José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

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Olor a muerte

¿Para qué ir al cine? ¿Para qué entregarse a un espía inventado, estirado y de gimnasio, y con vocación realista? Difícil competencia con la realidad.Las noticias son la mejor ficción, el mejor ensueño, la aventura más redonda, la duda más resbaladiza. Toda narración es un proceso y hay más misterio, más relato, en el hueco que queda entre las fotos del espía ruso antes y después del Polonio que en en toda la saga 007.

He invertido tres horas en leerme todo lo que tenía al alcance de la mano sobre Alexander Litvinenko y su liquidación nuclear a golpe de isótopo radioactivo. Todas las teorías: la mafia rusa en cualquiera de sus poliédricos aspectos; el Kremlim porque el muerto sabía demasiado del asesinato de la periodista Ana Politkpovskaya; sus antiguos compañeros del KGB o los nuevos servicios federales de seguridad, los cazadores autónomos de la inteliegencia rusa, a los que había denunciado con nombres, cargos y apellidos; el millonario Berezovsky, su socio, para desviar la atención, o cualqueir otro de los megamillonarios de la privatización con egos como campos de fútbol e intereses anchos como la estepa; los chechenos, torturados, heridos, porque a pesar de que ahora estaba de su parte, en tiempos los persiguió devota y obedientemente; incluso, lo último pero no menos posible, un auto envenanamiento, accidental, o suicida, precisamente para fijar los ojos en cualquiera de las dianas anteriores.

Está estudiado una y cien veces el proceso de desmoronamiento del imperio soviético y la paralela consolidación de los nuevos poderes capitalistas heterodoxos, pero pocos como nadie lo había descrito con la inocencia de Litvinenko. Cuando, a finales de los años ochenta, fue elevado a la categoría de especialista en los servicios secretos rusos, el espía ahora asesinado definió así su trabajo: después de la caída del comunismo las órdenes eran reclutar a empresarios capaces de estimular el desarrollo económico, y contratar asesinos. Es una pista moral. Y es fascinante que se pueda unir en una misma oración esas dos afirmaciones, una imagen perfecta de lo que fue Rusia (y el mundo) – y es- en los últimos años: las mismas personas que otean a los grandes emprendedores otean a los mejores asesinos, como si esa clase de especímenes olieran a lo mismo. A muerte, claro, a grandes beneficios. Esa sinceridad le ha costado la vida.

Foto: imagen del polonio al microscopio.