a depender de los dos.

Me gusta que mis padres y los profesores se lleven bien porque si no para mí se me acabó el cole.

Los profesores te conocen en un aspecto diferente y los padres en otro, así que yo creo que la mejor educación sería que hicieran un trabajo conjunto.

Los que dicen estas frases, que son verdades incuestionables y deseos legítimos, son niños de entre 5 y 12 años en la segunda mitad de este vídeo:

Traspasar 35.000 alumnos con discapacidad a aulas ordinarias no será ni fácil, ni rápido, ni barato (ni posible del todo)

He escrito muchas veces en este blog sobre Educación Especial, sobre inclusión. Muchísimas. Doce años dan para mucho. Y últimamente para mucho más.

Para aquellos a los que el tema pille de lejos, resulta que en los últimos tiempos se ha recrudecido el debate sobre si eliminar o no (o dejar como algo residual) el sistema de Educación Especial existente en nuestro país, un modelo de escolarización paralelo en el que hay unos 35.000 alumnos en toda España (37.136 para ser más exactos, entre ellos uno de mis hijos) que organizaciones internacionales (empezando por la ONU) han asegurado que hay que revisar, buscando un modelo más inclusivo.

Primero la bulla tuvo lugar en Madrid, donde se temió que entrarían a propuesta de Podemos a eliminar todos los centros especiales, pero recientemente el debate se ha elevado a nivel nacional con la nueva modificación educativa que prepara el ministerio de Isabel Celaá.

Quieren que, de forma progresiva, se vaya reduciendo el número de alumnado en esta modalidad segregada. Muchos parecen haberse enterado ahora, aunque en realidad es algo que desde el ministerio de Educación ya habían apuntado ya en el pasado que pretendían hacer. En septiembre tuve la oportunidad de preguntar a la ministra a Celaá sobre este tema y me contestó en esa misma dirección que ahora parece haber pillado a tantos por sorpresa:

Recientemente he estado reunida con todas las organizaciones de Educación Especial. Absolutamente con todas, además de con Save the Children. Nuestro objetivo es ir reconduciendo a las personas que están en esos centros a los centros ordinarios, por vías transitorias, itinerarios, con tiempo, con perspectiva. Y obviamente eso no significa cerrar los centros de educación especial, pero sí dejar que sean para lo más perentorio. Todo el que pueda transitará a centros ordinarios, porque es bueno para los niños y niñas de Educación Especial, pero es bueno también para los que los reciben.

La nueva noticia, que no recalca esa intención de no cerrar los centros especiales aunque sí apunte que será un proceso y no un cerrojazo, ha hecho que muchas familias de alumnos escolarizados en Especial, para las que estos centros han sido un salvavidas tras malas experiencias en la inclusión de pacotilla que se lleva a cabo a día de hoy en la ordinaria (una inclusión pensada solo para los más aptos, a veces ni eso) se preocupen mucho y con razón.


Tampoco hay que olvidar la satisfacción de muchas otras familias (y organizaciones) que se aferran a lo ordinario con uñas y dientes, reclamando recursos y negándose a marchar a la vía especial por distintos motivos, incluso llegando a los tribunales y los medios de comunicación.

Dos luchas, dos posturas, igual de lícitas.

Es un asunto complejo para el que cualquier escrito en un blog se queda corto. Sería preciso un congreso en el que escuchar hablar largo y tendido a distintas voces para aprehenderlo del todo. Y como tema complejo, no tiene reflexiones ni soluciones rápidas y fáciles.

La última vez que yo escribí al respecto fue el último mes de julio y el titular resume mi postura: la inclusión sería lo deseable, pero mantener la Educación Especial es imprescindible a día de hoy.

Por supuesto que desearía que mi hijo con autismo (doce años, no habla, necesita supervisión constante y ayuda para casi todo) fuese al mismo centro público ordinario que mi hija, al lado de casa, en lugar de al especial especializado en autismo y concertado al que acude. Por supuesto que querría que estuviese allí, en el cole del barrio, bien atendido y estimulado, junto a niños neurotípicos. Por el bien de todos, de mi hijo, de los demás niños e incluso de la intendencia familiar, que no es lo más importante pero sí tiene su importancia.

Para que eso fuera posible necesitaría a una persona dedicada en exclusiva a él, ya,bien en el comedor y en los recreos. Eso es así, no hay otra opción. Y aun teniendo a una persona con él continuamente no podría estar de manera constante en su clase junto a sus veintitantos compañeros. Por seguridad, porque no son adecuadas para él, porque sería en ocasiones un elemento disruptivo en el aula. Tampoco podría participar en muchas actividades. Por ejemplo, él no soporta estar a oscuras en un teatro ni entiende lo que transmiten en la obra.

Mi hijo tiene doce años. En su colegio especial son, como mucho, cinco en clase. Tienen una o dos personas con ellos en un entorno seguro y con unos objetivos y actividades pensadas para ellos. A esa edad es, en muchos sentidos, como un niño de dos o tres años. Necesita que le enseñen a jugar, a entender su día a día, cuestiones de aseo personal básico, a regular su comportamiento, a terminar tareas en mesa tan sencillas como guardar en una caja roja las piezas rojas y en una azul las piezas azules. ¿Es viable incluirle en una clase de niños de doce años? No. ¿Es viable, con su tamaño y características, incluirle en una clase de niños de cuatro? Tampoco.

Si la inclusión es crear un aula diferenciada, con profesionales aparte, dentro del centro ordinario, eso no es inclusión, eso es educación especial incrustada en un colegio ‘normal’.

A ver, ese es el caso de mi hijo. Un caso particular. Pero hay muchos en Especial como él o parecidos.

Habrá otros menos afectados, no lo dudo, que se beneficiarían de una verdadera apuesta por la inclusión en los centros ordinarios. Por supuesto que sí. Y en un plano teórico estoy de acuerdo en apoyar que sigan en esa vía, lejos de la Especial, y que en la Especial haya muchos menos niños de los 35.000 que ahora hay ahí, que sea solo para los casos más imprescindibles.

El gran escollo es que la ordinaria no está preparada para una inclusión efectiva y real, ni siquiera de manera gradual, a menos que haya una inyección de recursos (sobre todo humanos y de formación) enorme.

Y la Especial que hay hoy día es muy mejorable. No es ni mucho menos la solución perfecta, por mucho que a día de hoy sea la mejor opción para miles de niños. Dejarla como está en plan gatopardesco tampoco es lo suyo. Con frecuencia lo que hay son grandes centros, también saturados, y dedicados a múltiples discapacidades, poco especializados. Para la especialización, por ejemplo en autismo, toca irse a la especial concertada o privada, que también la hay, si es que tienes suerte y tienes centros así cerca, con plazas disponibles y puedes pagarlo.

Es decir, que la inclusión en la ordinaria no está funcionando y que la especial no es ni mucho menos sinónimo de segregación (hay magníficos profesionales allí luchando por la inclusión en la sociedad de nuestros hijos desde esa vía), pero también es muy mejorable en muchos aspectos.

Si la intención de Isabel Celaá es de verdad que todo aquel alumno que pueda pasar o permanecer en ordinaria lo haga, dejar Especial solo para los casos más necesitados de soporte y que tanto una opción como otra mejoren, tiene mi bendición. ¿Cómo oponerse a algo así? El problema es que a día de hoy no lo creo posible. Ya estoy mayor para creer en mundos poblados por elfos y unicornios.

Mucha ambición para un Gobierno cogido con alfileres y con unos presupuestos generales que recuerdan a un globo en una fiesta infantil de cumpleaños. Mucho pedir para un ministerio que tiene como prioridad real otros asuntos más prácticos (menos a inversión a fondo perdido en términos estrictamente económicos) como mejorar la FP, que falta hace también.

Aún no conocemos la letra pequeña de ese proceso gradual para mermar el número de alumnos en Especial y lo poco que ha trascendido parece que podría beneficiar únicamente a los alumnos con discapacidad con más capacidades, pero que los números serán pequeños en exceso, eso ya os lo auguro yo.

O viene con un plan de viabilidad económica bien estudiado, un presupuesto abundante y planes efectivos de formación, o no pasará nada a la hora de la verdad. No hay que olvidar, además, la transferencia de competencias que hace que sean las Comunidades Autónomas las que tienen luego que hacer realidad los versos legislativos, cada una a su manera. Más leña para avivar el carajal.

No sé vosotros, pero yo hace mucho que dejé de pensar que los armarios viejos pueden esconder una puerta a Narnia. Pero habrá que prepararse, porque vienen cambios. No sé cuándo ni cómo, pero no se van a quedar sin sacudir el árbol de la Educación Especial.

(Elena Buenavista)

“Me encantaría que nuestros padres y los profesores se llevasen bien”

Me encanta que nuestros padres y los profesores se lleven bien.

Es importante que se hablen y que se digan “esto Noelia lo ha hecho mal”.

Eso también sería el colegio ideal, que los padres se implicasen.

Porque al fin y al cabo tienen mucho que ver y mi educación también va a depender de los dos.

Me gusta que mis padres y los profesores se lleven bien porque si no para mí se me acabó el cole.

Los profesores te conocen en un aspecto diferente y los padres en otro, así que yo creo que la mejor educación sería que hicieran un trabajo conjunto.

Atención, porque los que dicen estas frases, que son verdades incuestionables y deseos legítimos, son niños de entre 5 y 12 años en la segunda mitad de este vídeo:

Hoy martes 27 de noviembre, día del maestro en España, es un buen momento para que todos, docentes y padres, revisemos hasta qué punto estamos cumpliendo con las lógicas peticiones de los niños y hagamos propósito de enmienda.

Es vital cultivar el respeto y la cooperación entre profes y familias. Incluso cuando discrepamos, es algo que jamas debe perderse.

En esas discrepancias tenemos que estar abiertos a escuchar al otro, por mucho que estemos convencidos de que nadie conozca a nuestro hijo como nosotros o que como su tutor creamos entendamos mejor lo que le pasa a ese niños que sus propios padres gracias a nuestra experiencia y preparación. Nadie tiene siempre la verdad absoluta.

El objetivo último tanto de unos como otros debe ser el bien del niño, su crecimiento personal y bienestar primero y su rendimiento académico a continuación. Y tenemos que cooperar en esa dirección, entendiendo que todos podemos errar y que no pasa nada por pedir disculpas para poder avanzar.

Las familias debemos involucrarnos en el centro tanto como nos sea posible, por mucho que nuestros horarios y quehaceres diarios no nos lo pongan fácil. Pero necesitamos también escuelas que nos abran sus puertas, no aquellas que nos prefieren lejos para evitar líos.

Por supuesto que hay maestros terribles, igual que hay familias tóxicas capaces de amargar, de quemar a docentes magníficos. Pero por muchas malas experiencias que se hayan acumulado, no pueden pagar justos por pecadores.

Padres y maestros tenemos que dejar de vernos en posiciones enfrentadas, como potenciales quebraderos de cabeza que es mejor que nos dejen en paz.

Son nuestros niños los que nos lo están pidiendo. Y el sentido común, la humildad y el deseo de mejora les dan la razón.

(GTRES)

 

Quiero saber lo que opinan los docentes sobre la formación, inducción y valoración de su desempeño #yosoyprofe

Este martes se ha desarrollado una jornada en la que, desde las 9 de la mañana hasta las 19 de la tarde, se ha estado hablando de la formación de los profesores, de cómo se debería llevar a cabo la inducción (el paso a las aulas tras su formación), de implantar un modelo de evaluación y desarrollar la carrera profesional docente.

El foro, acotado a esos temas, pretender ser el inicio desde el cual seguir hablando sobre cómo remodelar todos los aspectos de la profesión. La idea es poder llegar a un acuerdo esta legislatura esta legislatura y ponerla en marcha la siguiente. Ya se verá. De momento el compromiso es recoger información para elaborar una propuesta en tres meses. Y esa información se pretende recoger también desde una encuesta online y desde el hahstag #Yosoyprofe.

Yo no soy profe, soy periodista, pero me interesa mucho la opinión de los profesores que están en las trincheras sobre todos estos temas. Lo que querrían, lo que no, las prioridades que habría que abordar y cómo hacerlo, qué evitar, qué temen y cómo podría llevarse a buen puerto. Quiero saberlo de verdad, con inocencia y curiosidad infantil, y a priori me parecía que un hashtag podía ser un lugar estupendo para exponerlo y yo enterarme, pero no me estoy encontrando lo que esperaba.

El profesorado activo en twitter se ha sumado al hashtag sobre todo para criticar el hecho de que no haya docentes de a pie entre los ponentes.

También (aunque en mucha menor medida) para exigir algo completamente legítimo y para lo que tienen todo mi apoyo, como es la derogación de la LOMCE, la rebaja de ratios, el incremento de los recursos educativos y de la apuesta por la pública. Algo necesario, de ley como os decía, pero que creo que deriva un debate que merece la pena acotar.

El foro se centra en la formación, inducción y evaluación del profesorado. No sé si Celaá conseguirá algo o todo se quedará en un canto al sol, pero me da la impresión de que antes o después es algo que va a llegar sí o sí y con toda sinceridad os digo que me gustaría saber lo que tenéis que aportar a ese respecto.

Yo estuve ayer con la ministra junto a otros periodistas y hoy estoy en el foro y no he percibido en ningún momento que se culpabilice al profesorado, que es algo que también he leído por las redes. Todo lo contrario, se asume que es una labor muy difícil con muchos escollos que hay que valorar más. Pero no hay nada en este mundo que no sea susceptible de mejora. La autocrítica y el aceptar las sugerencias constructivas me parece un deporte muy saludable en cualquier oficio y circunstancia de la vida.

Respecto a la otra crítica, la que más se lee en Twitter, lo cierto es que en ese foro me encontré un puñado de docentes de a pie, aunque es cierto que no estaban en las mesas. Y he aprovechado para preguntar a un par de ellos al respecto y esto es lo que me han contado.

María Barceló es maestra del CEIP Menéndez y Pelayo de Valverde del camino y se define como “muy tuitera”. Es consciente de las numerosas críticas recogidas en el hashtag #Yosoytuprofe. “Me están dando bastante leña. Es cierto que no podemos estar aquí todos hoy. Sí es de reconocer que se ha abierto un canal, se está transmitiendo en streaming, hay un formulario que es muy interesante en el que se puede participar”. “La delegación andaluza somos docentes a pie de aula, ayer de 9 a 14 estuvimos en nuestras clases”. “De momento es cierto que todo es bastante teórico, pero entiendo que hay que partir como decía la ministra de lo que ya hay hecho y a partir de ahí progresar. No sé qué formato tendríamos que tener para que no fuera tan teórico”.

José Antonio Gil es profesor de primer ciclo de la ESO y director en un colegio de Sevilla: “Yo tengo clases mañana a las 8 de la mañana. Es cierto que hay limitaciones por espacio y por tiempo, pero se han creado unos espacios web donde la participación tiene más cabida. En este foro los expertos, que tal vez es verdad que hace mucho que no pisan un aula, nos va a ubicar y quizás estaría bien que en otro foro de más días viniéramos más compañeros a contar nuestras experiencias. No creo que sea incompatible, creo que se puede complementar. La investigación, lo que dicen los grandes expertos, por supuesto hay que tenerlo en cuenta para a partir de ahí compartirlo con prácticas docentes”.

¿Qué os parece? ¿Debatimos sobre la profesión docente por los canales que tengamos o dejamos que el debate se lo queden otros?

(GTRES)

Por un recreo inclusivo, en el que ningún niño se sienta al margen #recreoinclusivo

El momento de salir al patio suele ser especialmente delicado cuando hablamos de niños con necesidades educativas especiales, con autismo, con discapacidad. Lo pude corroborar de nuevo cuando elaboré el mes pasado un reportaje sobre las otras precupaciones de la vuelta al cole.

En el recreo un niño que no ve, que no oye, que tiene problemas motores o autismo, tiene muchas papeletas de acabar solo. Al niño que no ve hay que irle a buscar, él no es capaz de encontrar un amigo. El que no oye tiende a aislarse si no entiende reglas de juego o llamadas. El que tiene autismo y dificultades sociales puede verse superado o separado. El que tiene problemas para moverse no puede participar en muchas actividades habituales.

Si no hay una intervención, el recreo, que debería ser momento de relax y diversión para los niños, puede ser en cambio un rato de soledad, angustia o incluso dolor.

Y no por culpa de los otros niños. Es lógico que no caigan en la cuenta, que vayan a divertirse sin darse cuenta del compañero que se ha quedado atrás.

No basta con vigilar el patio. Hay que intervenir buscando dinámicas que integren, positivas para todos los niños.

Por eso me parece una estupenda iniciativa el concurso escolar que ha lanzado Grupo Social ONCE para lograr un recreo inclusivo. Por eso lo traigo aquí. Cualquier padre puede proponerlo en su colegio y simplemente participar ya crea conciencia (en niños y adultos) de pensar en el otro, de ponerse en su lugar.

Es un programa de sensibilización educativa que pretende trabajar en el aula de manera activa el cambio de actitudes y la actuación de los estudiantes para mantener una convivencia respetuosa. Este año, más de 2.000 profesores y 150.000 alumnos trabajarán el #recreoinclusivo.

La hora del recreo suele durar entre 20 y 30 minutos. Es el tiempo suficiente para que un estudiante se sienta al margen de sus iguales. Por ello, este concurso busca que los centros perciban el recreo como una parte importante de su proyecto educativo y no como un simple paréntesis en la jornada lectiva. De esta manera se puede convertir en una oportunidad educativa para la inclusión.

El concurso pone a disposición de los participantes diversas herramientas para que puedan mejorar sus aptitudes sociales y conseguir un entorno de recreo más inclusivo. De esta manera, serán los propios escolares y docentes los que hagan propuestas para hacer un espacio de ocio y convivencia para tod@s.

En el 35 concurso escolar del Grupo Social ONCE pueden participar todos los escolares de los centros educativos españoles públicos, concertados y privados, desde Primaria hasta Bachillerato, además de Educación Especial y Formación Profesional.

Los estudiantes de Primaria y Especial deberán realizar un cartel que refleje sus pautas para fomentar y reivindicar la diversidad e inclusión en el recreo, que deberá ir acompañado de una audiodescripción. Mientras, los escolares de la ESO, FP y Bachillerato tendrán que grabar un videoclip musical (de un minuto de duración) que tiene que ir acompañado de un pequeño guión.

Cada grupo o aula deberá subir a la página web del concurso su trabajo. Los directores o profesores de todos los centros educativos que deseen participar en el concurso y acceder a los materiales educativos, podrán hacerlo a través de la propia web o por vía telefónica en el número gratuito 900 808 111, siendo la fecha límite de recepción de participaciones el 1 de febrero de 2019.

 

¿Deben los institutos imponer normas de vestimenta a sus alumnos?

Entre los cuatro y los dieciséis años fui a un colegio al que solo acudían niñas. Todas íbamos con uniforme. Uno pensado para ser muy recatado; un pichi con una falda que no podía superar la rodilla, aunque eso obligase a las familias a cambiar más a menudo de uniforme. Para intentar subsanarlo, y porque las madres de los ochenta se las sabían todas, era frecuente que llevásemos treinta centímetros de dobladillo que los hacían crecederos.

Como era pichi y no falda suelta, en el camino de ida y vuelta al colegio no podíamos enrollar la cintura de la falda para poder enseñar algo más de carne y que el atuendo nos quedase más mono. Así lo hacían algunas alumnas en otro par de colegios cercanos, también femeninos y de monjas, que también se las sabían todas.

Daba igual. En el camino a nuestro colegio había que pasar una calle peatonal en la que se apostaban los chicos de otro centro, esta vez solo masculino, de curas y sin uniforme. Uno de sus deportes favoritos, sobre todo cuando el calor hacía que llevásemos calcetines en lugar de medias largas, era asaltarnos, subirnos las faldas y salir corriendo. Y podríamos haber llevado falda hasta los pies y cuello vuelto, que el despertar del interés por el otro no hubiera sido menor ni nos hubiera distraído menos. A unos y a otras.

Recordaba esas batallitas al ver que un instituto de Torrevieja ha prohibido a sus alumnas acudir con shorts al centro. Una decisión del consejo escolar que ha soliviantado a muchas alumnas y a sus familias.

“Soy adulta y sé cómo debe vestir una niña para ir decorosamente al centro. Llevaba un pantalón que cualquier madre podemos comprar a una adolescente, con el que no enseñaba absolutamente nada: no entiendo que tenga que medir tres o cinco centímetros siempre que mi hija vista recatadamente”, ha dicho una de las madres.

En Torrevieja, en septiembre, hace un calor más que interesante. Las chicas, que quieren ir fresquitas, tildan la decisión de machista. A ellos no les prohíben los pantalones cortos, aunque sí las camisetas de tirantes.

El pasado viernes cuarenta alumnas, apoyadas por sus familias, acudieron en shorts. Solo lograron que más de la mitad recibieran una charla de una hora en la biblioteca. Este lunes son setenta las que se plantaron en el centro, y parece que unas veinte se han quedado en la puerta.

(EUROPA PRESS)

No sé qué opinión tendréis vosotros. Tal vez sois de los que creéis que los muslos distraen de los estudios tanto como para obligar a cubrirlos de tela. Yo creo que estar fresco y cómodo ayuda a concentrarse. Y que, como ya he apuntado antes, es imposible poner freno a las distracciones carnales de la adolescencia (o de la edad adulta, que a veces parece que las hormonas mueren cuando cumples los treinta y nada más lejos de la realidad).

No estoy necesariamente en contra de las normas de vestimenta, aunque, sinceramente, no las encuentro especialmente necesarias para la buena marcha de un centro. Me parece más relevante impedir tacones de aguja por cuestiones prácticas y de salud en esas normas que hablar de longitudes de pantalones y faldas, que vuelven a responsabilizar a la mujer de los comportamientos ajenos, que inciden en culpabilizarla por su vestimenta, que propician un modo de pensar machista.

Puedo estar equivocada, pero permitir autonomía a los chavales y las familias, tirando de sentido común, me parece más lógico. Y solo si hay algún caso que pasa de castaño oscuro, hablar con los chicos o con las familias.

‪¿Sabes cuánto pesa la mochila de tu hijo? Si supone más del 15% del peso del niño, deberías protestar

La preocupación por el peso de las mochilas que llevan mis hijos reconozco que es un tema que no me preocupa personalmente. Mi hija, que tiene nueve años, acude a un colegio en el que no tenemos que comprar libros de texto. Los que ya usan, son del colegio, y solo excepcionalmente viene alguno de paseo a casa. En su mochila va un cuaderno, la merienda y algún libro que quiera leer.

Jaime, con once años, tampoco lleva peso. Tiene autismo, va a un colegio especial y no usa libros. Lleva un par de cuadernos pequeños, la agenda de comunicación y la merienda.

No obstante, si me encontrase con que uno de mis hijos tiene que llevar a la espalda un 30% de su peso, desde luego que protestaría. Igual que lo ha hecho mi compañero Edu Casado, autor del blog Qué fue de los deportistas olvidados , por los cauces oficiales y en un hilo de twitter en el que concluye: “¿No será mejor que los niños hagan un esfuerzo de responsabilidad a la hora de manejar sus hojas que un esfuerzo físico para cargar su mochila?“.

GTRES

Si sois de los que veis ir a vuestros hijos, niños pequeños o adolescentes, con voluminosas mochilas al colegio o al instituto, os pediría hacer el mismo ejercicio que hizo Edu: pesar la mochila y calcular el porcentaje que supone respecto al peso del chaval. Los fisioterapeutas recomiendan que no supere un 15% (un 10% preferiblemente) del peso del niño. Hay demasiados ejemplos sangrantes de lo que es inadmisible. Que van a aprender, no a entrenarse para ser sherpas.

Creo sinceramente que todos los padres que vean a nuestros hijos acarreando ese peso incomprensible también deberíamos protestar. Mediante las ampas, dirigiéndonos a la dirección de los colegios o incluso a las consejerías de educación.

Más allá del debate de hasta qué punto son necesarios los libros de texto, si se emplean al menos no deberían pesarles. Siempre hay alternativas, como el uso de archivadores e incluso de taquillas y cajoneras asignadas a cada niño en el centro escolar.

¿Están las madres más implicadas en la educación de los niños?

Este lunes es portada en 20minutos, en su edición impresa u online, la otra vuelta al colegio, la de los niños con discapacidad o enfermedades crónicas. Niños en los que preparar la vuelta a las rutinas, los cambios que se encontrarán, seis cajas de libros en braille o nuevas ratios de insulina está por encima de la preocupaciones por los libros de texto o el peso de las mochilas.

En el reportaje hablan seis madres. Ningún padre. Y eso no quiere decir ni mucho menos que los padres no estén implicados en igual medida en la crianza y educación de sus hijos. Quiero dejar meridianamente claro que sé que hay muchos padres implicadísimos en la educación de sus hijos. Tanto o más que las madres. Conozco bastantes. Pero hablan las madres. En este reportaje y en muchos otros publicados en este y otros medios.

Esta abrumadora mayoría me recuerda que en las reuniones convocadas por los centros escolares abundan las madres (de hecho, no es raro se los docentes se dirigen a las madres, obviando a los pocos padres presentes) y son ellas en mayor medida las que acuden a las tutorías, a preparar los disfraces de carnaval y forman parte de las AMPAS.

Y creo que debería invitarnos a todos a reflexionar.

¿Están las madres más implicadas en la educación de nuestros niños? ¿Lo están igual pero son más visibles? ¿Los padres querrían, pero sus circunstancias laborales lo impiden? ¿Los padres podrían implicarse más si de verdad quisieran? ¿Son dinámicas que ya están cambiando?

No pregunto por casos particulares, sino por la generalidad. ¿Qué opináis?

(GTRES)

No perdáis la ilusión, que no os fallen las fuerzas en este nuevo curso, docentes afortunados

Este sábado he estado escuchando a unos cuantos maestros, rodeados de bastantes más, en las Ludo Ergo Sum de las que os hable el pasado jueves. Profesores interesados en llevar los juegos de mesa a las aulas, en el aprendizaje mediante juegos y en la gamificacion. Docentes implicados, que quieren mejorar e innovar por el bien de sus alumnos.

Era un placer, como madre, estar entre todos ellos. Recordaba en ese momento que justo antes del verano, con el curso recién clausurado, hubo un hashtag precioso en redes sociales en el que docentes de niños de todas las edades nos contaron los motivos por los que se consideraban afortunados.

GTRES

Enseñar es un oficio vocacional, que requiere de personas que les guste lo que hacen. De estupendas personas imperfectas, que aprenden también de sus errores  y que tienen días mejores y peores y circunstancias más y menos propicias. Como todos.

No siempre hay buenos profesionales enseñando, soy consciente. Hay ineptos, malas personas, gente que se limita a cumplir el expediente, desencantados y agotados. Igual que en mi oficio, el periodismo.

Pero me consta que son legión los que quieren hacer las cosas bien, incluso mejor. Personas que aman la enseñanza pese a sus sombras e impedimentos, pese a las ratios elevadas, a temarios, leyes y normas más que discutibles, a absurdos administrativos, a direcciones que no ven con buenos ojos las innovaciones e incluso a nosotros, los padres, que demasiadas veces ponemos piedras en su camino en lugar de hacer equipo.

Hoy, una época en la que los nuevos cursos están arrancando por toda España, quiero acordarme de esos maestros que hace tres meses se confirmaban afortunados con comentarios que destilaban amor por su labor.

No perdáis la ilusión, que no os fallen las fuerzas, seguid investigando nuevas vías de entusiasmar a nuestros hijos en su aprendizaje por favor. Sé que a veces os sentís muy solos, poco valorados. Pero también somos legión los padres que somos conscientes de lo importante de vuestra labor.

Os necesitamos. Toda la sociedad os necesita.

Un buen meneo al árbol de la LOMCE, que falta hace

Este miércoles fue un día de maremágnum educativo que aún hoy se siente, de temblor de tierra convertido en tsunami en las redes sociales. El nuevo Gobierno dijo que iba a derogar parte de la LOMCE, algo esperable y esperado; y que la nota de la asignatura de Religión ya no iba a contar para nada y habría otra de valores cívicos para todos irrumpió como trending topic y fuente de debates y desencuentros.

Religión sí, religión no como asignatura. Religión católica o mejor religiones. Religión con un acercamiento cultural e histórico o catequista. Religión con nota que cuenta o como una extra escolar de zumba o polideporte. El debate es viejo y largo, con frecuencia encendido, y mi experiencia me dice que es difícil que haya cambios de punto de vista o acuerdos.

¿Mi opinión? La resumiré en que si a alguien su fe le proporciona consuelo, un sentido al mundo o a sí mismo, me merece el máximo respeto y puedo entender que desee que a sus hijos les enseñen esas creencias en su centro escolar, por mucho que eso no garantice que esos niños hereden esa misma fe. No obstante, me parece lógico y deseable que esa nota no cuente. Igual que desearía que a los niños se les enseñara nutrición, unas mínimas nociones financieras para que sepan defenderse al firmar una hipoteca o primeros auxilios, más aún que una asignatura de valores éticos, pero tampoco querría que puntuaran.

Niños pequeños en el colegio. (GTRES)

Pero hay mucho más, sin duda más relevante, en lo esbozado por Isabel Celáa ayer en el Congreso. Estoy de acuerdo con lo que otra ministra, Carmen Calvo, comenta hoy en una completa entrevista que os recomiendo: “el gran debate que siempre tenemos con la educación no lo tenemos que focalizar sobre asuntos que no tienen ningún sentido en el siglo XXI, como que la religión no debe estar en el currículum, porque lo que sí tiene que estar en el currículum son los valores cívicos, aprender qué es la democracia y la educación sexual. Como tenemos todavía el tema (de la religión) embarrancado ahí, porque es un tema que tendría que estar ya resueltísimo como en cualquier democracia europea, no ponemos el foco a lo que se lo tenemos que poner. Nuestros niños y nuestras niñas tienen que recibir educación cívica, educación afectiva, educación sexual, educación en valores, porque al final una parte importante de tu vida depende de eso”.

La ministra habló de la supresión de las polémicas reválidas, que de hecho ya ni siquiera eran obligatorias ni sus resultados valían para nada y cuya elaboración costaba un dinero injustificable que iba a parar a manos privadas.

También ha dicho que se reducirán de horas lectivas y las ratios de alumnos por aula, así como los días que se tarda en sustituir a un profesor de baja, con un máximo de diez de ausencia. Ha dejado en el aire el concierto a los centros que segregan alumnos por sexos y dicho que habrá un nuevo modelo de becas, se incentivará la educación infantil primando a aquellas familias más necesitadas y se modernizará la FP, que falta hace, y ojalá también se plantearan en serio una preparación profesional de calidad adaptada para alumnos con discapacidad.

Alumnos de Formación Profesional (GOBIERNO DE ARAGÓN/ARCHIVO)

Vinculado a la reciente polémica sobre si hay que perseguir la deseable inclusión a costa de cerrar los centros de Educación Especial, La ministra dijo que “obligatoriamente tiene que existir” y que “tenemos que estudiar si algunos alumnos que se han quedado en centro de educación especial podrían estar en aulas en otros centros”. Suena sensato y parece aclarar las dudas sobre la continuidad de estos colegios, a día de hoy imprescindibles para miles de familias. Eso no significa que no haya necesidad de poner el foco también en las necesidades de esos alumnos, cuyos derechos son pisoteados con insólita frecuencia.

Es verdad que estamos hartos de tantos cambios de ley, que necesitamos una mínima estabilidad en el ámbito educativo, que no ayuda que cada cambio de Gobierno suponga novedades; pero también es cierto que la LOMCE, tal y como está, no contenta apenas a nadie y es preciso meterle mano a fondo.

Hay a quien le sabe a poco que no se derogue la LOMCE entera, pero bienvenido sea al menos el mover bien fuerte el árbol para que caigan las frutas podridas y hacerle algunos buenos injertos.

En cualquier caso de momento lo único que tenemos sobre la mesa son palabras. No hay información sobre dotación presupuestaria ni desarrollo específico de lo apuntado.

Los primeros acordes suenan bien, pero habrá que esperar y ver cómo de bien suena la música que a nuestros hijos les tocará bailar.