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La fruta y verdura envasada en plástico tiene los días contados: en 2023 estará prohibida

Fue uno de los temas que quedó desterrado de la agenda por la pandemia: los envases de plástico en el sector de la alimentación. Aunque después aprendimos que los contagios por contacto de superficies eran muy extraños, durante meses la búsqueda de cierta seguridad llevó a que el plástico y los envases recuperaran su protagonismo en supermercados, fruterías y compañía.

Las mismas frutas envasadas que poco antes nos parecían absurdas y eran criticadas pasaron a convertirse a partir de aquel fatídico marzo de 2020 en algo normal e incluso deseable por muchos. Siempre parecían pocas las capas de plástico ante un virus del que sabíamos bien poco.

Por suerte, aquello -al menos lo peor- pasó, y que se vuelva a hablar del plástico y de la necesidad de retirarlo de muchos productos es una gran noticia. Porque, en cierto modo, marca otro final de la pandemia y, sobre todo, porque hace mucha falta hacer algo ante esos tomates, plátanos y compañía recubiertos de plástico.

Ahora, este tipo de aberraciones parece tener los días contados: en 2023 quedará prohibida la venta de fruta y verdura envasada en plástico. El titular suena bien, pero a partir de ahí comienza la letra pequeña y, claro, las quejas de algunos.

De entrada, la medida solo será aplicable a lotes de fruta de menos de un kilo y medio. A partir de ese peso, estarán exentos. También aquellos productos que puedan deteriorarse de no estar protegidos por algún tipo de envase.

¿Pero de qué sirve esto si luego para coger un pepino o un pimiento hay que usar una bolsa de plástico, guantes de plástico y si te animas a poner la etiqueta directamente en la verdura puede que te miren mal al pasar por caja?

En realidad, la futura ley contempla impulsar la venta de productos a granel permitiendo que los consumidores lleven sus propios envases. De nuevo, letra pequeña: será el establecimiento el que marque la idoneidad del recipiente así como las normas higiénicas para su uso. En realidad es de sentido común que así sea, pero también deja la puerta abierta a que las cosas no cambien demasiado.

Tampoco queda claro cómo afectará, o si lo hará esta normativa, a los mayoristas. Dejando a un lado el uso de sistemas de protección necesarios para que fruta y verdura lleguen en buen estado, de poco servirá todo esto si los tomates llegan rodeados de plástico y simplemente se elimina para que, de cara a la galería, parezca más ecológico.

En ese sentido, las asociaciones de minoristas ya han mostrado sus reticencias ante un plan que, según ellos, les traslada gran parte de la responsabilidad y el trabajo para poner en práctica estas medidas.

La buena noticia es que también cosas así se dijeron en su momento cuando comenzó la retirada de las bolsas de plástico de la compa o, mejor dicho, empezar a cobrar por ellas. Aquello, guste o no, resultó ser el remedio perfecto para cambiar de costumbres e ir a la compra siempre con una bolsa de tela o lo que sea.

En cualquier caso, y más allá de los problemas y la letra pequeña, bienvenido ese ultimátum para algo que, a todas luces, tenía poco sentido. Como durante años han repetido muchas campañas, la fruta y la verdura ya cuenta con un envase natural que la protege: su propia piel.

Empate entre ‘concebollistas’ y ‘sincebollistas’: estas son las dos mejores tortillas de España

La tortilla de La Encina (Palencia), una de las ganadoras

Las dos Españas, la de la tortilla con cebolla y la de los que prefieren sin, tenían un nuevo duelo en el que batirse: el Campeonato de España de Tortilla de Patatas que ha celebrado su edición número 14 en el marco de Alicante Gastronómica.

“Lo de la cebolla es un debate absurdo”, apuntaba taxativo Rafael García Santos. El que durante años fue el crítico más respetado -y temido- de la gastronomía española es también impulsor de este certamen y presidente del jurado.

Absurdo o no, el caso es el que el eterno debate lejos de quedar aparcado o aclarado ha acabado marcando la decisión de esta edición. El objetivo era, como siempre, elegir la mejor tortilla del país entre los 10 restaurantes finalistas que la organización elige e invita a participar preparando en directo su tortilla. Pero esta vez han sido dos las elegidas. Aparentemente esa ha sido la única solución que ha encontrado el jurado para resolver el empate entre dos de las finalistas.

Los ganadores del campeonato de tortillas.

Así que este año no hay una sino dos mejores tortillas de patatas en España: la del restaurante Cañadío de Santander (con cebolla) y la que elabora Ciri González en La Encina de Palencia (sin cebolla) y que, de hecho, con esta suma ya 4 victorias en el concurso.

Veterana en este certamen en el que ha participado en todas sus ediciones,  Ciri González asegura que en el restaurante que regente junto a su marido preparan tortilla con y sin cebolla, pero esta vez han decidido presentar a concurso la hecha únicamente con patata (Quebec, nos cuenta), huevos y sal.

La tortilla de Cañadío, con cebolla, una de las ganadoras.

Por su parte, Pedro José Román, de Cañadío, ha presentado una tortilla donde la cebolla tenía un gran protagonismo, tanto en el sabor como en la presentación. Bien caramelizada y “reposada”, según palabras del cocinero, su presencia quedaba clara incluso a simple vista.

Ambas, eso sí, se han alejado del estilo de tortilla muy poco cuajada y casi líquida que tanto gusta a algunos y que se suele identificar con las de Betanzos. En su lugar, las dos tortillas ganadoras lucían una textura muy similar, cremosa en el centro pero con sendas capas bien cuajadas en la base y la superficie.

Los otro ocho participantes en el certamen y, según el criterio de la organización, autores de algunas de las mejores tortillas de patatas del país son los siguientes: Mesón O Pote (Betanzos), Cafetería Pizcueta 14 (Valencia), Cafetería Bar Sylkar (Madrid), Belatz Gorri Tavern (Orduña), Tortillería La Concordia (Logroño), Restaurante Crac (Zaragoza), Lorea (Alicante) y Cucú Gastrobar (Murcia).

El jurado de esta edición.

Patrocinado por Tescoma, como miembros del jurado han participado cocineros como Kiko Moya y Quique Dacosta, el pastelero Paco Torreblanca, el empresario José Gómez (Joselito) o la periodista Pepa Fernández.

El mito del Gruyère: el queso suizo famoso por los agujeros que en realidad no tiene

Si fuera una pregunta de Trivial -que igual lo es- seguramente la mayoría meteríamos la pata. Porque, contrariamente a lo que se cree, se lleva años repitiendo y se puede encontrar escrito en decenas de sitios, resulta que el queso gruyer –Le Gruyère, por la región suiza donde se elabora- no tiene agujeros.

¿Cómo? ¿Hemos vivido engañados toda la vida? Pues eso parece según lo que nos cuentan desde Quesos de Suiza que, oye, igual algo saben del tema.

“Al contrario de lo que dicta la creencia popular, Le Gruyère AOP no es sinónimo de queso con agujeros. En caso de presentarlos, siempre de forma escasa y dispersa, estos apenas miden el tamaño de un guisante”, explican.

Así que esas imágenes con el típico trozo de queso repleto de enormes agujeros no corresponden a esta variedad de queso. La confusión se remonta a cuando se llamaba gruyer a cualquier queso suizo, incluido el Emmentaller, que sí tiene esos característicos agujeros de un tamaño considerable.

El Gruyère no tiene agujeros, el Ementaller sí. Ahora ya lo sabes.

Misterio resuelto, aunque algo nos dice que costará mucho acabar con el mito que desde Le Gruyère AOP  han querido aclarar aprovechando que la denominación de origen cumple 20 años. El queso, evidentemente, tiene unos cuantos más: se cree que hace 900 años ya se elaboraba en esta región de Friburgo, en Suiza.

De todos modos, tal y como ellos mismo reconocen, esta idea falsa ha conseguido convertir al Gruyère en uno de los quesos más famosos del mundo. Eso sí, quienes vayan al mercado buscando un queso con agujeros lo van a tener complicado para encontrar auténtico Gruyère.

Las variedades más habituales en el mercado español son el “clásico”, con una maduración de entre 6 y 9 meses, y el “reserva” que tiene al menos 10 meses. Y, como curiosidad, además de la elaboración artesanal que el sello AOP exige a la 160 queserías que lo elaboran, la leche que utilizan solo puede recogerse a un máximo de 20 kilómetros de donde se produce el auténtico queso gruyer.

Reino Unido sin café: cómo el Brexit y la pandemia están dejando desabastecidas las cafeterías del país

¿Pero es para tanto como cuentan los periódicos? En efecto, nos confirma un amigo inglés que acaba de regresar de Reino Unido. Él, como tantos otros, es de los que voto no al Brexit y vivió horrorizado la victoria del sí, por si sirve para evitar esa media sonrisa casi automática que -reconozcámoslo- a muchos nos sale al escuchar las calamidades que está suponiendo para el país abandonar la Unión Europea.

El desabastecimiento afecta a la cadena de suministros de la industria y de los mercados, y es perceptible en casi cualquier sector. También a la hora de hacer la compra e incluso tomarse un café.

Pero es verdad que no solo ha sido el Brexit sino que, como explica The Guardian, se ha producido algo así como la tormenta perfecta. La pandemia mundial, la crisis climática e incluso los problemas en el transporte marítimo en el Canal de Suez han hecho que conseguir una taza de café en el Reino Unido se haya complicado un poco últimamente.

Para empezar, las malas cosechas de café unido al aumento de los costes de transporte han hecho que la materia prima marque precios máximos. ¿Y qué culpa tiene el Brexit? Pues mucha y en diversos puntos del tema.

Para empezar, la salida de muchos trabajadores extranjeros del país ha hecho que la falta de camioneros para transportar mercancía lleve semanas copando los titulares sobre la actualidad económica en Reino Unido.

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Una plaza de toros, el lugar elegido para presentar estas nuevas salchichas y chorizo vegetal

Que a Heura le gusta el cachondeo ya quedó claro con aquella campaña de la hamburguesa que contaminaba más que el coche. Su particular revolución basada en la transición de la proteína animal a la vegetal -así lo definen ellos- acaba de dar el siguiente paso.

Tras el “pollo” que les hizo famosos y los productos de “ternera”, ahora es el turno del “cerdo”. Todo con muchas comillas porque, evidentemente, se trata de versiones vegetales de esos productos de origen animal. Si se le puede o no llamar carne es un debate y una cuestión legal de la que posiblemente seguiremos hablando mucho durante una temporada.

Fieles a ese espíritu gamberro, Heura ha escogido un lugar muy curioso para la presentación de sus dos nuevos productos: La Monumental de Barcelona. Una plaza de toros en la que, en realidad, no se celebra ninguna corrida desde 2011 pero que, igualmente, tiene un simbolismo evidente.

Con pasodobles, vuelta al ruedo y una decoración cuidada al detalle (Ganadería: Heura, Peso: 42 kilos menos de CO2, rezaba un cartel), Marc Coloma y Bernat Añaños, responsables de la empresa, han elegido este singular espacio para, como ellos mismos han dicho, dar la alternativa.

“Un simbolo de que hay tradiciones que hay que dejar de romantizar y toca cambiar”, han destacado en el centro de la plaza antes de abanderar los nuevos chorizos y salchichas de la compañía. “En su momento -han apuntado- también usar el aceite de ballena para iluminar o que las mujeres no pudieran votar eran cosas normales”.

En este nuevo panorama en el que se habla de carne de origen animal y vegetal, el discurso alrededor de la salud es uno de los pilares. “Los dos nuevos homólogos tienen todo el sabor y textura de los productos tradicionales de carne de cerdo, pero con perfiles nutricionales mejorados, una mayor sostenibilidad y sin crueldad animal”, explican desde Heura.

Y no se trata ya solo de ofrecer una alternativa a la carne, sino también de plantar cara a una competencia que no para de crecer en un mercado claramente en auge. Y de salir al paso de las críticas recurrentes a las interminables listas de ingredientes que suelen llevar estos productos y que, desde la industria de la carne, se suele señalar.

En este caso se destaca que la salchicha tiene un 40% menos de grasa y grasas saturadas que la carne animal, y un 32% y 66% menos que la competencia. El chorizo vegetal, por su parte, presume de un 60% menos de grasa que la carne y el de otras marcas, y un 100% menos de grasas saturadas que el de origen animal.

El cocinero vegano Prabhu Sukh se ha encargado de organizar una barbacoa en plena plaza de toros con los nuevos productos que, por cierto, se venden congelados y se recomienda cocinar directamente así.

¿Y están buenos?  La verdad es que sí, con un sabor bastante más suave de lo que cabría esperar, sobre todo en el caso del chorizo, donde el recurso fácil habría sido abusar de pimentón, sal y un punto picante.

¿Pero dan el pego, que al final es lo que mucha gente se pregunta? Las pruebas y catas a ciegas que han hecho así lo aseguran, y confesamos que, sobre todo en el caso del chorizo, sin saberlo nos costaría decir que es de origen vegetal y no cerdo.

Las gastrónomas reclaman su espacio también en la Wikipedia

Menos del 30% de las biografías disponibles en la Wikipedia sobre personas relacionadas con la gastronomía corresponden a mujeres. Para algunos será un dato anecdótico pero, en realidad, es una muestra más de la escasa representación que las gastrónomas tienen en todos los ámbitos del mundo de la cocina y que nada tiene que ver con su papel e importancia real.

Una injusticia normalizada y que no solo se repite cada año en las mediáticas listas de grandes restaurantes -la gastronomía, por suerte, es mucho más que eso-, sino también en una historia en la que ellos ocupan muchas más páginas y titulares.

Así que el año de Emilia Pardo Bazán -conmemorando el centenario de su muerte- es la excusa perfecta para poner al día la Wikipedia con una “editatona” centrada en las gastrónomas.

¿Y eso qué es? Unas jornadas participativas para crear, completar y difundir artículos en Wikipedia de cocineras, recetaristas, escritoras, científicas, empresarias, artesanas, periodistas, sumilleres, agrónomas, nutricionistas y tecnólogas, y en definitiva, gastrónomas.

Se trata de una iniciativa del colectivo Los Recetarios y la Biblioteca Nacional de España, promovido por Wikimedia España y la Academia Madrileña de Gastronomía, que cuenta con el apoyo de la Universidad de Cádiz y The Foodie Studies.

Para participar es necesario inscribirse y asignarse un artículo, bien una entrada que no existe o una que sí pero necesita ser mejorada. La lista de propuestas es muy larga, una prueba más de que, también en este terreno, queda mucho trabajo por hacer.

Una deuda histórica que parece que también los congresos gastronómicos se han animado, por fin, a asumir. Y es que la escasa presencia de mujeres en este tipo de encuentros ha sido una crítica constante durante los últimos años en las grandes citas del sector.

¿La solución pasa por crear una cita donde ellas son las protagonistas en lugar de replantear la agenda de los congresos que ya existen? Una pregunta pertinente, pero, en cualquier caso, resulta interesante ver cómo esta semana inicia su andadura FéminAs, el primer Congreso Internacional de Gastronomía, Mujeres y Medio Rural.

La cita es en Asturias -puede seguirse online de forma gratuita-  y promete “analizar el rol que desempeñan las mujeres en todo el mundo como guardianas de la cocina tradicional”, explican sus organizadores.

Entre las ponentes figuran cocineras (Narda Lepes, Leo Espinosa, Celia Florián, Najat Kaanache, Lucía Freitas, Elena Lucas…) junto a productoras agrícolas, ganaderas y de la pesca, sumilleres, jefas de sala o empresarias.

Cocineros y camareros serán sustituidos por robots en las próximas décadas, asegura un estudio

Lo de los robots en la cocina es algo así como lo de los insectos en la dieta: hay más noticias sobre el tema que indicios de convertirse en algo real. Al menos a corto plazo, claro.

Hasta ahora, todos los experimentos llamados a sustituir el personal de cocina por máquinas han salido regular. Da igual lo sencilla que sea la operación, porque incluso dar la vuelta a la carne de las hamburguesas y colocarlas en un pan lo hace mejor una persona que un brazo robotizado.

Mejor o más barato, claro. Porque, a fin de cuentas, eso es lo que acaba marcando el ritmo de cambios tecnológicos en un sector, también en la cocina. El día en que resulte más barato implementar este tipo de aparatos que pagar a personal para que lo haga ya sabemos lo que ocurrirá.

¿Y cuándo será eso? Pues según un reciente estudio, en una o dos décadas. Según estos datos, las posibilidades de que el trabajo actual de los camareros sea automatizado es del 94%, mientras que en el trabajo en las cocinas es incluso mayor: un 96%.

No se matiza de qué tipo de labores hablamos. Porque, evidentemente, no es lo mismo tomar los pedidos y colocarlos en un lugar de recogida -la primera parte hace ya tiempo que está automatizada en muchos restaurantes de comida rápida- que pasearse por las mesas, libreta en mano, para lidiar con cortados, descafeinados en taza pequeña con sacarina y leche fría y demás.

Lo mismo ocurre en la cocina. ¿Pelar patatas o cortar cebolla? Claro. ¿Pensar el menú y darle el toque creativo al asunto? Eso parece más difícil de automatizar, la verdad. Al menos con la tecnología de ahora, en la que los robots de Boston Dynamics bailan estupendamente pero luego las pizzerías automáticas siguen siendo poco más que una anécdota.

Como curiosidad, según este mismo estudio, hay profesiones que tienen un futuro laboral un poco más prometedor. Como, por ejemplo, profesores, enfermeros o, atención, cargos intermedios o que impliquen cierta responsabilidad.

De hecho, y siempre según esta quiniela futurista -basada en datos de Estados Unidos, por cierto-, las posibilidades de que un robot sustituya a un conserje son muchísimo menores (66%) que las de un cocinero.

Por suerte, los periodistas no aparecen en la lista. Y es que cuesta creer que llegue a existir algún robot que puede salir más barato que nosotros.

Estos son los alimentos que suman y restan minutos de vida

Con el permiso de enero, septiembre suele ser el otro gran momento del año para los buenos propósitos. Y entre ellos, lo de comer mejor tiene un lugar destacado. Nada de dietas -y menos dietas de esas absurdas y con apellido-, pero siempre es buena idea dedicar un momento a pensar qué comemos y cómo podemos hacerlo de forma más saludable.

Pero no nos engañemos. En realidad, conocemos la teoría de sobra y sabemos perfectamente qué es lo que habría que ir reduciendo (carne, ultraprocesados, alcohol…) y de qué hay que comer más. No obstante, siempre está bien contar con nuevos argumentos para reforzar el plan, y el estudio que han elaborado en la Universidad de Michigan la verdad es que es muy potente.

Y es que en su estudio, Health Nutritional Index han elaborado una lista con los minutos de vida saludable que restan algunos alimentos y los que suman otros. Si además de nuestra salud y lorzas, también nos preocupa el tema medioambiental, por el mismo precio podemos saber la huella de carbono que conlleva cada uno de los productos que añadimos a la lista de la compra y a nuestro menú semanal.

Según estos datos, por ejemplo, un perrito caliente nos resta 36 minutos de vida, mientras que una ración de frutos secos y semillas nos permite alargar nuestro reloj vital unos 25 minutos. Hablan siempre de vida saludable, es decir, no habría que pensar en este curioso estudio como una especie de cuenta atrás que se va actualizando cada vez que nos sentamos en la mesa.

En realidad, solo se trata de poner en cifras y darle un enfoque un tanto mediático a lo que ya se sabe. Es decir, esta especie de reloj nutricional y vital no descubre nada: carnes, refrescos y compañía están en la parte mala; verduras, frutas y legumbres en la buena; y otros alimentos (lácteos) están en la zona neutra.

Curiosamente, estos últimos parecen situarse en un nivel de huella de carbono similar a un pepino, lo que hace pensar que la ganadería industrial, en su vertiente de lácteos, y la agricultura extensiva tienen el mismo peso medioambiental. En cualquier caso, hablamos siempre de datos y números basados en Estados Unidos.

Es verdad que estar zampándose una hamburguesa pensando que eso significa media hora menos en condiciones en este mundo puede genera un poco de ansiedad. Una pésima idea para quienes tratan de comer de forma más saludable y se sienten mal cada vez que se comen algo que no corresponde con el plan. Lo comentábamos el otro día al hablar de la cara B del realfoodismo.

Tampoco nos parece muy justo eso de dejar en manos del consumidor la responsabilidad medioambiental. Por ejemplo, según este estudio, reduciendo solo el 10% de la ingesta calórica a base de carne se consigue disminuir la huella de carbón una tercera parte. Y, de regalo, 48 minutos más de vida que se ganan cada día.

Suena tentador y, en efecto, nos parece un argumento interesante para quien lo pueda utilizar para animarse. Mejorar la dieta en esa dirección no parece complicado, y con los beneficios tan claros sobre la mesa menos aún.

Pero también implica que se está trasladando toda la culpa al consumidor. Si no reduces tu huella de carbono te estás cargando el planeta. Si no comes mejor, te vas a morir antes o vas a vivir peor. Que sea cierto no significa que sea injusto y absurdo descontextualizarlo de las políticas y leyes que tienen que ir de la mano para, por ejemplo, regular la publicidad y las prácticas de la gran industria alimentaria. Y pasar una buena factura a quienes no lo cumplan, claro.

‘Realfoodismo’ o por qué gritar a la gente “ultraprocesado” igual no es buena idea

Que unos palitos de galleta recubiertos de chocolate no son un producto saludable posiblemente lo sabe todo el mundo. Que gritar “ultraprocesado” a sus potenciales compradores va a servir de poco, también. Todos menos, por lo visto, Carlos Ríos, creador y gurú del movimiento real food, que hace unos días se dedicó a colocar este adjetivo a un montón de productos de Mercadona.

No lo hizo, eso sí, en alguna cuenta oficial de la compañía, sino en una de Instagram que se dedica a repasar las novedades de esta cadena de supermercados. Y con notable éxito, a la vista de las cifras que mueve. Cabe suponer que una cosa es ir por los pasillo del supermercado llamando ultraprocesado a todo lo que se menea y otra enemistarse de cara con una cadena de supermercados que igual luego tiene que vender alguno de tus productos.

Dejando a un lado pequeños detalles feos del asunto, como que Ríos ha hecho campañas de publicidad para otra cadena de supermercados que, lógicamente, vende muchos ultraprocesados, el asunto no ha pasado desapercibido en redes sociales y la polémica del día tuvo hasta su momento trending topic.

Y es que el realfoodismo tiene muchos fervientes seguidores que no dudan en defender a Ríos y sus mensajes -un saludo a los que se pasen por aquí- pero, por lo visto, también muchos detractores en Twitter. Una red que él mismo abandonó hace tiempo precisamente por las broncas que le caían con cierta asiduidad.

Aunque la crítica constructiva no suele ser el fuerte de Twitter, más allá de algunos exabruptos y chistes con más o menos gracia -con algunos nos hemos reído-, lo cierto es que el comentario de Ríos ha puesto sobre la mesa un interesante debate alrededor del movimiento real food. Otra vez.

Por supuesto, a su creador le van a dar exactamente igual las críticas y las puntualizaciones a su mensaje y sus gritos de ultraprocesado. Tampoco que se cuestione la utilidad real del mensaje, o la falta de referencias al contexto socioeconómico a la hora de hablar de nutrición.

Ninguna sorpresa, en realidad. Es lo que suele ocurrir cuando una buena idea y un mensaje necesario se convierte en un producto de marketing o en una marca de hummus, tal y como ya comentamos por aquí recientemente.

Y es que con lo del realfoodismo nos pasa algo curioso. Queremos quererlo pero nos cuesta mucho. Vaya, que evidentemente es importante reivindicar la comida real frente a los productos que no son saludables. Y defender que se cocine más y se compren productos frescos en vez de nuggets con sabor a Nocilla, por poner un ejemplo.

También es cierto que algunas de las críticas más simplonas -‘ya sé yo lo que tengo que comer’- nos recuerdan mucho a cuando en el parque con los críos ponemos los ojos en blanco al ver circular el paquete de galletas o los zumitos de turno. Ojo, que igual alguien sí debería decirte qué comer. O al menos qué no comer. O no dar de comer a tus hijos.

A tope siempre con todo eso, claro. Y mucho más con la regulación, las leyes y la subida de impuestos a productos no saludables. Son ese tipo de medidas, la educación o las mejoras en comedores escolares las que van a conseguir avances reales, no un sello realfooder que, más allá de ser un estupendo negocio, solo va a convencer a los ya convencidos.

Incluso puede provocar el efecto contrario entre quienes ya crean en la causa pero no comulguen con la religión de Carlos Ríos. Disidentes que al ver el sello en cuestión sienten -sentimos- la irrefrenable necesidad de comprar la palmera de chocolate más grande que encontremos. Solo por llevar la contraria, claro.

Y es que gritarle a la gente que come mal sin preguntarse por qué lo hace, o dando por hecho que alguien se compran unas galletas de chocolate sin ser consciente de que no son buenas es un error y hace un flaco favor a una tarea muy necesaria.

Cómo quitar las etiquetas de los tarros de cristal para reutilizarlos

Como a esta alturas todo el mundo sabe ya, mucho mejor que reciclar es reutilizar. De ahí que debería haber algún tipo de ley o infierno para esas marcas que pegan sus etiquetas en los tarros con el mismo pegamento que aparentemente usarán los aviones en su fuselaje. Solo así se entiende que no haya manera de despegarlas de una forma más o menos sencilla y dejar el bote en cuestión listo para otro uso.

A la espera de que alguien obligue a las marcas a facilitar la reutilización de sus recipientes -que, bromas al margen y pensándolo bien, tendría mucho sentido-, de vez en cuando toca lidiar con ese bote que nos parece útil pero que no hay manera de dejar sin restos de pegamento.

Los más optimistas suelen confiar en el lavavajillas, esperando que una buena ración de agua a máxima temperatura y su correspondiente remojo haga milagros. A veces funciona, otras -como en el de la foto- no hay manera.

Tras dedicar un buen rato a quitar todas las etiquetas de papen en el lateral y la zona superior y pasar por el lavavajillas, ahí seguían los restos de pegamento. ¿Solución? En realidad, muy sencilla. La escuchamos hace mucho en algún lugar, y tras intentarlo con otros métodos resultó que este era el definitivo: el típico estropajo Nanas que, en realidad, es una marca pero que todos conocemos.

Un poco de frote y adiós a los restos de pegamento. Hay que insistir un poco, cierto, pero sale con relativa facilidad y, al menos en este caso, el cristal ha quedado impoluto y sin rayaduras.

Bote listo para, por ejemplo, esa mermelada de moras que todos hacemos o deberíamos hacer en verano.