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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Catalizadores

De ahora mismo: las protestas contra el gobierno de Guinea Conakry pueden terminar en guerra civil. De momento hay más de 120 muertos en poco más de un mes y la tensión crece. ¿Por qué hemos de preocuparnos esta vez? Por el aluminio. El conflicto ha hecho que se dispare el precio del aluminio, cuya base de producción es la bauxita, de la que Guinea posee un tercio de las reservas mundiales.

Todo listo para otra película como Diamante de Sangre: una guerrillas en tensión, insurgentes, ejércitos, mercenarios, intermediarios, violencia negra y unos despachos difusos con ejecutivos occidentales: es decir, un poquito de didactismo al principio, unas gotas de mala conciencia, algunas mínimas referencias al mercado del aluminio en lugar de los diamantes de Sierra Leona, y luego mucho de lo siempre, incluida una grandiosa campaña de promoción. Y Africa, claro, el mejor escenario.

La productora es Paula Wagner, la mano derecha de Tom Cruise, y el director, Edward Zwick, el de su aventura samurai. Pero más allá de los nombres, la cuestión es cómo la transformación industrial hollywoodense de cualquier elemento, de cualquier punto de partida, da lugar a un producto idéntico a tantos otros. No se puede competir con su despliegue, con sus escenarios, con su puesta en escena, desde luego; pero hay algo en esa transformación, en la colocación imprescindible de los catalizadores para que la historia pueda ser contada de esa manera -en este caso Leonardo Di Caprio, muy profesional con el gesto y con el acento; Jenniffer Connely, un imán– y sus necesarias relaciones, la que determinan la pócima: un espectáculo solvente, desde luego, -y largo- unos textos funcionales que pueden valer para otro contexto, y la misma densidad final del viejo Reader´s Digest, renovando el antiguo exotismo selvático por escenarios neo-coloniales.

Durante toda la peripecia de Diamante de Sangre lo más difuso es quien es el propietario de las piedras. Hay algunos trajes con corbata, algunos pasillos y una referencia al protocolo de Kimberley, que en su momento quiso controlar el comercio de diamantes. En el caso de Guinea Conakry, la cosa es más fácil de contar -o más difícil de ocultar , si se le da la vuelta: las minas de bauxita guineanas son propiedad de tres de las más grandes compañías de aluminio del mundo, la estadounidense Alcoa, la canadienses Alcan y la rusa Rusal. Esos son los otros catalizadores. Da para una coprodución.

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