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“¿Adivinas lo que piensan los niños? ¿Papá Noel va pasando de generación en generación o eres el mismo siempre?”

No es una carta cualquiera, es la carta de una niña de nueve años con mente de científica.

Tiene un sano escepticismo y un espíritu investigador y un cerebro afilado como un escalpelo desde que la conozco, que es hace mucho. Es compañera de mi hija y una de sus mejores amigas desde que comenzó Infantil.

Se llama Marina y ya se hizo famosa por plantearse un verano si unos perros habían salido de una caja. Cuántos fueran era lo de menos.

Estas navidades ha escrito una carta a Papá Noel que su madre me ha permitido compartir con vosotros. Seguro que no os decepciona.

Ojalá nunca nada ni nadie altere esa forma maravillosa de mirar el mundo y preguntarse sobre lo que está viendo.

Peluches con lastre cajas sensoriales, lámparas de lava… ideas de regalos para niños con autismo

El año pasado por estas fechas escribí un post parecido, uno en el que recomendaba posibles regalos para añadir en la carta de los reyes magos de los niños con autismo. Regalos que también pueden servir a niños con otros tipos de discapacidad. Este años he vuelto a encontrar gente que me pide ideas, así que he decidido añadir algunas nuevas.

Es complicado sugerir regalos para niños con autismo. Primero porque el autismo tiene muy distintas manifestaciones, no es lo mismo un chaval con Asperger que mi hijo, no verbal y con un elevado grado de dependencia. En segundo lugar porque más allá de las manifestaciones del autismo cada niño con autismo es un individuo diferente con sus gustos, sus propias preferencias que hay que acompañar y respetar. Y en último lugar por sus intereses restringidos, una característica del autismo que dificulta mucho encontrar qué puede gustarles.

Con frecuencia ellos no piden nada, pero los que sí piden mucho son los tíos y abuelos que desean que los reyes pasen por sus casas dejando algún regalo para ellos y no sabemos qué decirles, no sabemos siquiera qué pueden traerles en nuestra casa y no queremos que vivan un agravio comparativo con sus hermanos sin autismo.

Voy a comenzar recordando rápidamente lo que os recomendé el año pasado, muchos centrados en lo sensorial.

Eran mantas de peso, mordedores, pelotas de pilates con las que balancearse, cascos que insonorizan, grandes peluches, instrumentos musicales, álbumes de fotos, largas serpientes de plástico y columpios. Tienen suerte aquellos con chalet que pueden tener un columpio en el patio, entre los padres de niños con autismo que vivimos en pisos hay un porcentaje importante estudiando cómo demonios colocar uno en algún punto de la casa.

Y ahora vayamos con los nuevos.

Si el año pasado recomendaba mantas de peso, este año os traigo los peluches con peso o con lastre, para colocar sobre el niño, sobre sus piernas, brazos u hombros, dándoles confort. La sensación de peso sobre el cuerpo proporciona calma. A Jaime los reyes le traerán este teckel de Hop’Toys (una web especialista en juguetes para niños con discapacidad) que pesa 2,3 kilos y cuesta poco menos de 30 euros.

Hay más modelos. Estos dos pesan algo menos y cuestan algo más:

Mejor que serpientes de goma, si a vuestros hijos les gusta igual que al mío tener objetos largos y oscilantes que sacudir con las manos y andan buscando cinturones, las correas del perro o las pinzas de la barbacoa, además de las serpientes nosotros hemos encontrado unas gomas resistentes y pensadas para niños con autismo estupendas. Me consta que en el colegio de Jaime son un éxito con muchos de sus compañeros. Se pueden encontrar en Amazon por unos diez euros, vienen en packs de doce.

Muchos niños con autismo gustan de experimentar con texturas, para ellos hay cajas sensoriales con las que pueden trabajar. Las imágenes que veis son también todas de Hop’toys. No obstante, estas cajas se pueden elaborar con cierta facilidad y no hay necesidad de comprarlas.

A Jaime, que ahora tiene doce años, esta Navidad le van a traer un muñeco indicado para bebés de unos nueve meses que emite canciones y sonidos. Hay muchos muñecos semejantes, que piden que se reconozcan partes del cuerpo, narran cuentos o emiten estímulos de luz y sonido por distintas vía que también pueden ser una buena opción.

Igual que hay muchos juguetes educativos para bebés que a nuestros hijos con TEA, aunque sean mucho mayores, les pueden venir bien. Torres para apilar, encajables, cajas de formas…

Y terminamos con las luces. Para muchos niños con autismo son también un estímulo estupendo. Hay columnas de luces, un clásico en las terapias de integración sensorial. Las grandes y estables columnas de burbujas cuestan en torno a cien euros, pero tal vez la opción de las lámparas de lava por menos de veinte también puedan gustarles.

Además hay sistemas de luces para la bañera. Y para la bañera, que para muchos es un momento en el que están a gusto y centrados, hay opción de juguetes concretos como juegos de distintas esponjas con diferentes texturas (se pueden comprar o crear). Y aquí también hay un universo de juguetes para bebés y niños pequeños a explorar.

Si tenéis más ideas, serán bienvenidas en los comentarios.

¿Es mejor confesar a nuestros hijos el secreto tras los Reyes Magos o dejarles que lo descubran solos?

No sé cómo y a qué edad supisteis vosotros o vuestros hijos quiénes eran los Reyes o Papá Noel. Mi hija tiene nueve años y jamás ha puesto en duda la magia que los adultos construimos tras los regalos de Navidad de los Reyes Magos. En su forma de ser está el querer creerla cierta e impermeabilizarse a los comentarios, razonamientos que invitan a sospechar y deslices que hayan podido rondarle.

Lo sé porque es mi hija y la conozco, pero también porque yo era igual. Me recuerdo siendo de las últimas de mi clase en no querer saber la realidad. Defendiendo con vehemencia con unos once años junto a otra compañera frente a todas las demás que no, que no eran los padres, aunque en el fondo sospechara estar errada.

Aquello, obviamente, cayó al poco tiempo por su propio peso, pero no me sentí en ningún caso estafada o decepcionada. No recuerdo ni cabreo ni trauma. Que haya perpetuado en mis hijos y el resto de niños que me rodean ese bienintencionado y generalizado engaño del mundo adulto al infantil es buena prueba de ello.

Sé de gente para la que no fue así, para la que sí fue un jarro de agua fría difícil de digerir. Algunos que lo descubrieron cuando aún eran demasiado pequeños o de formas poco afortunadas, incluso me han hablado de un castigo paterno que se tradujo en la revelación del secreto.

Os confieso que ando barruntando sentar a mi hija cuando cumpla en marzo los diez años, aprovechando que es un número redondo y en el límite de mantener la creencia, para que nosotros, sus padres, le contemos lo que hay de forma positiva y la hagamos parte de estar al otro lado de la magia con sus primas pequeñas y todos los demás niños. Me parece más recomendable que dejar que se mueva en la incertidumbre, en el no atreverse a confesar que ya lo sabe o que algún renuncio suyo o ajeno descubra de mejor o peor manera el pastel. Me inclino a pensar que es mejor tener controlado cómo afrontarlo, también que si nosotros la metimos en esto, es nuestra obligación sacarla de la mejor manera posible.

No obstante, no lo tengo del todo claro. ¿Qué opináis?

Me da la impresión de que no dar el paso de contarlo responde más a nuestro deseo de prolongar esa magia, esa ilusión de la que tanto disfrutamos los adultos, que a otra cosa. Aun a riesgo de que todo tenga un mal final. También tal vez a no saber cómo confesarlo. Me consta que en algunos casos hay padres que creen oportuno que se caigan ellos solos del guindo y dejarles a ver cómo reaccionan, porque lo consideran un aprendizaje.

Me inclino a desvelarlo, sí, pero no las tengo todas conmigo.

¿Qué creéis debería hacer?

(Gtres)

Dejad que los niños se acerquen a los fogones

Este es un post nacido de un hilo de Twitter. De un hilo sin aspiración ninguna, improvisado tirando de fotos conservadas de milagro en el carrete del móvil. Escrito de pie en la cocina, mientras preparaba la cena de mi hijo. Mejor lugar, imposible.

La infancia que mejor recuerdo transcurrió en Asturias, donde las cocinas y las raciones son más grandes que en Madrid y la comida parece tener más sabor. Muchos de los recuerdos de mi niñez están vinculados a la cocina. Tanto buenos como malos.

Los malos son aquellos en los que me querían obligar a comer, en los que me forzaban a probar, a tragar más, a meterme en la boca aquello que no me parecía nada apetitoso sobre el plato. Tenía fama entonces de mala comedora, de comer cuatro cosas que me entrarán por los ojos.

Los buenos son aquellos en los que me dejaban participar en la cocina. Preparar galletas con la nata de las vacas vecinas, remover un guiso, liberar los guisantes de sus vainas, pasar manzanas y asarlas o cortar judías verdes que irían en conserva. Aun a día de hoy pienso en mi abuela Maruja cuando percibo el olor de las judías frescas. Y dudo que alguna vez deje de sentirla así.

Tenía claro por tanto lo que quería para mis hijos. Jamás obligarles a comer, respetar siempre su apetito igual que, de adultos, hacemos respetar el nuestro. Y cocinar con ellos. Para cimentar recuerdos de momentos compartidos en torno a la comida, pero no solo eso.

Merece la pena perder el miedo a que se acerquen a los fogones. Con sentido común, sin forzarles, cuidando la seguridad, dejar que cocinen con nosotros no tiene más que ventajas.

Ahora sí, el hilo:

Tenemos que enseñar a nuestros niños a ver y escuchar música

Hoy os voy a contar cómo Rozalen se convirtió en maestra de mi hija para aprender a ver y escuchar música.

En el colegio de mi hija están llevando una actividad  que me parece muy positiva. Cada fin de semana un niño (tienen entre ocho y nueve años) se lleva un pincho a casa y vuelve con una canción que haya seleccionado porque le guste. Pueden ser en inglés o en español, pero tiene que llevar también las letras.

Luego, en clase, escuchan todos esa canción y se fijan, no solo en la música y si es bailable, sino en lo que cuenta la letra, en el papel que tiene la mujer en ese contenido y en el vídeo, en qué se muestra y quiere transmitir.

Hay demasiadas canciones en las que se transmiten mensajes poco apropiados para la infancia (también para los mayores, aunque ese es otro tema), en el que en los vídeos las mujeres son poco más que trozos de carne.

Pero bueno, la idea es enseñar a pensar, animar a reflexionar, a ser críticos; de tal manera que si luego te gusta bailar con esas canciones discutibles, al menos seas consciente de lo que hay y por tanto impermeable.

Julia ha traído el pincho este viernes colgado al cuello y muy ilusionada. Cuando he preguntado si sabía ya qué canción llevar ha respondido: “Girasoles”.

Rozalen entró en casa hace varios meses y ha sonado bastante desde entonces gracias a Jaime, que tiene doce años, autismo, una discapacidad importante, no habla, y en la música tiene su entretenimiento favorito.

Este mismo sábado por la mañana me he sentado con mis hijos en el sofá. “Vamos a ver varias canciones de Rozalen fijándonos bien en los vídeos y en las letras para ver cuál quieres”.

Y eso hemos hecho. Hemos corroborado que serán sus girasoles  los que vayan a clase el lunes, ese himno alegre a la gente buena, que no discrimina, que se preocupa de los demás, que mete la pata pero su paso por el mundo aporta y no resta.

Un himno en un vídeo en el que hay lengua de signos, distintos tipos de discapacidad, los mismos cuerpos con los que nos cruzamos por la calle, hombres con hombres y mujeres con mujeres que se quieren y se besan, bailes que transmiten contento pero no sensualidad gratuita.

Pero también hemos visto La puerta violeta, Comiéndote a besos, Vivir, etc.

Julia, con nueve años, no entiende bien lo que quieren transmitir todas las canciones. Le faltan vivencias, capacidad para interpretar tanta figura poética y conocimiento de cosas como el sida.

Yo se lo he ido haciendo ver, hemos ido comentando lo que expresaba cada canción y como eran los vídeos. Ha sido un rato estupendo juntas y además ha sido productivo, porque momentos así le servirán para ver y no solo mirar. La música como tantas otras cosas.

Os ánimo a intentarlo con vuestros niños, con la música que a ellos les interesa y gusta, sea la que sea. Nuestra obligación como padres es enseñarles a abrir los ojos, a que los tengan del todo abiertos.

‘Anastasia’, un musical de extraordinaria calidad que es perfecto para acudir con niños

El pasado jueves pude disfrutar, en compañía de mi hija de nueve años, del musical Anastasia que se estrenó por primera vez en Broadway el pasado año, coincidiendo con el veinte aniversario de la conocida película de animación de Don Bluth y Gary Goldman. Tras Nueva York, la primera ciudad que tiene el privilegio de alojar la preciosa historia imposible de la hija pequeña de los últimos zares ha sido Madrid.

Y la Anastasia de Gran Vía no merece otra cosa que repetir el éxito que está teniendo su gemela en Broadway.

Dirigida por Darko Tresnjak (ganador de un Tony), con libreto de Terrence MacNally (cuatro premios Tony), toma el cuento que conocemos por la película y lo eleva. Profundiza y pule la historia animada hasta el punto de lograr ser un disfrute perfecto tanto para los niños (a partir de unos siete u ocho años, sobre todo por su duración), como para los adultos. Es, a mi parecer, la mejor opción musical para acudir en familia.

El resultado es espectacular gracias a la conjunción cuidada con mimo e inteligencia de la historia, las interpretaciones, la música, las luces y su perfecto ritmo, que nos lleva de la mano hasta la conclusión con una constante sucesión de escenarios y cambios de vestuario.

No tiene nada que envidiar en maravilla a El rey león, que sí debería envidiar a Anastasia por su capacidad de sorprender.

Más fiel a lo que podría haber sido la historia, la caída de los zares y los peligros a los que se enfrenta la protagonista no procede de los hechizos de un Rasputín de ultratumba con un murciélago de mascota. Afortunadamente tenemos a Gleb, la encarnación sobre las tablas de la flaqueza del bolchevique al que da vida de manera sobresaliente Carlos Salgado.

Pero la estrella indiscutible, el gran descubrimiento, es la jovencísima Jana Gómez. Su Anastasia cautiva, con su canto, presencia e interpretación. Escuchar esa voz de cristal que te quiebra por dentro es un privilegio.

Tanto brilla Anastasia que el noble canalla Dimitri, el hijo de un anarquista enamorado de la ciudad en la que ha tenido que sobrevivir interpretado por el solvente Íñigo Etayo, corre el riesgo de ser eclipsado cuando comparten escenario.

De hecho, el único aspecto a mejorar que señalaría es que la historia de amor entre la princesa y el ladrón no logra alzar el vuelo, queda desvaída. Al buen bribón le falta magnetismo en momentos clave. Hay más fuerza sobre el escenario cuando Anastasia lo comparte con Vlad. La verdadera historia de amor, la que te llega al corazón es la de la emperatriz viuda (perfecta Ángels Jiménez) con la nieta que dio por perdida.

El punto humorístico, muy bien llevado, que no resulta en ningún momento excesivo, recae en manos de Vlad, el veterano acompañante de la pareja protagonista. Javier Navares borda su papel. También la condesa Lily (Silvia Luchetti), que es igualmente maravillosa.

Pero no acaba ahí el elenco del musical. Tanto San Petesburgo como París logran convertirse en protagonistas de pleno derecho. Oficinas bolcheviques, trenes que parten, el refugio parisino de los nobles rusos exiliados, palacios, puentes y callejones, e incluso un preciado sorbo del lago de los cisnes, están recreados con gran belleza.

Y más allá del goce estético, quiere ser representación histórica. Abundan los detalles inspirados en la realidad para aquel que los sepa capturar al vuelo. Es fácil despertar en nuestros niños el interés por lo ocurrido, por la Historia, tras ver Anastasia.

Igual que hacerles ver lo que realmente es importante, que no son los bienes materiales. O que ni la maldad ni la bondad son compartimentos estancos, que los seres humanos estamos hechos de todos los matices del gris.


FOTOS: STAGE ENTERTAINMENT/JAVIER NAVAL

¿Creéis que se hacen dibujos animados distintos para niños y para niñas?

No debería haber juguetes de niños y juguetes para niñas, sino juguetes para jugar. Con las series de animación infantiles creo que la idea debería ser semejante.

No sé qué opinareis vosotros si os formulo la pregunta con la que tituló el post. Yo creo que sí, que por estética y guión hay productos televisivos infantiles que escoran claramente a encontrar una audiencia infantil femenina o masculina. No todos, claro, los hay que aspiran a gustar a todos, niños y niñas.

Y coincido con la reflexión que hacía a este respecto hace tiempo Sara Palacios (aka Walewska), que es todo ingenio y sentido del humor y a la que recomiendo que sigáis y leáis en todo lo que escriba empezando por Mamis y bebés, lo siguiente:

La mayoría de los dibujos “para niñas” tienen argumentos cursis y consisten en chicas preocupadas por chicos. Los de “chicos” son violentos. Y los que están orientados a chicos y chicas, consisten en grupos en los que las niñas aparecen como cuota y nunca son las que mandan. Jake y los piratas de Nunca Jamás, una pirata de tres y el que manda es Jake. Patrulla Canina ¡sólo una perra entre 6 y tiene un papel secundario casi! Pj Mask, tres superhéroes, una sola chica. El único que se me ocurre con una prota femenina que sea (supuestamente hablo) orientado para niños y niñas es Lady Bug.

Totalmente de acuerdo. Seguro que se os ocurren, a poco que penséis, más series en la que pasa eso. Aunque luego las vean tanto niños como niñas.

Además, las características que distinguen a muchas de las protagonistas femeninas son las mismas y discutibles: el interés por estar monísimas, por los chicos, por los accesorios, el ser las prudentes del grupo, y tener enormes pestañas.

Sí… las pestañas. No hace mucho mi sobrina de cuatro años me explicaba las diferencias entre chicos y chicas basada en lo que ha visto en la animación, y era que las chicas llevan pendientes, pelo largo y tienen pestañas, los chicos no. Cuando le puse en nuestra familia ejemplos de chicos con pelo más largo y pestañas espesísimas, más que yo, la descoloqué bastante.

Sé bien que hay excepciones, que cada vez más encontramos más animación que se sale de estos carriles. Sobre todo si hablamos de los productos pensados para los niños más pequeños, como Pocoyo, Little Einsteins, Dora, Caillou o Peppa Pig.  Una suerte, pero lo otro se sigue dando. Sobre todo en cuanto el público objetivo empieza a  sumar años y querer otro tipo de historias.

Debería haber series para pasarlo bien, para disfrutar y que transmitan valores positivos, sin desequilibrios, sin personajes que son poco más que mascotas.

¿Qué podemos hacer los padres para evitar que nuestros hijos beban alcohol?

Mucho, no creáis que no. Nada infalible, eso también es verdad. Supone renunciar a costumbres arraigadas, todo hay que advertirlo. Pero si tenemos hijos y les queremos lejos del alcohol, conviene recapacitar sobre cuál es nuestra relación y comportamiento frente a este tipo de bebidas y tomar medidas.

Dar ejemplo cuando aún son pequeños vale más que la bronca a la catorce años. Culpamos de los excesos de la adolescencia a los amigos que tendrán, a que a esa edad las cosas son así, sin darnos cuenta de que les hemos transmitido desde la cuna que beber es divertido, que nosotros somos los primeros que no entendemos el ocio sin alcohol.

Por muchas campañas para frenar el consumo del alcohol entre los jóvenes que hagan en ayuntamientos, Comunidades Autónomas o desde el Estado, ninguna será tan efectiva como que sus padres les demos un buen ejemplo.

GTRES

Podemos no recordar en su presencia anécdotas de borracheras, propias o ajenas, entre risas. Aunque parezca que nuestros niños están a otra cosa, es muy probable que la antena esté desplegada, que les cale como una fina y persistente lluvia que eso de beber es divertido.

Podemos no tratar las botellas de alcohol con reverencia, evitar ponerlas en la mesa como si fueran lo más importante que hay sobre ellas, celebrar su llegada con un interés desmedido y alabarlas más que la comida, por mucho esfuerzo y tiempo que le haya supuesto al cocinero.

Podemos evitar prepararnos copazos cuando estamos en casa y que ellos identifiquen que beber a solas en el sofá es un momento de gran placer. Igual que podemos evitar comer siempre con vino y cerveza o abrir latas de cerveza en casa para saciar la sed.

Podemos no planear escapadas en pareja o con amigos ligadas siempre al consumo de alcohol, para que no identifiquen que la fiesta va asociada obligatoriamente a la bebida.

Podemos no preparar fiestas en casa en las que consideremos que tiene que haber obligatoriamente alcohol en abundancia.

Podemos no sentarnos con ellos en una terraza y pedir siempre para ellos un refresco o un zumo, porque son pequeños, y para nosotros la caña o el tinto de verano, porque somos mayores.

Sobra decir que podemos y debemos no darles el triste ejemplo de que nos vean borrachos. Por supuesto, jamás deberían presenciar cómo cometemos imprudencias o delitos, como ponernos al volante pese a haber bebido, aunque sea poco y creamos que controlamos la situación.

Os puede parecer exagerado, pero tal vez lo que sea exagerado en España sea la permisividad ante el consumo del alcohol, su arraigo social, su presencia constante en muchos hogares.

No se es mejor ni peor persona por beber o no alcohol, por supuesto. La calidad humana no tiene que ver con lo que se beba. Pero es incuestionable que beber no es un hábito saludable, ya sabemos que no hay ningún nivel de consumo de alcohol que no sea lesivo para la salud, que lo más recomendable es prescindir por completo de este tipo de bebidas.

Podemos por tanto beneficiarnos también a nosotros mismos si empezamos a moderar o incluso eliminar el consumo de alcohol para ser mejor ejemplo para nuestros hijos.

Carta de una madre a los integrantes de Cantajuegos

Os conocí hace casi doce años, al poco de nacer mi hijo. Raquel y Nacho, unos padres recientes pero algo más veteranos que nosotros, fueron los primeros a los que oímos exclamar: “¡¿Pero de verdad no conocéis la canción del tallarín?!”.

De no haber sido ellos, os habríamos conocido por otras vías, estoy convencida. Era imposible no saber de vosotros siendo entonces padres recientes.

No sabíamos nada de vuestra existencia porque Jaime fue el primer niño de la familia en muchos años. Luego han llegado bastantes más y ninguno ha escapado a vuestra influencia, aunque con los recién llegados he comprobado que el tallarín o la cubertería ya no son los megaéxitos de antaño y la competencia de otros grupos es mucho mayor.

De hecho ahora os escuchamos en las tabletas, os ponemos en la aplicación de YouTube en la tele inteligente del salón y en el coche sonáis con Spotify o Apple Music. Al principio aún tirábamos de CDs y DVDs. Y a saber de qué manera accederemos a vosotros en otros doce años.

Dentro de doce años seguiremos oyendo música para niños en casa, seguro. Nuestra relación es larga y seguirá siéndolo. Otros padres, tras unos pocos años, os dicen adiós. No es nuestro caso. Mientras estéis ahí sacando nuevas canciones, nosotros estaremos al otro lado. Mi hijo, que ahora tiene doce años, tiene autismo. Escuchar música, sobre todo infantil, es uno de sus pocos entretenimientos y no es algo que vaya a cambiar.

Tengo que confesar que nuestra relación no siempre ha sido fácil. Tiendo a pensar que estaría bien que, como en la mayoría de los hogares, dierais paso al KPop o a otras músicas adolescentes. A veces he acabado hasta el moño de vuestras canciones, que no de vosotros. Imagino que entenderéis que cosas como un viaje a Cádiz de siete horas no escuchando otra cosa o tener la tele del salón copada por el elefante al que hay que dormir, la casa crecedera, la tía que es ternura, el sapo Pepe o las manos danzarinas, llega a saturar y anima a buscar alternativas. También que pasarse media mañana en el trabajo cantando internamente La mané o Chuchuwa Por tenerlas incrustadas en el cerebelo no es plato de gusto. Seguro que sois más que conscientes.

Más confesiones. Tengo que reconocer que a veces nos hemos reído un poco de la factura de algunos vídeos, sobre todo de los primeros. Y, por mucho que repitáis vuestros nombres, os conocemos por los motes que os hemos puesto en casa, normalmente referidos a algún atributo físico. Es algo que he intentado erradicar porque nos dimos cuenta de que es muy poco educativo para los niños que escuchen a sus adultos de referencia referirse a vosotros como “el gafitas”, “la rubia de las trenzas”, “el sueco” o “el larguirucho”. Mil perdones, os aseguro que nunca hubo ánimo de ofender.

En todo este tiempo os hemos visto en mejorar y evolucionar, haceros políglotas, llegar a Disney o trabajar para mejorar una aldea perdida. También cambiar de integrantes. En los últimos años parece que la cosa es más estable y me alegro. Espero que los que estáis ahora tengáis un trabajo satisfactorio, aunque no sea perfecto (los mayores ya sabemos que eso no existe). También que seáis razonablemente felices (y eso va por todos, también por los excantajuegos). No me gustaría que los rostros sonrientes que entran a diario en mi casa, trabajan en malas condiciones o lo pasan mal, más allá de algún día suelto o alguna pequeña y lógica mala racha.

Fuisteis los primeros, pero no os hemos sido fieles. Doce años dan para mucho y hemos escuchado muchos otros grupos infantiles. Prácticamente todos los que hay en España (algunos con antiguos integrantes de vuestra formación) y también de muchos países. Imagino que lo entenderéis. No os voy a engañar, algunos os hacen buenos y otros regulares, pero aguantáis bien el tipo. Y habrá muchos, pero fuisteis los primeros, los más habituales, los más duraderos.

Supongo que en todas las relaciones largas hay sus más y sus menos.

Y ahora viene lo importante: gracias.

Gracias por ese concierto hace seis veranos en Almería en el que nos lo pasamos teta.

Gracias por todas las horas de entretenimiento en casa, pero también en el coche en la espera de una consulta médica o en un restaurante. Ha habido muchos ratitos en los que nos habéis hecho las cosas más fáciles.

Gracias por servirme de inspiración durante los primeros años de vida de mis hijos, en los que apenas recordaba canciones infantiles y me descubría usando a Tahures Zurdos como nana, ese otro tipo de canciones de amor. En aquellos años cantaba a diario vuestras canciones, para jugar con ellos, para estimularles, para consolarles… Ya menos, pero sigo cantándoos. Por ejemplo cuando tienen que sacarle sangre, cuando se pone nervioso o cuando jugamos en la cama.

Gracias por trabajar desde vuestras canciones tanto valores positivos y defender los derechos de los niños.

Gracias en nombre de muchos padres de niños con discapacidad y circunstancias semejantes a las mías, de muchos colegios especiales, centros de atención temprana, lugares de terapia… en el que me consta que habéis sido y sois de gran ayuda.

Gracias por ser tan amables con mi hijo. No lo recordaréis, pero conocisteis a Jaime en una presentación de Disney en la que se agobió un poquito al ver a sus héroes de la tele tan cerca y estuvisteis haciéndole un pequeño concierto privado.

Y gracias por esa vertiente solidaria que asomáis cada poco.

Al César lo que es del César, y a Cantajuego (algún día tendréis que aclararnos ese lío del plural y el singular) lo suyo.

Esta carta va dirigida a los rostros que vemos cantando, a los que vimos en el pasado, y también al equipo que lo hace posible sin enseñar la cara.

¿Por qué demonios estamos poniendo canciones como ‘El anillo pa’cuando’ a nuestros niños?

Me lo contó no hace mucho una amiga, madre de un querubín de rizos rubios que aún va a Infantil. Lo llevaba de la mano cuando le escuchó cantar una letra realmente poco apropiada en unos labios tan pequeños. Era la letra de El anillo pa’cuando de Jennifer López, la misma que el año pasado cantaba que no era la madre de nadie, mostrando ser muy poco consecuente.

Os dejo la letra que cantaba con lengua aún de trapo el angelito. Que a veces oímos esas canciones del verano sin procesar realmente lo que están contando.

Me tratas como una princesa, me das lo que pido
Tú tienes el bate y la fuerza que yo necesito
Cuando estamos solos, te juro, no me falta nada
Te pongo un trece de diez cuando estamo’ en la cama
Nunca había sentido algo tan grande
Y me vuelve loca tu lado salvaje
Tú me has dado tanto que he estado pensando
Ya lo tengo todo, pero
¿Y el anillo pa’ cuándo?

Hueles como me gusta
Me besas como me gusta
Me agarras como me gusta
Así, así, que a mí me gusta
Como muerde la fruta (wuh)
Si sale de noche, me asusta
Sin mapa conoces la ruta
Así, así, que me gusta
Sigue aquí, papi estoy pa’ ti
Dale atrás, que así somos las del Bronx
Don’t stop, muevete má’

El año anterior otra amiga me contaba una anécdota similar con otra canción de Maluma en la que daba igual si en la cama eran dos, tres o quince y si había o no anillo, mientras hubiera cama.

A nuestros niños se las ponen durante el recreo en los colegios, en los campamentos infantiles, en las clases de baile moderno o zumba, desde apenas los tres añitos.

También suenan en emisoras de radio supuestamente aptas para que las escuchen los niños en el coche camino al colegio.

Y si ven los vídeos es aún peor. Raro es aquel en el que las mujeres no son más que trozos de carne que se menean con más o menos tino y calentura.

Desde luego, como ejemplo de hipersexualización innecesaria de la infancia, no tiene precio.

Es cierto que no se enteran de la misa a la media en la práctica totalidad de los casos, pero yo creo que sigue sin tener sentido que sean esas las canciones que escuchan. Y no me parece estar pecando de mojigata. Tampoco es una crítica a este tipo de música, que entiendo que en otros contextos puede tener todo el sentido.

GTRES

Anda que no hay opciones completamente recomendables, sin necesidad de tirar de Cantajuego o Pica Pica.

¿Qué os parece a vosotros?