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La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

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¿Qué sientes cuando miras a un bebé prematuro?

Este viernes los grandes prematuros con protagonistas de nuestro periódico. Mi compañera Carlota Chiarroni, que ya habló del método canguro no hace mucho, nos presenta a Paquito, que vino al mundo frágil como hecho de alas de mariposa, con apenas 23 semanas, en el Hospital Gregorio Marañón.

Más allá de los medios de comunicación, en nuestra cotidianidad los niños que nacen prematuros siempre son noticia. Es imposible no enterarse si algún familiar o conocido, por lejano que sea, es padre de un bebé que nació mucho antes de lo que le correspondía. “Te acuerdas de la hija de Luisa, la vecina del pueblo, pues ha tenido al bebé con siete meses”, “mi compañero de trabajo ha sido padre ya. Pobres, solo estaban de 25 semanas”, “¡mira qué guapo está ya Manuel! Con lo pequeñito que nació y todo el tiempo que estuvo en incubadora”…

GTRES

Tan pequeños, tan empeñados en aferrarse a la vida, tan dependientes y extraños. Los bautizamos como milagros si están saliendo adelante contra pronóstico. Nos solidarizamos, a poco que anide un mínimo de empatía en nosotros, con el duro proceso en el que se esfuerzan sus padres por sacarlos adelante.

Una pelea que a veces es tan dura y con un futuro tan incierto que es fácil plantearse si merece la pena, aunque como apunta la doctora Pilar Sáenz, del Hospital valenciano La Fe, “aunque los padres no quieran, si el bebé nace vigoroso estamos éticamente obligados a intentar salvarlo”.

Dependiendo del caso, de la relación y de cómo sea cada persona, los recién nacidos prematuros despiertan fascinación, incertidumbre, morbo, ternura, interés, curiosidad, lástima… un cóctel a veces de todo o parte.

Es así incluso para los profesionales de la salud:

¿Qué sientes cuando miras a un bebé prematuro?

Tal vez deberíamos empezar a normalizarlo, plantearnos ese empeño como un reto, por respeto a esos recién nacidos, que no son más que niños como aspiran a ser como cualquier otro y que simplemente tuvieron la mala suerte de perder antes de tiempo el calor y la protección que les procuraba el vientre de su madre.

Empatía y apoyo, también ternura, creo que eso es lo más importante que deberíamos experimentar viéndolos.

Porque lo importante son ellos y los que luchan por ellos.

Sí, aún a día de hoy hay presiones por no poner pendientes a las recién nacidas

El viernes os hablaba de pendientes. En un post titulado “Es una vergüenza que a tu hija, que es chica, no le pongas pendientes”, que fue un comentario que recibió Adriana Abenia por no habérselos puesto a su pequeña Luna, os contaba que me seguía sorprendiendo que en un ya avanzado 2018 este tema fuera motivo de polémica.

Pero lo sigue siendo, y la publicación de ese contenido me lo dejó aún más claro. No solo por la repercusión que alcanzó, también por la cantidad de comentarios que recibió en redes sociales de personas que también habían tenido que escuchar todo tipo de impertinencias o habían recibido presiones por algo tan nimio como no poner pendientes a sus hijas.

He decidido traer aquí algunos de esos comentarios, como prueba evidente de que esa presión existe y de que abunda eso de críticas, opinar y meter las narices demasiado alegremente en las decisiones del vecino, por mucho que no nos afecten y en esté en su absoluto derecho al tomarlas,

A ver si suma un granito de arena en la difícil cruzada de lograr que se respete a los padres en sus decisiones de crianza. Por mucho que no coincidan con las nuestras o que nos extrañen, si están tomadas primando el bienestar del niño y con amor, nada nos corresponde opinar.

El tema de los pendientes es un buen ejemplo de lo que tienen que aguantar muchos padres recientes en demasiados aspectos a la hora de criar y educar a un niño.

 

“Es una vergüenza que a tu hija, que es chica, no le pongas pendientes”

Me sorprende, no puedo evitarlo, que en agosto de 2018 siga generando polémica el hecho de no poner pendientes a una recién nacida. Esa innecesaria y minúscula intervención (llamadla acción si os gusta más) estética.

Pero así sigue siendo. No hace mucho Adriana Abenia, nueva madre reciente (enhorabuena), protagonizaba el último episodio al contestar estupendamente a uno de tantos impertinentes en sus redes sociales.

Esta es la segunda ocasión en la que hablo de pendientes y bebés en este blog. La primera vez fue hace casi diez años, en octubre de 2008. Entonces estaba embarazada de Julia y ya había pasado por dos charlas de personas cercanas presionando a favor de los pendientes.

Haciendo un híbrido de ambas conversaciones, saldría algo así:
– Yo regalaré unos pendientes a Julia cuando nazca.
– ¿Ya le estás poniendo pendientes? Deja que nazca primero. Además, ya hemos decidido que no le haremos agujeros.
– ¿Y por qué? Con lo monas que están las niñas con pendientes.
– Monísimas, pero que se los haga ella si quiere.
– Pero es que luego le dolerá. Y de recién nacida ni se entera. Tiene las orejitas tan pequeñas que no cuesta nada hacérselos. Ni les duele.
– Si no sabe hablar, si no sabe ni siquiera enfocar la vista, dudo que sepa transmitirnos si le duele.
– Además, hay niñas que no se sabe que son niñas si no llevan pendientes.
– Bueno, pues así podrán acceder a más papeles en las funciones del cole.
– Pues seguro que te regalarán pendientes.

Yo fui una niña a la que no pusieron pendientes. Nada menos que en 1976. Fue una decisión de mi padre que debió ser bastante revolucionaria para la época y que yo le aplaudo. Dijo que a su niña nadie le hacía agujeros, que los tendría si yo los quería más adelantes. Acabé con las orejas perforadas a los cuatro o cinco años. No porque yo tuviera unas ganas locas y los pidiera insistentemente, la sensación que albergo es que parte de mi entorno me empujó a ellos. Aún tengo vagos recuerdos del momento de la puesta de pendientes.

Treinta y tres años más tarde, repetimos la jugada con Julia. Cuando era muy bebé es cierto que nos encontramos con gente que buscaba desesperadamente pistas sobre si era niño o niña buscando vestidos o pendientes y que algún error hubo. Nada importa. Nos importa más que ella decida. Y nos preocupa más evitar imposiciones de género.

Ya tiene nueve años y sigue sin pendientes. ¿Sabéis qué? Yo también me los quité al poco de nacer ella, por una intervención quirúrgica, y no me los he vuelto a poner.

Los padres podemos no querer poner pendientes a nuestras hijas por esos motivo y por muchos otros. Distintos profesionales de la salud recomienda no perforar las orejas a la recién nacidos porque el pendiente puede no quedar centrado, por evitar posibles pequeñas infecciones o riesgos de enganchones con la ropa que llevan ellos o nosotros, aunque sean mínimos. No suele suceder, pero tampoco es tan raro. Y recuerdan que esa vieja creencia de que a los bebés no les duelen estas cosas son mentira.

Los padres también podemos decidir poner pendientes y, por lo que me he encontrado, suele ser por cuatro motivos: por seguir lo que se supone que hay que hacer sin replanteárselo; por presiones del entorno; por ahorrarle a la niña hacérselo más tarde (convencidos de que es inevitable) y por razones puramente estéticas. A veces varios confluyen.

No pasa nada. No es algo a criticar, por mucho que no se esté de acuerdo, por mucho que no lo queramos en nuestros propios hijos.

Pero tampoco es de recibo recibir críticas por lo contrario.

Espero que dentro de otra década, si es que sigo escribiendo este blog como madre de adolescentes, hayamos superado ya esta historia.

Las fotos son de GTRES. Es curioso que no haya encontrado ni una sola foto de recurso de un bebé con pendientes en ese banco de imágenes para medios. Los modelos proceden de otros países de Europa y allí no está tan arraigada como en España esa costumbre.

Carta de una madre a los integrantes de Cantajuegos

Os conocí hace casi doce años, al poco de nacer mi hijo. Raquel y Nacho, unos padres recientes pero algo más veteranos que nosotros, fueron los primeros a los que oímos exclamar: “¡¿Pero de verdad no conocéis la canción del tallarín?!”.

De no haber sido ellos, os habríamos conocido por otras vías, estoy convencida. Era imposible no saber de vosotros siendo entonces padres recientes.

No sabíamos nada de vuestra existencia porque Jaime fue el primer niño de la familia en muchos años. Luego han llegado bastantes más y ninguno ha escapado a vuestra influencia, aunque con los recién llegados he comprobado que el tallarín o la cubertería ya no son los megaéxitos de antaño y la competencia de otros grupos es mucho mayor.

De hecho ahora os escuchamos en las tabletas, os ponemos en la aplicación de YouTube en la tele inteligente del salón y en el coche sonáis con Spotify o Apple Music. Al principio aún tirábamos de CDs y DVDs. Y a saber de qué manera accederemos a vosotros en otros doce años.

Dentro de doce años seguiremos oyendo música para niños en casa, seguro. Nuestra relación es larga y seguirá siéndolo. Otros padres, tras unos pocos años, os dicen adiós. No es nuestro caso. Mientras estéis ahí sacando nuevas canciones, nosotros estaremos al otro lado. Mi hijo, que ahora tiene doce años, tiene autismo. Escuchar música, sobre todo infantil, es uno de sus pocos entretenimientos y no es algo que vaya a cambiar.

Tengo que confesar que nuestra relación no siempre ha sido fácil. Tiendo a pensar que estaría bien que, como en la mayoría de los hogares, dierais paso al KPop o a otras músicas adolescentes. A veces he acabado hasta el moño de vuestras canciones, que no de vosotros. Imagino que entenderéis que cosas como un viaje a Cádiz de siete horas no escuchando otra cosa o tener la tele del salón copada por el elefante al que hay que dormir, la casa crecedera, la tía que es ternura, el sapo Pepe o las manos danzarinas, llega a saturar y anima a buscar alternativas. También que pasarse media mañana en el trabajo cantando internamente La mané o Chuchuwa Por tenerlas incrustadas en el cerebelo no es plato de gusto. Seguro que sois más que conscientes.

Más confesiones. Tengo que reconocer que a veces nos hemos reído un poco de la factura de algunos vídeos, sobre todo de los primeros. Y, por mucho que repitáis vuestros nombres, os conocemos por los motes que os hemos puesto en casa, normalmente referidos a algún atributo físico. Es algo que he intentado erradicar porque nos dimos cuenta de que es muy poco educativo para los niños que escuchen a sus adultos de referencia referirse a vosotros como “el gafitas”, “la rubia de las trenzas”, “el sueco” o “el larguirucho”. Mil perdones, os aseguro que nunca hubo ánimo de ofender.

En todo este tiempo os hemos visto en mejorar y evolucionar, haceros políglotas, llegar a Disney o trabajar para mejorar una aldea perdida. También cambiar de integrantes. En los últimos años parece que la cosa es más estable y me alegro. Espero que los que estáis ahora tengáis un trabajo satisfactorio, aunque no sea perfecto (los mayores ya sabemos que eso no existe). También que seáis razonablemente felices (y eso va por todos, también por los excantajuegos). No me gustaría que los rostros sonrientes que entran a diario en mi casa, trabajan en malas condiciones o lo pasan mal, más allá de algún día suelto o alguna pequeña y lógica mala racha.

Fuisteis los primeros, pero no os hemos sido fieles. Doce años dan para mucho y hemos escuchado muchos otros grupos infantiles. Prácticamente todos los que hay en España (algunos con antiguos integrantes de vuestra formación) y también de muchos países. Imagino que lo entenderéis. No os voy a engañar, algunos os hacen buenos y otros regulares, pero aguantáis bien el tipo. Y habrá muchos, pero fuisteis los primeros, los más habituales, los más duraderos.

Supongo que en todas las relaciones largas hay sus más y sus menos.

Y ahora viene lo importante: gracias.

Gracias por ese concierto hace seis veranos en Almería en el que nos lo pasamos teta.

Gracias por todas las horas de entretenimiento en casa, pero también en el coche en la espera de una consulta médica o en un restaurante. Ha habido muchos ratitos en los que nos habéis hecho las cosas más fáciles.

Gracias por servirme de inspiración durante los primeros años de vida de mis hijos, en los que apenas recordaba canciones infantiles y me descubría usando a Tahures Zurdos como nana, ese otro tipo de canciones de amor. En aquellos años cantaba a diario vuestras canciones, para jugar con ellos, para estimularles, para consolarles… Ya menos, pero sigo cantándoos. Por ejemplo cuando tienen que sacarle sangre, cuando se pone nervioso o cuando jugamos en la cama.

Gracias por trabajar desde vuestras canciones tanto valores positivos y defender los derechos de los niños.

Gracias en nombre de muchos padres de niños con discapacidad y circunstancias semejantes a las mías, de muchos colegios especiales, centros de atención temprana, lugares de terapia… en el que me consta que habéis sido y sois de gran ayuda.

Gracias por ser tan amables con mi hijo. No lo recordaréis, pero conocisteis a Jaime en una presentación de Disney en la que se agobió un poquito al ver a sus héroes de la tele tan cerca y estuvisteis haciéndole un pequeño concierto privado.

Y gracias por esa vertiente solidaria que asomáis cada poco.

Al César lo que es del César, y a Cantajuego (algún día tendréis que aclararnos ese lío del plural y el singular) lo suyo.

Esta carta va dirigida a los rostros que vemos cantando, a los que vimos en el pasado, y también al equipo que lo hace posible sin enseñar la cara.

Disney, McDonalds, Starbucks… dejarán de usar pajitas de plástico. ¿Por qué no hacemos lo mismo las familias?

(GTRES)

El plástico es muy útil, de tantas maneras diferentes que no tiene sentido ponerse a enumerarlas. No hay que demonizarlo porque es muy necesario en nuestro día a día. Pero sus ventajas se nos han ido de las manos y nos hemos pasado de frenada, elaborando todo tipo de archiperres innecesarios, de usar y tirar y, ya de paso, contaminar.

El problema con los plásticos desechables es tal, que cada vez copa más las portadas de los medios de comunicación de diferentes maneras, incluidas las crecientes legislaciones para limitar su uso.

Hoy os quiero hablar de un plástico muy concreto, uno vinculado en gran medida a la infancia, aunque también se usen con poca medida en la edad adulta: las pajitas.

No hace mucho que Disney anunció su intención de erradicarlas de todos sus parques, poco después de que Starbucks dijera que dejaría de emplearlas en 2020 y de que McDonald’s sustituyera las pajitas de plástico por otras de papel en Reino Unido e Irlanda, algo que irá extendiendo por otros países.

¿Por qué no sumarnos las familias a esas iniciativas privadas?

Creo firmemente en la responsabilidad de los padres por educar en la conservación del medio ambiente a nuestros hijos. No es algo que debamos obviar, aunque para ello nosotros seamos los primeros que debamos dejar de autoengañarnos y dar ejemplo: llevando a cabo un consumo r3soknsbale, reciclando, reutilizando, no contaminando, respetando el entorno en nuestras excursiones familiares

Y explicando de paso a nuestros niños los motivos por los que es importante hacer todo eso, adaptado a su nivel, pero de forma constante para que vaya calando la idea en ellos de que este planeta es nuestro hogar y que todos tenemos la obligación de respetarlo y contribuir a su conservación.

Os propongo, como un pequeño pasito, como un ejemplo de todo lo que podemos llegar a hacer, el dejar de emplear pajitas de plástico y contar a nuestros niños la razón por la que ya no las cogemos en los restaurantes de comida rápida ni las compramos para tenerlas en casa.

Podemos vivir sin ellas y apenas tienen vida útil antes de convertirse en residuos. Ni siquiera son tan divertidas.

Con pequeños pasos se completan maratones. Y se despiertan conciencias.

(GTRES)

¿Conoces estos términos relacionados con los recién nacidos?

bebé

(GTRES)

Ser padre o madre supone muchos aprendizajes. Uno de ellos, sin duda no el más importante, está relacionado con la terminología que nos era ajena y pasamos a dominar. Nuestro vocabulario se amplía, aprendemos muchos nuevos términos y conceptos. He decidido recopilar algunos de los más frecuentes relacionados justo con el momento del nacimiento, con los primeros días de nuestro hijo.

¿Quieres ponerte a prueba para ver si conoces estas palabras relacionadas con los recién nacidos? Y no solo vale para ponernos a prueba, también para aprender e incluso recordar.

¿Te animas?

¿Quieres tener hijos? ¿Cuánto sabes sobre embarazo, lactancia y crianza del recién nacido?

Un tercio de las madres puntúa por debajo del 4 sobre 10 sus conocimientos sobre embarazo, lactancia y crianza del bebé antes de la llegada de su primer hijo. De manera parecida se titulaba la nota de prensa de Danone Early Life Nutricion que he recibido recientemente, y que también concluía que un 68% de las madres españolas confiesa sentirse insegura después de dar a luz.

Son datos apoyados en una muestra poco representativa (apenas 130 madres, todo hay que decirlo), pero no dudo que haya bastante de verdad tras esta afirmación. Por mucho que nos lancemos a la maternidad y la paternidad cargadas de lecturas, nos sentimos a veces gigantes con pies de barro.

“Mi prima dice que me puede regalar una maxi-cosi. ¿Qué demonios es eso?”. “¿El humidificador es necesario?”. “He leído en unos sitios que al cordón umbilical del bebé hay que ponerle alcohol y en otros que nada, ¿con qué me quedo?”. “¿Debo esterilizar las cosas del bebé o no?”. “¿Qué demonios es eso del baby lead weaning?”.

No sé qué habría respondido yo antes de tener a mi primer hijo, probablemente que sabía muy poco sobre embarazo, lactancia y crianza. En gran medida por la falta de niños pequeños en mi entorno. Y cuando ya estaba decidida a tener hijos y había leído al respecto, tampoco sé cómo habría podido valorar mis conocimientos. Ahora, a posteriori, sí que sé que había mucho que no sabía y que no sabía que no sabía. Mucho que creía saber y también desconocía. Mucho instinto agazapado para salir y que debe ser escuchado.

He decidido, traducir todo eso en el primer trivial que elaboro para este blog (otros compañeros blogueros los hacen con frecuencia, os recomiendo los trivials históricos de David Yagüe y los literarios de Regina exLibris). Un trivial al que sobra decir que están invitados todos aquellos interesados en sumergirse en la maternidad o la paternidad.

Sí, madres y padres, que en el texto que ha inspirado todo esto solo se habla de madres y maternidad, pero va siendo siglo ya de cambiar también eso, incluso desde la elaboración de notas de prensa.

¿Llevas a tu hijo con el abrigo puesto en la sillita del coche? Pues no es buena idea

Este martes me ha llegado una nota de prensa del comparador de seguros de automóvil Acierto.com que habla de los errores (potencialmente muy peligrosos) que cometemos al llevar a los niños en el coche, una nota de prensa que también hace recomendaciones para que viaje con niños por carretera sea más seguro, más allá de lo que pueda indicar la normativa.

Volvo ideando nuevas formas de viajar con un bebé en el coche.

Hablan del tiempo límite que un niño debe estar en una maxi-cosi (esa sillita similar a un huevo, uno de esos muchas términos que pocos aprenden hasta tener niños), no debería ser más de hora y media. También de la importancia de que los cinturones no estén retorcidos o de que la cabeza del niño no asome sobre el respaldo de la silla (que no estiremos demasiado las sillitas, vaya). Por supuesto, de la obligación de llevarlos siempre en una sillita homologada, algo que tres de cada cuatro personas han reconocido haberse saltado en alguna ocasión.

Lo leía y sonreía satisfecha, porque todo eso lo he hecho y lo sigo haciendo.

De hecho, eché en falta algunas recomendaciones importantes que yo también procuro seguir. La principal es la de llevar un sistema de retención infantil a contramarcha. La verdad es que eso  no lo hice porque cuando mis hijos eran pequeños no se oía hablar del tema, pero es muy importante y no me he cansado de recomendarlo dentro y fuera del blog. Otra es la de emplear los asientos traseros siempre que sea posible aunque el niño tenga ya la medida mínima para ir delante sin elevador, o la de no dejar de usar el elevador hasta que el niño tenga metro y medio, por mucho que antes pueda ser legal.

Pero había algo que recomendaban como relevante que os confieso que, por desconocimiento durante los primeros años de vida de mis hijos, no cuidé y que tampoco había recogido en el blog: quitarles el abrigo antes de atarles en tu silla de seguridad.

Ojo al vídeo:

El 52% Se los conductores montamos a nuestros niños hijos con el abrigo puesto. Y es mejor evitarlo.

Respecto al abrigo, los expertos indican que dejárselo puesto incrementa hasta en un 80% las posibilidades de que el niño salga despedido del vehículo en una frenada brusca. Aquí entran en juego lo ajustados que vayan los cinturones y lo voluminosa que sea la prenda. Y es que, para empezar, lo que hace el abrigo es generar un volumen falso en el tórax del pequeño, disparando las posibilidades de que se deslice hacia delante, fuera de la sujeción, si se produce un choque. El asunto cobra todavía más importancia si tenemos en cuenta que muchos de estos anoraks están fabricados en tejidos impermeables y resbaladizos.

Una buena opción para evitar percances y si no queremos que nuestro hijo pase frío es colocarle el abrigo por encima de la silla (y el cinturón) o hacernos con una mantita. Si se trata de una cuestión de tiempo, recuerda que esos segundos que tardarías en desvestirlo y sentarlo correctamente son cruciales. En concreto y según la Asociación Nacional de Seguridad infantil, únicamente son necesarios 30 segundos para hacerlo bien.

Y por si os estáis preguntando hasta cuándo es poco recomendable ponerse el cinturón sobre abrigos voluminosos, la respuesta es que es algo que debería evitarse a cualquier edad, por mucho que el riesgo sea mayor con los bebés y niños pequeños.

Es preciso tomarse en serio de una vez la atención temprana, los niños necesitan una respuesta pública rápida y de calidad

(GTRES)

Hay situaciones en las que no se puede esperar. Hay situaciones en las que hay que reaccionar rápido, sin perder el tiempo.

Ofrecer una atención temprana pública y de calidad a los niños que tienen autismo, parálisis cerebral, X-Frágil, retraso madurativo, síndrome de Down, espina bífida o trastornos específicos del lenguaje, por poner unos pocos ejemplos relativamente más frecuentes entre un inmenso abanico posible, no es algo que pueda demorarse por meses, incluso por más de un año.

Pero está pasando. Los niños de entre cero y seis años que precisan de sesiones de logopedia, estimulación, fisioterapia.. en los centros de atención temprana están perdiendo un tiempo precioso. Lo pierden con frecuencia por distintos motivos antes de ser derivados, normalmente por la lógica negación de los padres a creer que a su niño le pasa algo malo y la poca vista de algunos pediatras.

Pero lo peor es que una vez que el pediatra o el especialista efectivamente derivan a un niño para que reciba esas necesarias terapias, también se están acumulando tiempo de espera incomprensibles.

Para un bebé o un niño pocos meses marcan una gran diferencia; la ductilidad del cerebro, las distintas etapas el desarrollo, la necesidad de escolarizarse con garantías… hacen necesario que estas intervenciones terapéuticas no se prolonguen en el tiempo.

Es algo que está siendo noticia estos días con el foco puesto en la Comunidad de Madrid, donde se habla de una espera media de un año y de plazas insuficientes:

Hay una campaña de firmas en marcha, por los Derechos de los niños con Diversidad Funcional de la Comunidad de Madrid, en la que se afirma lo siguiente:

Por si los padres de un niño con discapacidad no tenemos suficiente con las intervenciones quirúrgicas, ingresos hospitalarios y revisiones médicas a las que son sometidos, la Comunidad de Madrid y otras administraciones públicas se encargan de poner todo tipo de trabas y obstáculos en el camino para conseguir la igualdad de nuestros hijos.

Nosotros y otros muchos padres madrileños sentimos que con el actual modelo de gestión en materia de Discapacidad y Dependencia, nuestros hijos son los menos beneficiados por las “Políticas Sociales y de Familia”. Entre otras dificultades nos encontramos ante:

  • La lentitud en Valoración Infantil (Atención Temprana, Discapacidad…).
  • Un grado de Dependencia no ajustado a la situación, además de la lentitud e impago de la prestación para Cuidados en el Entorno Familiar.
  • La falta de pago del Reintegro de Gastos por Desplazamiento y de Material Ortoprotésico.
  • La falta de recursos en las Escuelas Infantiles (Enfermera y material adaptado).
  • La necesidad de parques infantiles e instalaciones accesibles.

Estos obstáculos podrían ser salvados si desde el momento en que nacen nuestros hijos, el aparato burocrático trabajara con mayor celeridad ante estos casos y concediera a estos niños las ayudas que les corresponden. Así, desde el primer momento, todos contribuiríamos a que no crezcan en desigualdad de condiciones.

Queremos ver que los derechos reconocidos a nuestra hija y a los demás niños con capacidades diferentes sean llevados a la práctica y que no se queden solo en el papel. Es nuestro deber como padres velar para que se apliquen el principio de igualdad y la Ley para facilitar su integración.

No estamos solicitando un trato de favor, sino lo que en derecho corresponde a nuestros hijos.

(GTRES)

Es algo común a toda España. Ojalá fuera un problema solo en Madrid.  Además, en determinados lugares, tiene la dificultad añadida de que los centros de atención temprana están a una gran distancia y que no es tan sencillo encontrar buenas terapias por la vía privada.

Lo de buscar una solución por tu cuenta y riesgo es algo que sucede muchísimo. Dada la demora que hay por la vía pública, las familias que pueden permitírselo inician la estimulación de sus hijos pagando. En ocasiones las terapias de atención temprana y las privadas acaban teniendo lugar al mismo tiempo, incluso empleando aproximaciones diferentes y sin coordinarse.

Entraña el riesgo de acabar perdiendo tiempo y dinero  en lugares no demasiado recomendables. Los padres no siempre estamos capacitados para discernir los buenos abordajes terapéuticos de aquello que son inútiles o incluso desaconsejables.

Más allá de las demoras, también hay que tomarse en serio que la estimulación temprana pública a la que todos los niños que la necesiten deberían tener pronto acceso, sea de calidad. Y es algo que no siempre está pasando. Hay centros con profesionales estupendos, pero no es raro encontrar poca especialización, personal saturado que no deja de recibir un niño tras otro, sin tiempo para formarse, para actualizarse, para profundizar… La gestión de estos centros que prestan un servicio público varía muchísimo. De hecho es normal que sean competencias delegadas a distintos tipos de asociaciones con aproximaciones dispares.

Por eso también sucede que muchos padres recomiendan la vía privada no solo por la rapidez (aunque ojo, ahí también hay saturación y tiempos de espera), sino por la especialización, profesionalidad y eficacia. Pero sobra decir que no todas las familias pueden permitirse la vía privada.

¿Imagináis que ese panorama se lo encontrase un niño al que se le ha diagnosticado un cáncer? Inconcebible, ¿verdad?. Pues en estos casos también debería serlo.

No puede ser.  Es una situación insostenible.  Todos los niños tienen derecho a terapias públicas prontas y eficaces y no las están recibiendo.

Es imperativo tomarse en serio de una vez la atención temprana.

¿Eres de los que disfrutan o de los que huyen de coger un bebé ajeno en brazos?

Es posible que el mundo se divida entre aquellos que desean coger en brazos un bebé, cualquier bebé, y esos otros que no tienen el menor interés.

Los primeros disfrutan sintiendo sosteniendo esa vida frágil, recién iniciada. Si llora saben cómo consolarlo o al menos se esfuerzan en hacerlo. Se les ve casi siempre seguros, confiados, felices de acunar ese cuerpecito fragante y ajeno.

A los segundos, por mucho que les gusten los bebés, que los quieran y les enternezcan, se les ve vacilantes con un bebé en brazos. Se les nota incómodos, deseosos de entregar el recién nacido en otros brazos. Si notan que empieza a protestar lo sueltan aún más rápido, como una delicada granada cargada. No siempre es por inseguridad o falta de experiencia, a veces es una simple cuestión de falta de interés, de ganas.

Así era yo antes de tener mis propios hijos. Pese a cumplir este mes diez años de blog  maternal, antes de tener mis propios hijos nunca era voluntaria para coger a un bebé y si me lo soltaban en brazos estaba tensa como una cuerda de violín y deseando devolverlo cuanto antes a sus padres o a cualquier otro voluntario.

Me encontré con frecuencia en esa situación. Un bebé desconocido, con el que apenas tenía ninguna relación, pero se suponía que por ser mujer joven tenía que tener cierta maña innata, el deseo de acunarlo. Y cuando no lograba escaquearme y lo tenía en brazos era como Torakichi, el protagonista de la deliciosa serie de maga Padre e hijo, en la imagen que ilustra este post.

A veces coseché miradas peculiares, de extrañeza, de conmiseración. Entre eso y que nunca jugué con muñecas (¿tendrá algo que ver?, ¡quién sabe!), muchos en mi entorno más cercano creían que carecía por completo de instinto maternal.

Los hombres jóvenes de mi entorno no se veían en esas. No con tanta frecuencia al menos. No tan juzgados con toda seguridad. Micromachismos supongo.

Sé que no era miedo lo que sentía, no era tampoco rechazo. Tal vez incomodidad. Me resulta difícil discernir que me empujaba a ello.

Con la llegada de mis hijos, pasó a ser de otra manera. Ya poco antes, con algún bebé muy cercano, de gente a la que quería mucho, noté otras sensaciones. No me he convertido en la madre del mundo  queriendo sostener a todo bebé con el que me cruzo, pero estoy tranquila y lo disfruto cuando sucede, recordando con un punto de nostalgia la etapa en la que mis hijos, que ya tienen once y ocho años, eran así de pequeños y tiernos.

Somos seres complejos y cambiantes, en constante evolución.

Pero aún hoy, cuando veo un bebe y gente comiéndolo en brazos, me resulta fácil ver cuando una persona lo acoge con dulzura y gusto y cuando está en una situación incómoda y desea que acabe pronto.

Y me sigue intrigando a qué se debe y si llegaran a cambiar.