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J. D. Salinger sigue sin estar a salvo cuatro años después de su muerte

Por María J. Mateomariajesus_mateo

El silencio suele tomar tintes legendarios o, en su defecto, acabar convertido en rumorología. No hay nada como no hablar de uno mismo para que los demás se pongan a ello con total dedicación. Nada como no dar la versión propia de los hechos como para que la de los otros se convierta en la oficial.

La historia de Jerome David Salinger es un buen ejemplo de la tiranía que impone la fama, y del peligro que supone retirarse de la vida pública y renunciar a interpretar un papel en este gran teatro que es el mundo.

Evasivo y misterioso, el autor de El guardián entre el centeno fue, tras su experiencia en la Segunda Guerra Mundial, víctima de una herida psíquica incurable que quiso ocultar a sus coetáneos durante un tiempo que supuso décadas en el refugio de New Hampshire, adonde se retiró y murió en 2010.

135525Pero ni siquiera atrincherado en la zanja defensiva que construyó, ni reconfortado por la pasión de escribir —antes de abandonarla— J. D. Salinger, pudo mantenerse a salvo, lejos de los focos —que para él eran dardos— de la opinión pública.

Fue así cómo las especulaciones en torno a su figura fueron reproduciéndose y cómo muchas de ellas acabaron convertidas en presuntas biografías que resultaron ser, antes que nada, un compendio de conjeturas en las que intentaba descubrir al hombre y no tanto al escritor.

Con un planteamiento distinto —no sé aún si real o no; habrá que leerla—sale este martes en España, de la mano de Seix Barral, Salinger, la obra que aspira a ofrecer la “semblanza definitiva” del autor.

Se trata de una obra profusa, escrita por David Shields y Shane Salerno, que vio la luz hace unos meses en Estados Unidos, y en la que se incluyen entrevistas, cartas, fotos y conversaciones desconocidas hasta el momento.

Una obra que, acompañada también de un documental, trata de ofrecer una “perspectiva poliédrica” del autor, dicen sus artífices, y que me provoca ahora una sensación contradictoria: una mezcla de una excesiva curiosidad, que se suma a la certeza de saber que el autor al que van dedicadas las más de 750 páginas que componen la obra desaprobaría su lectura.

Y es que, después de todo lo que sabemos de Salinger, o mejor dicho, de todo lo que no sabemos… me pregunto por qué andar removiendo entre recuerdos y documentos de alguien que nunca quiso publicidad. Y sobre todo, por qué hacerlo cuando, al fin y al cabo, contamos ya con lo importante: su obra. 

Leía hace unos días una reflexión de Virginia Woolf acerca de la “curiosidad” que suscitan la “biografías y autobiografías” de “grandes hombres” y “de hombres que hace tiempo que murieron y fueron olvidados, que descansan, uno junto al otro con las novelas y poemas”, y que viene al caso recordar.

“¿Hasta qué punto —interpelaba la genial escritora— debemos preguntarnos, está un libro influenciado por la vida de su autor? ¿Hasta qué punto no entraña peligro permitir que el hombre interprete al escritor? ¿Hasta qué punto debemos oponernos o ceder a las simpatías o antipatías que el propio hombre provoca en nosotros (…)?” Son éstas preguntas —concluía— las que nos acechan cuando leemos vidas y cartas, y que debemos responder nosotros mismos, ya que nada puede tener unas consecuencias más funestas que ser guiados por las preferencias de otros en una cuestión tan personal”.

Yo me pregunto, entretanto, si no estaremos tratando de aplacar una curiosidad malsana a cualquier precio, con métodos inadecuados y, sobre todo, con objetivos desvirtuados. Porque… ¿acaso ganaremos tanto registrando los cajones de la vida de un autor tan celoso como Salinger? ¿Husmeando sobre las huellas que dejaron sus zapatos?

Es posible que, con ello, sólo estemos  buscando —e inventando— una nueva obra, que siempre será menor y que estará muy lejos del libro más prohibido y a la vez el más leído,  El Guardián entre el centeno. Porque, como decía la británica, los hechos siempre serán “una forma muy inferior de narrativa” que difícilmente nos llevarán a conocer la verdad. Así que, quizá sea mejor limitarnos a respetar la voluntad de Salinger y remitirnos exclusivamente a su obra… y sin embargo… ¡ay, qué curiosidad!

 

El libro más traducido después de la Biblia y El Quijote

Por María J. Mateomariajesus_mateo
Me ha dado por los centenarios, así que pido disculpas anticipadas por la insistencia. Perdón por volver de nuevo a 1914, año sugestivo y fecundo para las letras donde los haya, en el que no sólo nacieron Julio Cortázar, Octavio Paz o Nicanor Parra, como recordaba hace unos días, sino que además vieron la luz libros inolvidables como la entrañable obra de Juan Ramón Jiménez Platero y yo.
PlateroMoguerLeo acerca del aniversario del “asnucho”, como su creador lo llamaba, y no puedo evitar escribir unos párrafos sobre él. Sobre esa imagen que vive instalada en mi infancia y en la de, imagino, muchos de vosotros, y que sobrevive en parte debido al hecho de que las cosas que vivimos durante la niñez se graban a fuego.

Éramos por aquel entonces seres a medio fabricar, hechos con una especie de plastilina que hacía que todo lo que llegaba a nuestros oídos, a nuestras manos, a nuestros ojos, tuviera una importancia casi vital. Que todo aquello de lo que nos íbamos alimentando resultara casi determinante para ser quienes hoy somos.

Por eso, me resulta fácil recordar los “espejos de azabache” de Platero si cierro los ojos y me veo, entre el griterío de la clase, rodeada de esos otros “bajitos” y recostada sobre un pupitre en el que descansan cartillas de lectura, fichas para colorear y recortar o plastidecors. Ocurre lo mismo si trato de pronunciar los preciosos primeros párrafos de aquella prosa poética. Casi brotan solos: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, ronzándolas apenas, las  florecillas rosas, celestes y gualdas”.

Resulta difícil, sin embargo, no resistirse a una narración así, sobre la que leo ahora, es la más traducida después de la Biblia y El Quijote. No caer rendido ante esa serie de estampas deliciosas, no sólo para los niños.

Y es que ya en Platero encontramos al gran Juan Ramón, en la llamada “época sensitiva”, tratando de apresar el instante. Fijando la vista, como los maestros impresionistas, sobre una escena perecedera, repleta de luz y belleza, que sabemos, pronto desaparecerá y que por eso quizá contiene aún más luz y belleza.

Ya aquí reconocemos al artista que, obcecado en su intento de atrapar la vida para llevarla al papel, concibe la luminosa estampa de este animal con el que crecimos y que nos acompañará, al menos a mí, mientras dure la memoria.

2014, año de homenajes y brindis a la salud de la literatura

Por María J. Mateomariajesus_mateo
Qué despiste. Se nos fue el año y al final no hablé de la obra con la que logré volar más alto en 2013. Esa a la que volví y que de nuevo quise retener, palabra por palabra, para reanudarla siempre que quiera con los ojos de mi memoria. La que, repleta de citas no casuales, no se puede explicar y en la que París es lo que debiera ser el mundo: “una bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra”, un verso de Apollinaire que parece no acabar nunca.
Volví a Rayuela, a esa “llamada al desorden necesario” que señala el “absurdo de los datos idiotas”, “la diferencia entre saber y conocer”. Y recobré, como siempre, el deseo de “lo insignificante, lo inostentoso, lo perecido”. El ansia de que, entre tanta “ciencia inútil”, llueva aquí dentro, “de que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas”.
128503Pero me quedé de nuevo sin palabras, de tan verdadera que la sentí, de tan cierto “el falso orden que disimula el caos”, la “soledad del hombre junto al hombre” de la que nos habla. Y así he llegado a este intento casi frustrado de expresar la ingravidez que sentí, en esta especie de sequedad, de silencio casi forzoso.
Se nos escapó a Paula (esa otra enamorada de Julio Cortázar) y a mí el pretexto para hablar de la estampa inmortal de Rayuela en el año en que, qué paradoja, cumplió 50 años. Pero no pasa nada porque en 2014 se cumplirá el centenario del nacimiento del autor y volveremos a tener excusa (aunque no la necesitemos) para leer, releer y recordar al creador de la “contranovela”.

Leo estos días que la fecha servirá de pretexto para la reedición de muchas de sus obras y la edición de otras en su memoria. Y bendito pretexto, pienso. Porque qué ganas de meterle mano a, entre otras obras, Cortázar de la A a la Z, la biografía visual y autocomentada que en breve publicará Alfaguara.

Voy a quitarme de todas formas por un rato la piel de mitómana (que desconocía tener, no deja uno de sorprenderse) y a recordar, en honor a la verdad, que 2014 no será sólo el año de Cortázar porque se celebrará también el centenario del nacimiento de otros dos grandes de las letras: Octavio Paz y Nicanor Parra. Dos motivos más para encerrarse a cal y canto en una habitación, y leer y leer sin contención ni medida. Por no hablar de los títulos, nuevos y viejos, inscritos en la ficción y no ficción, que saldrán a la luz en los próximos meses, y de los que habrá que seguir hablando en futuras entradas para no hacer que ésta sea interminable.

Por lo pronto, propongo un brindis a la salud de la literatura, a la que, a buen seguro, le espera un provechoso y feliz año.

Acabar el año: No sin ‘Intemperie’, de Jesús Carrasco

Por Paula Arenas Martín-Abril paula_arenas

A punto de terminar el año escribo sobre el que ha sido el libro del ya ‘moribundo’ 2013. Para Jesús Carrasco (Badajoz,1972) ese 13 final no ha sido sinónimo de mala suerte: su literatura, de elevada e insólita calidad, ha recorrido el camino merecido. Intemperie ha sido el libro del año.

intemperie-9788432214721No sólo lo han declarado y premiado nuestro Gremio de Libreros, también en Holanda así lo han considerado, y han llenado sus escaparates con la fascinante novela del español. Esta vez sí, joven para tan impecable construcción narrativa.

Me preguntan algunos sobre qué libro pueden regalar para Reyes y repito el mismo, casi como un mantra: Intemperie, de Jesús Carrasco. En esta ocasión no pregunto para qué tipo de persona o cuáles son sus gustos, tal es mi fe en esta novela.

Muchos aún no saben quién es y los que curiosean su portada y leen su sinopsis no siempre se deciden. En mi opinión se debe a que ésta es una de esas obras imposibles de resumir o intentar contar o presentar con una portada.

El mínimo e injusto intento: Un niño huye por unas tierras en las que la miseria de todo tipo (no sólo material) parece inundarlo todo. ¿Podrá evitar malograrse o las circunstancias determinan?

Lo han comparado con Delibes, algo que a varios parece echarlos para atrás a la hora de decidirse. Mi opinión: la voz de Carrasco no tiene nada que ver con el vallisoletano. Precisamente por ser tan diferente e incomparable ha llegado tan lejos. Por eso antes de publicarse en España ya lo habían comprado más de quince países. Por eso lleva más de 16 ediciones.

‘La ridícula idea de no volver a verte’, la “herida hecha luz” de Rosa Montero

Por María J. Mateomariajesus_mateo
Las manecillas de los relojes están ya en las últimas. Van dando vueltas sobre sí mismas en estos períodos inventados que son los años y, a estas alturas, da la impresión de que se hubieran acelerado.
Llega el momento de realizar el dichoso balance —ese que parece inevitable cuando un ciclo está a punto de cerrarse— y de hacer recuento de lo vivido y lo no vivido, y del mismo modo, de lo leído y de lo que aún nos queda por leer.
Yo voy a intentar, sin embargo, sortear el cansino y a veces forzado cálculo para limitarme a hablar, eso sí, de la última obra que he leído este año, que bien podría situar entre los primeros lugares en el ranking de mis “mejores libros de 2013”.
Se trata de La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral), una obra luminosa con la que Rosa Montero ha logrado hacer magia, manejando la sorpresa. Una especie de híbrido entre el ensayo, la autobiografía y la novela que surgió de una trágica circunstancia —la muerte de su marido— y que, cosas de la vida, nos recuerda cómo la experiencia más dramática puede acabar convertida en luz, una vez que se hace arte, en esta ocasión, literatura.
la-ridicula-idea-de-no-volver-a-verte_9788432215483El germen del libro fue la sugerencia de la editora de Montero de escribir un prólogo para el desconsolado diario que Marie Curie escribió tras la muerte de su marido, Pierre. Una propuesta que fue el pistoletazo de salida para que Montero se lanzara a escribir sobre su propia circunstancia y, en concreto, sobre la pérdida que acababa de sufrir y que estaba a punto de sumirla, como ella misma reconoce en la obra, en un largo silencio.

Pero La ridícula idea de no volver a verte es mucho más que un libro sobre la muerte y sobre ese agujero insalvable que es la experiencia de una pérdida. Porque va mucho más allá de la autobiografía para hablarnos, entre otras cosas, de las ganas que a pesar de los escollos sentimos los humanos de dilatar la experiencia de la vida: de incluso hacer revivir a nuestros muertos en nuestra propia existencia, y de la suerte de quienes hemos conocido el amor, “eso que consiste en encontrar a alguien con quien compartir tus rarezas”.

Sobre estas bases, Montero da vueltas alrededor de conceptos como la soledad y el duelo para contarnos que finalmente la recuperación es algo que no se consigue nunca, porque, afirma, en el fondo, sólo podremos lograr nuestra propia “reinvención”, el único objetivo alcanzable.

Logra así romper la primera fase en la que el dolor es tan agudo que se hace impronunciable —“El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante”, llega a decir— para ofrecernos una “herida hecha luz” que resplandece como paradigma del consuelo que buscamos en la creatividad, ese “intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza”.

Entre tanto, redescubrimos al personaje fascinante que fue Marie Curie. Ese ser “valiente y fuerte”, de gesto duro pero “interior ardiente” que abrió “brecha en la endurecida costra de los prejuicios” de una sociedad todavía muy machista. Un contexto que se nos revela junto al retrato particular que, sin caer en la hagiografía, Montero realiza de la científica, alguien que logró quizá lo más difícil: ser humana y excepcional a un tiempo.

José Luis Corral y Arturo Pérez-Reverte: duelo sin rival

Por Paula Arenas Martín-Abrilpaula_arenas

“El pasotismo es apoyar al sistema y gente como Arturo Pérez-Reverte es lo que hacen”. José Luis Corral se despachó a gusto cuando, entre pregunta y pregunta sobre su obra El médico hereje (Planeta), le pregunté sobre posturas, en mi opinión también combativas, como la de Pérez-Reverte.

No sabía que desataría las fieras del historiador y autor de la aclamada obra El Cid, aunque puede que no anduviera yo muy fina ese día, y que arremetería Corral contra la postura del creador de Alatriste y El francotirador paciente (Alfaguara) como si de un ataque personal se tratara.

corralIncluso llegó a decir: “Ya sé que los medios le bailáis el agua”… Por un momento parecía que el propio Corral encarnara a Miguel Servet y su misión fuera defenderse del polémico e inteligente Reverte como si de la Inquisición se tratara.

Sólo que…, ni estaba Pérez Reverte ni había posibilidad de resucitar a Servet. Era pues un duelo sin rival ni personaje por el que pelearse.

Tras varios “Hacen falta más Servet en estos momentos“, el médico que se jugó y perdió la vida por defender la libertad (además de haber descubierto el sistema circulatorio), y una llamada de atención sobre esta figura poco recordada, terminó la charla hablando de Arturo Pérez-Reverte (tras mi pregunta, quede claro que fui culpable de mencionar el nombre del periodista y escritor).

La llamada a la acción del historiador y su deseo de recuperar personajes de nuestra historia como Servet son afortunados, igual que su novela, pero ¿por qué le enfadó tanto el escritor al que aludí? Lástima que la conversación terminara justo ahí.

(Iba a no decirlo, pero lo voy a decir: Reverte no sale de la lista de los más vendidos desde que publicó su última novela, El francotirador paciente).

 

Libertad…, ¿sin pan y sin educación?

Por Paula Arenas Martín-Abrilpaula_arenas

Frente al autor de la serie negra protagonizada por Kostas Jaritos, Petros Márkaris (1937), uno siente que nada de lo que hay en él es falso o parte de la promoción. No le importa si las preguntas que le hago son o no de su libro, el autor nacido en Estambul y afincado en Grecia, está indignado.

Y su indignación es tan poderosa y tan de verdad que Márkaris está muy lejos de lo que algunos, no sé si jóvenes o modernos o ambas cosas (¿voy a acabar escribiendo la palabrita?), llaman postureo.

El escritor Petros Márkaris en Madrid (FOTO: JORGE PARÍS)

Petros Márkaris, de visita en Madrid por su novela Pan, educación, libertad  (FOTO: JORGE PARÍS)

“Al final van a tener que salvarnos ustedes de la crisis, porque los jóvenes y los no tan jóvenes, estamos atontados” le digo. Su generación que lo ha vivido todo (no todos, claro, sólo algunos), sabrá cómo… Digo yo.

De hecho es él quien, con mucha habilidad, se ha servido de la novela negra y su popular detective Kostas Jaritos para denunciar lo que está ocurriendo. Así, ha cerrado la Trilogía de la Crisis con Pan, educación, libertad (Tusquets), el lema que usaron los griegos en el 73. 

“Empecé a escribir novela negra a los 50 años” me dice, y no sé si va a reírse o a soltar alguna ironía, “y uno de mis maestros fue Vázquez Montalbán”. No se lo digo, pero pienso que seguramente ya habrá quien diga lo mismo citándolo a él como ejemplo. Más con estas tres últimas novelas que, sin ofender, sacude las verdades a la cara del que lee.

“Alemania cree que puede seguir actuando sin escuchar a la gente, y por eso esto va a acabar muy mal”, dispara, “Se han olvidado de las personas para hablar de cifras”, dispara, “Lós jóvenes no saben cómo luchar porque para ello hay que aprender, y eso es lo que les falta”, vuelve a disparar.

Todo lo que dice Márkaris es un titular, y ninguno premeditado o aprendido. El enfado se le ve en el rostro, en los gestos, en las maneras. En ese modo de preguntar retóricamente cómo es posible que estemos todos tan tranquilos mientras nos quedamos en un vacío absoluto.

El vacío que muestra, no como elemento fundamental de la ficción pero sí con la suficiente maestría para que no pase inadvertido, en  Pan, educación, libertad. Historia que, por cierto y esto es aventurar bastante: nos lleva hasta una Grecia que ha vuelto al dracma, una España con peseta y una Italia con lira. Hay asesinato, por supuesto, y hay investigación. Por eso se lee tan bien, porque no tenemos la sensación de que alguien nos adoctrina tras las páginas. Hablando con Márkaris tampoco se tiene tan incómoda sensación. Y eso es lo más complejo: decirlo, denunciarlo, incluso gritarlo, sin querer imponer nada a nadie.  

 

‘Operación Dulce’: la “novela de novelas” de un valor seguro, Ian McEwan

Por María J. Mateomariajesus_mateo
Hablar sobre Operación Dulce (Anagrama) no es fácil. Y quizá porque comentar esta obra implica referirse a muchas novelas a la vez. Remitirse a la particular novela de espionaje que Ian McEwan traza en sus casi 400 páginas, pero también a la obra amorosa y a la “autobiografía distorsionada” que comprende. También aludir al juego metaliterario y al compendio de títulos sobre la Guerra Fría del que el autor se empapó antes de ejecutarla.

Bien lo saben quienes ya le hayan leído: la pluma de McEwan es extremadamente rica. Y sin embargo, hay pocos autores capaces de hacer tan fácil lo difícil. De mezclar realidad y ficción, y lograr la cadencia perfecta para que una página nos lleve a la otra y seguir leyendo sea un acto necesario, casi involuntario.

144436Con la historia de Serena Frome, una joven estudiante reclutada en Cambridge en la década de los setenta por el servicio secreto británico MI5, McEwan ha vuelto a lograrlo. Y ha demostrado que, aunque cambie el envoltorio (bajo el sobrenombre de “novela de espionaje”) la esencia se mantiene: un nivel continuo de interés, una prosa bella como pocas y una astucia psicológica y narrativa que están muy por encima de la media.

La diferencia en esta ocasión es el mundo que revela su foco: la llamada “guerra fría cultural” o “guerra de las ideas” que tuvo lugar bajo el auspicio del servicio secreto británico y, especialmente, de la CIA, empeñada en secreto y a golpe de talonario en convencer a los intelectuales de que Occidente era la mejor opción. Un contexto en el que Frome, el personaje principal de la novela, participa activamente enrolando en una fundación a Tom Haley, un joven escritor que tiene mucho del McEwan principiante, y del que acabará enamorándose.

Pero, más allá de este telón de fondo en el que se describe la intromisión del poder en la cultura de aquellos años, Operación Dulce es, como ha declarado el propio McEwan, una historia de amor. La que surge entre un hombre y una mujer pero, sobre todo, la que se da entre los lectores (y el propio autor) y la literatura. Un homenaje a la escritura y al poder de la imaginación que McEwan logra con la relación que se establece entre la joven espía, incansable lectora, y Haley, el escritor algo inexperto en el que podemos adivinar a una suerte de “alter ego” del autor.

Un guiño, al fin y al cabo, a la novela, el espacio en el que el británico se sigue reconociendo como lo que es: un avezado explorador de las relaciones humanas.

 

¿Está la risa prohibida en España?

Por María J. Mateomariajesus_mateo
¿Está la risa prohibida en las letras españolas? Ellos sostienen que sí. Que la sátira desapareció de los libros en un momento concreto de la historia de este país y por motivos interesados: porque el “poder intelectual”, las élites imperantes, quisieron combatir el humor, “el principal disolvente del miedo”, que es a su vez la primera herramienta del poder.

Ellos son Rafael Reig y Antonio Orejudo, dos de los escritores que con más destreza y asiduidad practican el humor en sus letras: “serpiente venenosa” y “fauno” o cuadrúpedo con forma animal de cintura para abajo, como se definieron este fin de semana durante la celebración del Festival Eñe, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Y yo, que asisto a su cruce de divertidos y fraternales dardos desde mi butaca del Teatro Fernando Rojas del recinto, asiento.

FOTO.Antonio-Orejudo-300x198Ellos siguen preguntándose —y lamentándose, más allá del tono de sorna— cómo es posible que en España esté tan mal visto el humor y “en qué momento se prohibió la literatura de la diversión” cuando la tradición literaria de este país la construyeron autores como Cervantes, Quevedo o Galdós y títulos como El Lazarillo o El Libro de buen amor. “¿Cuándo se jodió la literatura española?”, llega a espetar Reig, a quien Orejudo responde acto seguido: “Fíjate que el humor tiene tan mala prensa que a veces hay que añadirle la coletilla de “humor inteligente” porque se da por hecho que es imbécil”.

Escuchándolos, piensa uno que en realidad el humor es una cosa muy seria. Y que estos tipos, más allá de la burla o el chascarrillo que se les ve practicar, son circunspectos.

Mis sospechas se confirman. Aseguran que, lejos de esa falsa creencia que apunta a que el humor es “esa cosa de los Morancos”, la risa es en realidad el signo de una visión crítica de la vida, un acto en defensa propia, “esa película vítrea que protege a nuestros ojos de las agresiones, del polvo”, sostiene el autor de Ventajas de viajar en tren (que, dicho sea de paso, es uno de los libros más ingeniosos que he leído jamás).

12795Rafael Reig, conocido más allá de sus títulos por sus sonados ataques a la literatura de autores como Javier Marías o Pérez-Reverte, se confiesa: “Solo es posible hacer sátira desde una posición moralista y yo me siento como un cura, como un clérigo cerbatán”. Y Orejudo le respalda: “Estamos muy lejos del chiste y más cerca del cura que está en el púlpito y censura actitudes. Tenemos una función regeneracionista y mantenemos la idea de revelar al público el vacío que esconde la solemnidad”.

Una solemnidad a la que atacan sin pelos en la lengua y en cuyas faldas encuentran a los que consideran culpables del destierro de la risa: “la iglesia laica de la generación 27” o el 98. Una ofensiva de la que, esta vez sí, me aparto… quizá por la veneración que profeso a la mayoría de sus miembros y quizá porque yo también practico o disfruto con la tragedia, bien por defecto o bien por incapacidad: es mucho más difícil escribir humor, hacer de él algo trascendente.

Y es que, en efecto, el humor es un territorio arriesgado que  “solo puede ser entendido en su contexto” y en el que el escritor puede patinar con más facilidad que en la tragedia, donde se remite siempre a universales inteligibles en cualquier espacio y tiempo. Los sátiros, a cambio, nos ofrecen ir más allá, causándonos el llanto y la risa a un tiempo, y permitiéndonos observar el mundo de un modo más saludable, más ligero. Urge, por tanto (voy a ser moralista), rescatar a la risa del exilio y traerla de vuelta del país del descrédito. 

Nosotros, los ilusos, mucho más que una generación desorientada

Por María J. Mateomariajesus_mateo

Nosotros, los ilusos, somos mucho más que una generación desorientada. Mucho más que todos esos jóvenes detenidos en una sala de espera, cuyas vidas son una especie de “septiembre” continuo… limbo, transición, paréntesis.

Más que ese grupo de personas que habitamos en pisos compartidos, con “estados de ánimo frágiles” y a los que “la coloración de la vida” puede cambiar en cuestión de un instante. Más que esas existencias sin contorno que coleccionan amores virtuales y proyectos indefinidos, abortados a veces, antes de tiempo.

ilusosPorque los ilusos —o entusiastas, si arrancamos el matiz venenoso— somos más que un conjunto de coetáneos urbanitas, ocultos tras el membrete de la crisis. Nuestras vidas se componen de los mismos ingredientes de los que se nutrieron otros grupos, otras “tribus”, otras generaciones: nos alimentamos también de miedo, dudas, deseo.

Pensaba todo esto mientras cruzaba el pasado sábado, ya de madrugada, la Plaza Mayor y me acordaba a su paso del maravilloso plano que Jonás Trueba registró en Los ilusos. La plaza, solitaria y “a escala neorrealista”. Y yo de pronto, dentro de la película —con sus protagonistas, los ilusos atravesando el espacio “al amanecer como los inútiles de Fellini”—, en ese escenario fascinante que el cineasta exhibió hace unos meses en blanco y negro, y del que dio cuenta también en Las Ilusiones (Periférica), el libro que escribió casi al mismo tiempo.

Me vi dentro y desde fuera a la vez. En ese deambular incierto en el que no solo caminamos los de mi generación. Como parte de ese cuerpo de personas de las que habla Trueba: de esas que hacen cine sin llegar a hacerlo —o escriben sin llegar escribir—, y como ellas, de vuelta de un día de sucesivas reuniones con vino y café, de conversaciones encadenadas con conocidos y amigos sobre presentes inciertos, amores que no llegan a erupcionar y horizontes imaginarios.

Rememoré esa “tela de araña” que es el libro, donde se bosquejan historias a base de pinceladas, sin trama ni aparente argumento, y donde se respira el mismo aire de ensoñación que se da en la película. Y reparé en que el cine literario o la literatura cinematográfica del joven Trueba remite, como él mismo insistía a Noemí López Trujillo, a un sustrato esencial. Al miedo, a las dudas y al deseo que sentimos los seres humanos desde el día primer día. Al atavismo, del que hablaba precisamente hace unas semanas mi amigo el escritor y periodista Pepe Prieto.

Es cierto, pensaba. Sus obras remiten a esas cosas que te rondan la cabeza cuando regresas a casa un sábado, pasadas las 5 de la mañana. A la última persona que te hirió y a la última a la que hiciste sufrir. Al orgullo ganado y al vencido. Al “hábito del amor” que “se alarga siempre” como expresión de una necesidad primaria: el afecto. Y a ese devenir incierto que es y será siempre la vida.

Por eso, reparé de nuevo en la capacidad integradora de la expresión. En lo grande que es y será la comunidad ilusa. Más que una generación, una especie que —en palabras del gran Fernando Fernán Gómez, recogidas en Las ilusiones— camina a veces “sobre los mares de la angustia, por la cuerda floja”.