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¿Qué es el glutamato monosódico? Dudas y mitos sobre si es malo para la salud

Migraña, vientre hinchado, síndrome de intestino irritable… Una lista de supuestos males que seguro que a más de uno le resulta familiar. Pero no, esta vez no hablamos del malvado gluten, sino del que tiene el honor de ser su predecesor como el ingrediente responsable de casi todos los males de la humanidad: el glutamato monosódico.

Es verdad que su nombre no ayuda mucho a darle buena imagen. Tampoco el código E-621 que lo identifica en la lista de aditivos alimentarios permitidos. Los que hablan de lo químico como algo malo frente a lo natural –obviando que todo es química– tienen aquí un argumento fácil para señalar al temido MSG (por sus siglas en inglés) como causa de decenas de enfermedades.

El glutamato es un potenciador del sabor presente en muchos alimentos procesados -las sopas de sobre o los caldos concentrados, por citar dos ejemplos muy conocidos- y directamente vinculado al sabor umami. Ese quinto sabor que podríamos traducir como “sabroso”, que está presente en alimentos como el tomate o los quesos -la lista es muy larga- y que hace ya muchos años se consiguió sintetizar para convertirlo en un ingrediente capaz de reforzar el sabor de muchos platos y productos.

Es verdad que ahora ya no se habla tanto de él, pero hace años, y antes de que el gluten ocupara tantos titulares y dietas, el glutamato fue noticia. Así lo recuerda el libro La mentira del gluten del que ya hablamos por aquí hace unos meses y que dedica a este ingrediente un interesante capítulo.

“Como el gluten lo es hoy, el GMS fue en su día el chivo expiatorio elegido. Mientras los estudios seguían buscando respuestas, y pese a estar lejos de llegar a una conclusión, tomó forma una narrativa mítica de personas luchando contra corporaciones que nos envenenaban. El GMS pasó de ser un alérgeno potencial a un supervillano dietético”, explica el libro.

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La mentira de los alimentos y las dietas ‘detox’

Lunes después del paréntesis navideño. Posiblemente uno de los días del año con más sueño, pereza y puede que remordimientos por los excesos en la mesa durante las fiestas. Pese a que, como comentábamos el otro día, en Navidades engordamos mucho menos de lo que pensamos, hoy détox y dieta depurativa son las palabras mágicas.

Y es que esta idea de los alimentos depurativos encabeza, junto a los superalimentos y al malvado gluten, tres de los mitos más absurdos y repetidos durante los últimos años. Decenas de libros, recetas, zumos y dietas hablan de ellos, y una rápida búsqueda en Instagram -paraíso de los zumos de colores- devuelve casi 7,5 millones de resultados.

En algunos casos se trata sólo de recetas con la mejor intención, en las que la buena noticia es que los vegetales son los protagonistas. El problema comienza cuando empezamos a hablar de dietas basadas en alimentarse unos días sólo a base de zumos de colorines que prometen obrar milagros en esas grasas de más que hemos engullido a base de turrones, copas de cava y ese segundo trozo de roscón de reyes que ha caído durante el fin de semana.

Sin ir más lejos, recientemente la BBC recordaba el caso de una mujer de 47 años que tuvo que ser hospitalizada tras seguir una de estas dietas a base de una mezcla de hierbas, suplementos y grandes cantidades de agua.

Lo hemos repetido por aquí unas cuantas veces, pero nunca son suficientes: no es que las dietas o los alimentos détox no funcionen, es que el simple concepto de la “desintoxicación” del cuerpo a base de comer o beber ciertos productos no tiene ningún fundamento.

Lo détox no existe porque  nuestro cuerpo no funciona así. La promesa es “resetear el cuerpo” y limpiarlo de todas esas toxinas que hemos engullido en exceso estos últimos días suena muy bien, salvo por un pequeño detalle que la ciencia se empeña en repetir: resulta que las enfermedades no se generan a causa de esas supuestas toxinas acumuladas.

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Ni es mejor comer cinco veces al día, ni el desayuno es la comida más importante. Mitos nutricionales que hay que superar

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Una mentira repetida muchas veces no se convierte en verdad, pero si acaba pasando como tal. Esta ecuación tan conocida en el mundo publicitario ha sido utilizada durante décadas en la alimentación y la nutrición, originando una larga lista de mitos tan instalados que asusta descubrir cuántas tonterías nos han estado colando.

El problema con los mitos es que desenmascararlos no es una tarea fácil, pero el dietista-nutricionista Aitor Sánchez se ha propuesto hacerlo en un libro que recoge muchos de los temas que aborda en su conocido blog Mi Dieta Cojea. Casi dos decenas de mitos alimentarios que caen ante el peso de los datos y la ciencia, y que seguro que provocan más de una reacción airada de aquellos que creen en lo que el mismo autor llama “amimefuncionismo”.

La pirámide alimentaria, las 5 comidas al día, la dieta equilibrada, el alcohol como algo beneficioso, el desayuno convertido en la comida más importante del día… hay que revisar y cuestionar de forma crítica todas esas verdades absolutas y mitos instalados en nuestros platos y cestas de la compra. ¿Seguro que esos cuentos que repite la publicidad de la industria alimentaria de forma machacona son verdad?

Posiblemente no, y aquí van unos cuantos ejemplos de los muchos que desgrana con detalle este libro. Imprescindible para quienes realmente estén interesados en su alimentación y quieran datos más allá de titulares, modas y estudios absurdos.

La culpa de todo es de la grasa. Durante las últimas décadas hemos padecido un bombardeo de información y publicidad que vincula lo “bajo en grasa” con lo sano. Una gran mentira repetida muchas veces que ha calado, pero que carece de fundamento. Una dieta baja en grasa no siempre es la mejor forma de perder peso -no suele serlo, de hecho- y reducir estos alimentos tampoco es buena idea para la salud cardiovascular. Culpar a la grasa de los males dietéticos es como echar la culpa al portero por perder un partido, apunta Sánchez.

No hay alimentos buenos ni malos. Es mentira y lo sabes, como diría uno de esos memes de Julio Iglesias. Aunque la idea de neutralidad de los alimentos está muy instalada -con moderación nada es malo o siempre puede ser útil en algún contexto, se suele decir- en realidad es una de esas mentiras que nos gustaría creer. Un refresco azucarado no es bueno. Punto. Ni hidratación, ni energía ni cuentos. “Si nos mantenemos en esa aparente neutralidad y no nos mojamos, podríamos considerar que todos los alimentos pueden llegar a tener una utilidad o un fin concreto dependiendo del momento”, alerta Sánchez.

El desayuno es la comida más importante del día. Posiblemente una de las frases más repetidas por las madres del mundo y por muchos supuestos entendidos en nutrición. Pues no, resulta que el desayuno no es la comida más importante del día, porque ninguna es más relevante que otra desde un punto de vista nutricional. En cualquier caso, dedicar el desayuno para atiborrarse de azúcar -zumo envasado, cereales, galletas…- es una pésima forma de empezar el día.

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