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El mito de los pesticidas de las fresas o cómo seguir liando sobre lo ecológico y lo químico

Foto: Europa Press

Comienza la temporada de fresas y con ella la polémica de cada año. ¿Sobre el precio que se paga al productos? ¿Sobre las condiciones de las trabajadoras -mayoritariamente son mujeres- que las recogen en los campos de Huelva? No, mucho mejor que fijarse en problemas reales es alimentar mitos y asustar al personal con los temidos pesticidas.

Hace unos días se ve que alguien en el Comité de Salud Medioambiental de la Asociación Española de Pediatria se levantó con ganas de juerga y soltó uno de esos tuits con más éxito que información: a un lado una fresa convencional con una lista de productos químicos usados en su cultivo, al otro una “orgánica” en la que sólo hay fresa. 

Muy bonito todo, excepto porque básicamente es mentira. En realidad la imagen lleva tiempo circulando por ahí y parece que su origen es Live Love Fruit que, sorpresa se dedica entre otras cosas a la venta de productos ecológicos, exprimidores para hacer zumos, aceite de coco y, en fin, ese tipo de cosas que supuestamente se relacionan con una vida más sana.

¿Y por qué es mentira? ¿Acaso las fresas ecológicas no son mejores y libres de pesticidas mientras que las convencionales nos envenenan? Pues ni una cosa ni la otra. Como señalaba la experta en farmacia y calidad de la industria alimentaria Gemma del Caño a través de Twitter en respuesta al mensaje -que después eliminaron- resulta que en la agricultura ecológica también está permitido el uso de determinados pesticidas y productos químicos.

Pero ya no se trata del eterno debate sobre si lo ecológico es o no más sano -los estudios que lo demuestren brillan por su ausencia, recuerdan con razón los más escépticos con el tema- sino esa bonita manía de meter miedo al consumidor con los pesticidas.

Así lo recuerda Miguel A. Lurueña en uno de los siempre interesantes hilos de su cuenta, Gominolas de Petróleo. No es que una y otra agricultura usen pesticidas, es que las denominadas fresas convencionales igual que cualquier otro producto son perfectamente seguros. Para eso existen controles, análisis y una regulación que se aplica a cualquier alimento que llega al mercado.

“La legislación establece límites máximos para el contenido en pesticidas que deben cumplir todos los alimentos, sean de producción ecológica o convencional. Se hacen controles para verificar. La legislación se cumple. No hay pesticidas en los alimentos”, recuerda.

¿Podemos comer fresas o cualquier fruta sin peligro? Efectivamente. ¿Aunque no sean ecológicas? Por supuesto. Y si lo que echamos de menos son las fresas con sabor y que no necesariamente sean del tamaño de un melocotón, posiblemente la respuesta pasa más por apostar por el producto de temporada y proximidad que por aquellos que simplemente tienen un sello ecológico. Y que no olvidemos que no tienen porqué cumplir esas dos condiciones.

En cualquier caso, ¿qué pinta la Asociación Española de Pediatría aquí, alimentando bulos quimiofóbicos? Esa es la gran pregunta. Sobre todo cuando está bien claro que tiene trabajo más importante y urgente que hacer.

¿Son las papillas más sanas que la fruta o la verdura? Por supuesto que no

¿Qué tiene más azúcares, una papilla industrial o una pero o un calabacín? La respuesta es tan lógica que parece que estamos ante la típica pregunta trampa. Y sí, lo es. Porque según los cálculos de Nestle 25 gramos de su papilla de cereales sin gluten tienen sólo 1 gramos de azúcar, mientras que una pera sin piel tiene 12 gramos.

La comparación está tan cogida con pinzas que parece el típico dato interno que una empresa utilizará para animar a sus comerciales, pero jamás mostraría de forma pública ante un grupo de consumidores y, mucho menos de expertos. Cualquier nutricionista -no pagado, claro- que leyera semejante dato saldría corriendo o sufriría un ataque de vergüenza ajena.

Pero eso exactamente lo que, al parecer, Nestle ha explicado en una reciente charla dada frente a un grupo de madres -porque, como todo el mundo sabe, los padres no sabemos de azúcares, papillas y esas cosas-  y en la que, con un par, ha mostrado esa comparación que puede verse en la imagen y que en pocas horas ha corrido por las redes.

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Más vegetarianos, pero cada vez cocinamos menos: cuando lo vegetal es un negocio pero no una solución

“España, mañana, será vegetariana”, cantarán los defensores de la alimentación vegetal al conocer el nuevo informe sobre consumo en España y ver que lo veggie -ese bonito concepto que engloba desde veganos hasta flexitarianos- no para de crecer.

Pero, como siempre, tras el titular, los mil matices necesarios. Dejando a un lado que para muchos veganos los flexitarianos son omnívoros porque de vez en cuando comen carne, lo cierto es que sin este grupo la estadística se deshincha notablemente. Y es que estos casi-vegetarianos representan la inmensa mayoría de esa masa que apuesta básicamente por lo vegetal y que ya alcanza el 10% de la población española.

Sin ellos, la cosa queda mucho más deslucida: sólo el 0,5% se declara vegano y un 1,5% vegetariano. España no solo sigue siendo básicamente omnívora, sino que también es uno de los países más carnívoros del planeta. Y es que otro de los datos que ha revelado este interesante estudio de la consultora Lantern es que entre el “tengo que comer menos carne” y realmente comer menos carne hay un camino que pocos recorren a la hora de la verdad.

Podríamos discutir si lo vegetal -por no usar lo de veggie– es una moda más o una tendencia ya consolidada, pero lo que está clarísimo es que, ante todo, es una oportunidad de negocio que la industria alimentaria no va a dejar pasar. Y darse una vuelta por el lineal del supermercado o por la carta de algunos restaurantes -incluidas cadenas de comida rápida- lo certifican. Hay mucho dinero en juego y si ahora lo que toca es comer menos carne y hablar de dietas vegetales y sanas, pues se hace.

Algo que nos lleva a uno de los datos más preocupantes del citado estudio pero que posiblemente pasará desapercibido en una ola veggie -lo hemos vuelto a hacer- que quiere centrar su discurso en la salud: cada vez cocinamos menos.

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Ni para niños que se portan bien ni para los que se portan mal: di no a los menús infantiles

Pasta, croquetas, pollo con patatas… Grandes clásicos de los denominados menús infantiles que resisten el paso del tiempo en la carta de algunos restaurantes. Y, por lo visto, siguen siendo el recurso de algunos padres a la hora de alimentar al retoño fuera de casa. Solo así se entiende que a estas alturas de la película sobrevivan pese a que es evidente que son sencillamente infames.

No hablamos ya de la calidad del producto. Aunque también. Porque, no nos engañemos, cuando decimos pasta, en la mayoría de casos nos referimos a pasta mala, pasada de cocción y con tomate de bote. Lo mismo con el pollo reseco y sus patatas congeladas al lado.

Seguro que hay excepciones, claro, pero en la mayoría de sitios que se estila eso de un menú dedicado a los más pequeños, se da por hecho que los niños, además de niños, son tontos a la hora de comer y no saben distinguir una cosa rica de algo mal cocinado.

No se trata de esnobismo gourmet, sino de que el simple concepto de creer que un niño no puede comer platos de la carta convencional es absurdo. ¿Que a todos los niños le gusta la pasta con tomate y el pollo? Posiblemente a muchos más les gustarían también el brócoli o una buena tortilla de patata si al comer fuera no les plantamos unos espaguetis que nosotros no comeríamos.

Pero, como es habitual, algo malo siempre puede empeorarse. Y es que si gastronómica y nutricionalmente el menú infantil suele dejar mucho que desear, como sistema de aprendizaje y educación en la mesa es todavía peor. Y justo eso es lo que han hecho en un restaurante en el que el dichoso menú se convierte en un sistema de recompensas y castigos.

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Llevas toda la vida comiendo mal la piña. O al menos eso dice el último viral de las redes

Esta vez no hemos podido resistirnos. Aunque somos de los que abogan por desterrar a la Facultad de Periodismo de Siberia a quienes titulan siempre diciendo lo mal que hacemos todo y la cantidad de errores que cometemos en la cocina, la ocasión merecía saltarse la norma.

Y es que no todos los días se descubre que algo tan aparentemente cotidiano como trocear una piña tenía una técnica propia que, aparentemente, desconocía todo el mundo. Solo así se entiende el revuelo creado por un vídeo en el que una persona va sacando gajos de una piña de una forma que, al menos a primera vista, parece tan cómoda como ingeniosa.

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#Gastrónomas8M: un homenaje a las recetas creadas por mujeres

Un collage de Carmen Alcaraz de Blanco

Visibilizar el papel de las mujeres en el presente y pasado de la gastronomía. Algo que parece tan sencillo como justo pero que sigue siendo la asignatura pendiente de un sector en el que casi siempre son ellos los que han copado titulares y ellas las que han permanecido escondidas.

Aunque quizás no deberíamos usar el pasado porque sigue ocurriendo en cada congreso, cada premio, cada reparto de estrellas: ellas son minoría aunque la realidad en las cocinas y en la hotelería es otra bien diferente. Por mucho que algunos se empeñen en negarlo.

Mientras se empiezan a vislumbrar tímidos cambios y surgen asociaciones y congresos dispuestos a reivindicar este papel -esta por ver si también reivindicarán derechos laboral desde la perspectiva de un feminismo de clase que en el mundo de la gastronomía incomoda especialmente, a muchas de ellas también- este 8 de marzo vuelve una iniciativa que el año pasado revolucionó las redes: #Gastrónomas8M.

Si hace doce meses este movimiento consiguió poner nombre a decenas de gastrónomas que, en muchos casos, habían permanecido en el anonimato o en un segundo plano durante toda su vida, ahora la propuesta va un paso más allá para reivindicar las recetas y platos creados por estas mujeres del pasado o del presente. Y pedir que durante estos días se cocinen en casas, restaurantes o donde sea. Y que se compartan en redes para conseguir esa visibilización tan necesaria.

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“Podríamos haber tenido cocineros, pero sé lo que os gusta”. Trump y la apología de la comida basura vuelven a la carga

Lo ha vuelto a hacer. A principios de año Donald Trump organizó un banquete a base de comida rápida para recibir a un grupo de deportistas, y ahora ha repetido menú en una ceremonia similar en la que el presidente no ha dudado en bromear y presumir de la mesa repleta de hamburguesas y sandwiches de pollo frito de varias cadenas de fast food.

Si la primera vez Trump usó como excusa la falta de personal en la Casa Blanca por el cierre parcial de la administración estadounidense, ahora no se ha andado con rodeos y ha explicado los verdaderos motivos que le llevan a repetir hazaña.

¿Ser una especie de niño malcriado convertido en presidente de una potencia? Sin duda esa es la explicación que la mayoría señalaría, pero el inquilino de la Casa Blanca es muy pragmático y bastante limitado cuando se trata de gastronomía. “Podríamos haber tenido cocineros, pero tenemos fast food porque os conozco”, ha dicho en su discurso rodeado por el equipo de fútbol americano North Dakota State Bison.

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No, los snacks vegetales no son más sanos que las patatas fritas (pero la industria alimentaria quiere que creas que sí)

(Foto: GTres)

Han pasado de ser algo más o menos exótico y curioso a una opción habitual en los estantes de los supermercados. Junto a las bolsas de patatas fritas y demás snacks los denominados chips vegetales, que se presentan como una alternativa más sana para la hora del picoteo.

¿Pero realmente es menos malo zamparse una bolsa de zanahorias, remolacha o yuca frita que las típicas patatas onduladas de sabores imposibles y con dos toneladas de sal? Seguramente en nuestra cabeza sí. Porque queremos creerlo pero también porque la industria alimentaria se ha ocupado de alimentar esa idea ya desde el propio packaging de estos producto,  en los que no suelen faltar unas cuantas referencias a lo saludable y vegetal que es todo.

Algo especialmente curioso teniendo en cuenta que -sorpresa- las patatas fritas podrán ser muchas cosas, pero si algo está claro que son es vegetales. Pese a ello, parece que una remolacha tiene mejor prensa que una patata, así que si cuela, cuela.

Y lo cierto es que suele colar. Al menos hasta que llega la OCU -Organización de Consumidores y Usuarios- analiza 17 productos de esta categoría y nuestra felicidad de pensar que estamos picoteando mucho más sano se va a la porra. Porque sí, como en el fondo ya sospechábamos -por mucho que quisiéramos engañarnos- resulta que estos snacks vegetales no son más saludables que unas patatas fritas.

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‘Oria’, así se come en la décima Estrella Michelin de Martín Berasategui

El idilio de Martín Berasategui con Michelin es de sobra conocido. La guía roja adora al chef vasco y este ha conseguido dar con la fórmula para crear grandes restaurantes, montar cartas que funcionan y dejarlos en manos de jefes de cocina que saben lo que hacen. El resultado es un auténtico imperio gastronómico que no para de crecer -aperturas en Lisboa, Bilbao y Madrid por citar las últimas- y que acumula el mayor número de Estrellas del país.

Y la décima de Berasategui se llama Oria, en el hotel Monument de Barcelona. Un 5 Estrellas Gran Lujo que atesora otras tres Estrellas por Lasarte, también con la firma del cocinero vasco. Una suma de restaurantes estrella que, nos comentan, se da en muy pocos hoteles del mundo.

Pero aunque lo lógico sería pensar en Oria como el hermano pequeño de Lasarte por aspiraciones gastronómicas y también por precio, la propuesta del joven Xabi Goikoetxea, responsable de la cocina, apunta alto con una cocina que sigue la línea de Berasategui -y que ha demostrado funcionar con la precisión de un reloj- pero con guiños a la ciudad donde está y al Mediterráneo.

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Un pub de ‘New Balance’ para runners: ¿de verdad es buena idea combinar alcohol y deporte?

Se llama The Runaway, está en Londres y es un pub abierto por New Balance. No, la popular compañía de zapatillas deportivas no se pasa al mundo de la hostelería sino que se trata de una curiosa campaña para, por lo visto, promocionar el deporte. Más concretamente animar a los runners -que es como se llama ahora a los corredores- a que hagan más kilómetros.

Y es que la peculiaridad de este bar londinense es que aquí no se acepta dinero, la única moneda de pago son los kilómetros recorridos. Así, por ejemplo, quien haya trotado 40 kilómetros -la aplicación Strava, que también participa en la acción, se ocupa de llevar el control de las distancias recorridas- tendrá derecho a 3 pintas de cerveza por gentileza de la casa.

La filosofía es bastante sencilla: los organizadores plantean retos a los que se pueden apuntar los corredores. Una vez cumplida la misión, recibirán su recompensa líquida a cambio de los correspondientes kilómetros. ¿Una forma de animar al personal para que se ponga las zapatillas? Eso aseguran los dos promotores de este pub.

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