Archivo de enero, 2020

El edadismo, la discriminación por edad, también afecta a los niños y los adolescentes

Edadismo. Un gran problema de nuestra sociedad, como el racismo y el sexismo, que ha estado demasiado tiempo invisibilizado y solo en los últimos tiempos está mostrándose, dando la cara para denunciar cómo se discrimina constantemente a las personas por su edad, de manera consciente e inconsciente.

Una lacra a erradicar que suele hacer referencia al trato a los ancianos. Y lo primero que debemos hacer para ponerle freno es tomar conciencia de ello.

¿Estamos considerando a las personas mayores, aunque sea sin darnos cuenta, como de menos valor? ¿Asumimos que no pueden hacer muchas cosas sin tal vez darles la oportunidad de intentarlo? ¿Tomamos decisiones que les afectan sin consultarles? ¿Creemos que sus opiniones valen menos? ¿Hablamos de ellos en su presencia sin preocuparnos por si nos escuchan o pueden sentirse mal con nuestras palabras? ¿Los sentimos como una carga?

Tal vez sí, tal vez hayamos incurrido en algo de eso. Por mucho que nos pese, porque queremos y respetamos a nuestros mayores.

Pero voy más allá. ¿No es edadismo también la actitud que muchos tienen respecto a los niños, incluso a los adolescentes? Sigue habiendo demasiados padres que los consideran de su propiedad; que justifican el injustificable cachete educativo; que toman decisiones por ellos sin escuchar su opinión; que creen poder forjarlos según sus deseos sin respetar cómo son; que no los consideran del todo seres humanos de pleno derecho.

La conclusión es clara. Hay que trabajar para percibir en nosotros actitudes edadistas (graves edadismos y microedadismos), para detenerlas. Exactamente igual que hay que procurar localizar y frenar nuestras acciones racistas o sexistas. También empoderarnos, si llegamos a sufrir esa discriminación.

Es tan obvio que debería sobrar recordar que todo ser humano es único y valioso.

(GTRES)

‘Nuestro planeta’: entre lo mejor para ver en familia no solo hay series o películas

– Está también tu hija estudiando ahora los distintos ecosistemas, pues te recomiendo una serie documental que hay en Netflix y se llama Nuestro planeta.

– ¡Anda! Pues son los mismos documentales que también nos ha recomendado el profe de ciencias naturales.

Fue una conversación real, un intercambio entre madres de niñas de Primaria que tuvo lugar en mi casa este fin de semana a cuenta del contenido audiovisual que estamos viendo en casa, en familia. Porque plataformas como Netflix no son solo fuente de entretenimiento vía películas, series o incluso realities. También pueden entretener y al mismo tiempo contribuir a que aprendamos, incluso a trabajar contenidos curriculares.

Hay documentales muy variados y aptos para distintas edades, que ayudan a entender el espacio, la naturaleza, la Historia o la lucha de la ciencia contra las enfermedades (ojo a Pandemic, aunque es más apropiada para chavales de Secundaria o Bachillerato).

Nuestro Planeta, narrada por el imbatible David Attenborough, muestra hasta qué punto este mundo está lleno de criaturas fascinantes, merecedoras de todas las salvaguardas que podamos darles, con imágenes de una belleza abrumadora.

También nos deja clara la amenaza que la acción de hombre, con la tilde puesta en el cambio climático, está impactando en todos los hábitats, que a su vez están interconectados. Pero lo hace sin caer en un espíritu apocalíptico, mirando al futuro con optimismo y dando ejemplos de cómo a natural se regenera rápidamente en cuanto facilitamos las condiciones para que así sea.

Compuesta por ocho capítulos de menos de una hora, el primero es una presentación general para luego recorrer los mundos de hielo, las selvas, las aguas costeras, los desiertos y praderas, alta mar, agua dulce y bosques. También tiene una web con más información y un apartado entero con recursos para colegios y estudiantes.

Mi hija está fascinada, pidiendo ver más episodios de esta hermosa serie, que conmueve, divierte y enseña.

Recomiendo ver, tras completarlo, otro documental disponible en Netflix y de la misma factura, de un solo episodio y narrado por Stephen Fry llamado Bailando con los pájaros. Delicioso y divertido.

Los documentales tienen un valor inmenso, están mucho más allá de los típicos chistes de las siestas de sofá de sobremesa, y es fácil descubrirlo si les damos una oportunidad.

Nuestros niños no pueden esperar más, es necesaria ya una atención temprana que dé respuesta a sus necesidades

Hablé con Ana antes de las navidades. Hablamos de una desafortunada realidad que conocemos bien porque nos ha tocado vivirla en carne propia, ella ahora por su hija de tres años con encefalopatía epiléptica y yo desde hace más de una década por mi hijo con autismo.

Esa realidad es que no se está dando respuesta desde las administraciones públicas a las necesidades de los niños con discapacidad. En este país podemos estar orgullosos y sacar pecho por la respuesta médica que se facilita en general a los niños, da igual la enfermedad que tengan, desde cáncer a diabetes. Pero si hablamos de estimulación temprana, de terapias, de fisioterapia, la respuesta a esas necesidades es infame, además de muy distinta según el punto del mapa en el que te encuentres.

Es la norma que haya retrasos injustificables a la hora de recibir esas intervenciones, a una edad en la que muy poco tiempo marca una gran diferencia. Se empieza tarde y se termina pronto, entrar en educación especial o simplemente superar la etapa de educación infantil implica perderlas, como si las necesidades de atención desaparecieran. También que los profesionales que las imparten vayan con la lengua fuera, sin tiempo para seguir formándose, sin posibilidad de especializarse o dedicar toda la atención que querrían a los niños que les han adjudicado.

Una mala respuesta pública que se traduce en que los padres acaban acudiendo a terapias privadas, con el coste económico que supone y, sobre todo, la desigualdad que genera entre aquellos que pueden costearlas y los que no, o los que no las tienen disponibles en su zona. Se traduce también en que haya caraduras aprovechándose de la desesperación de esos padres con abordajes inútiles o, directamente, lesivos para la salud de los niños.

El acuerdo de gobierno entre PSOE y Podemos incluye en su punto 2.2.10:

Desarrollaremos un sistema de atención temprana que implique el reconocimiento y garantía de un derecho subjetivo a la atención temprana integral, universal, gratuita y pública y sin discriminaciones en virtud del lugar de residencia.

Es imposible saber en qué quedará esa declaración de intenciones, pero el simple hecho de que exista supone el reconocimiento a la existencia de un problema que es una herida sangrante en el costado de nuestra infancia.

Ana acaba de abrir una petición de firmas en OsOigo, la plataforma de Cruz Roja, con la que quiere hacerse escuchar por los representantes públicos de la Asamblea de Madrid. Una lucha por su hija pero también por el resto de niños afectados.

Me llamo Ana, vivimos en Alcalá de Henares y mi hija Vega, de 3 añitos, tiene una enfermedad neurológica llamada encefalopatía epiléptica.

Los que estamos cerca de ella queremos que crezca alegre y feliz como cualquier niño de su edad. Le encanta ir a la escuela aunque le cuesta relacionarse con los amigos pero tanto en el colegio como en las terapias la están enseñando. Pasito a pasito y muy despacito vamos avanzando.

Todo comenzó la madrugada del 4 de marzo de 2019, Vega tosía mucho, no respiraba y entro en parada cardiorespiratoria. Comenzaron las pruebas médicas (electroencefalogramas, medicación, ingresos de larga duración, etc), se lo pueden imaginar.

Nos dirigimos a ustedes políticos de la Asamblea de Madrid por que mi hija necesita un logopeda y una terapia cognitiva que desde el mes de agosto se nos ha concedido pero todavía no nos han dado una plaza, ¿por que nos conceden las terapias y luego no hay plazas? Es algo que no tiene ni pies ni cabeza.

Hasta ahora nos hemos tenido que pagar por nuestra cuenta las terapias, pero no podemos más.

Os pedimos, por favor, políticos de la Asamblea de Madrid que nos ayuden y que Vega, como cualquier otro niña o niño pueda recibir sus terapias de logopeda y estimulación cognitiva que por ley ha de recibir.

Vega tiene derecho a recibir sus terapias que por ley tiene y no pararemos hasta que lo consigamos.

 

El pin parental que no deja ver el bosque

El pin parental aborda un problema “que no existe”, según docentes y sindicatos: “Nunca ha habido quejas de las familias”. Así se titula un tema que publicó ayer mi compañera Lolita Belenguer y que pone en evidencia cómo obviamos debatir lo realmente importante para mejorar el sistema educativo.

Entendedme. No es que no sea importante frenar que se establezca un mecanismo que pueda impedir que hijos reciban toda la educación necesaria para crecer como personas que entienden y aceptan la diversidad existente en la sociedad y para afrontar su sexualidad y la ajena con información y respeto. Por supuesto que lo es. Pero el pin parental se ha traducido un debate magnificado que eclipsa otros muchos, más productivos, que sí que están afectando el día a día de millones de niños y adolescentes.

Podríamos hablar de las elevadas ratios que hay en las aulas; de cómo los niños con necesidades especiales, del tipo que sean, no están siendo bien atendidos; de unos currículos muy mejorables; de cómo frenar las altas tasas de abandono escolar; de mejorar unos itinerarios que los chavales tienen que elegir muy pronto; de cómo optimizar la formación de los docentes y si hay que impulsar un sistema que evalúe su cometido; de si los proyectos de bilingüismo están siendo eficaces, etc.

Podríamos estar debatiendo apasionados temas así, podríamos tener a los políticos pugnando por adoptar medidas realmente eficaces para que en los próximos informes PISA nuestro país salga mejor parado.

Pero no. Son temas con los que no se alcanza fácilmente el punto de bullición, asuntos más técnicos y complejos que no enfrentan . Divide y vencerás parece el mantra de muchos gobernantes, cuando en una materia tan delicada como la educación debería ser construye, acuerda y aprenderán.

Por eso me temo que en la reforma educativa que afronta el nuevo gobierno para tumbar la Lomce de Wert y de la que pronto seremos espectadores seguiremos encallados en asuntos como los pines parentales, la enseñanza de la religión o de las lenguas cooficiales.

Por eso no avanzaremos, o lo haremos muy despacio y más gracias a los docentes que a nuestros gobernantes.

(GTRES)

Somos los guardianes de nuestros hijos, no sus propietarios


Mis hijos no son míos.
Mis hijos son suyos, de ellos, individuos plenos. Los niños no son personas de segunda división como muchos parecen creer, son personas sin más, que además gozan de una especial protección.

Mis hijos no son míos igual que yo no soy de ellos, ni de mi marido o de mis padres. Yo soy mía, con obligaciones para los míos y con la sociedad de la que formo parte. Eso por supuesto.

Yo, en todo caso, soy la guardiana de mis hijos, soy la responsable de procurar su bienestar. Mi cometido es custodiarlos para que vivan en una sociedad de la que forman parte y que establece muchas reglas del juego.

Mis hijos no son míos para ponerles el nombre que me dé la gana si menoscaba su dignidad. Mis hijos no son míos para decidir tenerlos sin papeles, al margen del Estado. Tampoco lo son para educarlos en casa; el homeschooling que está permitido en otros países, no tiene cabida en el nuestro. Mis hijos no son míos para educarles a golpes, por mucho que una infame legión aún defienda el tortazo a tiempo. Mis hijos no son míos para negarles tratamientos médicos, y si los legisladores hubieran imaginado que en el futuro próximo existiría algo como el movimiento antivacunas tampoco podría impedir que se las pusieran. Mis hijos no son míos para sacarlos del país como me plazca o impedir a otros adultos de referencia que los vean.

También soy la guardiana del resto de niños. Si encontrase un niño perdido en la calle, no podría dejarlo ahí a su suerte. Si tuviera conocimiento de un niño en mi entorno que está siendo abusado o maltratado, mi obligación sería denunciar para protegerlo.

Todos somos los guardianes de nuestros niños.

Nuestros niños no son propiedad de nadie.

‘Klaus’ es una joya animada que reivindica la bondad y merece ser vista en cualquier momento del año

Esta semana vi Klaus, la película de animación española de Netflix nominada a los Oscar, junto a mi hija. A buenas horas me diréis. A quince de enero, con la Navidad casi olvidada. Tenéis razón, pero es que en las pocas ocasiones que pudimos sentarnos en familia a ver una película durante las fiestas, Julia se había negado repetidamente a adentrarse en esta historia. Nunca le apetecía. Tal vez es que con casi once años se sentía mayor para este tipo de películas de animación y navideñas.

Un gran error. Si era por ese tipo de prejuicios, desde luego ayer los mandamos a hacer puñetas. Tampoco esta semana posterior a los festejos le apetecía demasiado, pero en cuanto la historia arrancó nos mantuvo a ambas cautivadas hasta el final.

Con un arranque que, como bien apunta mi compañero Miguel Romero en la crítica que hizo en Cinemanía recuerda a Pesadilla antes de Navidad, rebosa sentido del humor, tiene una estética propia y hermosa, un guion inteligente y un ritmo que no decae en ningún momento.

La primera vez que escuché hablar de ella fue durante una entrevista hace algo más de un año con Melissa Cobbs, vicepresidenta de Netflix y responsable de la programación infantil y familiar. La directiva me destacó este título entre sus predilectos: “es un reconocido y respetado animador, un gran contador de historias con su propia imaginería que ha reunido ideas sobre cómo empezó esa tradición y está creando una forma innovadora de aportar magia a la película, de animación tradicional”.

Pero no he venido a traer otra reseña estas alturas. A título particular, me ha gustado especialmente la reivindicación que hace de la bondad. Una virtud demasiadas veces menospreciada, confundida con blandura o estultez.

El espíritu tras la película casa por completo con una reflexión que ya compartí en este blog hace seis años:

La bondad, como la empatía o la amabilidad apenas se aprecian en este mundo lleno de conflictos con motivaciones espurias.

Cuando vas por la vida procurando ser bondadoso, te encuentras que muchos confunden eso con estulticia. Te toman por bobo, no parece una virtud que te haga brillar o avanzar. Incluso los que dicen apreciar la bondad en primer lugar luego en el día a día quedan deslumbrados y admiran otras características como la ambición, el estilo, la competitividad, el conocimiento intelectual, el encanto, la delgadez… Ninguna tan importante, alguna completamente innecesaria para una vida plena.

Si vas además intentando ser feliz, reconociendo que estás avanzando por ese camino con éxito, más motivos tendrán muchos para considerarte bobo de nuevo. Con la que está cayendo en el mundo, con los políticos robando, con tus desgracias personales, con mis desgracias personales. Si vas tranquilamente contento por la vida es que debe faltarte un tornillo o que eres un simple.

Va a ser que no. Tener éxito en ser feliz en esta vida es algo que cuesta más o menos trabajo en función de cada cual (hay quien lo tiene más fácil de serie, es cierto), pero que lleva su aprendizaje y su esfuerzo, que va ligado a la aceptación de lo que uno tiene, a querernos como somos, a no compararse con lo demás, a no frustrarse deseando lo inalcanzable, a no querer sentirnos bien a costa de los demás, a mantener toda la vida algunas características ligadas a la infancia como la curiosidad, la capacidad de sorpresa y el gusto por el juego, a aprender identificar y apartar a las personas tóxicas y rodearse de otras que también busquen la bondad en los demás, a cultivar unos valores y no venderlos ni siquiera a buen precio…

Va a ser además que la búsqueda de la verdadera felicidad está ligada a la bondad. Y va siendo hora de reivindicar a ambas.

La obra de Sergio Pablos, un nombre a recordar y un cineasta a seguir que espero que logre soporte a sus proyectos, apoya esa reivindicación y además es una película deliciosa y atípica. Una joya que merece la pena verse en cualquier momento del año.

La carta en la que explicaremos la verdad tras los Reyes Magos a nuestra hija de diez años

Esta es la carta que entregaremos a mi hija, este mismo mes, para confirmarle lo que ya sospecha. Una carta breve, directa, porque creo que es lo más indicado:

Ya has vivido tu décima navidad, por lo que ha llegado el momento de que dejes de ser espectadora de la magia de los Reyes Magos y te conviertas en parte de ella.

Ya eres lo suficientemente mayor para que te contemos lo que hay tras la ilusión más grande, la mejor organizada, la que más felicidad trae. Ha llegado el momento porque seguro que, en el fondo, ya sabes lo que te vamos a contar. Estamos convencidos de que no te va a sorprender saber la verdad.

La verdad es que todos estos años celebrando los reyes magos simbolizan el amor que te tenemos y las ganas de demostrártelo con regalos e ilusión.

La verdad es que durante estos diez años los reyes magos hemos sido nosotros, los mayores que te queremos. Hemos sido papá y mamá, los abuelos, los tíos, Carlos y Sara, Flor y Miguel y Encarni.

Ese amor no cambia en lo más mínimo aunque ahora sepas la verdad. Tampoco la fiesta; seguirá habiendo regalos e ilusión. Lo único que cambia es que ahora estás en el lado de los mayores, en el de los que tenemos que mantener esa magia viva para los más pequeños. Contamos contigo. Tus primas pequeñas, el resto de niños que aún sueñan con los Reyes Magos, necesitan que te conviertas en nuestra aliada.

Y aunque ahora estés en el otro lado, no vas a dejar de disfrutar. Es muy bonito y es también divertido. Ya lo verás.

GTRES

Julia, cuya llegada os anuncié en este mismo blog, tiene diez años y ha llegado el momento de afrontar lo que llevo ya rumiando un tiempo. Ya el año pasado, antes de las navidades, os contaba por aquí que estaba dudando si hacerlo. Al final decidimos esperar un año y ya no hay dudas. Tenemos la certeza de que es el momento.

Creemos que es más recomendable contarlo que dejar que se mueva en la incertidumbre, en el no atreverse a confesar que ya lo sabe o que algún renuncio suyo o ajeno descubra de mejor o peor manera el pastel. Si nosotros la metimos en esta creencia, es también nuestra obligación decírselo. Y hacerlo de la mejor manera posible, no a vuelapluma. Por eso nos iremos a cenar juntos comida japonesa, que le encanta, y haremos de la entrega de la carta un momento especial y positivo.

Hace apenas siete días publicamos en 20minutos un tema titulado: Cómo y cuándo decirles la verdad a nuestros hijos sobre los Reyes Magos. En él, hablando con expertos, se concluía que convenía contarlo cuando tienen entre 7 y 11 años, dependiendo de cada caso y de la madurez del niño. Recomendaban no hacerlo justo en Navidad y hablan de la opción de la carta, asumiendo que cada niño y cada familia es distinto y que los padres deben reflexionar sobre cómo afrontarlo mejor en cada caso.

Ya os contaré qué tal se nos da a nosotros.

¿Cuáles son los peores regalos que puede recibir un niño?

A poco que se haga esa pregunta, una de las respuestas que encontraremos será que las armas de juguete.

Ayer hablaba con una amiga, también madre y a la que aprecio y cuyas opiniones valoro, que asegura que jamás regalaría un arma un niño. Si es para pelear, nunca.

Pero, ¿qué es un arma de juguete?. Está claro que una pistola o un revólver, al estilo clásico o en plan Nerf. Pero también lo es el sable luz de un jedi, una varita mágica de las de Harry Potter o el arco de Robin Hood o Mérida.

Todos son instrumentos que se usan para pelear. Potencialmente letales, al menos en las películas.

Y también hay armas intangibles en los videojuegos. Hay combates divertidísimos en juegos para todos los públicos.

Mas que una prohibición tajante en este caso yo miraría el espíritu con el que están jugando.

No veo lo que hay de malo en que unos niños mantengan un duelo de magos en su imaginación, en que se sientan Hermione o Rey enfrentándote al malvado mortífago o soldado imperial para salvar al mundo.

Igual que no había nada de malo cuando yo jugaba de niña a abatir a los cuatreros que robaban el ganado sobre mi bicicleta Orbea amarilla y azul convertida en un munstang con una pistola de juguete en la mano. O con un palo que imaginaba pistola, igual que ahora un niño podría imaginarlo sable luz. Simplemente las referencias culturales son otras.

Pensar que un niño que juega a pelear con una espada, una varita o incluso una pistola, va a desarrollar de adulto el gusto por las armas de verdad, va a despreciar la vida ajena o justificar la vía violenta, me parece por completo equivocado.

¿Cuál es el peor juguete para un niño? Para mi hija, por ejemplo, una muñeca, porque nunca ha tenido el menor interés en jugar con ellas. Para uno de sus mejores amigos un disfraz, le horrorizaría. Y para mis sobrinas las armas de juguete, porque nunca querrían jugar a algo violento. En su caso sí que sería de lo peor que podrían recibir.

Los bebés son frágiles, no los zarandees ni jugando y mucho menos porque hayas perdido la paciencia

Ya hace muchos años os hablé en este blog de los zarandeadores de bebés. Personas a las que les gusta jugar con los niños con bastante intensidad, lanzándolos al aire, zarandeándolos, muchas veces para gozo y disfrute también de los niños.  Normalmente, todo bien. Nada que objetar.

No siempre es así. He visto a bastantes niños a los que no les hacía la menor gracia, sobre todo tratándose de desconocidos. Y muchas veces los zarandeadores insisten, pese a las protestas de niños y padres. No les cabe en la cabeza que no encuentren sus zarandeos divertidísimos.

Entonces os contaba que no se les nota a simple vista. Normalmente hombres, con frecuencia no se destapan como tal hasta que no les pones un bebé o un niño pequeño delante. También que cada zarandeador tiene su propio estilo. Los hay que practican el lanzamiento hacia arriba, otros que los sacuden al hombro, los hay que han desarrollado intrincados sistemas para hacerles dar volteretas y giros sobre sí mismos.

El problema es cuando lo hacen con bebés demasiado pequeños, de meses.

Desde que os hablé de este tema, hace una década, he visto pasar por la portada de mi periódico distintas noticias de muertes o bebés en estado grave por zarandeos, a veces festivos, a veces por pérdida de nervios o ganas de agredir. También se les zarandea cuando la paciencia nos abandona, cuando nos convertimos en monstruos.

El último caso ha sucedido ayer mismo, con un bebé hospitalizado en estado crítico en Barcelona por las lesiones cerebrales que le han causado sus padres, que están ahora en libertad con cargos.

En urgencias, tras algunas pruebas, determinaron que había sufrido microinfartos cerebrales después de que fuera sacudido con violencia, en lo que se conoce como el síndrome del bebé sacudido. Un síndrome del que hoy escribe mi compañera Khadija Bousmaha.  

Sacudir a un bebé, aunque sea por unos breves momentos, puede provocarle daño cerebral irreversible. Muchos de los niños afectados por el síndrome del bebé sacudido mueren.

Las complicaciones que recoge Mayo Clinic que más se manifiestan son: pérdida de la visión parcial o total, retrasos en el desarrollo, problemas de aprendizaje o de conducta, discapacidad intelectual, trastornos convulsivos y parálisis cerebral infantil.

La conclusión es sencilla y está en el titular. Los bebés son frágiles, no los zarandees ni jugando y mucho menos porque hayas perdido la paciencia.

bebé

(GTRES)