José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Archivo de mayo, 2007

Envidia de Portland

La semana pasada estaba de viaje en un capital del norte de España. A su lado, hace muchos años, vi por primera vez el mar. Para entonces ya tenía el cuerpo armado, lo que en mi caso significa que ya era largo, huesudo y desgarbado cuando pisé una playa y toqué el agua del Cantábrico. Los de mi barrio no podíamos llegar más lejos ni más pronto. El mar me dejó citas pendientes que he ido cumpliendo cada año en otras costas.

Pero hace diez días volví a la primera sal. El agua estaba helada y sólo se atrevían con ella arañas húmedas, o sea, surfistas de aluvión, aprendices de neopreno dispuestos a exprimir la última ola.

Después paseé por el centro de la ciudad. Y me sentí estafado. Las viejas calles que en mi memoria alimentaban recuerdos de casonas recias, escaparates de misterios de ultramar o esquinas que nunca había visto en ningún otro lugar -tiendas raras, improbables si no era en sus aceras-, ahora despedían neones repetidos, idénticos a los de cualquier otro centro.

El mismo centro de todas las ciudades. Fotocopias de granito, loseta y marcas, los mismos logos en todos los rincones, los mismas esquinas comerciales. La marca es el paisaje. Todo lo demás es historia.

Sólo somos compradores de idénticas ofertas. Y hay que fijarse en las huellas del pasado, gótico, napoléonico, lo que sea la parte conservada del centro, para buscar identidades, memoria, reconocimiento. Retratarnos en lo que nos dejaron. Todo lo demás es eco. Lo que estamos dejando, lo que ahora mismo queda, es sólo un parque temático peatonal y franquiciado donde reinan los escaparatistas miméticos. No lo he oído en la campaña electoral.

Así que hay que irse a Portland, a Estados Unidos. Parece. Allí han conseguido recuperar el centro, hacerlo atractivo, un imán de comercio y de cultura, pero manteniendo también su propia singularidad, defendiéndose de los duplicados, de la identidad franquiciada. Se puede.

Me lo ha contado Jorge B., que está de paso por ese mundo, que se ha descubierto escritor y viajero y que alimenta Lapanamericana, un blog para el que no hace falta sacar billete.

El mismo mar que yo vi por primera vez es el que a Jorge le presentaron también de nuevas, inocente.

Yo creo que se ha ido de viaje para recuperar ese momento.

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Entonces llegaron

Hay comienzos, obviamente para la historia, con años y hielo por conocer, madres que mueren hoy, o ayer, abuelas que explotan, gente a la que hay que llamar por su nombre, sea éste Ismael, Albinus o Lolita, luz de mi vida, felicidades familiares idénticas y desgracias con personalidad, lugares de los que nadie se acuerda, se llamen Comala, Poisonville, o se llamen como se llamen, con mañanas después de sueños intranquilos o mañanas que anuncian muertes. Tantos.

Pocos, para mí, sinceramente, privadamente, como éste:

Entonces- y maldita la falta que hacían ya- llegaron y me preguntaron que qué pasaba. Que no pasaba nada, les dije. Sólo había sido un susto, pero no pasaba nada. Tub, nada más sentarse, fue la primera en pedir copa.

Así: entonces.

Es el comienzo de El gran momento de Mary Tribune, la novela que en 1972 publicó Juan García Hortelano, la novela que le hizo un escritor enorme, gigantesco en su lenguaje, tan grande como Faullkner para algunos, inigualable en su manera de acariciar una ciudad, Madrid, desde los bares de sky hasta por ejemplo, la Plaza del Monje Comediógrafo, de atravesar una generación, de apalear un mundo alterado por la llegada de una americana loca, como una maga de andar por casa.

Una historia así, moderna todavía como muy pocas, imprescindible para cualquier lector al que le guste el idioma, las copas o no, y las ciudades, no es asunto fácil. Fácil de escribir, me refiero:

Fue horroroso. No son cifras exactas, pero la primera versión debía tener 1.300 folios; la segunda, 900, y la tercera, 700. Gasto bosques de papel […] En todo libro hay un fracaso para el autor, así se venda un millón de ejemplares y le digan que es un genio. En todo libro, y eso sólo lo sabe el autor, hay una diferencia extraordinaria entre el que se pensó y el que se ha hecho […] Gracias a eso se escribe un libro siguiente. Si uno escribiese un libro que más o menos coincidiese con el que deseaba, probablemente no tendría que escribir otro. Escribes otro libro para borrar el anterior, aun sabiendo que no lo vas a borrar.

Los escritores sudan, y nosotros disfrutamos. He tenido la novela esta mañana en las manos reeditada por Lumen, el primer paso para comenzar una reivindicación imprescindible – por ejemplo, hoy– de un autor de lujo. Y de Madrid, aunque hubiera llegado desde Cuenca.

Como piedras

Arrebato Libros había organizado su convocatoria de poetas por kilómetro cuadrado. Una librería de segunda mano que moviliza a los autores, obstinadamente empeñada en que las palabras salgan de los libros, salten de los ordenadores, se escapen de los lápices.Y se digan en voz alta desde un escenario.

Escuché a Marìa Salgado, capaz de hacer vivir de nuevo a Ian Curtis en la Moraleja y salvar para la historia a gimnastas con la columna vertebral rota; jugué con Eduard Escofet, experto desde hace años en todos los ruidos que puede producir la poesía, empeñado en recuperar viejas vanguardias, de Joan Brossa a Felipe Boso y levantarse contra todos los miedos; descubrí a Gonzalo Escarpa listo para seducir con versos sobre la belleza cercada de silencio, la sombra de ojos de una azafata de vuelos baratos, la madre que parió al publicista que inventó la campaña del qué pasaría y a la del alcalde que al que le beneficia; y derrapé con David González poeta autobiográfico, que escribe y escupe sobre sus tatuajes de celda, su pelo largo contra los verdugos o el nudo que en el tobillo se enganchó su abuelo para que pudieran identificarlo en la fosa común donde acabó muerto y fusilado.

Eran versos como piedras, dijo alguno de ellos. De noche, en Madrid, entre copas.

A la salida me di cuenta de que el local donde se había celebrado el encuentro estaba justo enfrente del solar donde diez días antes había comenzado la estúpida batalla campal del puente de mayo. Calle abajo, en la esquina, vigilaba una sorda pareja policial.

(Y, dentro de poco, más)

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Transparencias

De vuelta de la entrega de los Blogs20, esa duna de palabras, encuentro en casa La letra E, un viejo tomo del pequeño, inmenso maestro, Augusto Monterroso, una especie de retícula de un diario de hace veinte años.

La letra e

Escrito primero detrás de facturas o de billetes de viaje, luego retocado en un periódico y por fin armado en libro, el yo del escritor íntimo que se mira, se implica en experiencias y reflexiones de los otros y, al cabo, en la de los lectores.

Y dice

– En todo lo que escribo oculto más de lo que revelo.
– Eso crees.

O al revés.

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El guionista de Tintoretto

Me regalo un Prado. De casualidad. Un Tintoretto. Vengo de, y voy a; y desde el autobús detecto que no hay colas. Siempre hay colas; hoy, menos. Parada solicitada.

Hay un momento en el museo, atravesado de idiomas, que me hace sentir turista en mi propia ciudad. Fuera de casa. Fuera de las urgencias. Cuando se puede. De casualidad.

De Tintoretto han escrito Sartre o Henry James, Eugenio D`Ors o Thomas Bernhard, así que, mejor mudo. O lo mínimo: el despliegue narrativo, la conjunción de dibujo y color; la obsesión por el oficio, la dedicación, la apuesta por mancillar la perfección y un halo intangible que le hace parecer mejor -mejor aún- director de escena que pintor.

De la excelente selección recogida y ambientada (un amigo al que encuentro, un cascarrabias con criterio, dicta: se ve todo, todo esta perfectamente iluminado, esta vez, sí) me pierdo en la zona de penumbra en la que se muestran algunos trabajos previos, bocetos, radiografías, huellas, pentimenti. Y ahí descubro a Andrea Calmo. Su nombres está al pie de las pruebas de un cuadro, de El Lavatorio, y una pista: amigo y escritor.

Calmo, del que no tenía noticia, fue comediógrafo y formaba parte de los Polígrafi, un grupo de escritores venecianos empeñados en hacer temblar los modos de la épica sacrosanta y oficial de la época y colocar en su sitio, en los textos y en los escenarios la parodia, la sátira y lo popular. Lo real. Rasgos ácidos, contrastados, personajes superiores y humildes, actitudes aristocráticas y callejeras, mezcladas.

Algo de todo eso, y un cierto desprejuicio respecto al poder y a las grandes mitologías, una vocación de humanidad realista y cercana en los asuntos religiosos y una buscada imperfección final, se puede encontrar en Tintoretto: lo que más le criticaron sus contemporáneos; lo que más ha perdurado.

Calmo ayudaba a Tintoretto a colocar en situación a los personajes – modelos, maniquíes–, a buscar la mejor postura, el gesto adecuado, la emoción justa, hasta encontrar el lugar exacto de cada personaje en el cuadro. Escribían el cuadro. Hacían teatro. Cine. Y Calmo era su guionista.

Rastreo algo más de Andrea Calmo. Manejaba la lengua como instrumento para dibujar a sus personajes y mezclaba lengua y dialecto, registro culto y vulgar. Con esos elementos reescribía argumentos clásicos, aportaba color y perfil hasta conseguir tipos y antecedentes de la Comedia del Arte.En una de sus obras, Il travaglia, hizo hablar a sus dintintos personajes en italiano, veneciano del campo y veneciano de la ciudad, paduano, bergamesco, dálmara, greco-véneto y un par de párrafos en turco. Todos los idiomas y los acentos en el mismo escenario, tan cosmopolita como la propia ciudad de Venecia en el siglo XVI. Y se entendía.

Y, seguramente, así se entiende mejor a Tintoretto.

El personaje es la trama

Sólo se aprende lo que se descubre. Es decir, lo que está oculto. Y lo que queda por debajo es lo que más inquieta. Por eso 3055, el documental sobre Ceferino Carrión/Jean Leon seduce y mortifica al mismo tiempo.

Ceferino Carrión quiso ser actor y terminó convertido en Jean Leon, dirigiendo La Scala en Hollywood, el restaurante de las estrellas en una época en la que los actores, desde James Dean, hasta Liz Taylor, rastreaban la vida para incorporarla a sus personajes. Delante de ellos tenían a uno con mucho talento para interpretarse a sí mismo, para inventarse.

Dos nombres, media docena de pasaportes, cuatro países al menos con sus huellas, un taxi para los contactos, un restaurante para los secretos, de Sinatra o de Marilyn Monroe, un vino hecho del hurto, una isla salvaje en el deseo, dos hijos, dos matrimonios, decenas y decenas de mujeres, y ni una sola palabra de su firma. Cefe/Jean Leon, un secundario empeñado en ser el protagonista de su propia vida.

Así que la película seduce, porque pone en la pista de un tipo que se recreó a sí mismo tantas veces, y huyó otras tantas de su biografía, que al escuchar a los que le conocieron, parece que hablan de personas diferentes: el experto en manipular a todo el mundo para ponerlo a su servicio, el rácano que vigilaba hasta la última botella, el egoísta, el desaparecido. Y mortifica porque el puzzle no se completa, el misterio tan sólo se apunta.

La película se permite, incluso, un explícito guiño al Rosebud, de Wells y Kane, pero le falta la razón última, lo que bullía a solas dentro de la cabeza de aquel tipo: nadie, ni los hijos, ni los amigos íntimos, ni los que le envidiaban, ni los que le temían, es capaz de desliar el último nudo. Le falta la revelación.

Quizás es pedir demasiado, precisamente porque esa ausencia es la clave de los mejores personajes. Y porque para escarbar en esa clase de corazones, en ese meollo, la ficción es la mejor, tal vez la única herramienta.

Todo impuro

(Entre paréntesis: De acuerdo, Sarkozy es un líder, un político, algo que los franceses, sobre todo los más franceses de todos los franceses, estaban necesitando para volver a creerse más. Todavía mas. Sk quiere acabar con la chusma, superar y desmarcarse cínicamente de la crisis que él mismo ha contribuido a consolidar con empeño y con cargos de poder los últimos quince años, defender el trabajor duro para poder ser alguien en un mundo en el que el trabajo ya no se valora y primar la herencia, y volver a antes del mayo del 68, es decir a antes de la primavera de Praga, de las revueltas antisoviéticas, antes de los veranos de California, antes de Vietnam, antes de las sacudidas a los estados absolutos. ¿Qué descubrirá exactamente debajo de la playa que escondían los adoquines? ¿Le infectará más la metástasis del Le Pen al que ha devorado o las exquisiteces individualistas de Alain Finkielkraut? De momento parece que se ha olvidado de los ciudadanos y habla de pueblo y de país y de destino, y más empieza a parecer un conservador nacionalista identitario que un liberal contemporáneo, más preocupado de quienes son, que de lo que pueden ser.
Abrumado por el despliegue, busco otras distancias:)

Turquía, por ejemplo, es el laboratorio más interesante de lo que es nuestro mundo en estos momentos. El país de las paradojas: los laicos son los conservadores y los moderados islámicos los que se abren a la liberal Europa. El nacionalismo es la religión de los laicos, y la democracia abierta europea el sueño tangible de los religiosos. El ejército amenaza con un golpe de estado para defenderse de los gobiernos democráticamente elegidos. Todo impuro. La Nación frente a Dios, como dice el profesor Manuel Castell, en La Vanguardia.

El secularismo está vinculado al nacionalismo turco, otra forma de expresión identitaria, y es este nacionalismo el que fundamenta la posición del ejército. Se reproduce así la oposición central de todo el Medio Oriente: nacionalismo contra islamismo, la nación frente a Dios. Eso es lo que fracciona a los palestinos entre Al Fatah y Hamas, lo que divide a los libaneses, lo que mantiene en tensión al nacionalismo egipcio contra los Hermanos Musulmanes, lo que motivó la revolución islámica de Irán contra el sha y lo que enfrento siempre a Sadam Husein con el chiismo hasta que el genio de Bush permitió a los chiíes sentar las bases de un futuro Estado islámico en Iraq.

Si hubo y hay una democracia cristiana, ¿puede existir algo parecido el otro lado del espejo? Si fracasara el intento de incardinar islamismo y democracia y se desgarrara Turquía, su crisis sería también nuestra crisis, concluye Castell, porque el debate de fondo es la (re)construcción de nuestro mundo impuesta desde las identidades. Ser algo más que francés o sólo francés. O qué. O nada.

“Son los laicos (en Turquía) quienes presentan hoy las actitudes más inmovilistas ante los cambios, y no quieren alterar un orden social kemalista que les ha beneficiado (…) Entre ellos surgen voces nacionalistas que critican a EEUU y a la UE como responsables de los actuales males de Turquía, al tiempo que defienden una economía más controlada por el Estado. Mientras tanto, los hechos hablan por sí solos en el campo de los islamistas moderados del AKP, que han reformado el sistema legal para homologarlo con los europeos, han abierto la puerta de la UE para Turquía y han emprendido una política de privatizaciones y de modernización de la economía”.

Lo dice un diplomático europeo a un periodista de El País. Y hasta The Economist no duda en apostar por Turquía como lugar extraordinario y, por eso mismo, significativo. En el blog de Francisco Veiga hay mucho más. En las reflexiones de Orhan Pahmuk, también. Experimentos. Mezclas. Todo impuro. El futuro ahí delante.

(A ver si me explico: cerca de casa, esta tarde, un repartidor argentino de apellidovich inequívocamente judío me ha explicado que una empresa sueco alemana es la que exporta a España los enormes paquetes congelados de carne enrollada que se venden en lascas en el kebab en el que estaba depositando sus mercancías. La empresa tiene su sede en Pozuelo, un pueblo fino, infinitamente más elegante que mi barrio, y la dirige un empresario espabilado de misa semanal. Cierro el paréntesis)


Un café de ofertas

Es uno de mis clásicos. Llevo años haciéndolo. En los primeros días de mayo los periódicos traen cuadernillos y deplegables sobre los cursos de verano de toda clase de universidades, nuevas, lentas, especializadas, o de lejos.

Durante una larga hora, o más, en el momento justo del día, por ejemplo, después del café de la comida, repaso todo lo que se ofrece, tanteo por las estanterías de esos ultramarinos de la cultura académica. Leo las ofertas, la misma variedad de unos grandes almacenes, fascinado, como cada año, por todo lo que se sabe y lo que se podría saber.

Hace unos pocos años encontré tiempo y durante semanas me senté de nuevo como alumno en una universidad. Todo un semestre. Fue un enorme placer. Tomar apuntes. Discutir. Dejarme enseñar. Tener un horario, un descanso, una lista de lecturas.

Aprender era la única responsabilidad.

Como siempre, no podré asistir pero me gustaría darme una vuelta por El Egipto Faraónico y sus proyección mediterránea; echar un vistazo a La mirada melancólica; dudar sobre los Progresos y retos de matemática interdisciplinar; escarbar por las Memorias, entre el olvido y la reconciliación; husmear por los Desafíos y respuestas de la química en el siglo XXI; escuchar con la atención que merecen las Lecturas de Juan Ramón Jiménez; preguntarme ¿A quién pertenece Africa? Tradición y Cambio, el continente africano frente al siglo XXI; someterme a La Autoridad de la letra; imaginar con meticulosidad calculada los Modelos de Gestión de la Movilidad: el vehículo ecológico y su introducción en la ciudad; acompañar muy de cerca a los Viajeros y coleccionistas de Arte a finales del siglo XVIII en Gran Bretaña, Italia y España, yo que sé. O tomarme un café. Por ejemplo.

Termino. Luego, apuro el café. Y me doy por aprobado.

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Temperatura del aburrimiento

Cosas que pasan en los rincones. Un día antes había descubierto gracias a una fijación la inmediata existencia de libros compactos: Anna Karenina, La Feria de las Vanidades, El Molino del Floss, David Copperfield, Moby Dick, Esposas e hijas, Casa desolada, Middlemarch, Jane Eyre, El conde de Montecristo, Norte y Sur y Retrato de una dama, sin grasa, sólo magro. Una editorial estadounidense , Orion Books, está a punto de sacar el mercado volúmenes de grandes clásicos condensados, extractados, editados. Se supone que a esos librazos les sobra el cuarenta por ciento de letra impresa, páginas que arden a la temperatura del aburrimiento. Para venderlos de nuevo hay que proceder a una liposucción.

Ni Melville, ni Tolstoi, pongo por ejemplo, pensaron lo mismo, su fiebre creativa no se lo permitió, sus dudas, sus revueltas. Pero no podían imaginar, claro, que su tiempo de escritura tuviera esta herencia de lectura sincopada, urgente, dónde los lectores, los que quedan, exigen dieta baja en calorías de adjetivos.

Un día después, de visita en una casa tomada por el huracán de una muerte última y reciente, con las habitaciones desmanteladas, papeles viejos de viejas cuentas como hojas de otoño en los pasillos, armarios tartamudos, en un rincón de una estantería casi completa una vieja colección de Historias Selección me hizo recordar el tiempo de la lectura urgente, compacta, fibrosa, adolescente, donde sólo tenía segundos para pasar de viñeta en viñeta, donde el fin me perseguía desde mucho antes del principio. Hace tantos años, como ahora mismo.