Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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“A ti te ha dejao el churri”

Tabletas de chocolate negro, con leche y almendras, con cacahuetes o pasas, bombones, galletas o pan de leche con chocolate… Llevo tres o cuatro días comiendo chocolate sin parar. No puedo evitarlo, llego a casa y me voy directa a por una tableta o unas galletas Príncipe, lo primero que pillo.

_¿Cuánto chocolate comes, no? me dijo ayer mi hijo pequeño.

Su reproche me hizo caer en la cuenta de que, efectivamente, llevo unos días sin dejar de darme atracones chocolateros.

_A ti te ha dejao el churri, no digas que no…

_¿Qué dices?

_Todas las pibas que conozco se hartan de chocolate cuando las deja el novio. No falla.

No pude evitar reírme con su ocurrencia.

-¿Ah, sí? ¿todas hacen eso? ¿y vosotros no?

_Qué va, yo me lo como porque me encanta, no para consolarme como vosotras.

Vaya, el chocolate como premio de consolación. La verdad es que ni tengo churri ni, por tanto, “me ha dejao” nadie. Pero creo que tiene razón en eso de que las mujeres tenemos una curiosa tendencia a atiborrarnos de chocolate cuando tenemos un problema, estamos estresadas o deprimidas, haya o no churri por medio. Estoy dándole vueltas a la cabeza a ver si descubro cuál es mi problema, ahora que he caído en la cuenta de que tengo uno. Voy a por una chocolatina, creo que me va a hacer falta.

Comen sin parar… y no engordan

La alimentación de un adolescente es tan caótica como casi todo lo suyo. Mis hijos son capaces de cenar un enorme plato de pasta y cinco o seis filetes de una sentada -son unos carnívoros empedernidos-. Y si la carne va acompañada de un buen montón de patatas fritas, mejor que mejor. Pero eso no es todo: a continuación pueden tomarse un par de cuajadas, una manzana o cualquier otra cosa de postre. Y terminar la noche con un gran tazón de leche.

Tienen días de un hambre incontenible en los que no paran de hacer visitas a la cocina, da igual dulce o salado, lo mezclan todo y después de un plato de sopa, una tortilla y un postre, por poner un ejemplo, son capaces de volver a empezar con un primer plato (¿No ibas a hacer garbanzos?, ¿preparo un poco de arroz?). ¿Dónde meten todo eso? No lo sé, la verdad, porque están delgadísimos. Ya me gustaría a mi comer sin parar, como hacen ellos, y no engordar.

Es cierto que, como buenos adolescentes, no siguen un patrón fijo y pueden pasar del atracón a la desgana de un día para otro. Nunca sabes si será suficiente el pan o el embutido que hay en casa, porque tras varios días de gigantescas merendolas con bocatas de más de media barra pueden olvidarse de ellos durante un par de semanas. Su plato favorito pasa, de repente y sin saber por qué, a ser un alimento que ya no les motiva en absoluto. Y, también sin venir a cuento, te encuentras con que uno de ellos ha terminado probando los pimientos -sí, esa cosa roja que siempre apartaba de todos los platos- o empieza a aficionarse al café para no dormirse cuando tiene que estudiar, aunque hasta hace cuatro días le parecía un brebaje asqueroso.

Los dulces, que siempre les habían vuelto locos, han pasado ahora a un segundo plano. De hecho, el roscón de reyes me lo terminé comiendo yo sola (aún me estoy arrepintiendo del atracón). De lo que no se olvidan es del chocolate, da igual que sea blanco, negro, con almendras o sin ellas, nocilla… Si pudieran, se la tomarían a cucharadas. Los cereales también les pierden, en cualquiera de sus variedades aunque si llevan chocolate mucho más; y los yogures, natillas, flanes… En fin, que en mi casa siempre está la nevera pelada, pero es que la vacían a una velocidad de vértigo. ¿Me habrán dejado algo para cenar hoy?