Archivo de agosto, 2021

Esta es la máquina de helado que Jeff Bezos ha comprado para su casa

Además de viajes espaciales, Jeff Bezos -fundador de Amazon y la persona más rica del mundo- parece tener caprichos algo más mundanos. El penúltimo es una máquina de helados que ha instalado en su casa.

Evidentemente, no estamos hablando de la popular heladera de Lidl y tampoco ha querido barrer para casa buscando alguna de las muchas que se venden a través de Amazon. Habría sido un bonito gesto teniendo en cuenta que, como él mismo reconoció tras volver de su breve viaje al espacio, todo esto es posible gracias a los clientes de Amazon.

Pero una cosa es el origen de su riqueza y otra que él se conforme con una máquina de helado cualquiera. Y es que no hablamos de una de esas en las que los pobres mortales añadimos los ingredientes para, mediante frío, movimiento y algo de paciencia, acabar teniendo un helado más o menos rico.

La máquina de helado que se ha comprado Bezos es una de esas en la que solo hay que apretar un mando para servir helado cremoso (soft serve). De hecho, está pensada para uso profesional, no doméstico. Algo que al multimillonario no le hizo dudar a la hora de hacerse con la CVTeeny, una máquina que vende la compañía CVT Ice Cream.

Muy conocidos por sus dos camionetas -sí, como en las películas- que venden helado en California, recientemente lanzaron esta máquina con forma de camión en miniatura pensada para que tiendas y restaurantes pudieran servir también sus helados cremosos.

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Cinco estupendos aceites de oliva para aliñar tus ensaladas de tomate


Es verdad que no todos los tomates son de verano. Y que hay variedades estupendas a lo largo de todo el año. Pese a ello, son estas semanas de verano cuando es mucho más fácil encontrar tomates ricos y a buen precio. Tomates de esos que casi dan ganas de comerse a mordiscos y que cortados y aliñados no necesitan mucho más para convertirse en la mejor ensalada.

Así que hemos querido aprovechar el momento más tomatero del año para recopilar unos cuantos AOVE (aceite de oliva virgen extra) que hemos podido probar últimamente y que nos parecen la compañía ideal para esos tomates feos -viva la fruta y la verdura fea- y bien maduros que nos animan el verano.

Como siempre, recordamos que no es esta ni pretende ser una selección de los mejores sino simplemente una lista de algunos que hemos probado últimamente, nos han gustado mucho y nos parece que pueden caerle estupendamente a una buena ensalada de tomate.

Lacrima Olea

La Cooperativa de Godall (Tarragona), en marcha desde 1949, ha hecho un excelente trabajo con su aceite Lacrima Olea. Con una presentación muy cuidada, trabajan con variedades de aceituna relativamente desconocidas, como por ejemplo la morruda, la farga o la sevillenca.

Además, su reivindicación de los olivos milenarios y del aceite que producen es realmente interesante, aunque en este caso nos vamos a un producto realmente exclusivo que ronda los 30 euros el medio litro. Las variedades más normales se pueden comprar en su propia tienda online por entre 8 y 9 euros el medio litro.

L’Amo

Hace tiempo que le seguimos la pista a Aubocassa. Concretamente desde que pudimos visitar sus olivos en Manacor (Mallorca) y descubrir el fabuloso aceite de oliva virgen extra que elaboran allí. L’Amo es una de las referencias de esta casa que asegura usar 8,5 kilos de aceituna para elaborar un litro de su AOVE.

Elaborado con arbequina y un toque de picual -ambas recolectadas entre octubre y noviembre del pasado año-, estamos ante un aceite con mucha personalidad y cierta potencia pero sin resultar agresivo ni tapar el sabor de, por ejemplo, la ensalada de tomate de la que estamos hablando. La botella de medio litro ronda los 16 euros.

Finca La Torre

Una de las marcas más conocidas cuando se habla de los mejores aceites del país no podía faltar en esta improvisada y casera cata de AOVE ante los tomates que hemos distraído de la huerta familiar aprovechando las vacaciones.

Cerca de Antequera (Málaga) elabora sus aceites Finca La Torre, principalmente con variedades hojiblanca y arbequina. Se presentan tanto en formato monovarietal como en un coupage que incluye también un toque de cornicabra.

En versión botella o lata -un formato que luce menos, pero muy interesante para su conservación-, todos ellos lucen el sello de producción ecológica. El medio litro ronda los 30 euros.

Bargalló Ecológico

Para quienes se estén asustando un poco con los precios -hablamos de aceites premium-, tenemos una opción algo más económica pero también muy interesante: el nuevo AOVE ecológico de Bargalló.

Se trata de la primera referencia con certificación ecológica de esta veterana empresa catalana (dedicada al aceite desde 1850), que se suma así a la que, sin duda, es una de las grandes tendencias del momento.

Aunque en su catálogo también ofrece algunos monovarietales, en este caso se trata de un coupage. Echamos de menos, eso sí, algo más de información en la botella sobre las variedades usadas. La botella de 750 ml se puede encontrar por menos de 9 euros.

Palacio de los Olivos

Reconocido varias veces entre los mejores aceites de oliva del mundo, Palacio de los Olivos tiene sus olivares y almazara en Campo de Calatrava (Ciudad Real).

Aunque la picual es su especialidad y el monovarietal que elaboran con esta aceituna es realmente excelente, este 2021 se han estrenado también con una variedad a base de arbequina que resulta perfecta para quienes prefieren aceites más suaves, ligeros y frescos. A nosotros nos encanta su picual, la verdad, pero lo cierto es que los tomates se llevan muy bien también con esta arbequina.

La botella de medio litro se puede encontrar por menos de 10 euros.

Esto cuesta alquilar la cocina de Julia Child en la Provenza

Decir que es uno de los sueños recurrentes de cualquier aficionado a la cocina tal vez sea pasarse. Pero lo cierto es que poder cocinar en la misma cocina que utilizó durante años la mismísima Julia Child en la Provenza nos parece algo maravilloso.

¿Fetichismo gastronómico? Tal vez, pero es que, con o sin Child, lo cierto es que es una cocina preciosa. Y localizada en una casa, La Pitchouneque ella y su marido construyeron y usaron como residencia de verano durante tres años, y a la que también nos iríamos unas semanas mañana mismo.

Se trata de una pequeña propiedad (tres dormitorios) que parece sacada de una postal de la Provence y cuyo principal atractivo es, sin duda, la cocina que ocupa una pequeña casa independiente junto a la principal. Está tal cual la dejo Julia Child, prometen sus actuales propietarios. En las fotos vemos una cafetera Nespresso, así que suponemos que algún nuevo electrodoméstico sí se ha incorporado al menaje.

Pero el espacio, la decoración, las cazuelas y sartenes de cobre colgadas siguen tal cual. De hecho, la cocina de Le Peetch -así se conoce esta casa, que incluso tiene entrada propia en la Wikipedia– fue diseñada como una réplica de la que Child tenía en su casa en Cambridge (Massachusetts). En 2015 salió a la venta y, según leemos, se pedían 860.000 dólares por ella.

¿Pensando en pasar unos días cocinando y releyendo las recetas de Julia Child en este paraíso gastronómico? Pues, sorpresa, no es sencillo ni mucho menos barato. La mayoría del año funciona como una exclusiva escuela de cocina a la que, básicamente, estadounidenses con dinero van a pasar unos días para aprender cocina francesa.

No las recetas de Child, matizan quienes gestionan esta exclusiva escuela, aunque es evidente que el espíritu de esta gran cocinera y divulgadora lo impregna todo en esta casa.

También las tarifas, porque en Courageous Cooking School los cursos con estancias de 6 días (5 noches) cuestan a partir de 6.000 dólares. En habitación compartida, más concretamente. Con barra libre de vinos franceses, eso sí.

Otra posibilidad es alquilar directamente toda la casa. Encontrarla disponible no es nada fácil, porque solo se ofrece durante unos pocos meses al año en las temporadas de verano e invierno. De hecho, la propiedad también está disponible en Airbnb, y aunque se habla de un precio a partir de 650 dólares por noche, la realidad parece un poco diferente.

Según se puede ver en la propia web, ya están cerrando reservas para 2023 y apuntando propuestas de fechas para 2024, y el precio de un pack de 6 noches con servicio de cocina, vinos y demás sale por, ejem, 18.000 euros.

‘Kit hummus’, o cómo vender garbanzos cocidos tres veces más caros

Somos de los que creemos que existe un infierno gastronómico especial para los que repiten incesantemente que el hummus Hacendado es una maravilla. De los que defienden que un buen hummus casero es fácil de hacer y difícilmente superable por uno de bote. Así que, de entrada, estamos totalmente a favor de comprar unos garbanzos cocidos, añadir el resto de ingredientes y darle a la batidora.

Hechas las aclaraciones pertinentes, no sabemos si la idea de Luengo es una tomadura de pelo o merece el premio al mejor marketing del siglo. Y es que esta marca ofrece un producto denominado “kit hummus” que, básicamente, es un bote de 300 gramos de garbanzos cocidos en conserva y un pequeño sobre con especias para sazonar.

“Auténtico hummus en solo 2 minutos”, reza el maravilloso pack que se vende por 1,65 euros. Un kit para hacer hummus por ese precio, nada mal, ¿verdad? ¡Eso es lo que ellos quieren que pienses, incauto!

Porque resulta que en este formato los garbanzos en cuestión salen a 5,5 euros el kilo, mientras que un bote normal y corriente de la misma marca, el mismo kilo de garbanzos anda por los 1,6 euros.

¿Es o no una jugada maestra de la gente de marketing? ¿Verdad que merece una medalla de oro a esa interminable batalla de todas las marcas por tratarnos como auténticos idiotas mientras hacemos la compra?

A ver, seguro que es algo más que garbanzos, nos dijimos al descubrir recientemente el invento en la redes sociales. Además, para hacer un hummus hace falta un poco de tajini -o mucho, si queremos que quede más rico, de nada por el truco- y esta pasta de sésamo sí que es algo más cara.

Nuestras esperanzas de dar con el truco que explicara el precio del kit se desvanecieron al ver el vídeo de la marca en el que explican cómo prepararlo. Lo más parecido a tajini es el sésamo que por lo visto incluye el sobre sazonador del kit. De hecho, el aceite de oliva que hay que añadirle corre por tu cuenta, no viene incluido en el maravilloso pack de Luengo.

Dicho todo esto, y asumiendo que se trata de una magistral tomadura de pelo, si este kit es la excusa que algunos necesitan para comer más legumbres y hacer su propio hummus, bienvenido sea. Aunque para ello haya que pagar los garbanzos más caros.

La hamburguesa más cara del mundo cuesta 5.000 euros (pero al menos es por una buena causa)

La primera ley de la termodinámica gastronómica dice que ponerle caviar o una capa de oro a cualquier plato hace que, evidentemente, sea más caro, pero no necesariamente más rico. De hecho, el resultado tiene muchas posibilidades de acabar convertido en una gran horterada digna de esas cuentas de muchos ceros que se estilan en los lounge de Marbella.

Es más, la mayoría de veces el precio es lo único interesante del plato en cuestión. Da igual si tiene sentido, si hay alguien dispuesto a probarlo o mucho menos si está bueno: es que hemos creado lo que sea más caro del mundo. Los titulares están servidos y puede que incluso el récord Guinness de turno.

Así que cuando hace unos días leímos que el local holandés De Daltons había conseguido crear la hamburguesa más cara del mundo, el bostezo fue épico. Poca broma porque cuesta 5.000 euros y lleva entre sus ingredientes algunos de los productos más exclusivos del mercado.

Pensándolo bien, el mérito sería justo lo contrario. Es decir, si de lo que se trata es simplemente de vender la hamburguesa más cara del mundo, la noticia sería que alguien ha colocado un Whopper con queso por esos 5.000 euros.

Sí, como la historia de la pizza aquella vendida hace años por unos cuantos Bitcoins y que traducido a la cotización de ahora es más o menos el PIB de algún pequeño país.

Total, que volviendo a De Daltons y su hamburguesa The Golden Boy, lo cierto es que el vídeo de la preparación es de lo más curioso. Pan con oro, carne de wagyu A5 (el bueno), caviar, mahonesa hecha con huevo de pato (no es broma), paleta Joselito (no jamón, mal ahí), caviar, Don Perignon usado de alguna forma absurda que ya no recuerdo…

Hay que reconocer que hay un gran trabajo creativo para conseguir incluir en la receta de una hamburguesa semejante lista de exquisiteces. Algunos -ese café y whisky carísimos utilizados para la salsa- dan un poco de risa, pero si la idea era usar muchas cosas caras para poder justificar lo de los 5.000 euros, felicidades.

Insistimos en que alguien dispuesto a pagar esa cifra por una hamburguesa seguramente lo hará precisamente porque cuesta eso, no porque lo merezca o porque el caviar sea el mejor del mundo y no el de Hacendado.

Pero en fin, que todo esto da un poco igual porque la historia tiene un feliz desenlace. Semejante estupidez, al menos es por una buena causa: el dinero recaudado de la venta de la hamburguesa ha ido destinado a un banco de alimentos.

En concreto, la nota de prensa habla de la venta de la primera edición de la hamburguesa y no hay más pistas sobre si ha habido o no clientes posteriores al de la foto del record mundial: el presidente de la Royal Dutch Food and Beverage Association.

Si alguien se anima a probarla -es por una buena causa-, toca reservarla con dos semanas de antelación y pagar por adelantado unos 600 euros a modo de fianza.

Adiós a Falsarius Chef, larga vida a la cocina impostora

Cocinaba con una nariz y gafas de broma, latas y mucha coña. Bajo el nombre artístico de Falsarius Chef estaba Nacho Moreno, que este pasado lunes fallecía dejándonos huérfanos a todos los fieles seguidores de su cocina impostora.

Un concepto que él inventó y defendió. Y con más fuste que muchas de las cosas que se escuchan en la mayoría de congresos de cocina. Y no, no es el típico peloteo de obituario. Hace mucho años, allá por 2013, tuvimos ocasión de charlar con él sobre sus libros, y no solo nos pareció un tipo simpático y con muy buena mano en las cazuelas y la escritura, sino que nos convenció de que la cocina a base de latas y botes del supermercado podía ser estupenda.

“Me encanta Ferràn Adria, está muy pirado”, nos decía en aquella divertida entrevista donde reivindicaba las latas como “la gran revolución gastronómica de los tiempos modernos”. Capaz de convertir una de esas tortillas preparadas sin alma en algo mucho mejor -sofrito y chorrete de aceite de oliva era el truco para adecentar la más anodina de las latas-, no le tenía miedo a nada.

Hasta tal punto que se atrevió con un roscón republicano a base de ensaimadas -por menos que eso hoy la Audiencia Nacional te da un susto-, e incluso con una “paella hereje” con vasitos de esos de arroz ya cocido. Según nos contaba, una de las recetas que más enemigos le reportó entre, como no, los defensores de la auténtica paella.

¿Lo más importante de la cocina impostora? Esconder bien las latas en la basura para que nadie descubriera el truco. Porque, evidentemente, la clave no era solo montar platos ricos con el mínimo esfuerzo, sino hacerlos pasar por el fruto de unas cuantas horas de trabajo en la cocina. Sí, como la quinta gama de muchos restaurantes.

Su vida como cocinero impostor empezó tras muchos años trabajando como guionista de cómics tan populares como Goomer. Nacho Moreno trabajaba habitualmente con el dibujante Ricardo Martínez. Y además del personaje de Goomer, las viñetas firmadas por Ricardo y Nacho en el diario El Mundo durante muchos años permiten recorrer la historia política del país con una sonrisa en la boca.

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¿La solución a la falta de camareros es aumentar el ticket de los restaurantes?

(Foto: GTres)

En los congresos de cocina rara vez se habla de derechos laborales. Hay tiempo para la técnica, para las quejas más o menos justificadas, para reivindicar la importancia de la sala o del equipo, pero casi nunca eso se traduce en un mensaje claro sobre la necesidad de mejorar las condiciones de trabajo en cocinas y restaurantes.

No hablamos solo de salarios -que también- sino de horarios, ritmo y, en definitiva de calidad de vida. Eso a lo que se supone que alguien tiene que renunciar si quiere trabajar en hostelería. Al menos es lo que se ha repetido durante décadas, cuando los gritos eran la banda sonora habitual, volaban sartenes e insultos, y muchas cocinas eran la definición perfecta de lo que ahora llamaríamos ambiente laboral tóxico.

Pese a ello, hace ya unos años recuerdo escuchar hablar a Joan Roca de cómo en El Celler de Can Roca se había instaurado un nuevo sistema basado en dos equipos, con sus respectivos turnos. Es decir, se duplicaba el personal para poder tener horarios de trabajo más compatibles con la vida familiar.

¿Algo que pocos restaurantes se pueden permitir? Tal vez, pero aquella decisión de ganar menos -el aumento en costes de personal se presupone considerable- para que el equipo esté mejor me pareció una de las noticias más destacadas de aquella cita. Según releo ahora, fue en una convocatoria de 50 Best que reunía a algunos de los mejores chefs del mundo.

Una idea que se recuerda en un reciente artículo publicado en Cinco Días y que ha sido muy comentado estos días. Y es que el mayor de los Roca lanza un aviso: la solución a la falta de personal en bares y restaurantes pasa por mejorar las condiciones de trabajo. Algo que, lógicamente, conllevará un aumento de los gastos fijos del negocio, y hace que sea inevitable que el ticket final que paga el cliente también se vea afectado.

Un asunto de máxima actualidad también en España, donde desde hace semanas se suceden los titulares sobre la falta de personal de hostelería en muchos de los grandes destinos turísticos del país.

Frente al clásico y casposo análisis que resume todo en la falta de ganas de trabajar, la evidencia está en las ofertas de trabajo que circulan por la red y que están entre lo escandaloso y lo ilegal. El mileurismo se ha convertido ya casi en un privilegio en hostelería.

Pay them more” (pagadles más), recetaba Biden en Estados Unidos a los empresarios que se quejaban de la falta de personal. La lógica del mercado libre, pero aplicada en una dirección que no suele gustar a los que, precisamente, presumen de ser los mayores defensores de esa libertad de mercado.

No obstante, la lectura de Roca lleva un paso más allá la ecuación económica. Si hay que pagarles más, alguien tendrá que asumir esa factura. ¿El cliente? Muchos creen que en la alta cocina sería relativamente normal y sencillo, porque en España los precios de los grandes restaurantes son casi una ganag cuando se comparan con Europa.

Sí, ese menú degustación que con maridaje se va a 200 euros, fácilmente en casi cualquier otro país de Europa costaría el doble. Oiga, pero es que allí igual los salarios también son el doble, apuntará alguno. Y con razón. Los turistas gastronómicos seguramente no tendrán ningún problema en aumentar el presupuesto. Los locales que ahorran para darse un capricho de vez en cuando lo pasarán un poco peor.

El tema es si esta lógica es extrapolable a la hostelería de diario. Y ojo porque, pese a lo que se suele pensar, un restaurante con Estrellas Michelin por sí solo es muy poco rentable y el dinero acostumbra a entrar por otras vías.

Pagar un poco más por ese menú, ese plato de la carta o incluso la caña o café de turno para que quien te lo sirve cobre más es algo que -quiero pensar- casi todo el mundo estaría dispuesto a asumir. El problema es que hay cierta hostelería -esa que se ha pasado meses comentando los estragos económicos de la pandemia con la mascarilla a media asta- de la que cuesta fiarse.

¿Seguro que ese aumento en el ticket va a repercutir en los trabajadores y no en tus beneficios? No es que seamos malpensados, es que hay gente que se ha pasado un año exigiendo ayudas a un Estado del que reniegan y luego quiere tener trabajadores a jornada completa -y lo que surja- por 800 euros. Y no, desgraciadamente no es una forma de hablar.

Si pago más, las cuentas no salen, repiten desde hace tiempo otros. Y seguro que es verdad. Solo que en ese caso igual toca aplicar la lógica que hemos aprendido con la famosa Ley Rider: si tu negocio solo se sostiene explotando a alguien, igual es que no es un buen negocio.

Receta de mermelada de moras

Todas las infancias deberían estar llenas de veranos en el pueblo, comida casera, tardes en bicicleta, chapuzones y mermelada de moras silvestres. Como la que hemos preparado después de que los pequeños de la casa volvieran de su paseo matutino con un cubo repleto de moras. Y los brazos llenos de arañazos, claro.

Por supuesto si no tenemos moras silvestres recién recogidas de la zarza, podemos usar moras compradas o hacer una mezcla de diferentes frutos rojos. Solo necesitaremos añadir la mitad de azúcar (o un poco menos si están muy maduras) y zumo de limón.

Con las cantidades que proponemos tendremos para un par de tarros medianos. Si queremos hacer más cantidad para guardar y tener todo el invierno, solo tenemos que multiplicar las cantidades y calcular los ingredientes que necesitamos. Además de para untar en el pan, también podemos usar la mermelada para hacer un poco de repostería.

Ingredientes

  • 500 gramos de moras silvestres
  • 250 gramos de azúcar
  • Zumo de un limón

Preparación

Lavamos las moras con abundante agua, desechamos hojas, ramitas y retiramos también las moras que estén demasiado pasadas. Escurrimos bien.  

En un cazo o cazuela (que sea antiadherente) en frío, ponemos las moras, el azúcar y el zumo de limón. Mezclamos y dejamos macerar entre 1 y 3 horas para que se mezclen los sabores. Este paso es opcional pero potencia los sabores de la mermelada. 

Mientras tanto vamos a esterilizar los tarros de cristal que vayamos a usar para evitar que queden microorganismos en ellos. Para ello solo tenemos que hervir en una cazuela los tarros y las tapas en abundante agua durante 20 minutos.  

Encendemos el fuego a media potencia y dejamos que se vaya cocinando la fruta en el azúcar. Cuando empiece a hervir pasamos a fuego bajo hasta el final del proceso.

Removemos de vez en cuando y si se forma demasiada espuma la retiramos con una cuchara o espumadera. Vamos aplastando las moras con un tenedor o pisapuré a la vez que se va formando la mermelada.

 En unos 45-60 minutos la mermelada estará lista. No hay que dejar que espese demasiado ya que acabará de engordar cuando se enfríe. Si nos despistamos y espesa demasiado, lo podemos solucionar fácilmente añadiendo un poco de agua y removiendo de nuevo.  

Podemos dejar la mermelada con trozos o triturarla con una batidora. Si la queremos sin pepitas tendremos que pasarla por un colador o mucho mejor por un pasapurés.

La mermelada aguantará en buen estado en el frigorífico un par de semanas. Si queremos conservarla por más tiempo, al acabar de hacer la mermelada tendremos que embotarla con la forma tradicional.

Para ello cerramos bien los botes llenos de mermelada y los hervimos de nuevo en una cazuela con agua (el agua tiene que cubrir por completo los tarros de mermelada) durante 20-25 minutos.

La Venuseta, el helado solidario al que “le falta una teta” para concienciar sobre el cáncer de mama

“Si la vida nos da palos, hagamos polos”. Aunque puede sonar a lema de esos de Mr Wonderful para vender supuesta felicidad y tazas, tras este lema se esconde un magnífico proyecto: el helado La Venuseta.

Se trata de un polo creado por helados Bayarri (Valencia) para concienciar sobre el cáncer de mama. Todos los beneficios de su venta van destinados a diferentes proyectos oncológicos de INCLIVA, el Instituto de Investigación del Hospital Clínico y la Universitat de València,

“La Venuseta es una diosa que no tiene brazos, le falta una teta y está para comérsela”,  comentan los creadores de este helado a base de fresa, jengibre confitado y limón. “100% natural y de lo más refrescante”, aseguran.

Según leemos en La Criatura Creativa, además de los heladeros de Bayarri en el proyecto de este polo solidario también ha participado de forma altruista la agencia de comunicación Rosebud, que se ha ocupado de la dirección creativa de este original helado.

Quienes anden este verano por Valencia pueden acercarse por la heladería Bayarri (Avd. Pescadores, 193, en Playa Puzol) para comprar este Venuseta, que se vende por 3,5 euros y, comentan, está siendo un éxito desde su lanzamiento.

Comer miel congelada se pone de moda en Tik Tok con el reto #frozenhoney

Llenar una botella de plástico con miel, dejarla toda la noche en el congelador y, a la mañana siguiente, pegarle un mordisco al resultado mientras, por supuesto, te grabas con el móvil y compartes la experiencia usando el hashtag #frozenhoney (miel congelada).

Este es el nuevo pasatiempo de Tik Tok, una red social en la que conviven tonterías de este tipo con algún que otro truco o consejo de cocina interesante. Ganan por goleada las tonterías, evidentemente.

¿Y cuál es la gracia de congelar miel y comerla? Pues, según podemos ver en centenares de vídeos, que la textura resultante es similar a una gominola o gelatina. Que tras hacer la gracia, la botella de plástico con medio bote de miel acabe presumiblemente en la basura ya es menos gracioso.

“¡Sabe a miel!”, comenta con cara de sorpresa una de las muchas personas que se han animado a probar lo que parece ser el reto foodie de la semana. O del día, porque a estas alturas posiblemente ya habrá pasado de moda. Es lo bueno y lo malo de estas cosas: intensas, pero de duración muy escasa.

Pues sí, la miel congelada sabe a miel porque, sorpresa, resulta que es miel. Cambia la textura por la bajada de temperatura pero, contra todo pronóstico, sabe a miel en vez de a chistorra. ¿Quién lo podría imaginar?

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