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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Letras (subterráneas) a la calle

Cosas que pasan en los rincones. Las puertas se abrieron y en el último segundo el tipo entró. Recuperó el aliento, acomodó el cuerpo y antes de que el tren arrancara se plantó en el centro del vagón. El tren arrancó con la misma música que traía. La voz acompañó hasta el suelo a la mirada. Dijo:

De Luis Cernuda, la realidad y el deseo, qué ruido tan triste
Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
parece como el viento que se mece en otoño
sobre adolescentes mutilados,
mientras las manos llueven,
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
cataratas de manos que fueron un día
flores en el jardín de un diminuto bolsillo.

Los viajeros, media docena, una hora valle, se protegían en sus propias coordenadas. Habían oído acordeones, guitarras afónicas, se habían acostumbrado a las retahílas de enfermedad y muerte. Pero jamás habían escuchado poesía subterránea. En un rincón, en el extremo del vagón, una mujer joven cerró su libro y le buscó y se atrevió a mirarle. El tipo, un hombre joven, con una cazadora de loneta de cremallera suelta, una camisa de rayas gastada, un pantalón sin apellidos, carraspeó y levantó la voz y la vista, la clavó en el cristal de la puerta que desde la oscuridad del túnel le devolvía su imagen. Y dijo:

Las flores son arena y los niños son hojas,
y su leve ruido es amable al oído
cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
cuando besan el fondo
de un hombre joven y cansado
porque antaño soñó mucho día y noche.

La chica se levantó, recorrió el pasillo y se sentó junto a la puerta, junto al chico que seguía recitando:

Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.

Acabó y entonces recorrió el vagón con la palma de la mano abierta, adelantada. Tres monedas se ganó, cincuenta céntimos de una mujer con bolsas de tiendas de ropa, veinte de un chaval de chandal y otros cincuenta de un tipo que había por allí. Cuando llegó frente a la chica retiró la mano, quiso escabullirse. Pero ella se puso de pie, junto a él, en paralelo, mientras el tren aminoraba la marcha y le buscó los ojos cuando frenaba, y le contestó en un arrebato, como una fiesta de las letras. Dijo:

Contigo
¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.
¿Mi gente?
Mi gente eres tú.
El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.
¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

Las puertas se abrieron para que la mujer de las bolsas pudiera salir. El chico bajó la mirada, se giró en el último segundo y salió al anden, asustado de su propio deseo.
Las puertas se cerraron y ella le vio mirarla desde la ventana.

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Letras a la calle es una fiesta de las letras, un proyecto nacido en 2004 de Arrebato, asociación, librería y sitio. Se trata de salir de salir a la calle cada 22 de octubre y hacer que salgan las letras, la poesía, la literatura, las palabras en voz alta. Se hace en Madrid y en Namibia y en Gijón y en Helsinki y en miles de lugares más. En cualquier parte del mundo al mismo tiempo. Y se graba, se fotografìa, se cuenta.

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Foto via


































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