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Nuestro primer vino en lata. ¿Tiene sentido este formato?

España no es sólo uno de los mayores productores de vino del mundo, también un mercado muy particular. Bebemos menos vino del que creemos, estamos muy mal -o bien- acostumbrados a vinos de calidad a un precio muy ajustado y, en general, las innovaciones en este sector se miran con bastante desconfianza.

Así que si lo de sustituir el corcho de verdad por plástico -no digamos ya por rosca- sigue sin convencer, poner sobre la mesa una lata de vino nos sigue pareciendo una auténtica marcianada. Algo, en todo caso, reservado para turistas despistados, vinos de dudosa calidad y, en fin, para ese tipo de salvajes que serían capaces de ponerle hielo al vino blanco o rosado.

En realidad el vino en lata hace mucho que existe y está más o menos normalizado en otros países. Por aquí, cada vez que alguien se anima con este formato lo hace hablando de revolución, nuevos momentos de consumo, llegar a un público más joven…

La teoría y el marketing están muy bien. Pero el caso es que a estas alturas todavía no nos habíamos animado a probar un vino en lata. Poco sospechosos de puristas -al arroz le echamos cosas y ya hemos probado formatos diferentes de vinos– es verdad que la lata se nos resistía.

Así que unas muestras gentileza de Zeena -una marca española que está apostando fuerte por el vino en lata- fueron la excusa perfecta para hacer los deberes y probar de una vez el vino en lata. Tinto, blanco y rosado a la nevera y a ver qué tal.

Empezamos por lo bueno: los tres vinos son muy correctos. Especialmente el tinto, que bien fresco es uno de esos vinos jóvenes, suaves y fáciles de beber con todo.

El tamaño de las latas (200 o 250 ml) también es una gran idea: es la medida perfecta de una copa un poco generosa o de un par de copas un poco justas.

¿Pero qué vinos son? ¿De dónde vienen? ¿Qué uva? Aquí el marketing vuelve a mandar, porque aunque la información está disponible (garnacha blanca y tinta de la zona de Tarragona) tienen más protagonismo otros mensajes, como que es un vino orgánico (es decir, ecológico) y vegano. Se supone que al potencial comprador le interesa más estos datos que los habituales en el mundo del vino.

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