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La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

‘Hay que tomar el castillo’, un cuento infantil escrito con la ayuda de los niños

En el colegio de Julia crece el árbol de las 20 escritoras. Lo hace en un precioso rincón de lectura al aire libre, el bibliopatio. Un honor inmerecido verme bailando al viento junto a JK Rowling, Ana María Matute, Elvira Lindo, Mary Shelley… Ayer participé en su inauguración. Tenía unos pocos minutos para leer algo a niños de entre tres y nueve años. No podía ser nada de uno de mis libros, ni siquiera del juvenil Mastín.

Recordé entonces que hace año y medio publiqué aquí medio cuento. Un medio cuento que me ayudaron a crear mi hija, mi sobrina y dos amigos. Todos en ese momento con menos de seis años. Se llamaba Hay que tomar el castillo, y así empezaba:

Había una vez cinco niños. Se llamaban Jaime, Julia, Nora, Marcos y Sofía. Eran cinco niños aventureros. Y eran muy valientes porque tenían una misión muy importante y que daba mucho miedo, pero aún así se atrevieron a hacerla. Que si no se tiene miedo en realidad no eres valiente sino un cabeza loca.

La misión era importantísima. Tenían que tomar un castillo mágico en el que todos los niños se curaban: los que no podían hablar, cantaban; los que no podían andar, saltaban y los que no podían oír escuchaban incluso los susurros de las serpientes.

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Pero el castillo estaba tomado por unos malvados tremendamente malvados y tremendamente peligrosos que no querían dejar entrar a los niños que lo necesitaban.

Por suerte cada uno de los cinco niños aventureros tenía un poder especial.

Sofía, que era la más dulce, tenía la magia del vuelo de las mariposas. Daba vueltas y vueltas y aparecían mariposas que atrapaban y sujetaban lo que ella quisiera. Y si Sofía se lo pedía se hacían caca de mariposa encima. ¡Caca de mariposa! Que sí, que sí, que las mariposas hacen caca, igual que las princesas y los unicornios.

Marcos, que era el más veloz, corría muy rápido. Tan rápido que por dónde corría, si él quería, salían a sus pies pequeños ríos llenos de agua cantarina y cristalina, como arroyos de montaña saltarines.

Nora, que era la más pequeña y la más divertida, era la reina de los disfraces y tenía el poder de disfrazarse de cualquier cosa que ella quisiera, aunque fuera de algo tan grande como una jirafa, tan pequeño como una mariquita, tan lindo como un bebé o tan feo como un demonio.

Julia, que era la más parlanchina y la más fuerte, tenía un arco mágico que disparaba pesadillas horripilantes o sueños bonitos, lo que ella quisiera y a quién ella quisiera. Y nunca fallaba.

Jaime, que era el mayor y el más silencioso, podía escalar muy alto y muy deprisa por sitios que asustaban incluso a las lagartijas. Y él nunca se caía y cuando llegaba a la cima se reía, y su risa era como un montón de potrillos echando a correr y haciendo cabriolas.

Se lo leí en alto y los niños reunidos en el bibliopatio me dieron ideas, me ayudaron a acabarlo. Julia salió entusiasmada asegurando que lo dibujaría. De momento, aquí os dejo cómo acaba:

“¡Hay que tomar el castillo!”, sonaron decididas cuatro voces a la vez y una risa de cristal. Y los cinco niños cogieron sus mochilas, las llenaron de la comida que más les gustaba, por si aquello de conquistar castillos se alargaba, y se pusieron en marcha.

imageEl castillo era enorme, las almenas eran como dedos que quisieran hacer cosquillas a las nubes y en lo alto de los muros y en la puerta patrullaban los malvados guardias.

Eran los peores monstruos que uno podía imaginar. No creáis que porque eran muy feos o daban mucho asco, en realidad la mayoría tenían una pinta bastante normalita e incluso había algunos muy guapos. Eran los peores monstruos porque no querían a nada ni a nadie que no fueran ellos mismos, en su interior no había ni una gotita de amor que no fuera propio.

Julia miró los altos muros del castillo y se desanimó. Podía lanzarles pesadillas a los guardias que vigilaban para que cayeran atrapados en un mal sueño, pero no se le ocurría qué hacer a continuación.

Nora miró los altos muros del castillo y se desanimó. Podía disfrazarse de malvado guardia, podía convertirse en un halcón que se posara en las almenaras o en una hormiguita que entrase a escondidas, pero no se le ocurría qué hacer a continuación.

Sofía miró los altos muros del castillo y se desanimó. ¿Qué podían hacer sus frágiles mariposas contra aquellos muros?

Marcos miró el castillo y se desanimó más que todos los otro. ¿De qué servía correr rápido y crear riachuelos en una situación así? De nada.

Jaime miró el castillo y se desanimó. Podía trepar esos muros y entrar en el castillo sin problemas. ¿Pero qué haría a continuación si no podía hablar con sus amigos para contárselo y que pensaran un plan?

Entonces se sacudió el desánimo de encima, igual que un perro se sacude la lluvia, y se lanzó corriendo hacia la torre dispuesto a treparla. Julia lo vio y contuvo un grito. ¡Los guardias de la puerta iban a verlo!. Sacó su arco y disparó dos pesadillas que se abrieron paso por las cotas de malla y anidaron rápidamente en sus pechos. Jaime saltó sobre los guardias dormidos y comenzó a escalar los muros de piedra, mientras Julia seguía disparando pesadillas a los malvados que vigilaban las almenas.

Nora, desde el campo que había frente al castillo, se disfrazó, no de mariquita, no de jirafa, sino de uno de los jefes de la guardia, con su brillante casco de metal y un vozarrón con barba que retumbó. “¡Venid aquí, conmigo. Todos fuera a reagruparse!”. Los malvados corrieron a reunirse con su jefe formando una orquesta de metal que entrechocaba justo frente a las puertas. Dentro no quedó ni uno.

Y llegó el momento de Marcos. Se quitó los zapatos, porque todo el mundo sabe que se corre mejor descalzo, y comenzó a dar vueltas en torno al castillo gritando: “¡No pasaréis!”. Corrió tan deprisa, tan deprisa, que casi perdió lo pies. Pronto formó un arroyo cantarín que creció hasta convertirse en un río rugiente.

“¡Adelante mariposas!”, ordenó Sofía girando y danzando de puntillas. Y decenas de mariposas, cientos, miles… acudieron a su llamada tiñendo el cielo de colores aleteantes. Los guardias miraban todos hacia arriba sorprendidos, hasta que comenzaron todos a mirar hacia abajo.

“¡Caca!, ¡Caca de mariposa!”, chillaban soltando sus escudos, sus espadas, sus mazos y sus hachas, que estaban cubiertos de caca y ya no brillaban. Echaron a correr, malvados y apestosos, huyendo despavoridos de aquel castillo.

Jaime, que era el único que quedaba dentro del castillo, bajó la puerta. Estaba muy dura, costó mucho, pero no paró de girar y girar y girar hasta que sus amigos pudieron entrar.

¡Habían tomado el castillo! Y no cualquier castillo. Era un castillo mágico en el que todos los niños se curaban: los que no podían hablar, cantaban; los que no podían andar, saltaban y los que no podían oír escuchaban incluso los susurros de las serpientes.

Julia, Marcos, Sofía y Nora miraron expectantes a Jaime, que reía liberando potrillos, pero que ni hablaba ni cantaba.

“Tal vez no baste con entrar para que se haga la magia, tal vez haya que encontrar algo especial”.

Y los cinco niños se pusieron a buscar por todas partes.

Marcos lo hizo corriendo muy rápido, haciendo aparecer fuentes de agua límpida por el patio del castillo. Nora lo hizo disfrazándose de jirafa, para mirar desde arriba, y de mariquita, para mirar incluso entre las piedras. Sofía, sin dejar de bailar, envió a todas las mariposas en todas las direcciones. Julia, que no sabía cómo usar sus sueños y sus pesadillas para buscar, simplemente se sentó sobre un gran arcón, tan grande, tan grande como una habitación.

“Espera un momento. ¡Un arcón!”.

Como era muy fuerte, lo abrió sin problemas. Dentro había libros enteros escritos con dibujos de colores, también completamente blancos y con puntitos, había signos que hacían aletear sus manos formando palabras, cartoncitos plastificados que indicaban todo tipo de cosas, incluso salieron perros que sabían encender y apagar luces, coger cosas del suelo y pararse cuando los semáforos estaban en rojo.

Los perros eran divertidos. Pero eso no eran lo que estaban buscando. Julia, Marcos, Sofía y Nora se miraron, y luego miraron a Jaime, que seguía sin pronunciar palabra.

Entonces Jaime cogió un cartoncito del arcón. Mostraba unas manos y decía “gracias”. Luego comenzó a mover las manos, ligeras como las mariposas de Sofía, formando el sol, las estrellas, el balanceo del mar.

Estaba cantando.

Y todos cantaron con él, felices de haber encontrado lo que estaban buscando.

Porque no había nada que curar. Los niños que no hablaban, no veían y no oían no estaban enfermos, no existían pastillas ni inyecciones que pudieran cambiar cómo eran, igual que no había pastillas ni inyecciones que pudieran hacer volar a Julia, ser invisible a Marcos, volver la piel de Sofía del color del arcoíris o convertir a Nora en una nube.

La magia de verdad era tener amigos como Julia, Sofía, Marcos y Nora, capaces de tomar al asalto un castillo lleno de malvados sin corazón y de comprender que no todos hablamos, vemos, oímos o caminamos de la misma manera, pero eso no impide jugar y crecer juntos.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Carol

    Sencillamente Genial, me ha encatado, ya tenemos cuento para leer esta noche!! mIl gracias!!

    28 abril 2016 | 12:49

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