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Nosotros, los ilusos, mucho más que una generación desorientada

Por María J. Mateomariajesus_mateo

Nosotros, los ilusos, somos mucho más que una generación desorientada. Mucho más que todos esos jóvenes detenidos en una sala de espera, cuyas vidas son una especie de “septiembre” continuo… limbo, transición, paréntesis.

Más que ese grupo de personas que habitamos en pisos compartidos, con “estados de ánimo frágiles” y a los que “la coloración de la vida” puede cambiar en cuestión de un instante. Más que esas existencias sin contorno que coleccionan amores virtuales y proyectos indefinidos, abortados a veces, antes de tiempo.

ilusosPorque los ilusos —o entusiastas, si arrancamos el matiz venenoso— somos más que un conjunto de coetáneos urbanitas, ocultos tras el membrete de la crisis. Nuestras vidas se componen de los mismos ingredientes de los que se nutrieron otros grupos, otras “tribus”, otras generaciones: nos alimentamos también de miedo, dudas, deseo.

Pensaba todo esto mientras cruzaba el pasado sábado, ya de madrugada, la Plaza Mayor y me acordaba a su paso del maravilloso plano que Jonás Trueba registró en Los ilusos. La plaza, solitaria y “a escala neorrealista”. Y yo de pronto, dentro de la película —con sus protagonistas, los ilusos atravesando el espacio “al amanecer como los inútiles de Fellini”—, en ese escenario fascinante que el cineasta exhibió hace unos meses en blanco y negro, y del que dio cuenta también en Las Ilusiones (Periférica), el libro que escribió casi al mismo tiempo.

Me vi dentro y desde fuera a la vez. En ese deambular incierto en el que no solo caminamos los de mi generación. Como parte de ese cuerpo de personas de las que habla Trueba: de esas que hacen cine sin llegar a hacerlo —o escriben sin llegar escribir—, y como ellas, de vuelta de un día de sucesivas reuniones con vino y café, de conversaciones encadenadas con conocidos y amigos sobre presentes inciertos, amores que no llegan a erupcionar y horizontes imaginarios.

Rememoré esa “tela de araña” que es el libro, donde se bosquejan historias a base de pinceladas, sin trama ni aparente argumento, y donde se respira el mismo aire de ensoñación que se da en la película. Y reparé en que el cine literario o la literatura cinematográfica del joven Trueba remite, como él mismo insistía a Noemí López Trujillo, a un sustrato esencial. Al miedo, a las dudas y al deseo que sentimos los seres humanos desde el día primer día. Al atavismo, del que hablaba precisamente hace unas semanas mi amigo el escritor y periodista Pepe Prieto.

Es cierto, pensaba. Sus obras remiten a esas cosas que te rondan la cabeza cuando regresas a casa un sábado, pasadas las 5 de la mañana. A la última persona que te hirió y a la última a la que hiciste sufrir. Al orgullo ganado y al vencido. Al “hábito del amor” que “se alarga siempre” como expresión de una necesidad primaria: el afecto. Y a ese devenir incierto que es y será siempre la vida.

Por eso, reparé de nuevo en la capacidad integradora de la expresión. En lo grande que es y será la comunidad ilusa. Más que una generación, una especie que —en palabras del gran Fernando Fernán Gómez, recogidas en Las ilusiones— camina a veces “sobre los mares de la angustia, por la cuerda floja”. 

 

 

1 comentario

  1. Dice ser Carla

    Ilusión y pasión. La mejor forma de comenzar la semana.

    Carla
    http://www.lasbolaschinas.com

    11 Noviembre 2013 | 09:41

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