Lo peor y lo mejor de Master Chef 7

Pues ya está, hasta aquí ha llegado una nueva edición de MasterChef. Una temporada que arrancaba con la afirmación de que se enfrentaban a un alto nivel culinario, y que, una vez más, se ha demostrado que salvo algún concursante que ya entró fuerte y algún otro que ha evolucionado durante el concurso, el resto, pues la verdad, ni fu ni fa.

Eso sí, si por algo ha destacado esta séptima edición ha sido por el exceso de protagonismo del (supuesto) conflicto entre Carlos y Valentín. Una lucha que desde el programa han explotada hasta la saciedad, insistiendo y pinchando en cada uno de los programas incluso en más de una ocasión.

La guerra entre ambos y la formación de los consiguientes “ejércitos” a cada bando ha llenado, para nuestro gusto, demasiados minutos del programa. Ya sabemos que es tele y que blablablá pero, la verdad, ha resultado bastante cansino.

Carlos, lo peor de esta edición

Además del citado conflicto, lo peor de todo ha sido Carlos en sí mismo. El más sobrado (pese a no saber hacer ni un gazpacho) de los concursantes que recordamos en todos estos años. Un tío que llegó ya el primer día rajando de todos los compañeros, condenando a algunos de ellos a las pruebas de eliminación -como a Osiris, de quien llegó a decir que era un sobrado y que había que echarlo a los leones- o celebrando la expulsión de algunos de sus compañeros con una cara de satisfacción que daban ganas de apagar la tele.

Junto con Marcos llenaron el programa de un exceso de testosterona que resultaba bastante desagradable. Y suerte que Aleix no llegó a sumarse a eso que ellos insistían en llamar “El Trío Calavera” y que, gracias a dios, no llegó a fraguar nunca, porque hubiera sido la plasmación del mismísimo Trío de Colón en versión culinaria.

Pero es que Carlos ha sido tan malo, que ha tenido hasta para Marcos, su -supuesto- amigo del alma. De él llegó a decir que si le dejabas solo en un parque con su hijo era su hijo el que tenía que cuidar de él. Y el día que lo expulsaron aseguró quitarse un peso de encima: “Marcos era un lastre y ahora empieza el programa para mí”.

Eso sí, le faltó tiempo para lloriquear e intentar manipular al jurado diciendo que su padre estaba enfermo para que le dieran una segunda oportunidad después de presentar un plato de pasta patético. Él que tanto alardeaba de ser medio italiano por serlo su padre. Al final ni pasta, ni gazpacho, ni final.

La caña a Aleix

Nada más arrancar el primer programa, Aleix ya partía como uno de los favoritos de esta edición. Él que siempre quiso dedicarse a la cocina y que, al empezar por fin sus estudios, tuvo que dejarlos para ayudar en la pescadería de la familia, entró siendo todo pasión. Y esto le ha valido la caña de Jordi un programa tras otro.

En un intento por sacar lo mejor de él, le ha acusado en más de una ocasión de ser pretencioso y de preocuparse más por la estética que por cocinar. Y, sin embargo, a pesar de la caña, para Jordi siempre ha sido su favorito, de quien ha llegado a decir que se veía reflejado en él: “El chico joven con ganas de gustar y prisa por hacerlo bien”.

Eso sí, después de su primera capitanía, que no llegó hasta el penúltimo programa, demostró que tiene madera, además de pasión. Además de felicitarle, Jordi le aseguró que se había ganado su respeto. Estamos seguros de que, como poco, Aleix tiene un futuro asegurado en las cocinas al lado de Jordi Cruz.

Teresa, un personaje muy peculiar

Teresa es sin duda la concursante que más nos ha desconcertado en esta edición. Reconocemos que no dábamos por ella ni un duro, y menos después de celebrar en el primer programa el haber hecho su primera mayonesa. Le augurábamos un paso rápido y fugaz por el programa y, sin embargo, ha llegado hasta la mismísima final. Esto demuestra dos cosas, que no podríamos ganarnos la vida como futurólogos, y que en MasterChef, pese a todo, es posible la evolución.

Y Teresa es la prueba de ello. Una persona que ha alardeado durante el programa de que ella, la comida, la compra ya hecha: “Si hay cosas perfectamente fabricadas, para qué vas a perder el tiempo”. ¡Ole tú! Eso sí, la evolución ha llegado hasta tal punto que salió vencedora con unos merengues en la prueba que le otorgó el privilegio de incorporarse a la partida de postres del Abac. Ahí es nada. Suerte que allí no tendrá que lidiar con animales, que a lo largo del programa ha quedado claro que no es lo suyo.

La edición en la que más récords se han batido

Está edición pasará a la historia también por haber superado algunos de esos retos que parecían imposibles edición tras edición: Osiris consiguió hacer por primera vez en la historia del programa la tarta de profiteroles de Paco Torreblanca, y Samira hizo lo propio con las patatas suflé, otra de las bestias negras de los concursantes.

Pero también ha habido récords negativos, y es que, por primera vez en el programa, un equipo no pudo sacar ningún plato en la prueba de exteriores, lo que les valió la bronca del siglo.

Además de batir récords, esta también ha sido la edición en la que más se han saltado las propias normas del juego. Algo que últimamente viene siendo bastante habitual. Y es que, está claro, el juego es suyo y hacen lo que quieren.

Así, en esta edición hemos visto entregar delantales negros directos desde la primera prueba en varias ocasiones, así como la condena con delantal negro directo de un programa al siguiente. El mérito fue para Aitana y -injustamente- para Aleix, por hablar demasiado desde el balcón.

Pero lo que más indignó a los seguidores del programa fue el día en que, en un momento de exceso de bondad por parte del jurado, decidieron no echar a ninguno de los concursantes, salvando así de la expulsión tanto a Samira como a Valentín. Claro que parece que los espectadores no tuvieron en cuenta que unas semanas antes habían hecho justo lo contrario, expulsando tanto a Marcos como a Gloria. Pues eso, que las reglas están para saltárselas, ¿no?

El jurado, más protagonista aún

Y ahora que hablábamos del jurado y sus siempre polémicas decisiones, este año hemos disfrutado más que nunca con sus cocinados. Y es que Pepe y Jordi se han puesto delante de los fogones más que en ninguna otra edición. Hasta han hecho de capitanes de ambos equipos en una de las pruebas de exteriores. Eso sí, para evitar la vergüenza de presentar un mal cocinado en Almería justo el año en que ostenta la capitalidad española de la gastronomía.

Además, les ha servido para valorar el trabajo de los concursantes. En palabras del propio Jordi Cruz: “Al jurado nos viene bien porque nos ponen los pies en el suelo. No es fácil cocinar cuando estás nervioso. Se pasa mal. He sudado”.

A la que no hemos visto tanto por las cocinas ha sido Samantha, que tan solo ha cocinado un día. Eso sí, a ella la ausencia de Eva le ha reportado un papel que, la verdad, no aprobamos en absoluto. Y es que, así como ha habido cosas que se han ido turnando entre los tres, a Samantha le han tocado siempre las tareas de supermercado y de atender a los comensales en las pruebas de exteriores. Nos encantaría saber por qué… Igual este es el motivo por el que ha estado más gritona y desagradable con los concursantes que nunca.

Y culinariamente, ¿qué?

Pues como decíamos al principio, culinariamente esta edición ha dejado bastante que desear. Podríamos destacar, y casi siempre para mal, mucho de los platos presentados: la pasta que no era pasta de Laly y Alicia o el horror de la de Carlos; los chips de verduras de Teresa; el filete con patatas y un tomate relleno de arroz de Gloria en una prueba de eliminación… y así un largo etcétera.

Uno de los que merecería pasar al olimpo de los peores platos -al menos visualmente- de MasterChef es el pollo que Carmen y Gloria presentaron y cuyo aspecto era más propio de un aseo… Vamos, que hasta Boris Izaguirre, que era el invitado en aquel programa, dijo “un emplatado puede ser una mariconada pero no puede ser una caca”. Nada más que añadir.

Entre los cocinados desastrosos de esta edición nos quedamos con uno que, sin embargo, resultó divertido y hasta entrañable: el pichón relleno de Josecho. Aquello más que un pichón relleno era una hamburguesa, y encima lo presentó hasta con las cuerdas. “Retales de Pichón” lo llamó.

Pero Josecho tenía esa gracia que lo salvaba de todo: “Pido perdón al pichón y al jurado. No me pongo de rodillas porque me cuesta levantarme”. Pepe lo adoraba y hasta cocinó con él en una prueba en la que ninguno de sus compañeros lo escogió.

Pese a que no tenía el nivel culinario (ni de lejos) para haber sido uno de los escogidos entre los 25.000 candidatos de esta edición, ha sido el concursante más entrañable y divertido. Lástima que tuviera que dejar el programa por culpa de una caída. A estas alturas esperamos que esté ya recuperado.

Y desde aquí le damos un consejo a los directores de casting del programa: si la idea es buscar personajes, y no necesariamente con buenas dotes culinarias, por favor, más Josechos y menos Carlos.

 

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