Adiós a Duralex, la vajilla de nuestra vida

Algunos la llaman la vajilla de Cuéntame. Y puede que los más jóvenes la descubrieran allí, pero para muchos de nosotros -los niños de los 70 y los 80- son los platos y los vasos con los que crecimos. Aquellos que, según la publicidad de la época, podían caerse de la mesa sin acabar hechos mil pedazos en el suelo de la cocina con la consiguiente bronca.

Sustituyeron la loza tradicional en los años 60 con la promesa de ser irrompibles. De ser como el acero pero en cristal, decían los anuncios de la época. Duralex se convirtió en la vajilla omnipresente en las cocinas de todos aquellos barrios que crecieron alrededor de las grandes ciudades de una España que quería ser más urbana e industrial y soñaba con ser moderna. O parecerlo.

Tal es el arraigo en el país, que seguramente muchos habrán descubierto ahora, cuando 75 años después la empresa habla de quiebra y cierre, que en realidad Duralex es francesa. Su suspensión de pagos y la búsqueda de un comprador que la salve ha desatado el clásico ataque de nostalgia en toda una generación. E igual que con las cafeteras Bialetti, hemos descubierto que la nostalgia no da de comer.

Porque, como ocurre con todo, llegó un momento en el que el ondulado de aquellos platos Paris nos empezó a parecer antiguo. Y el naranja y el verde de la vajilla y los vasos que llenaban los armarios de nuestros padres y abuelos nos recordaba que éramos hijos y nietos de obreros.

Lucha de clases en versión menaje. Porque cuando había que hacer un trabajo de clase en casa de los más pudientes del cole, allí la vajilla de la merienda se parecía a la que en casa solo se sacaba en Navidades. Se parecía, ojo, porque en realidad la nuestra, y la de casi todos, era una modesta Arcopal.

Ahora lo recordamos y reivindicamos con orgullo de barrio. Pero en algún momento seguro que intentamos convencer a nuestras madres de que tocaba renovar la vajilla.

Y años después, ya fuera de casa, corrimos a Ikea para llévanos una caja llena de platos de colores hechos en China y copas que se rompían con la mirada. Periodistas mileuristas -valga la redundancia- con sueños nórdicos en nuestro primer piso compartido.

Mientras para algunos este cierre es una prueba más de que 2020 es un año de mierda, según leemos, otros más ágiles han rebuscado en Amazon para encontrar imitaciones y colar un artículo con sus enlaces afiliados para tentar a quienes sufrimos repentinos ataques de nostalgia.

Es más, seguro que ahora mismo más de uno andará rebuscando en los armarios de sus padres y sus abuelos a ver si quedan algunos de aquellos platos de los que renegó pero que ahora resulta que son hípsters y se venden -ojo- a 6 euros la pieza en Ebay. O se intenta, por si alguien pica.

Durante unos días será noticia. Y nos arrepentiremos de la traición y le juraremos a Duralex fidelidad eterna. Algunos incluso confirmaremos que somos completamente idiotas y compraremos algunas piezas -puede que las mismas que no guardamos en su momento- para poder explicarles a nuestros hijos que esos fueron los platos con los que crecimos.

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