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No, el gobierno no ha prohibido los dulces para niños

(Foto: GTres)

Es una gran noticia. No hay debate posible. Regular la publicidad de alimentos poco saludables para menores era una asignatura pendiente y el Ministerio de Consumo por fin ha tenido la valentía de ponerse manos a la obra con este asunto.

El tema es muy sencillo y, en realidad, todo el mundo lo entiende perfectamente: puedes seguir dando de comer a tu retoño lo que te de la gana, simplemente ahora las marcas tendrán unas normas específicas que regularán los mensajes que se pueden lanzar para menores de edad de alimentos poco saludables.

Y entre ellas figura algo tan lógico como prohibir la publicidad de dulces, snacks, bebidas azucaradas, zumos, helados y compañía para menores de 16 años. Los datos sobre el aumento de obesidad infantil son tan evidentes como la nula intención de la industria alimentaria de regularse por sí sola.

Así que la regulación de la publicidad no solo es necesaria, sino urgente. Así coinciden en señalarlo los nutricionistas que llevan años reclamando una medida similar.

Pese a todo ello y por surrealista que pueda parecer, hay gente a la que no le parece bien. O eso dicen. El fango político, por supuesto, tampoco tiene miramientos cuando se habla de algo tan serio como la alimentación infantil, y no dudan en utilizar cualquier asunto como arma arrojadiza.

Ocurrió con la carne y la historia se repite con esto. El tema es lo de menos, lo importante es atacar al ministro Garzón aunque para ello haya que defender la supuesta libertad que supone que tu hijo al encender la tele se coma un anuncio de Phoskitos.

Y aquí estamos, a finales de 2021 cuestionando lo obvio, con presidentas autonómicas intentando sacar tajada del asunto y la maquinaria de siempre intentando hacer calar la idea de que el gobierno ahora quiere prohibir los dulces para niños.

Lo peor de todo, y lo más peligroso -ese es el objetivo, claro-, es que al final la mentira acaba calando y más de uno llegará mañana al parque, con su bolsa de Risketos XL para el crío, diciendo que hasta esto nos quieren quitar.

Solo un apunte: ojalá esta regulación llegue también a Youtube, Twitch y demás redes sociales, donde muchos influencers no tienen reparo en vender a menores comida nada saludable. Ese melón también habrá que abrirlo en algún momento.

La nocilla realfood o el timo de hacer creer que una crema de cacao puede ser saludable

¿Para cuándo la Comtessa Realfood?, tuiteó algún gracioso -yo- en plena polémica entre Carlos Ríos y los nutricionistas que se atrevieron a puntualizar algunas cosas de su ya famosa crema de cacao.

Sí, el señor realfooding, que hace poco gritaba ultraprocesado a unos cuantos alimentos, ha sacado al mercado una crema de cacao.

¿Una nocilla saludable? ¿Es eso posible? ¿Por qué a nadie se le había ocurrido hasta ahora? ¿Nos está engañando la malvada industria alimentaria y Ríos por fin ha venido a rescatarnos y permitir que los míticos sandwiches de nocilla -en minúsculas, para que quede claro que es un genérico, no una marca- podrán ser detox?

Bromas al margen, da la sensación de que a estas alturas todo el mundo está al tanto de la bronca. Pero pensarlo sería un error. En realidad, el 99% de la población no tiene ni idea de que va la pelea, posiblemente tampoco conocerá a Carlos Ríos y, sobre todo, le importará bien poco el asunto.

Y precisamente ahí radica parte del problema. No en no conocer a Ríos y su negocio, evidentemente, sino en que lo único que sabrán es lo que verán en el supermercado. Y será una crema de cacao que hace alguna que otra trampa en su etiquetado y que presenta como saludable un producto que hasta ahora asociábamos automáticamente con algo poco recomendable desde el punto de vista nutricional.

No vamos a volver sobre el asunto del etiquetado -la gran Beatriz Robles lo ha explicado muy bien- o sobre si es un ultraprocesado o no, porque de eso se ha encargado también otro de nuestros nutricionistas de cabecera: Juan Revenga. En sus respectivas redes sociales lo explican con todo lujo de detalles.

¿La respuesta de Ríos? Echarse al monte y decir que todo es algo así como una conspiración. O comulgas con su discurso y sus productos o es que estás en nómina de Nestlé. Curiosamente, con esta crema es él quien está cayendo de lleno en las prácticas de esa industria a la que se supone que criticaba.

Lo del hummus ya hizo saltar las alarmas. El hummus preparado es, en general, saludable. Podemos discutir calidades, sabores y, sobre todo, reivindicar hacerlo en casa porque es facilísimo. Eso es, seguramente, lo que se esperaba de Carlos Ríos: contra los ultrapreocesados, más ir al mercado y más cocinar. Pero, claro, eso no da mucho dinero y lo de vivir solo de libros es complicado.

Pero vaya, que su hummus era impecable, aunque insinuar que los demás no lo eran ya chirriaba. La cosa se ha complicado con la crema de cacao “sin azúcares añadidos”. A estas alturas ya hemos aprendido que un reclamo de este tipo es justo lo que usan los malos productos para tomarnos el pelo.

El asunto hace días que se fue de madre. No solo por los insultos de Ríos a quienes han cuestionado su producto, sino porque en esa deriva sectaria del asunto no ha dudado en hablar de propiedades cardiosaludables de su producto y en hablar de una ración recomendaba de entre 2 y 4 cucharadas al día.

Repetimos: el gurú de la comida real está recomendando tomar hasta 4 cucharadas de una crema de cacao al día. Si esto no hace saltar todas las alarmas, suponemos que habrá que esperar a esa Comtessa realfooder de la que bromeábamos.

En realidad, el problema es muy sencillo: hacer creer a la gente que un producto como una crema de cacao puede ser saludable es una pésima idea. Suponemos que un buen negocio, pero una estrategia peligrosa.

¡Pero es mejor que la Nutella!, gritan sus fans. Pues mira, igual tampoco. Porque cuando uno se zampa un bocadillo de Nutella o mete el dedazo en el bote de Nocilla es consciente de que no es sano ni lo pretende.

Un capricho puntual sin más aspiraciones y al que cabe exigir un etiquetado legal y todas las advertencias nutricionales y restricciones publicitarias para los niños. Frente a ello, hacer creer que una crema de cacao por mucho sello realfood que lleve puede formar parte de una dieta saludable es sencillamente absurdo.

Estos son los alimentos que suman y restan minutos de vida

Con el permiso de enero, septiembre suele ser el otro gran momento del año para los buenos propósitos. Y entre ellos, lo de comer mejor tiene un lugar destacado. Nada de dietas -y menos dietas de esas absurdas y con apellido-, pero siempre es buena idea dedicar un momento a pensar qué comemos y cómo podemos hacerlo de forma más saludable.

Pero no nos engañemos. En realidad, conocemos la teoría de sobra y sabemos perfectamente qué es lo que habría que ir reduciendo (carne, ultraprocesados, alcohol…) y de qué hay que comer más. No obstante, siempre está bien contar con nuevos argumentos para reforzar el plan, y el estudio que han elaborado en la Universidad de Michigan la verdad es que es muy potente.

Y es que en su estudio, Health Nutritional Index han elaborado una lista con los minutos de vida saludable que restan algunos alimentos y los que suman otros. Si además de nuestra salud y lorzas, también nos preocupa el tema medioambiental, por el mismo precio podemos saber la huella de carbono que conlleva cada uno de los productos que añadimos a la lista de la compra y a nuestro menú semanal.

Según estos datos, por ejemplo, un perrito caliente nos resta 36 minutos de vida, mientras que una ración de frutos secos y semillas nos permite alargar nuestro reloj vital unos 25 minutos. Hablan siempre de vida saludable, es decir, no habría que pensar en este curioso estudio como una especie de cuenta atrás que se va actualizando cada vez que nos sentamos en la mesa.

En realidad, solo se trata de poner en cifras y darle un enfoque un tanto mediático a lo que ya se sabe. Es decir, esta especie de reloj nutricional y vital no descubre nada: carnes, refrescos y compañía están en la parte mala; verduras, frutas y legumbres en la buena; y otros alimentos (lácteos) están en la zona neutra.

Curiosamente, estos últimos parecen situarse en un nivel de huella de carbono similar a un pepino, lo que hace pensar que la ganadería industrial, en su vertiente de lácteos, y la agricultura extensiva tienen el mismo peso medioambiental. En cualquier caso, hablamos siempre de datos y números basados en Estados Unidos.

Es verdad que estar zampándose una hamburguesa pensando que eso significa media hora menos en condiciones en este mundo puede genera un poco de ansiedad. Una pésima idea para quienes tratan de comer de forma más saludable y se sienten mal cada vez que se comen algo que no corresponde con el plan. Lo comentábamos el otro día al hablar de la cara B del realfoodismo.

Tampoco nos parece muy justo eso de dejar en manos del consumidor la responsabilidad medioambiental. Por ejemplo, según este estudio, reduciendo solo el 10% de la ingesta calórica a base de carne se consigue disminuir la huella de carbón una tercera parte. Y, de regalo, 48 minutos más de vida que se ganan cada día.

Suena tentador y, en efecto, nos parece un argumento interesante para quien lo pueda utilizar para animarse. Mejorar la dieta en esa dirección no parece complicado, y con los beneficios tan claros sobre la mesa menos aún.

Pero también implica que se está trasladando toda la culpa al consumidor. Si no reduces tu huella de carbono te estás cargando el planeta. Si no comes mejor, te vas a morir antes o vas a vivir peor. Que sea cierto no significa que sea injusto y absurdo descontextualizarlo de las políticas y leyes que tienen que ir de la mano para, por ejemplo, regular la publicidad y las prácticas de la gran industria alimentaria. Y pasar una buena factura a quienes no lo cumplan, claro.

El 90% de los anuncios de alimentos para niños se saltan la normativa (y no pasa nada)

(Foto GTres)

La industria alimentaria tiene muy mala fama, eso es poco discutible. Y pese a que hay muchas cosas que se hacen bien, hay un punto que no les ayuda en absoluto a mejorar su imagen y donde suelen mostrar todas sus miserias: los productos dirigidos a niños y cómo se publicitan.

Porque una cosa es que nos quieran vender a nosotros una mahonesa sabor Oreo -que no existe, ya lo sabemos- y otra colar zumos, cereales del desayuno o galletas a los más pequeños. Usando para ello, por supuesto, toda la artillería publicitaria disponible, tanto en el diseño de la galleta en cuestión como en la caja, la colocación en el supermercado, el uso de dibujos animados para llamar la atención…

¿Exageramos? Podría parecer, pero un reciente estudio de la Universidad de Sevilla ha confirmado las peores sospechas: 9 de cada 10 anuncios dirigidos a niños se saltan la normativa que regula el contenido sobre alimentación y salud para este público.

El 90%, no algo puntual, o un anuncio que se les va de la manos, sino una estrategia consciente, repetida y que ignora totalmente las reglas al respecto. Por si alguien se había creído eso de que la publicidad -como el mercado- se regula solo y no hace falta vigilarlo de cerca.

Para el estudio se ha trabajado con 177 anuncios emitidos en horario infantil en 5 cadenas de ámbito nacional. Y los resultados dejan poco margen a las dudas: se produce un flagrante y continuo incumplimiento del Código PAOS que, en teoría, las empresas del sector se comprometen a seguir en sus mensajes publicitarios y que está operativo desde 2005 y ampliado en 2012.

Los que más se saltan las normas -señala este interesante informe- son los productos lácteos, seguidos de la bollería industrial, mientras que refrescos, salsas y snacks cumplen algo más la normativa.

¿Y cómo es posible que esto ocurra? ¿Acaso les compensa pagar las multas por infringir la normativa? Porque habrá multas, ¿verdad? Pues no. El cumplimiento de este código es más bien un acto de fe que presupone que las empresas del sector se preocupan más por la salud de sus clientes más pequeños que por las ventas.

Algo que, como ha vuelto a quedar demostrado, no ocurre. «En España, alrededor del 50% de los espacios comerciales de bebidas y alimentos dirigidos a menores de 12 años son de productos no saludables”, denuncian los autores de este estudio.

¿Hacen falta más razones para exigir ya una legislación real -nada de autorregulación, nada de buenas intenciones- que ponga un poco de orden en este asunto?

Un documento interno evidencia que los productos insanos (a conciencia) llenan las estanterías de los supermercados

El agua moja; en verano en Córdoba hace calor;y muchos de los productos de Nestlé no son saludables. Las tres noticias son más o menos igual de sorprendentes e inesperadas. Esta vez no ha sido el sindicado de nutricionistas quienes han señalado la evidencia del portafolio de la multinacional, sino que la propia compañía lo ha reconocido.

¿Un acto de contrición por el daño hecho en tantos desayunos con cereales que presumen de saludables y no lo son? ¿El principio de una nueva era? Por supuesto, nada de eso. Se trata de un documento interno que hace unos días publicó Finantial Times y provocó una aluvión de titulares del tipo «qué vergüenza, aquí se juega» de la escena aquella de Casablanca. Por recurrir a los tópicos.

Pese a lo evidente de todo ello, es verdad que el informe tiene su interés. Hay que matizar que no hablan de productos de alimentación infantil, la gama de cafés, alimentos especiales o para animales. Pero, para el resto de su portfolio, las cifras internas dejan poco margen a las dudas: solo el 37% podría entrar dentro de la calificación de saludable.

Pero, seguramente, lo más interesante es el apunte que hacen los autores de un informe que, claro, no estaba pensado para que saliera a la luz: hay productos que, por su propia naturaleza y composición, nunca podrán ser sanos, por mucho que se renueven.

O por mucho que se juegue al Nutriscore, añadiríamos nosotros al comprobar que los cereales Chocapic lucen orgullos una B. Y que en su web oficial, la empresa presume, precisamente, de haber ido mejorando la lista de ingredientes estos años para lograr esa nota.

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¿Son los fritos realmente malos para la salud?

Hace unas semanas se habló mucho sobre un estudio que concluía que el aceite de orujo era la mejor opción para las frituras. Algo que igual muchos ya sabían, pero que posiblemente sorprendió a la mayoría, acostumbrados como estamos a asumir que el aceite de oliva es siempre la mejor opción para todo.

De hecho, la mala fama en el país -por motivos obvios- del aceite de colza hace que apenas se tenga en cuenta un aceite vegetal que puede ser interesante.

El caso es que, aprovechando el tema de las frituras, nos ha parecido muy interesante el artículo que al respecto han publicado en Malnutridos, donde aportan una visión científica de diferentes temas relacionados con la alimentación y la nutrición.

¿De verdad son los fritos tan malos como se suele creer o se trata de simple inercia repetida a lo largo de los años y no es para tanto?, se preguntan. Una duda de lo más interesante para saber si tienen sentidos todos esos artículos que hacemos sobre cómo hacer las cosas al horno o a la plancha en lugar de fritas y lo supuestamente santísimas que son esas alternativas.

Merece la pena leer el artículo completo y los diferentes estudios científicos que repasan sobre el tema. Pero quienes busquen una respuesta rápida, seguro que les interesa saber que en 2015 un estudio de la Universidad de Navarra basado en más de una veintena de estudios anteriores tildaba de mito la relación entre alimentos fritos y riesgo cardiovascular.

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Hummus ‘realfooding’: un buen producto, un mensaje regular

Por fin un hummus sin aditivos, lactosa o gluten. Un momento, ¿el hummus lleva lactosa, gluten o peligrosos aditivos? Si lo hacemos en casa, evidentemente no. Es muy fácil y queda estupendo, así que por aquí llevamos años reivindicando más hummus casero y menos Hacendado.

Pero incluso si lo compramos ya preparado, lo del lácteo y el gluten ni está ni se le espera. Lo de los aditivos, algunos tienen conservantes, otros no. Punto.

Todo esto viene a raíz del primer producto que Carlos Ríos lanza al mercado utilizando eso de la real food como marca propia. En colaboración con la casa Taste Shukran, su ‘Hummus 100% Natural’ estrena sello «realfooding» y promete ser el primero de sus productos con esta denominación de “comida de verdad”.

Tal vez algún ingenuo llegó a pensar que comida de verdad era ir al mercado a comprar y cocinar en casa, no tirar de preparados del super. Pero posiblemente es que no entendió bien la jugada.

Pero dejemos el sarcasmo, porque el hummus en cuestión tiene una pinta estupenda y una lista de ingredientes más que correcta: un 60% de garbanzos, agua, tahini, 7% de aceite de oliva, zumo de limón, sal, ajo en polvo, comino y pimentón dulce.

Desde Taste Shukran nos dan algún detalle más que nos parece muy interesante: tanto el aceite de oliva (no AOVE, por lo visto) como los garbanzos, son de Andalucía.

Rico, bien elaborado y por una de las firmas que mejor hummus prepara en España… ¿Dónde está el problema más allá de lo que nos pueda chirriar convertir en un negocio algo tan serio como los mensajes sobre la denominada comida real?

Por aquí hablan del asunto y le dan un buen repaso desde el punto de vista científico. Porque la pregunta que nos hicimos al descubrir este producto y compararlo con la amplia gama de hummus de la marca es, ¿dónde está la diferencia?

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Al sector del queso tampoco le gusta Nutriscore

Da igual que Nutriscore esté diseñado para comparar productos dentro de una misma categoría y no para, por ejemplo, enfrentar a un refresco con una ración de jamón. También da igual que, a grandes rasgos, pueda tener cierta utilidad a la hora de identificar a simple vista si un alimento estaría dentro de los sanos o de los no recomendables.

Da igual, porque lo que está claro es que nadie quiere su etiqueta una D o una E, las perores notas que otorga este semáforo nutricional. Y eso es lo que está ocurriendo con algunos productos considerados como esenciales dentro de la dieta mediterránea habitual, pero que no salen muy bien parados si se analizan sus componentes más allá del contexto histórico, cultural o gastronómico.

Ocurrió con el aceite de oliva, que ya tiene más o menos pactado su perdón. Después se apuntaron los productores de jamón ibérico, a los que el Nutriscore tampoco dejaba nada bien. Y ahora es el turno del sector del queso, que también sale muy mal parado según el criterio de este sistema de puntuación.

Ellos han sido los últimos en sumarse a la creciente lista de productos que piden ser una excepción y quedar fuera de la obligatoriedad de lucir esta información. Según explican las organizaciones gremiales del queso y el sector ganadero, la mayoría de quesos quedarán englobados en las dos peores categorías (D y E) por su contenido en grasa y sal.

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Salchichas de bolsa: el dato en el que hay que fijarse para elegir las menos malas

(Foto: GTres)

Pocos productos despiertan más sospechas sobre sus ingredientes que las salchichas cocidas. Sí, las clásicas Frankfurt de bolsa que, con un exterior y textura más o menos plasticosa, suelen tener precios de saldo y, confesémoslo, entre pan y pan, y con la salsa de turno, gustan a casi todo el mundo.

Por supuesto, nadie las va a considerar una delicatessen ni a incluirlas en al menú como una opción sana. Son lo que son, lo asumimos y jugamos a ese juego. De hecho, casi nos parece más honrado eso que vender productos ultraprocesados y cargados de azúcar abanderando un Nutriscore decente, como si fueran algo bueno.

Pero una cosa es asumir que estas salchichas nunca serán saludables y otra renunciar a optar por la mejor opción del supermercado. O la menos mala, se entiende. Hablamos a fin de cuentas de carne procesada, gran cantidad de sal y, como dirían los nutricionistas, unas proteínas con muy poco interés.

Recientemente, la siempre interesante revista Eroski Consumer le dedicaba un monográfico al asunto, donde desvelaba unas cuantas cosas muy interesantes. Dejando a un lado la insistente recomendación de moderar su consumo y considerarlas como algo prescindible, la clave de unas salchichas de bolsa más decentes es aparentemente sencilla: cuanta más cantidad de carne tengan, mejor.

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El desastre de ‘Nutriscore’: tras el aceite de oliva, el jamón también pide ser excluido del semáforo nutricional

La idea era buena: un sistema sencillo para identificar los alimentos poco saludables. Pero la implantación de Nutriscore ha vuelto a demostrar que la industria alimentaria se las sabe todas y es capaz de convertir lo que parecía un sistema interesante en una especie de trampa en la que unos cereales azucarados obtienen mejor puntuación que el aceite de oliva virgen extra. Como dice el tópico: no se podía saber.

Lo cierto es que hace ya mucho tiempo que los nutricionistas cuestionan el sistema y señalan esas grietas que la industria ha aprovechado para seguir colándonos goles en las estanterías del supermercado.

Como siempre decimos, no hay nada malo en comer unas galletas, siempre y cuando tengamos claro que unas galletas nunca serán sanas, por mucho que el departamento de marketing le ponga semillitas, “sin azúcar añadido”, o lo que quiera a la etiqueta.

Ojo que está pensado para comparar productos de una misma categoría, avisan desde hace mucho otros expertos en la materia. Y tienen razón. Es decir, no tiene sentido comparar unos Risketos -con todo nuestro cariño y respeto a este delicioso aperitivo que zampamos de vez en cuando- con un yogur natural.

El bautizado como semáforo nutricional no se inventó para eso, cierto. Pero una cosa es lo que la teoría diga y otro el uso real que el cliente le da en la práctica. Así lo demuestran los problemas que ya desde el comienzo creó la catalogación de alimentos casi sagrados en la dieta mediterránea -como el citado AOVE- en comparación con otros productos procesados que tenían mejor nota. Por poner un ejemplo sencillo: la Coca Cola Zero tiene mejor nota que el aceite.

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