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¿El vino tinto a temperatura ambiente? De eso nada, y menos en verano

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El blanco frío y el tinto a temperatura ambiente. Una de esas frases que de tanto escuchar y repetir muchos han acabado por creer y, lo que es peor, aplicar. El resultado es esa extendida manía de servir el tinto caliente. Si normalmente no le hace ningún favor al vino, en verano puede llegar a convertirse en un auténtico problema.

Así que para acabar con otro de esos mitos instalados en el mundo del vino hemos vuelto a preguntarle a Arnau Marco, sumiller de ConsultVi, que hace unas semanas ya nos sacó de dudas respecto al mejor maridaje para el jamón.

¿A qué temperatura tenemos que servir el tinto? “Depende de las características del vino, pero en los jóvenes oscila entre los 13-14 grados, y para los vinos con más crianza entre 14 y 16 grados“, apunta. Así que, aquello de que el tinto a 18 grados está perfecto toca ir borrándolo.

Teniendo en cuenta que la botella irá cogiendo temperatura a lo largo de la comida, lo habitual es sacarla un poco más fría para ir adecuando su temperatura en el servicio. De ahí que, igual que con las botellas de vino blanco, también con el tinto es necesaria una cubitera con agua y hielo. Un detalle a tener en cuenta, sobre todo en los restaurantes donde rara vez el tinto se sirve así.

En este caso, eso sí, Marco recomienda usar sólo una docena de hielos -menos que con el blanco- y agua que cubra hasta el cuello de la botella. “Así mantendremos el vino entre 14-16 grados durante toda la comida. En el caso de que se ponga muy frío siempre estaremos a tiempo de sacarlo de la cubitera y dejarlo atemperar encima de la mesa”, explica.

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‘Paquito el Chocolatero’ también es un vino

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No sólo es el pasadoble más conocido del país, uno de los temas más tocados en directo y versionados en la historia musical de España, la banda sonora de cualquier verbena que se precie y la coreografía con la que muchos -y muchas- se habrán arrimado a las mozas -y mozos- del pueblo, Paquito el Chocolatero es también un vino.

Mientras vais tarareando ya su pegadiza melodía -a ser posible,mejor la versión original, no eso que hizo King África- un poco de historia: fue compuesta en 1937 por Gustavo Pascual Falcó en homenaje a su cuñado, que se llamaba Paco y que era -sorpresa- chocolatero. Originaria de la provincia de Alicante, esta música se hizo muy popular por allí en las fiestas de Moros y Cristianos, aunque su fama pronto trascendió a todas partes.

¿Y qué tiene que ver todo esto con un vino? Para salir de dudas, hablamos con Juan Cascant, de la bodega Celler la Muntanya, y artífice de este vino musical que salió al mercado en 2011. Sí, vamos con retraso, porque lo acabamos de conocer -en Mantura, un pequeño y recomendable local del barrio barcelonés de Gracia, para más señas-, le confesamos.

Pero nunca es tarde para encontrarse con un vino que cumple con los criterios habituales de esta casa: bueno, bien de precio y además con una historia detrás. Una historia en la que el hijo del compositor de este pasodoble tiene mucho que ver: tras la construcción de una autopista por la zona, quisieron recuperar unos terrenos y transformarlos en zona de viñedos, un cultivo muy arraigado en la zona -norte de Alicante, sur de Valencia- hace siglos, pero que había quedado en cierto modo olvidado.

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Crash, el Guadiana también existe

CrashLo bueno de saber más bien poco de vinos es que uno puede agarrarse a los dos criterios más extendidos a la hora de llevarse la copa a la boca: ¿nos gusta? ¿el precio es correcto? Si en ambos casos la respuesta es sí, estamos ante un vino al que merece dedicarle un minuto de atención.

El encuentro fortuito con este Ribera del Guadiana (Badajoz) se produjo hace unos días en un restaurante de Bilbao. Nombre curioso (Crash), precio moderado en carta (sí, nosotros también pedimos el segundo más barato) y una denominación de origen no demasiado habitual. La combinación perfecta para probar a ver qué pasa. Y nos gustó.

Lo cierto es que la etiqueta es de esas de doble filo. Llama la atención y consigue que rápidamente uno se quede con el nombre y pueda reconocerla en el escaparate. También tiene, por lo visto, un punto artístico suficientemente convincente como para que la Tate Gallery de Londres se fijara en él. Pero, reconozcámoslo, la creciente moda de etiquetas modernillas en los vinos está a medio paso de resultar cansina.

Pese a esa reacción casi innata de pensar que detrás de tanto diseño igual solo hay humo -se habla por ahí de un vino extremeño con precio bastante más alto y que clava este tópico- en el caso de Crash nos pasamos de suspicaces.

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