El recetario del Ministerio de Consumo vuelve a enfadar a los de siempre


Algunos se refieren a él como “el recetario de Alberto Garzón”. Una pista de que, en realidad, da igual el contenido, porque si el Ministro de Consumo tiene algo que ver, seguro que está mal. El chiste ese de que si Garzón recomienda respirar algunos abogarían por la apnea, pero hecho realidad.

El caso es que el Ministerio de Consumo ha lanzado un libro con 40 recetas saludables, sencillas y económicas. Si alguien hace casos a lo que se lee por Twitter, daría la sensación de que el propio Garzón se ha puesto el delantal para elaborar el este recetario. Pero, sorpresa, en realidad detrás del proyecto están la cocinera María José San Román y la nutricionista Marián García, más conocida en esta casa como la gran Boticaria García.

Aunque cabe suponer que algo sabrán las dos reconocidas autoras de cocina y salud, por lo visto eso no es suficiente para que algunos den el visto bueno a unas recetas donde las legumbres, las frutas y los vegetales mandan y, lógicamente, la presencia de la carne es casi simbólica.

De nuevo, criterios universalmente aceptados y reconocidos por organismos internacionales pero que, por lo visto, cuando se aplican en España se convierten por arte de magia en locuras sin sentido del comunista Garzón.

“Lejos de ser un mero repositorio de recetas healthy, esta herramienta nace con una marcada vocación divulgativa y pretende ir un paso más allá, incluyendo en cada receta dos consejos que contribuyan a la educación nutricional y a combatir la desinformación”, dice en sus primeras páginas este recetario. Insistimos, damos por hecho que muchos de los que lo critican no se han molestado en leerlo porque ya sabían de antemano que no les iba a gustar.

¿Qué pinta esa horterada del healthy?, se preguntarán algunos. Podemos comprar el argumento. También que se ve mucho kale y palabras de esas de carta de sitio moderno (poke…) y poco guiso tradicional. También que se recurre a legumbre cocida cuando lo realmente económico es comprar el paquete de kilo y cocer los garbanzos, alubias o lentejas en casa.

Pero, tal y como se explica, la idea es hacer recetas sencillas, pensadas para acabar con eso del “no tengo tiempo para cocinar”. ¿De verdad a alguien que opina así le vas a decir que ponga la olla con garbanzos?

Tanto colorido y tanta modernez también suponemos que responden a un enfoque atractivo con el que convencer a los chavales más reacios a hincarle el diente a verduras y legumbres de que con estos ingredientes se pueden preparar platos diferentes y vistosos.

Y tal vez -sea o no un error- a darle cierto empaque a esa cocina austera que siempre ha sido de puchero. Ya sabemos que quienes le ponen bien de caviar a los huevos fritos ahora lo reivindican mucho por aquello del producto, la tradición y tal vez el exotismo que para ellos supone unos garbanzos sin almejas. Aquello de que los obreros no pueden ir de crucero ni llamar -si les da la gana- llamar poke a su ensalada de arroz con pollo.

Pero vaya, que es verdad que algunos detalles patinan. Y que hay críticas certeras, necesarias y bien planteadas respecto a algunos precios no parecen cuadrar y otros elevarían demasiado el presupuesto familiar y se supone que esto también va de desigualdad.

Pero a estas alturas todos sabemos que la idea no va por ahí. Que muchos han sacado el cuchillo sin siquiera asomarse a la guía. Porque, igual que con aquello de los donuts que iban a prohibir, lo que cuenta es convertir la alimentación de los niños y algo tan serio como la obesidad infantil en un arma política. La comida y la gastronomía son política, ojo, siempre lo hemos defendido. Pero hay ciertos temas en los que se presupone el consenso y el sentido común.

Cuesta entender las críticas airadas, y lo ofendidos que algunos parecen sentirse ante unos garbanzos, una alubias con arroz, una crema de calabaza o un ramen. Ah, que tenían que haberlo llamado sopa o cocido, claro. Que solo Daviz Muñoz puede hacer un cocido-ramen-Hong-Kong sin que nadie se enfade.

De hecho, lo más gracioso del asunto es que si algunos de esos mismos platos los firmara algún afamado cocinero, los mismos que llevan días criticando este recetario -y, por extensión, a sus autoras- estarían dando palmas en las redes sociales y alabando la audacia y genio creativo del chef de turno.

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