Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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Qué bueno que haya videojuegos para echarles la culpa

La Audiencia de Tarragona juzga estos días a un joven dominicano por la muerte a golpes del hijo de su novia, un bebé de un año, al que dice que mató por culpa de un videojuego. El acusado ha reconocido los hechos y dice que estaba “enloquecido” con la Play y que no paraba de jugar. Cuando el niño apretó un botón que hizo que le mataran en la partida debió enloquecer del todo y empezó a golpear al niño hasta causarle la muerte.

¿Tanta brutalidad por un videojuego? Eso es lo que dice el acusado y también su madre. Ambos echan la culpa a la consola de lo ocurrido y aseguran que de no haberla tenido entre manos el niño no estaría muerto.

Eso de echar la culpa a un videojuego sería de chiste si no hubiera tenido unas consecuencias tan funestas. Pero aquí parece que lo importante es quitarse la culpa de encima, sea echándosela a un videojuego o a un juego de rol. Y no se la echan a un niño porque el de esta historia no sobrevivió para contarlo.

Espero que este caso no sirva a nadie para justificar esa presunta maldad intrínseca que algunos achacan a los videojuegos violentos. “¿Crees que alguien va a salir a la calle a matar gente porque lo haga en un videojuego?”, me han preguntado más de una vez mis hijos. Evidentemente, no lo creo. Estoy segura de que cualquier persona en su sano juicio no se dejaría influir de esa forma ni por un videojuego ni por una película de vaqueros o de asesinos en serie. Pero me temo que un crimen como éste dará razones a muchos para creer que un videojuego violento es capaz, por si solo, de generar violencia en el mundo real.

¡Con la SGAE hemos topado!

Tengo miedo. El autor de un blog ha sido condenado a pagar 9.000 euros a la SGAE por los comentarios que dejaron sus lectores, ya que un tribunal de Madrid ha considerado que atentan contra el derecho al honor y la dignidad de la Sociedad General de Autores.

Julio Alonso, autor del blog Merodeando, ha sido condenado además a retirar los contenidos de su bitácora que resultaban ofensivos para dicha organización y a publicar la resolución judicial durante 15 días en su blog. Ya lo ha hecho, por supuesto. Ahora tendrá que rascarse el bolsillo.

Alonso habló en su blog de un Google Bomb contra la SGAE, una campaña en la que muchos internautas se ponen de acuerdo para hacer que un buscador ofrezca un resultado determinado cuando se le pregunta por una palabra. En este caso se ligó la palabra ‘ladrones’ a la web de la SGAE.

El juzgado ha resuelto que Alonso “aunque no es autor de las opiniones vertidas en su blog, sí es colaborador necesario en esta lesión del derecho al honor, como administrador de la página web”. Toma ya, el autor de un texto “colaborador” y responsable de todo lo que puedan escribir todos aquellos que le lean, estén o no en su sano juicio, y simepre que sean comentarios malsonantes, burradas, insultos, ofensas o alusiones de mal gusto contra cualquier persona o entidad que pueda sentirse ofendida (que esto también es opinable).

Desde que me he enterado no dejo de pensar en la cantidad de comentarios racistas que me he encontrado hoy mismo en mi blog. ¿Debería borrarlos todos? en ese caso no se entenderían los de los lectores que les responden y creo que se hurtaría al lector una parte importante del debate generado. Por otra parte, ningún bloguero puede estar pendiente de los comentarios durante las 24 horas del día, y a aún asi, será acusado de censor en cuanto quite alguno.

Me he referido a mi propio blog, pero los insultos, bravuconadas y ofensas a distintos colectivos abundan por toda la blogosfera y se puede encontrar a diario un buen número de ellos en informaciones de éste y de otros periódicos -pese a los filtros de control para evitarlos-. ¿Y si cualquiera de las decenas de ONG y asociaciones en defensa de los inmigrantes se siente ofendida por alguno de esos comentarios racistas van a denunciarnos a todos? ¿tendrían el mismo éxito que la Sociedad General de Autores? Dios mio, ¡con la SGAE hemos topado!

Inteligentes y aburridos frente a vagos y sociables


El alumno de letras es sociable simpático y abierto, pero vago, incapaz, despreocupado e indeciso. El de ciencias es inteligente, serio y responsable, pero individualista, insociable, aburrido y materialista. Así opinan de sí mismos y de sus compañeros 36 alumnos madrileños de entre 14 y 18 años que fueron reunidos para hablar de la elección de estudios que han hecho o la que están a punto de hacer.

El texto pertenece a un reportaje que firmaba hoy J. A. Aunión en El País acerca de cómo los estereotipos -los vagos, a letras; los empollones, a ciencias– siguen condicionando a los alumnos de bachillerato a la hora de escoger sus estudios.

Y el sexo parece importar mucho todavía en la decisión: los chicos a tecnología; las chicas, a humanidades.

Algunos hablan de la “sutil influencia familiar” a la hora de escoger qué carrera van a estudiar: “Me di cuenta de que mis padres el periodismo lo veían como inferior a una ingeniería”.

Pese a que la muestra utilizada para realizar esta investigación de la Uned es muy pequeña (sólo han opinado 36 estudiantes) los resultados no dejan de parecerme sorprendentes. Hay tópicos que calan mucho más hondo de lo que creemos. ¿Será que llevan toda la vida escuchando eso de nuestras bocas?

Un pacto… de embarazo

Un grupo de alumnas de instituto decide hacer un pacto. Todas van a intentar quedarse embarazadas a la vez. Lo consiguen 17 de ellas mientras las demás se quedan muy tristes al ver que el test de embarazo da negativo, ya que su intención era criar juntas a sus hijos. Parece el argumento de una de esas idiotas comedias estadounidenses que llenan las salas de cine allá donde se proyectan.

Pero no se trata de ficción. Ha ocurrido de verdad, en Estados Unidos, en un municipio de unos 30.000 habitantes y de gran tradición católica.

Ninguna de las chicas supera los 16 años y aunque ellas no han querido dar detalles de lo ocurrido, el director del instituto ha contado que el padre de uno de los niños es un sintecho de 24 años. También se ha dicho en el centro que películas como Juno podrían haber incitado a las chicas a pactar el embarazo colectivo.

El caso sorprende se mire por donde se mire. Lo dicho, la realidad supera casi siempre a la ficción.

La foto es de Kari Sanders

Secretos y mentiras en familia


Al entrar en el cuarto, el hombre empezó a desnudarla. La joven se resistió fuertemente, dando “patadas al procesado que finalmente la sujetó para penetrarla vaginalmente con la intención de satisfacer sus deseos sexuales”.

Al llegar la madre, el procesado le contó lo sucedido y ésta aconsejó a su hija que “no contara nada” de lo que había pasado porque era “un secreto familiar”. Le advirtió de que si decía algo le culparían de haber provocado al padre. La chica se quedó embarazada de su padrastro, por lo que la madre le obligó a abortar.

Este brutal relato es solo una parte de lo que un hombre de 47 años ha sido capaz de hacer -en colaboración con su mujer- con la hija de ella, de 13 años. Los dos hijos de ambos, de 11 y 9 años, también se llevaron algún premio en esta macabra lotería: les pegaban habitualmente con un cinturón (él) o con el cable de la plancha (ella).

¿Puede haber algo más terrible que lo que ha vivido esta adolescente?

Mi hijo pequeño leyó ayer la noticia conmigo. Y lo que más le indignó no fue la violación, sino la petición de silencio de la madre. Yo no sabría decir cuál de los dos actuó peor. Lo que hizo él se define por sí solo, una violación es algo horripilante y repulsivo, y la actitud de la madre me parece, además de inexplicable, repugnante y monstruosa. ¿Y tú qué opinas?