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Archivo de la categoría ‘cosas de niños’

‘A silent voice’, una historia de lobos y corderos

En mi último post os hablaba de acoso escolar, de ser lobos o ser corderos, de que no quisiera ver a mis hijos convertidos ni en lo uno ni lo otro.

He leído en los últimos tiempos varias publicaciones que hablan del bullying desde diferentes perspectivas y narrativas distintas. Y tengo pendiente escribir más pausadamente de todas ellas, porque a través de la literatura también se puede aprender a ser asertivo, a identificar situaciones de riesgo y entender cómo reaccionar.

Hay sobre todo dos de las que en el futuro próximo habrá reseña. Una es El club de los Kakamonstruos, de Ana Coto. 176 páginas aptas para niños a partir de 9 o 10 años que se publicó hace justo dos años. Yo di con la historia de Marco y los monstruos que pueblan su colegio en el Festival de Fantasía de Fuenlabrada, dónde pude charlar un poco con su autora que, por cierto, estará este fin de semana en la Héroes Cómic Con de Madrid.

La otra es La lección de August, de Raquel Jaramillo, que se publicó en España hace pocos meses y aborda el bullying a un niño con deformidad en el rostro. En este caso una lectura para niños más mayores, como poco a partir de doce años.

No son las únicas lecturas recomendables, como os contaba. Queda claro que el acoso escolar nos preocupa mucho, cada vez más, y es tiene representación en la ficción. Si existiera algo así como un CIS con los motivos de preocupación de los padres, en la última década había escalado muchos puestos.

Hoy la protagonista va a ser otra obra, un premiado manga de siete tomos llamado A silent voice (Koe no Katachi) de Yoshitoki Ōima, que la editorial Milky Way ha publicado en España. Un éxito en Japón que también ha propiciado la existencia de una película.

La particularidad de esta historia, es que el protagonista que nos la narra es acosador y víctima a la vez. Shōya Ishida empieza siendo un lobo, un niño de doce años inquieto, que se aburre, que por pura carámbola se convierte en la pesadilla de una niña que llega nueva a su clase, una niña con discapacidad auditiva. La dulce y contenida Shouka Nishimiya no habla, solo emite ruidos extraños; lleva audífonos; los signos que conoce para expresarse nadie más los entiende e intenta usar sin demasiado éxito una libreta de comunicación. Ahí, en el acoso nacido de la discapacidad, está el otro aspecto diferenciado de estos libros.

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No podemos criar lobos, tampoco podemos criar corderos #atrapados

No podemos criar lobos.

Tampoco podemos criar corderos.

Pocas cosas hay más difíciles que criar un hijo.

Me da terror que mi hija sea víctima de acoso y me conteste que todo va bien cuando le pregunte qué tal en el colegio.

¡Qué complicado es el tema del acoso escolar! Duele incluso pensarlo cuando eres padre. Nadie quiere ver sufrir a su hijo, atrapado en la pesadilla del bullying.

También duele cuando no lo eres. Nadie que no sea una bestia quiere ver sufrir a un niño.

Y es algo lo suficientemente frecuente como para que no sea sencillo apartar los miedos de un manotazo.

La única respuesta posible es armarnos de conocimiento. A nosotros y después a nuestros niños. No hay que callar, no hay que consentir.

Pero siempre te quedas dudando si será suficiente, rogando porque la suerte le acompañe, porque sea fuerte, asertivo e inteligente si se encuentra a su pesar en una de esas situaciones, en la de ser cordero pero también en la de ser lobo.

Rogando por ser todo eso también tú si tu hijo es acosado o es un acosador. Os soy sincera, no sé qué me rompería más.

(GTRES)

Doce percepciones erróneas sobre el acoso escolar

1. Son cosas de niños, no pasa nada.
2. Es parte de su crecimiento, los niños pequeños no acosan.
3. Solo le pasa a los tímidos e introvertidos.
4. No hay que hacer caso al acoso, termina desapareciendo por sí solo.
5. Si no hay agresiones físicas no es acoso.
6. Si no pasa muchas veces no es acoso.
7. El acoso escolar ha existido siempre.
8. El centro educativo ha hecho todo lo que podía, ya ha abierto el proceso de protocolo.
9. Mi hijo no acosa: eso es imposible.
10. No hay señales de alerta fáciles de detectar para saber si el niño sufría acoso.
11. No hay nada que hacer: los niños no tienen responsabilidad penal.
12. El cambio de colegio es la mejor solución. A los acosadores hay que expulsarles.

Teléfono contra el acoso escolar: 900 018 018

La campaña ‘Atrapados’, a la que pertenece el vídeo y las doce recomendaciones que acompañan este post, tiene el objetivo social de luchar contra el acoso esoclar. Por cada vídeo (o contenido que incluya el vídeo) compartido en redes sociales, utilizando el hashtag #Atrapados, Sonae Sierra donará 1€ a la Asociación Española para la prevención del Acoso Escolar. En su web encontraréis información para abordar este problema, también de forma preventiva.

La Asociación Española para la Prevención del Acoso Escolar (o A.E.P.A.E. o AEPAE) es una entidad NO gubernamental SIN ánimo de lucro. Está formada por profesionales de distintos ámbitos: psicólogos, pedagogos, expertos en ciberacoso, educadores sociales, abogados, expertos en seguridad y autoprotección, profesores de arte dramático y padres y madres de víctimas de acoso escolar, comprometidos con la prevención del acoso escolar.

Es la fundadora e impulsora del Plan Nacional contra el Acoso Escolar. Una necesidad urgente de nuestro sistema educativo, que acometen desde la sociedad civil, con la intención de mejorar la convivencia en los centros educativos y combatir el acoso escolar en todas sus manifestaciones.

Desde AEPAE consideramos que nuestros hijos tienen derecho a asistir a su centro escolar seguros, sin miedo y con libertad. Que nadie tenga derecho a hacerles daño para que puedan desarrollar todo su potencial como personas en un clima de confianza y sana autoestima. Los niños son el futuro de la sociedad. Ayudarles a crecer felices es tarea de todos.

Ir con niños a Heroes ComicCon Madrid (porque el amor a la lectura nace con frecuencia gracias a los cómics)

Muchos entramos en la lectura de la mano de los tebeos. Muchos y en distintas generaciones.

Un joven contempla uno de los expositores de la tienda de cómics Akira Cómic, en Madrid. (Fernando Alvarado/EFE)

Mi tía Begoña cuenta con frecuencia que siempre recuerda a mi padre, de niño, con un tebeo en las manos. Él lo confirma, tenía colecciones completas de Capitán Trueno, Jabato, El Coyote Mis abuelos tuvieron muy poca vista haciéndolas desaparecer, no sabemos si regalándolos o haciendo prender con ellos la estufa de carbón. Duele el corazón, que diría Enrique Iglesias, solo de pensarlo.

Yo he leído mucho desde siempre, pero lo que más leía en un principio fueron cómics. El primer cuento que me aprendí de memoria fue la versión en tebeo de Los 101 dálmatas, que formaba parte de uno de aquellos gigantescos tomos de Películas de Disney.

Luego llegaron muchos otros, los Súperhumor, Mortadelo y Filemón, Titín, Astérix y Obélix, el magistral Superlópez, mis adorados Johan y Pirluit… No cometimos los errores de mis abuelos y todas esas lecturas están ahora a disposión de mi hija.

Me convertí pronto en una voraz lectora de todo tipo de libros, probablemente en gran medida por el disfrute rápido que logré de mis tebeos, y reduje la lectura de cómics, aunque nunca del todo. Me recuerdo a los 20 años (hace otros veinte) recorriendo los mercadillos malagueños acumulando ejemplares de la revista Creepy, riendo con Ralf König o sufriendo y maravillándome de la profundidad de Maus.

Y entonces mi hija nació, creció un poquito y comenzó a unir unas letras con otras. Disfrutaba leyendo cuentos, escuchándolos, pero no llegaba a explotar ese amor por la lectura que recordaba en mí. De aquellos momentos de titubeo nació un post, hace casi dos años, cuando ella tenía casi seis: Sé que leer cuesta, sé que aprender a leer no es fácil.

Había comprado muchos cuentos para primeros lectores, libros en mayúsculas, con historias pensadas para su edad, pero aunque ella los leía, yo no acababa de ver ese enganche a la lectura que recordaba en mí.

Hasta que dimos con los cómics que la atraparon, con los que la agarraron de la mano y ya no la soltaron empujándola a leer más, más deprisa, mejor. Cómics que despertaban sus risas infantiles, de cristal transparente. Cómics que la conducían de aventura den aventura. Cómics que la han llevado a que ahora esté leyendo y disfrutando de novelas como Harry Potter.

En su caso esos cómics han sido sobre todo mangas: Yotsuba, El dulce hogar de Chi, El pupitre de al lado, Pokemon, Detective Conan, Padre e hijo… Libros que hemos prestado con éxito a otros niños, que ahora también devoran bocadillos de papel.

Las dos juntas hemos descubierto ese universo de historias japonesas. He leído también muchos de sus libros y he descubierto otros, más adultos, que me han conducido a un reencuentro intenso con la lectura de tebeos (si me permitís llamar así a los mangas).

De hecho estoy fichando muchos libros que son más que recomendables para lectores ya adolescentes, también por los valores que inculcan, de los que ya os iré hablando.

Las dos juntas, en el sofá, pasando páginas en sentido contrario y tan contentas de compartir esos momentos de lectura.

Por eso vamos a ir juntas la próxima semana al Héroes Cómics Con que se celebra en Madrid (nos hemos quedado con ganas del Salón del Manga de Barcelona, tal vez al año próximo), para realizar una inmersión en profundidad en el universo de los tebeos y todo aquello que les rodea. A ver qué descubrimos.

Iremos y os contaremos qué tal la experiencia por si os interesa de cara a acudir con niños a próximas ediciones. Iremos y es la primera vez para ambas, así que admitimos recomendaciones.

Y antes de ir, os dejo la información que me han hecho llegar los organizadores por si os interesa acudir ya este año.

Es en el Pabellón 5 de IFEMA, el viernes 10 de noviembre y sábado 11 de 9:00 a 21:00 y el domingo 12 de 9:00 a 20:00.

La entrada gratuita para los niños menores de 10 años. Pero claro, los niños no pueden ir solos y los adultos tenemos que pagar 10 euros por la entrada del viernes (12 en taquilla) y 12 por la del sábado y el domingo (15 en taquillas). Hay más opciones a indagar en la web oficial si queremos ir disfrazados (como es debido, no vale un disfraz cutre del chino para salir del paso), en grupo o los tres días.

Heroes Comic Con Madrid forma parte del circuito Heroes, el mayor circuito europeo de eventos de cultura pop que cuenta en la actualidad con 12 salones en 6 países, y con una comunidad de más de 300.000 aficionados.

Acuden editoriales nacionales e internacionales mostrarán sus novedades y fondo de catálogo (ECC Ediciones, Planeta Cómic, Norma Editorial), también productoras y distribuidoras, incluida Netflix, Fox, Sony… y compañías de videojuegos y de juegos de mesa.

Hay pintaras y rincón de lectura, también tendrán el traje del último Spider-Man y en el stand de Warner numerosas actividades de Liga de la justicia, que se estrena el siguiente fin de semana del salón.

Y además de todo eso, en la Kids Zone:

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Doce juegos de terror para jugar con la luz apagada en Halloween

La pasada semana una amiga me pedía sugerencias de juegos de terror para llevar a cabo con niños en Halloween. He estado pensando un poquito y os comparto las actividades que se me han ocurrido, que he hecho en alguna fiesta en casa o que podría hacer perfectamente.

Y os animo a dejar vuestras sugerencias y experiencias en los comentarios. Todo sea por pasar una noche dulcemente aterradora con familia y amigos.

Allá vamos:

1. Juegos tradicionales tenebrosos

Música de miedo, a gusto del consumidor, y a jugar al escondite inglés o al juego de las sillas musicales en la oscuridad absoluta, tapando los ojos a los participantes si es preciso. Es importante liberar de posibles obstáculos la zona y es recomendable la supervisión de los adultos para evitar accidentes. Si de verdad los niños no ven nada de nada, las risas están aseguradas.

También es divertido ponerle la cola al monstruo. Y quien dice cola, dice joroba, alas de murciélago o vacuna curazombies.

(GTRES)

2. La búsqueda del tesoro entre tinieblas

Las búsquedas de tesoros son siempre un triunfo con los niños. Da igual que sean miniaturas de pokemons si es en una fiesta de cumpleaños con esa temática o snitchs doradas (pelotas de pimpón envueltas en papel brillante) si lo que tenemos en casa son pequeños fans de Harry Potter. Lo tengo más que comprobado.

Aquí lo ideal es esconder lo que mejor nos cuadre: pequeñas arañas, muñequitos de zombis o golosinas (mejor sin azúcar, que no quiero que mi compañera Boticaria García venga a regañarme).


Que lo que se esconda sea pequeño y que haya bastante para que todos encuentren algo a base de palpar en la oscuridad es lo importante.

Tenemos la opción cooperativa para evitar conflictos: todos los niños buscan y ponen en común lo que encuentren y luego se reparte por igual entre todos.

3. Leer a oscuras cuentos de miedo

Bajo una gran manta o sábana, de forma opcional, con la linterna a ratos bajo la barbilla y a ratos apuntando al cuento para que todos lo vean. Las historias de fantasmas, brujas y monstruos a oscuras siempre son agradablemente terroríficas.

Es importante elegir bien los cuentos o relatos. Con los niños más pequeños hay cuentos estupendos como Fuera de aquí horrible monstruo verde o ¿Estás ahí, monstruo? que suelo recomendar. En el primero vemos aparecer rasgo a rasgo a un monstruo que el niño hará desaparecer a grito pelado pasando páginas hasta llegar al final: “¡Y no vuelvas más hasta que lo diga yo!”. Es decir, lo que hace es animar a los pequeños a empoderarse, a aprender a decir no, a enfrentarse y a alejar aquello que no les gusta. El segundo permite perder el miedo a lo desconocido, a lo que apenas se ve; tiene en cada página unas solapas que no se abren, metes la mano (si te atreves) para tocar las babas del monstruo, sus garras, su pelaje… que en realidad acaban siendo pintura de papá, un búho, conejitos… Ambos tienen el mismo objetivo: que los niños pierdan el miedo a los monstruos, a la oscuridad en casa.

Para lo más mayores se puede ir subiendo la oscuridad de los relatos según su nivel de tolerancia a la sugestión. Desde los cuentos anteriores hasta presentarles a Chtulu y a Lovecraft, hay todo un mundo. Clásicos como Becker o Poe, tal vez resumidos, nunca fallan. También vale contarles haciendo teatro las películas o libros de terror que más miedo nos hayan dado. Ningún chaval se va a quejar porque les hagamos un spoiler de viejos éxitos como La semilla del diablo, Cujo o La profecía, si son historias en las que salen niños como ellos, más miedo les dará. Mucho ojo y mejor pecar de prudentes rebajando las historias, que no queremos andar con ojeras de las de verdad pasado Halloween por tener a los niños presas de pesadillas nocturnas.

4. Inventar historias

Además de narrar historias ajenas, podemos inventar las nuestras. Con la colaboración de algún voluntario para asustar en el momento que digamos. Al igual que en el caso anterior, adaptando la oscuridad a la capacidad que el grupo de niños tenga de asimilarla.

Y también es buena idea animarles a inventar las suyas. Con concurso incluso para la mas aterradora. Para evitar que se queden en blanco, el juego de Story Cubes puede ser una gran ayuda. Hay una caja con cubos especialmente pensados para historias de miedo, pero cualquiera puede valer. Se lanzan los cubos, se descartan dos y con los elementos que aparecen en el resto hay que improvisar una narración pavorosa.

5. Disfraces a ciegas

No a todos los niños les gusta disfrazarse, pero sí a la mayoría. En fiestas como Halloween esa mayoría es aún mayor. Un juego divertido puede ser apagar las luces, colocar ‘el cofre de los disfraces tenebrosos’ con distintos accesorios, que igual pueden ser comprados que fabricados, y darles un tiempo limitado para que se disfracen a oscuras.

Está también la opción de que se quiten los disfraces que traen, o parte de ellos, los pongan en un montón en común, y jueguen a volver a disfrazarse disparatadamente a oscuras.

6. Los zombies cegatos

Otra modalidad. Pintarse de monstruosamente también a oscuras. No hay mejores zombies, ojeras más terribles y pústulas y cicatrices mejor colocadas, que aquellas que se han pintado sin ver. Pinturas fiables, aptas para uso infantil, eso por supuesto. Se puede hacer por parejas y añadir un photocall para dejar constancia del resultado después.

7. Concurso de risas fantasmagóricas

A oscuras, tal vez tenuemente iluminados por alguna calabaza de sonrisa torcida, el objetivo de la prueba es soltar la risa más fantasmagórica posible. Los adultos pueden ejercer de  jurado. Una variante del juego consiste en que, en lugar depurado, tengan que adivinar qué niño ha emitido cada risa.

Por favor, no dejéis de grabarlas. Es muy divertido oírlas después.

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Podría ser también un concurso de gritos escalofriantes, pero en ese caso lo mismo es mejor avisar previamente a los vecinos.

8. El superviviente de las adivinanzas

Hay que preparar un juego de preguntas o de adivinanzas, de temática relacionada con Halloween preferiblemente. Vamos preguntando y los niños que vayan perdiendo tienen que abandonar la habitación a oscuras, tal vez esperando en otra habitación también a oscuras, hasta que solo quede uno. Se puede jugar por equipos.

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9. Escuela de hechizos

Es fácil encontrar unas varas de plástico llenas de sustancias de diferentes colores que, al quebrarlas, producen una reacción química que se traduce en luminiscencia. También tengo comprobado que no hay niño que se resista a ellas.

De hecho, esas varitas bien pueden ser el objeto que se busque en la caza del tesoro o que se obtenga como recompensa al superar alguna prueba.

El hechizo que deben memorizas y practicar en la oscuridad puede ser para despertar al monstruo: vampiro, zombie, bruja… lo que sea que decida el adulto que se preste a incorporarse de la manera más terrorífica posible.

10. Cata a ciegas

Internet está repleto de sugerencias para crear meriendas infantiles para Halloween: dedos de zombis hechos con salchichas, arañas de tomate cherry, sesos de batata o calabaza asada… ¿Y si los niños se enfrentan a todos esos platos a oscuras? ¿Serán los suficientemente valientes para probar sin ver? ¿Y los suficientemente sagaces para adivinar lo que están devorando?

Boticaria García, esta foto de frutas monstruosas va por ti. (GTRES)

11. Nuestro propio pasaje del terror

A los niños les encantará organizarse para asustar a los adultos que se atrevan a recorrer el pasaje que ellos han preparado. Obviamente, también puede ser al revés: los adultos preparamos un pequeño pasaje del terror que los niños tendrán que recorrer entre tinieblas.

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12. Apagar las luces, encender las linternas y buscar al monstruo

Pequeños detectives de monstruos es un juego de rol ideal para iniciar a los niños y estupendo para desarrollar una partida en vivo rápida y sencilla por la casa. Los niños son investigadores que reúnen pistas para atrapar al monstruo (del tipo simpático que roba objetos brillantes o similar), los adultos pueden interpretar distintos papeles: el monstruo o seres que ayudan o despistan a los investigadores. A oscuras y con linternas es una actividad que les encanta.

Con un poco de imaginación ni siquiera es preciso el juego de rol para hacer un teatrito detectivesco rápido, en el que atrapar monstruos, peligrosos asesinos de calcetines o lo que se tercie.

Y a pasarlo terroríficamente fenomenal.

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Enseñar a los niños a crear poesía, a jugar con las palabras, de la mano de los haikus

Este martes me presenté en casa con un papel en la mano, un concurso de haiku que está en su 15 edición y que me hizo llegar la embajada de Japón en España, decidida a proponer a Julia a participar en él. Aquí hay más información sobre el concurso y el formulario en español para participar.

Ya sabéis si seguís el blog que me gusta la poesía, que me parece un precioso juguete en manos de los niños cuyo disfrute creo inteligente fomentar.

Claro, la primera pregunta de Julia fue cuando le propuse participar en el concurso fue: ¿Qué es un haiku?. Le expliqué que era un tipo de poesía muy breve, de apenas tres líneas, en la que la rima no es relevante. La animé a investigar en el ordenador lo que era, y pronto dimos con mucha más información, como que grandes poetas españoles como Machado o Lorca también jugaron con los haikus, con su íntima relación con la naturaleza o con su estructura de cinco sílabas (moras), siete en el verso intermedio y cinco de nuevo.

No obstante, mi consejo es no ser rígidos, sobre todo con los niños más pequeños, a la hora de crear haikus. Si hay más golpes silábicos, tampoco pasa nada. Lo importante es pasarlo bien, jugar con las palabras, con lo que evocan y hacen sentir. Aunque falte o sobre alguna sílaba, el éxito con los niños es transmitir que el lenguaje es maleable, flexible, capaz de hacernos soñar. Creando un haiku o ante cualquier otro tipo de estructura. Pero un haiku, por su brevedad y su simplicidad (solo aparente), es una buena apuesta para adentrarse en la música de las palabras.

El sueño, 1912, Museo Thyssen-Bornemisza. Franz Marc.

– Hacer poesía es jugar con las palabras, crear imágenes dentro de la cabeza de la gente o despertar sentimientos en su corazón, a veces ambas cosas. Por ejemplo, dime un animal.

– Los caballos.

– Vale, ¿qué es lo primero que se te viene a la mente cuando piensas en caballos? ¿Cómo son, qué hacen?

– Corren. Los caballos corren.

– Estupendo. ¿Por dónde corren? Cierra los ojos y dime lo que imaginas.

– Pues hay árboles, hierba y cielo azul.

– Muy bien. Los caballos corren entre árboles, sobre la hierba verde y bajo el cielo azul. Pero eso no es un poema, eso es describir lo que ves. Voy a hacer un poema con lo que me has contado, y lo voy a usar una expresión que te inventaste hace tiempo y que era muy bonita, muy poética, “azul frondoso”. Cierra los ojos y escucha:

Árboles vuelan
truenan los caballos
azul frondoso

– ¿Por qué truenan los caballos? Los caballos no truenan.

– ¿Seguro? Si te digo “truenan los caballos”, ¿qué te imaginas?

– Pues que van muy deprisa haciendo mucho ruido.

– ¡Claro! Eso es hacer poesía, jugar con palabras para hacer que la gente imagine y sienta.

Tras la explicación la dejé media hora a solas. Al volver había creado media docena de pequeños poemas, todos con vocación de haikus, y lo había pasado bien haciéndolo. Poemas como

Los gatitos
nacen a la luz
de la luna

Un pequeño
unicornio vuela en
el sol de invierno

Y mi favorito, el que convirtió en dibujo, algo que también es frecuente encontrar en los haikus y que a los niños les suele gustar:

El sol está apagado
quiere ser violeta
como las flores

Es también bonito leer haikus con niños. Julia descubrió que uno de los más conocidos se cree que su autor, el monje budista Onitsura, lo escribió con apenas siete años, solo uno menos que ella:

“Ven, ven”, le dije,
pero la luciérnaga
se fue volando.

Y a mí me llegó hondo el de la poetisa del siglo XVIII Chiyo-Ni, que creó tras ver morir a su hijo pequeño. Y eso que soy consciente de que toda traducción poética hace que el original pierda fuerza.

El cazador de libélulas,
¿hasta qué región
se me habrá ido hoy?

¿Jugamos a dejarnos llevar por la música de la voz y el corazón?

‘Elefante y Miguel’, un cuento para aprender a querer bien, a respetar la felicidad ajena (y contrario a los circos con animales)

Un precioso cuento ha nacido de un post que apareció publicado en este blog. Un post que a su vez nació de otro hermoso cuento. Un juego de muñecas rusas literario y con el propósito de contribuir a hacer de este mundo un lugar un poquito más justo para todos, también para los animales.

El post lo publiqué en diciembre de 2015, se titulaba Carta de una madre al colegio de su hijo por organizar una excursión a un circo con animales y empezaba así:

Ayer estuve con María José Rodríguez en la presentación de Galguiel precioso cuento que ha hecho junto al ilustrador Andrés Arcos que recoge la historia de un perro abandonado. Me contó que el curso pasado organizaron en el colegio de sus hijos una excursión a un circo en el que había animales (elefantes, grandes felinos…). “¡Anda que no habrá opciones de salidas con niños: museos, jardines, otro tipo de espectáculos!”, convinimos ambas.

María José hizo algo me parece especialmente meritorio: escribió una carta al claustro de profesores explicando porqué su hijo no acudiría a esa excursión con la intención de que se replantearan en el futuro repetir salidas semejantes.

Estoy completamente de acuerdo con su postura. Mis hijos tampoco hubieran ido. Circos sí. Circos con animales, rotundamente no. Ni Julia ni Jaime pisarán un sitio así, mientras de mí dependa. Es un tipo de maltrato animal que insensibiliza. Y es especialmente sangrante porque va dirigido eminentemente a un público infantil, un público en el que cultivar la empatía y sensibilidad hacia otros seres vivos, que no los perciban como un objeto que nos tiene que ser útil o entretenernos, sino como un ser vivo con derechos.

Elefante y Miguel, heredero de aquella idea, pronto será realidad porque ha iniciado hoy mismo su andadura en Verkami y no tengo duda de que logrará su objetivo, conseguirá enamorar a suficientes mecenas como para ver la luz y convertirse en el cuento favorito de muchos niños. Niños que ojalá cuando sean adultos vivan en un mundo en el que los circos ya no utilizan a animales salvajes de una manera tan cruel.

Yo creo que sí, que así será, que cuando esos niños que se emocionen leyendo las aventuras de Miguel y de Elefante sean padres y lean este cuento a sus hijos, dentro de dos o tres décadas, tendrán que explicar a una audiencia incrédula que hubo un tiempo no tan lejano en el que cogían tigres y elefantes, los hacían vivir en instalaciones inadecuadas, viajar sin descanso y hacer payasadas hasta que eran descartados si dejaban de ser útiles o rentables.

Pero el cuento seguirá teniendo vigencia, porque atesora la enseñanza de que hay que querer bien. A los animales, pero también a nuestros iguales. Querer bien no implica poseer, dominar, utilizar, tener cerca. Querer bien es un acto de generosidad que busca la felicidad de aquel que amamos. Y así, también, encontramos nuestra propia felicidad.

El cuento es además una maravilla estética, luminosa y atrayente. Su ilustrador, Andrés Arcos, ya creó un inolvidable galgo con cara de lápiz en su anterior colaboración con la escritora y ha vuelto a repetir la proeza con Elefante, que es tiene una personalidad arrolladora.

María José Rodríguez ha tenido la amabilidad, en plena vorágine del lanzamiento de un crowdfunding, de responder un par de preguntas sobre su último libro:

 ¿Qué pretendes conseguir con este cuento?
En primer lugar que los niños entiendan que querer a un animal significa querer hacerle feliz. No solo quererle en el sentido de poseer, de tenerle cerca. Sino quererle en el sentido de hacerle feliz. Es el lema de nuestro cuento: Te quiero feliz. Y ese deseo de hacerle feliz implica satisfacer sus necesidades, que a veces pueden chocar con nuestros propios deseos.

Y para que los niños entiendan esto, primero tienen que ponerse en el lugar de ese animal que está pasándolo mal en un circo, en un zoo, en un chenil, en una jaula… con Elefante y Miguel buscamos que los niños reflexionen sobre qué sentirían ellos en su lugar, en un espacio reducido del que nunca salen, lejos de sus familias. Con esto a los niños les basta para entenderlo, para empatizar con esos animales. Si los niños entienden esto, entenderán que no está bien encerrar a un animal para nuestra diversión o beneficio, ni en un circo, ni en un zoo ni en cualquier otro lugar que no sea su hábitat natural. Y ojalá que, con estos niños, desaparezcan circos, zoos y todos aquellos lugares en los que los animales sufren.

Queremos que los niños miren a los animales a los ojos y comprendan todo lo que son: seres vivos con su carácter, sus preferencias, sus necesidades, su dignidad.

¿Qué te impulsó a convertir tu reclamación en un cuento?
La segunda vez que la tuve que poner, Diego ya era más mayor y entendía mejor las razones por las que nosotros no encontrábamos correcto que fuera a la excursión del colegio a un circo con animales. Él no quería ver animales tristes haciendo tonterías y comprendía que eso estaba mal. Miguel era más pequeño y entendía peor los conceptos, pero tenía claro que a él mismo tampoco le gustaría estar todo el día metido en una habitación y salir sólo para hacer reír a los demás. Después de esa explicación, Miguel jamás ha sentido ni siquiera curiosidad por un circo con animales. Pero tras la excursión, a la que habían ido sus amiguitos y él no, Diego vino a casa diciendo que no entendía porqué sus amigos sí habían ido y encima les había gustado. Que porqué sus padres eran malos y permitían que sus hijos fueran al circo a ver animales tristes. Y que porqué sus amigos decían que esos animales no parecían tristes. Yo tenía clara la respuesta: sus padres y sus amigos no eran malos, simplemente no habían pensado en ello, no habían pensado en cómo habían llegado esos animales allí ni si allí estaban alegres o tristes. Y entonces me quedó clarísimo que para explicárselo bien, no sólo a él y a Miguel, sino a los demás niños y a los padres que nunca habían pensado en eso, había que hacerlo con un cuento. Un cuento que les permitiera reflexionar y entenderlo.

Tras esto decidí que tenía que explicarles a los niños por qué no era correcto ir a circos con animales si amabas a los animales. ¿Y cómo mejor que con un cuento?. Un cuento que les haría pensar antes de opinar.

Y una vez dí con el texto que me gustó (y que me llevó varias versiones… prometo contar algún día dónde surgió la inspiración para el texto definitivo, ¡esa es una buena historia!), necesitaba un ilustrador, y lo tuve muy claro: quería a Andrés Arcos, el ilustrador de Galgui, por supuesto, ¡que afortunadamente se sintió entusiasmado con el proyecto y dijo que sí!. Podréis disfrutar de unas ilustraciones maravillosas, llenas de significado, de expresividad, de color, de vida… Vuelvo a sentirme afortunada de que Andrés esté implicado en hacer este sueño realidad. Las palabras se me quedan cortas, pero podréis entenderme en cuanto tengáis el cuento en vuestras manos y veáis su trabajo.

Y si a Galgui le ayuda un niño llamado Diego (como nuestro hijo mayor, ¡casualidades de la vida!), a Elefante le ayuda un niño llamado Miguel (¡Anda, como nuestro hijo pequeño!, ¡más casualidades!). Y lo que tienen en común ambos niños (aparte de llamarse como nuestros hijos, ¡jeje!) es que ambos deciden actuar, deciden implicarse activamente en buscar el bienestar de sus amigos animales. Porque los quieren felices. Ojalá se nos dé tan bien educar a nuestros hijos en la realidad como soñamos hacerlo en la ficción.

Podéis apoyar el proyecto y disponer de mucha más información sobre cómo es y qué lo motiva desde la web Verkami, yo ya lo he hecho.

Es, además, una iniciativa solidaria: “Si conseguimos más dinero del mínimo que necesitamos para editar el libro, lo invertiremos en la edición y en los mecenas, en pagar parte de nuestro trabajo y en hacer donaciones a cada una de las ocho protectoras asociadas al proyecto, al igual que hicimos con Galgui, que son: Animales Con Un Nuevo Rumbo, Galgos112, El Refugio Escuela Sofía de Sevilla, Arca de Noé de Córdoba, La Madriguera, Doganzo, Animales Rioja y ANAA”.

 

Convierte a tus hijos en elfos o unicornios con ‘Magissa’ (o cómo montar una partida de rol con tus niños sin haber jugado nunca)

En mi anterior post sobre juegos de rol y niños, un post introductorio de otros que irán cayendo en el blog a partir de ahora protagonizados por el rol, os prometí hablar de Magissa. Hay más juegos de rol pensados para disfrutar con niños, convirtiéndolos en adorables y aguerridos osos panda con Guardianes del Pandemonio, en Pequeños detectives de monstruos (un juego, como me apuntaban desde Twitter, ideal para rol en vivo incluso en el interior de casa y de cara a Halloween) o en los personajes de Hora de Aventuras.

Nada impide a padres con experiencia rolera agarrar su StarWars, su Pendragon o su Dungeon&Dragons y adaptar a su antojo las reglas, simplificar las hojas de personajes y ponerse a jugar con los niños, aunque para eso hacen falta más tablas. Los libros de rol que os indico ya vienen pensados para ponerse al nivel de los niños y son, además, una opción estupenda para que los padres también se inicien en eso de ser máster o director de juego sin experimentar demasiado vértigo.

El juego del que os hablo hoy es un excelente ejemplo. Con unas ilustraciones y una edición preciosa, desde la portada hasta la última página, es una adaptación infantil muy bien pensada del clásico mundo de fantasía cuyo ambiente todos conocemos (algunos mucho más que otros) poblado por elfos, enanos, unicornios y lleno magia y retos para los guerreros.

Magissa, ideado por Edanna R. Patsaki y Fernando R. Reyes, se desarrolla en el mundo de Dyss, un mundo plano, vivo y poblado por diferentes razas que parte de la premisa, no obligatoria, de que los adultos han desaparecido de repente por causas desconocidas.

Los niños podrán elegir ser centauros, elfos, enanos, humanos, niños-gato, niños-ciervo, faunos o ponis de unicornio. Elegir su raza implica tener unas características más destacadas que otras (un niño-gato será más ágil pero menos fuerte que un enano), capacidades diferentes (un enano podrá ver mejor en la oscuridad y un elfo siempre sabrá algo de runas antiguas) y predisposición a desempeñar determinados oficios (un poni de unicornio será normalmente mago o sanador, aunque si el niño se empeña en convertirse en un poni guerrero, que lleva la contraria a la costumbre de su raza, nada lo impide).

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Dejad que los niños se acerquen a los juegos de rol

Siempre me fascinó inventar historias y jugarlas cuando era niña, o leerlas, mucho más que los juguetes. Nunca hice demasiado caso a las cosas la verdad, algo que mi hija ha heredado. Y en torno a los catorce o quince años quedé fascinada por Tolkien, una lectura a la que siguieron otras vinculadas a la fantasía y la ciencia ficción: Ursula K. Leguin, la Dragonlance (que nunca me gustó demasiado), Jordan, Herbert, Lovecraft… Lecturas que son, con frecuencia, la puerta de entrada al rol para muchos jugadores.

Tenía dieciséis años cuando me agencié el (precioso) libro del juego de rol de El señor de los anillos, dispuestísima a enterarme de qué era eso del rol que me atraía tanto sin conocerlo realmente. ¡Vaya si me enteré! Pero lo que me quedó más que claro es que no se trataba de un entretenimiento solitario. Había que hacer pandilla para jugar y yo no tenía de eso.

Hija única con primas pequeñas y escolarizada en un centro al que solo íbamos niñas de uniforme, encontrar esa pandilla parecía harto complicado. Solo una de mis amigas compartía mis ‘frikismos’. Y no me sentía del todo capaz de ejercer de máster, no es precisamente el juego de rol más sencillo con el que iniciarse en esas lides desde la nada. Jugar con mis padres estaba descartado, espero que mi hija nunca piense así.

Pero yo quería jugar al rol, como fuera. Me enteré de que había una revista dedicada a esos menesteres, la Dragón, y cargada de ingenuidad escribí una carta a la publicación diciendo que buscaba amiguitos para jugar. Se me ocurrió decir que era un año más mayor, para no parecer tan cría imagino, la verdad es que no lo recuerdo.

La cosa es que la carta apareció publicada de la siguiente manera:

Melisa es una chica (sí, habéis oído bien, una CHICA) de 17 abriles, que se ha comprado el Señor de los Anillos y no sabe por dónde empezar. Busca algún grupo de rol caritativo, ansioso de ayudar a una dama en apuros, dispuesto a adoptarla como principiante. Promete aprender rápido y subir pronto de nivel.

Nota de los de siempre: como nos enteremos de que tratáis mal a esta amiga, nuestros dragones no van a dejar de vosotros ni la tuerquecita del yelmo….

Me imagino perfectamente a los de la redacción de Dragón pensando la que se me iba a venir encima y escribiendo ese post data justo por eso. Yo no tenía ni idea de lo que sucedería a continuación, ya os dije que era una ingenua.

La que se me vino encima, en aquella época previa a internet y los móviles, fueron dos semanas con el buzón tan a reventar de cartas que ni cabían. No exagero. Hubo un veinteañero andaluz que se presentó en la puerta de mi casa con un ramo de flores, que yo se lo agradecí, pero le invité a hacer turismo por Madrid sin mí porque se me hacía raro. La verdad es que todo el mundo que me contactó, que fue mucho, fue muy amable. Tal vez advertencia del dragón funcionó, o creo que sencillamente eran buenos chavales con ganar de compartir afición (puede que algo más, pero eso nunca sucedió). Al final inicié varias partidas por correo, algo más tarde algo más roleé por IRC cuando Internet tuvo a bien aparecer, y me acerqué basándome en criterios de proximidad al incipiente club de rol de mi ciudad, en el que no encajé del todo, todo hay que decirlo. Llegue a dirigir algunas partidas de Pendragon, poquitas.

El IRC fue lo que más duró. La universidad unida a un trabajo de ocho horas me alejaron pronto de todo aquello, pero la espinita quedó. Hace año y poco me pude sumar a una campaña de Star Wars y aproximadamente una vez al mes lo paso estupendamente intentando salvar la galaxia metida en el pellejo de una diplomática rebelde con poca maña con las armas. Gracias desde aquí a ese grupo por abrir la puerta a una extraña que el máster quiso invitar.

Con mi hija, que ahora tiene ocho años, hemos jugado mucho a juegos de mesa desde que era muy pequeña. Juegos de los que os he ido hablando aquí. Alguno similar en cierta medida al rol, como Mice&Mistics.

Ya había probado una pequeña partida de rol en vivo con Pequeños detectives de monstruos en el Festival de Fantasía de Fuenlabrada, pero hace poco, en las Ludo Ergo Sum LES (unas jornadas lúdicas solidarias que os recomiendo), la llevé a que jugase una partida de rol de Hora de Aventuras. Ella salió feliz y yo con el juego de rol Magissa, del que me habían hablado mucho y bien, bajo el brazo. Quiso jugar según llegamos a casa, pero ya le expliqué que era imposible y debía contener su impaciencia.

Ha pasado algún tiempo, ya pude estudiarme el libro y preparar una pequeña campaña y hemos estado jugando algunas partidas. Y jugar al rol es algo que le encanta y que yo estoy empezando a ver con ojos de madre, valorando todo lo bueno que puede aportar a los niños.

¿Por qué creo que el rol es algo tan recomendable para los niños? Pues por muchos motivos: porque supone dejarse llevar por la imaginación, porque permite plantear muchísimas situaciones problemáticas ante las que los niños tendrán que discurrir para intentar salir con bien, porque implica cooperar y negociar, porque los que cooperan y negocian se han convertido en seres de distintas razas (elfos, enanos, humanos, unicornios…) con lo que eso puede ayudar a la tolerancia, porque supone pasar tiempo en familia jugando, porque invita a leer, a escribir y a dibujar. Y no seamos utilitaristas, sobre todo es muy divertido.

Superemos ya la vieja leyenda negra que rodea a estos juegos.

Me he encontrado a mi alrededor mucho desconocimiento de lo que es el rol entre los padres, incluso padres que conocen bien los juegos de mesa. Así que voy a intentar resumir una explicación.

En un juego de mesa convencional, que también es un entretenimiento maravilloso y provechoso, hay unas reglas claras, un tablero, losetas o cartas, a veces también dados, distintas mecánicas, estrategias y mayor o menor necesidad en función del juego de que la suerte nos acompañe. Todos los jugadores participan en igualdad de condiciones. Las reglas dirigen el juego desde el papel impreso con las instrucciones. Creo que todo el mundo lo tiene más o menos claro.

El rol es diferente. Hay muchos dados, sí, también hay reglas que indican cómo conducir la aventura, y un puñado de jugadores sentados a una mesa, pero lo que tenemos es un director de juego o máster que ha estudiado esas reglas, que ejerce de narrador y plantea la aventura que ha preparado a unos jugadores que se meten en el pellejo de los personajes que han ideado. Lo satisfactorio que sea el juego va a depender en gran medida del máster, que conozca bien el juego, que tenga sentido común y sea flexible, que pastoree sin imponerse, que sepa reaccionar a lo que los jugadores, a menudo impredecibles, decidan hacer.

La secuencia sería así. Una vez se tiene el libro de rol, es preciso que el adulto que va a ejercer de director de juego (o un niño a partir de unos doce años en el caso de rol para niños como Hora de Aventuras, Magissa o Guardianes de Pandemonio, que pronto probaremos también), se arremangue y se lo lea enterito, tomando notas digitales o a mano y señalando en el libro aquellas páginas a las que tendrá que recurrir con frecuencia. Luego tendrá que elaborar una historia interesante, con enemigos, un objetivo o varios (incluso objetivos secretos para cada jugador), un recorrido…

Sí, es preciso dedicar algo de tiempo previo y tener ganas de currárselo.

Los jugadores pueden crear sus personajes o el máster puede darles personajes ya creados teniendo en cuenta sus preferencias y que haya un grupo equilibrado (mal vamos a pelear si somos todos sanadores). Aunque los personajes estén creados previamente, los niños pueden definirlos poniéndoles nombre, describiendo su aspecto físico, su personalidad, su historia, dibujándolos…

Una vez el master conoce las normas, tiene su historia preparada y un grupo de jugadores con sus personajes terminados, personajes que irán mejorando según ganen experiencia, solo es preciso disponer de lápices, gomas de borrar, dados y mucha imaginación.Hay más elementos opcionales, como música de ambiente, planos o pizarras, figuritas de Lego o Playmobil que representan a los jugadores.

Y ahí comienza la magia del rol, que consiste en caminar con las botas de los personajes, creerse la historia que el máster plantea y dejar volar la imaginación para decidir qué hacer para llevar la aventura a buen puerto. Todo lo que no choque con la lógica del mundo y de esos personajes, está permitido. Los jugadores tendrán que negociar, colaborar, esforzarse juntos por salir situaciones complicadas, decidir si se fían de ese elfo extraño que el máster se ha sacado la manga….  en libertad. Un máster que tendrá que ser capaz de improvisar, sobre todo si tiene niños delante, para los que jugar de esta manera es tan natural como respirar.

Sí, también tendrán pelear de vez en cuando tirando dados, pero un buen juego de rol no descansa su peso en lo que digan los dados. Y las peleas no tienen que ser ni mortales, ni sangrientas.

Y en mi siguiente post hablo más despacio y detalladamente de Magissa y de cómo iniciarse como máster de niños. Os espero.


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¿El musical sobre Billy Elliot es apropiado para ir con niños?

Recuerdo la primera vez que me envolvió la magia de un musical. Salí fascinada. Fue con Cats cuando ya era veinteañera, porque los niños de la vetusta EGB no teníamos al alcance de nuestra mano acudir a musicales salvo que se diera alguna rara suerte (rarísima entre los que crecimos en España en los 70 y los 80), como viajar a Londres o Nueva York durante la infancia. Nuestra relación con los musicales vino de la mano de la tele, y por eso muchos crecimos celebrando cuando emitían Grease o Dirty Dancing, aunque esa es otra historia.

Este miércoles fue la primera vez de mi hija, que con solo ocho años ha podido disfrutar de Billy Elliot. Precisamente a partir de ocho años dicen los responsables del musical que se puede ir a ver al talentoso Billy huir de un futuro de carbón, huelgas y disturbios de la mano de la danza, luchando por hacer entender, en un entorno hostil, que no se deben poner cortapisas a los sueños de los niños.

Tenía muchas ganas de acudir con ella, tanto por iniciarla en la genialidad que son los musicales hechos con mimo y medios, como por las enseñanzas de Billy Elliot en concreto. En estos días que aún es noticia que algunos centros de enseñanza deciden que la cocina y la moda es cosa de niñas y la informática solo para niños, sigue siendo preciso recalcar que no es verdad, que un niño o una niña pueden ser lo que deseen, que Billy fue un valiente e hizo lo correcto al enfrentarse a la incomprensión generalizada de tantos.

Todo eso que esperaba, estaba en el musical. Y aún más, de la mano del maravilloso Michael (Beltrán Remiro en la función que vi, aunque hay otros cinco) devorando el escenario cada vez que asomaba.  Puso al público en pie en el que creo que es el mejor número del musical, ataviado con la ropa de su hermana y de la mano de su amigo Billy. Un espectacular canto al derecho a ser uno mismo. Y mi hija también lo creyó así. Lo disfrutó muchísimo, igual que quedó encantada con la espectacular puesta en escena.

Pero hay más en el musical de Billy Elliot que es preciso saber si nos estamos planteando ir con niños, para no meter la pata con unas entradas cuyo precio es difícil que baje de los 50 euros por barba. Y ahí voy a partir de ahora, a intentar explicar si es una obra apta para acudir con nuestros hijos, sobrinos o nietos.

Me da la impresión de que han sido en exceso optimistas con esos ocho años. Los responsables del musical advierten que hay palabras malsonantes. Es una advertencia que debe hacerse, pero no es ese el motivo por el que creo que es un acierto seguro con niños de la edad de los jóvenes intérpretes (maravillosos, por cierto), a partir de doce o trece años.

En primer lugar hay que tener en cuenta que los musicales son muy largos (dos horas y media en este caso) y si tenemos un niño de los coloquialmente etiquetados como “de culo inquieto”, más vale pensárselo dos veces. Julia es una niña tranquila y acostumbrada a películas largas, pero la segunda se le hizo cuesta arriba. En gran medida porque era tarde, que comenzó a las 20:30 (con niños, buscad mejor las sesiones de las 17 y las 18 de la tarde), pero también porque hay muchas partes en las que se perdía.

Billy Elliot son niños cantando y bailando, casas que surgen del suelo, un viejo boxeador risible, una profesora genial y una abuela olvidadiza que nos enseña que se está mejor sola que mal acompañada. Eso gusta a cualquier niño, cualquier niño lo entiende. Pero Billy Elliot también es una huelga sostenida, conflictos con la policía, posiciones enrocadas, esquiroles, minas que se cierra y se abren, un padre enjaulado, sindicatos y Margaret Thatcher, y eso a cualquier niño le puede resultar árido e incomprensible.

En la segunda mitad hay más de lo segundo que de lo primero. Y lo segundo es imposible de explicar a un niño de ocho años por mucho que se intente, menos aún me medio de la obra y entre susurros.

Es cierto que los frecuentes tacos, los golpes de pelvis y el momento “quieres que te enseñe el chichi”, presente también en la película, pueden ser un problema para muchos padres (es bueno que sepan a priori que se lo van a encontrar, para que decidan ir o no con conocimiento de causa) y que pueden causar asombro, sobresalto o risitas entre muchos niños preadolescentes, pero no me parece que sean los elementos que invitan a elevar la edad, sino la complejidad de gran parte de la historia.

Me consta que también habrá familias a las que les disguste además que sus hijos, nietos o sobrinos vean a Michael vestido de niña y defendiendo con alegría su derecho a hacerlo o a todo el elenco vistiendo tutús. Esos tienen más problemas que decidir si llevar o no a sus niños a un musical. Y precisamente esos ojalá los lleven, aunque sea por error, a modo de vacuna contra la cerrazón.

* Más información sobre el musical Billy Elliot de mano de Raquel G. Otero.
* Todas las fotos que ilustran este post son obra de Jorge París y el vídeo de Guillermo Fernández Savater.

No es terapia con animales todo lo que reluce (cómo identificar las que merecen la pena)

Este miércoles se celebra el Día del Animal y 20minutos ha publicado un especial, impreso y online, que recoge muchos contenidos que os recomiendo.  Pero hoy quiero destacar uno, porque es algo que me preocupa desde hace mucho tiempo.

Teo Marical, director de la Fundación Bocalán y maestro de entrenadores, junto a Melchor se gana la atención de  Jaime. (JORGE PARÍS)

Tengo un hijo con autismo y bastante relación con el mundo de la discapacidad (a falta de otra manera mejor de decirlo), también afinidad con los animales y conocimientos al respecto, y me preocupa mucho la creciente abundancia de terapias con animales que me despiertan muchas dudas, recelos más bien. En primer lugar por el uso y abuso de esos animales como instrumentos de los que sacar beneficio económico, algo a evitar por razones obvias. También por el supuesto beneficio que las personas que acuden a la terapia puedan recibir.

He visto extraescolares después de clase en un colegio especial en las que ocho, diez o doce niños pasan un rato con un perro. He visto cómo en hípicas que me horrorizó cómo enseñaban a los niños sin problemas y el trato que daban a los caballos, subían a niños con parálisis cerebral a dar vueltas de manera muy similar a cómo sería un tiovivo, pero con seres vivos. Eso no es terapéutico, eso podría incluso ser maltrato animal, tal vez incluso un fraude.

Veo a muchos padres de niños con discapacidad que buscan estas terapias sin saber cómo identificar cuáles son recomendables, por falta de conocimientos y porque no hay regulación ninguna, formación reglada, un listado fiable y supervisado que ayude a elegir.

La terapia con animales puede ser algo maravilloso, siempre y cuando haya buenos profesionales detrás, respeto por los animales y esos animales estén participando gustosos en la actividad. Es algo que los padres que buscamos los beneficios de estas terapias tenemos la obligación de buscar.

En ese sentido os aconsejo leer lo que cuenta Nuria Máximo, terapeuta ocupacional y profesora en la Universidad Rey Juan Carlos, responsable en esa universidad de la cátedra Animales y sociedad.

Os dejo, de todas formas, la parte final del reportaje, en la que se incide en este tema:

“La gente está muy perdida. Hay gente que lo está haciendo muy bien y gente que no lo está haciendo nada bien. Sería una cosa que habría que regular”, reconoce Nuria Máximo, que destaca que en la cátedra solo trabajan “con entidades colaboradoras que hemos visto que trabajan de manera respetuosa con los animales”.   En demasiados sitios la falta de control ha propiciado que no sea así, que prime la búsqueda de rendimiento económico.

“El tema de las hípicas daría para mucho: el caballo como objeto de lujo que cuando llega la crisis no lo puedo mantener y rentabilizan las hípicas diciendo que hacen terapia, pero sin formación. Estamos subiendo a niños a lomos de un caballo y nos estamos jugando mucho. Con los perros igual. Si lo quiero hacer rentable, ¿qué hago? Tener muchos animales, aumentar el número de sesiones y asumiendo cosas que quizás no son asumibles. Yo he visto vídeos de terapias en los que el perro está nervioso, asustado, no le está gustando nada que lo cepillen. Hasta que no pase algo, no lo regularemos“.

La profesora Nuria Máximo en el campus de la universidad (JORGE PARÍS)

La profesora Nuria Máximo facilita algunas pistas sobre cómo saber si estamos ante una terapia recomendable y respetuosa con los animales.

  • “Siempre hablamos de que tiene que haber un equipo de tres: el animal, el técnico que está pendiente de las señales de estrés del animal formado en el adiestramiento del animal y en el mundo de la terapia y el especialista: el fisio, el terapeuta ocupacional, el psicólogo… un profesional de la salud o de la educación que gestiona a la persona que va a recibir ese tipo de terapia”.
  • “El programa tiene que tener unos objetivos bien diseñados para esa persona que recibe la terapia. Incluso aunque sea de tipo educativo, para aprender por ejemplo a leer, tiene que haber unos objetivos para ese niño o ese grupo. Si no es así estás pasando una tarde más o menos agradable, nada más”.
  • “Con perros me gusta que los animales convivan con sus técnicos, no me gustan que estén en cheniles. Tienen que hacer vida de perro. Y el técnico puede vivir con dos o tres perros, no con muchos más. Por eso la terapia es tan cara”.
  • “Si yo estoy trabajando, por ejemplo, un proyecto con niños con autismo y decidimos trabajar en grupo, como mucho puede haber 4 o 5 personas. Y si hay mucha afectación de tipo conductual, necesitaré dividirlo aún más”.
  • “El caballo no puede vivir estabulado, tiene que tener tiempo en el que esté en una pradera, suelto, con otros caballos. Es un ser social. Cuando ves que solo hay establos y que los caballos están todo el rato con estereotipias, muy nerviosos, ese centro no me gusta”.
  • “Si lo que se va a trabajar es beneficio a nivel motor es importante que el caballo tenga un estado de salud muy bueno porque la marcha del caballo se transmite al jinete. Si está muy mayor y la espalda no está recta, si tiene algún tipo de cojera… ese caballo no puede emplearse, por ejemplo, con un niño con parálisis cerebral. Toda esa alteración en la marcha la estoy transmitiendo y es algo que está comprobado”.

Pequeños grandes objetivos que no deben ser subestimados: “Trabajé muchos años en una asociación con personas con afectación cerebral importante y casi todos pudieron subir a lomos del caballo, pero había una niña que por su dificultad de tronco era imposible, no podía subir. Me acuerdo que la dueña de la hípica, que era maravillosa, dijo “no os preocupéis, que esta niña va a poder sentir lo que es un caballo”, y trajo un caballo blanco, muy tranquilo y lo puso al lado de la silla. Imagina una niña sin lenguaje, sin poder moverse, con sus bracitos en flexión y sus manitas cerca de la cara. Los ojos de esta niña jamás en la vida se me van a olvidar, cuando superó los nervios de ver el caballo tan cerca y estiró la mano y tocó al caballo, tan bonito, tan cerca, tan calmado. Esa tarde fue maravillosa para ella”.

Y os añado algo que no entró en el reportaje, pero que también es importante. No por comprar o adoptar un perro vamos a tener los beneficios de una terapia bien conducida con nuestro hijo, ni siquiera si es un precioso labrador como los que vemos con frecuencia cumpliendo esta misión.

Nuria Máximo ha escuchado con frecuencia de padres de niños con discapacidad o especiales dificultades la pregunta de si conviene que tengan un perro.

Me preguntan “¿Qué te parece si le compro un perro?” Como si poniendo un perro en tu vida vas a recibir la terapia. Ojo, que esa no es la solución, que muchas veces poner un perro en tu vida las 24 horas no es precisamente terapéutico. Hay que ver cómo encaja el niño con el perro. Y vas a comprar un cachorro que vas a tener que entrenar, que requiere mucho esfuerzo, mucho tiempo. Añádele la carga que supone tener un animal en casa más tu problema, tu trabajo, las necesidades de tu niño…Y si no puedes entregar el tiempo que necesita ese animal. ¿Qué hacemos con ese perro?