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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Vigilantes y papeleras

Cosas que pasan en los rincones. El único vigilante de seguridad con el que he tenido una cierta relación personal era una chica, una tipa estupenda a la que le encantaba husmear en las papeleras.

Seguro que hay un nombre y hasta un síndrome para las prácticas de T. Ella se lo tomaba por el lado detectivesco, un poquito filosófico y, por supuesto, social. Hacía el turno de noche y forcejeaba con la gente de la limpieza para que la dejaran echar un vistazo antes de que todos los restos el día se acumularan en un gran bidón que luego desaparecía por el montacargas hacia las tripas perdidas del edificio. Quería estar al día del resto del mundo.

La cosa empezaba siempre con la ceremonia de los rescates. Sobre una mesa coloca las piezas cobradas y a partir de lo salvado deducía el día de cada compañero. De un folio exprimido con saña concluía fracasos deportivos o decisiones que cambiarían destinos laborales; de notas tachadas, carencias amorosas, desajustes familiares, angustias pequeñas pero trascendentes según la época del año; de los mínimos pedazos de un lápiz roto, el idilio desbaratado de dos colegas que hasta entonces se amaban en secreto; de un carnet abandonado, la fugacidad de lo establecido, la perpetua necesidad del cambio. Sabía de hijos por los clips anudados; de ascensos, por el exceso de ceniza, de viajes por las esquinas dobladas de una revista abandonada.

Digo yo. O eso decía ella. La escuchaba mientras yo recogía mis papeles y tomaba el último café de la máquina antes de marcharme. No era una espía, jamás delató a nadie y, además, no se llevaba bien con sus jefes ni con los nuestros. Seguramente por eso tenia el turno maldito que le aislaba del mundo. La pequeña operación forense le servía para seguir en contacto con el día, saber de la suerte de todos nosotros, estar a nuestro lado, aunque sólo fuese con lo que dejábamos perdido a nuestro paso.

Durante unos meses nos dio tiempo a hablar de ríos -no sé por qué pero sabía decenas y decenas de nombres de ríos, afluentes y arroyos, el color del agua según los tramos, las riberas más pobladas de arbolado; de medicamentos, también era experta en posologías y contraindicaciones; y de cocina, de lo poco que le gustaba la cocina: sobrevivía con uvas, jamón empaquetado y distintas variedades de muesli. Todo en ráfagas mientras hacía sus análisis y yo buscaba ya el ascensor y la puerta. Me iba y ella se quedaba sola en el edificio las siguientes nueve, diez horas, haciendo sus rondas supongo, y sentada después en el rincón menos descubierto de la entrada.

Nunca supe nada más que lo que cuento. Un día desapareció. No vino. No sé, dijo su sustituto, el de las palabras enanas. Nadie supo decirnos demasiado, las empresas de seguridad son burocráticas y opacas.

Cuando me fui aquella noche quise hacer el rito de las papeleras pero la gente de limpieza se rió y se esfumó por el montacargas. Eso sí, antes de marchar me acerqué hasta el rincón donde ella pasaba las noches y miré en el rincón en de su papelera a la caza de una pista: el resguardo de un billete, los añicos de una quiniela, una etiqueta, la astilla coja de un tacón, un trozo de cristal que me permitiera adivinar su futuro, si la habían cambiado el destino o ella había decidido darle una vuelta al uniforme. La papelera estaba vacía a conciencia, limpia, incluso reluciente y yo me quedó ni rastro.

Una vez hace años, quisimos hacer una historia con aquel recuerdo. Pero no cuajo. Querían muchas más cosas además de una vigilante que monologaba con la basura. Pero no tenían dinero ni para convencer a un muerto de hambre. Y no hubo plan. No hubo personaje.

Me he vuelto a acordar de ella a la salida del cine. Porque Aki Kuarismaki, el director finlandés, ha utilizado a un vigilante para contar la historia de Luces al atardecer. Un tipo simple, un personaje con la cabeza llena de pájaros pequeños, ridículos, intentando convencerse a sí mismo de que no es transparente para el resto de la humanidad, de que tiene futuro y que no está condenado a terminar en la papelera de la historia. Así que está el pelele y, claro, una mujer fría como el mármol, un atraco y una traición, y un perro atado a una farola; y ese humor impávido y escondido en medio de las desgracias que habita las películas de este hombre contenido y melancólico.

K. es fiel a sí mismo, no engaña: para lo mejor, la enorme capacidad expresiva con los mínimos detalles -una flor en un jarrón, las luces de un puesto de salchichas- incluidas las interpretaciones de yeso de sus actores; como para lo difícil, los silencios, la puesta en escena de escuadra y cartabón, sin una sola concesión al exceso, sino es el de sus propias imágenes, genuinas, de firma; para las elipsis inteligentes, los espacios, el color cargado de significado y para la cadencia de arena en un reloj.

Al atardecer, en fin, un tipo al que se le hielan los sueños y una mujer sola consiguen cogerse de la mano gracias a la defensa de un perro tan perdido como él mismo. Y seguir viviendo.

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