El nuevo milagro ‘realfooding’: un helado que pasa de ultraprocesado a buen procesado en 30 minutos

Croissants, refrescos, helados… el catálogo de realfooding no para de crecer con productos que poco tienen que ver con la comida real y mucho menos con lo que en su momento se supone que defendía Carlos Ríos. Pero, visto que todo cuela, parece que han decidido que ya no hace falta disimular.

Nuestra broma recurrente de la Comtessa realfood se está quedando pequeña, así que subimos la apuesta: una hamburguesa realfood en colaboración con alguna gran cadena. Al tiempo.

De momento, la transformación del movimiento realfooding en una religión sigue por buen camino. Ya hemos comentado otras veces que esto es ya más una cuestión de fe y fidelidad al líder. La nutrición, la ciencia y todo aquello hace tiempo que quedó olvidado. ¿Y qué necesita toda religión? Exacto, un milagro.

Eso es justo lo que ocurrió hace poco, coincidiendo con la presentación de un helado de cacao de la marca de Ríos. Un producto que necesitó menos de media hora para pasar de ser un malísimo ultraprocesado a un buen procesado. ¡Aleluya! ¡Demos gracias a Carlos Ríos por obrar este milagro!

En realidad, como suele pasar con los milagros, tiene truco. Y es que es la propia aplicación del movimiento realfooding (MyRealFood) la que obró esta transformación. Inicialmente, el helado aparecía identificado como un ultraprocesado, pero en cuestión de minutos la valoración cambió.

Le pillaron -el chiste no es mío- con el carrito del helado, pero la verdad es que da igual. Hemos llegado a un punto en el que esta empresa ha demostrado encontrar la fórmula perfecta para tratar a sus seguidores como idiotas y que no pase absolutamente nada.

Por cierto, si te apetece un helado o un croissant, adelante. Compra el mejor artesano que puedas permitirte en tu heladería o panadería de confianza y disfrútalo. Será igual de saludable o poco saludable que el de Ríos, pero al menos no te estarán tomando el pelo.

¿Dos euros por un café es mucho?

En los últimos meses, cerca de casa han abierto dos nuevas cafeterías de especialidad. Para algunos, síntoma del buen momento del café de calidad en el país, tras años en los que encontrar un café decente era casi una odisea. Para otros, una pista de la gentrificación del barrio. Posiblemente ambos tengan razón.

El caso es que que los vecinos despistados que acaban allí sin echar un vistazo antes a la carta, normalmente salen escandalizados al ver cómo su café con leche de toda la vida ahora se llama flat white -que sí, que no es lo mismo, pero ya nos entendemos- y, sobre todo, cuesta casi tres euros.

No es una forma de hablar, no baja de 2,5 euros en ambos locales. Que, por otra parte, cuentan con estupendos baristas que sirven un excelente café. Una cosa no quita la otra. Me he acordado de todo esto al leer lo que ha ocurrido en Florencia con ese café de dos euros que acabó con la policía acudiendo al local y una multa de más de 1.000 euros al hostelero por no tener los precios a la vista.

¿Sólo dos euros por un café en Florencia?, bromea alguno. Efectivamente, depende de dónde te sientes en esa ciudad, puedes pagar una fortuna por cualquier cosa. También en Barcelona si andas un poco despistado, por cierto. Y en cualquier ciudad con muchos turistas, vaya.

Pero, por otro lado, el café en Italia es una cosa muy seria. No hablamos de calidad, sino del acto cotidiano del café. O de los cafés. Tradicionalmente cortos, oscuros, en barra, de esos que se toman en un minuto antes de seguir con lo que sea. En los años duros, el remedio para quitar el hambre y despertarse, se solía decir del café en Italia. Café casi como combustible, nada que ver con esa imagen de una terraza y un café eterno en pleno dolce far niente.

Es en este contexto dónde se entiende la indignación del cliente, que recaló por lo visto en una cafetería de especialidad (Ditta Artingiale) donde los precios no son los de barra de toda la vida.

Le supongo la misma cara de sorpresa que la de los vecinos que salen asustados de estas cafeterías, contando a todo el mundo que le han cobrado casi tres euros por un café con leche. No por los tres euros, sino por esa sensación de que alguien ha cambiado las normas en el barrio y nadie les ha avisado.

Porque, en realidad, dos euros no es mucho por un café. Por uno bueno, se entiende. No por ese torrefacto infame, quemado y hecho con una cafetera sucia.

Me contaba un distribuidor de café de una conocida marca italiana que estaban hartos de ver cómo bares rellenaban con cafés de otras marcas inferiores y más baratas sus latas de café en grano que se montan en la máquina y suelen estar a la vista. Sobre todo, decía, porque el café es uno de los productos que más margen deja al hostelero, incluso si se pagan unos céntimos más por producto de calidad.

El café lleva años subiendo, comentábamos hace poco, así que no habrá otro remedio que acostumbrarse a pagar más por él. Deseando, eso sí, que ese aumento de precios repercuta en las condiciones del productor, no en los beneficios del intermediario. Sobre todo, teniendo en cuenta que el trabajo infantil sigue estando a la orden del día en este sector.

Al final, como siempre, el problema no son los dos euros. El problema son los sueldos de mierda que se estilan por aquí. Incluido posiblemente el del barista que nos está preparando ese estupendo café.

Torreznos en formato flan, cóctel o bombón: Soria busca su torrezno más innovador

Pocas cosas más delicadas que pretender innovar con un producto que por sí solo es una maravilla. Un clásico cuando se habla, por ejemplo, de la gamba: ¿Qué vas a hacerle a una buena gamba, más allá de pasarla por el fuego lo justo, que pueda hacerla mejor? Algunos lo consiguen, cierto.

Algo parecido pasa con el torrezno. ¿De verdad se puede mejorar esta maravilla que, muy sabiamente, en Soria han convertido en su bandera y a la que suelen refererirse con mucha guasa como la mejor barrita energética?

Mejorarlo igual no, pero sí conseguir integrarlo en recetas, servirlo en otros formatos o buscarle una vuelta para, al menos, sorprender al consumidor.

Eso es lo que se han propuesto en una nueva edición de las Jornadas del Torrezno de Soria, en las que participan más de una veintena de establecimientos de la ciudad hasta el 29 de mayo.

Cada uno de ellos ha jugado con los torreznos para presentar una tapa diferente, con un precio de 2,5 euros.  Y los resultaos son realmente originales: el flan de torrezno de Soria que ofrece el restaurante Gaya Nuño, el torrezno escabechado del Bar Patata, o el «Cóctel de Sabores» (torrezno incluido) con el que se ha atrevido el restaurante Los Villares.

Más innovaciones torrezneras: el «Torrezno Roche» del Restaurante Antonio, o la tarta de requesón y torrezno que se puede probar en el restaurante Virrey Palafox, e incluso un torrezno al estilo japonés con un falso canelón de buta no kakuni que sirven en Santo Domingo II.

Se busca influencer que no quiera anunciar comida basura (ni viva en Andorra)

Como auténticos expertos en seguir la pista a youtubers e influencers adictos a la comida rápida y con residencia en Andorra, confesamos que la campaña de Planeta Huerto nos ha hecho mucha gracia.

Y es que esta empresa especializada en productos para «una vida sana y sostenible» se ha propuesto encontrar un streamer saludable, dispuesto a decir no a la comida basura y promover un estilo de vida saludable.

La verdad es que ese universo paralelo de directos eternos en Twitch, pantallas y videojuegos parece poco compatible con una vida medianamente sana. Y ojo, que tampoco quienes aprovechan las redes para vender sus dietas mágicas, zumos detox o pseudociencia adelgazante de turno nos parecen mejores o menos peligrosos.

El caso es que Planeta Huerto busca streamer dispuesto a divulgar estas ideas. ¿Gratis? Nada de eso: el ganador o ganadora cobrará 3.000 euros al mes (brutos) durante 6 meses por su trabajo.

«En ese tiempo, el streamer deberá cambiar los snacks y las chocolatinas por el hummus o el brócoli, y el sedentarismo de las sillas gamer por actividad al aire libre cultivando su propio huerto», explican.

Pero lo que nos ha enamorado es esa idea de que la sostenbilidad va más allá de lo que se compra o se come, y también tiene mucho que ver con la política, la economía y pagar los impuestos que tocan y donde toca. Lo explican ellos mismos.

«El compromiso de Planeta Huerto con la sostenibilidad va más allá de la salud. Planeta Huerto también está comprometido con las buenas prácticas. Por eso, el reto saludable es una invitación abierta a todos los streamers españoles, lo cual deja fuera a aquellos con residencia en otros países». Vaya, que los andorranos quedan fuera del concurso.

Es verdad que posiblemente para ellos 3.000 euros al mes sea calderilla, pero ojo que ahora que, por fin, se va a prohibir la publicidad de alimentos insanos, igual parte de sus ingresos se van al carajo.

Somos conscientes de que, una vez más, estamos ante una ingeniosa campaña de marketing, pero en un sector en el que parece que sale gratis ir de la mano de quienes prefieren no pagar impuestos en España o que no posicionarse en ciertas cuestiones sale gratis, las empresas con ideas como estas nos caen un poco mejor.

Macrogranjas y deforestación en Brasil: el coste oculto de esa bandeja de carne barata del supermercado

Aunque pasadas las elecciones en Castilla y León parece que el tema se ha esfumado, hace pocas semanas las macrogranjas y el modelo de producción de la ganadería intensiva ocupaba titulares y no faltaban defensores de este sistema. Parece que ya no interesa que se hable más del asunto.

Es la única forma de tener carne barata, apuntaban algunos. Un argumento ampliamente rebatido desde muchos ángulos. Desde la necesidad de reducir el consumo de carne por salud hasta el daño que hace a la imagen del país convertirse en la pocilga de Europa, como ya lo califican desde otros países.

Tras esa imagen de carne de calidad muy justa a precios de derribo, se esconden unos costes sociales y medioambientales asociados y que aparentemente no repercuten directamente en el consumidor, pero que acabamos pagando todos. En el sentido más amplio del término, además.

Y es que un reciente trabajo de investigación presentado por la asociación Carro de Combate vincula con pruebas, cifras y datos que dejan poco margen a las dudas, el modelo de macrogranjas españolas con la deforestación en Brasil.

¿Dónde esta la relación? En las toneladas de soja que los grandes productores de piensos de España -proveedores de las principales marcas del sector de la carne- importan cada año desde aquel país.

En 2020 llegaron casi 2 millones de toneladas de soja desde Brasil, cuyo cultivo intensivo está directamente relacionado con la deforestación del Amazonas. La soja es uno de los ingredientes clave (representa un 25%) del pienso usado sobre todo por la industria porcina, detalla este estudio que también denuncia los millones de ayudas europeas que reciben muchas de las empresas del sector.

Es decir, se deforestan grandes extensiones amazónicas en Brasil para cultivar una soja que viaja hasta España para alimentar a los cerdos de las macrogranjas, cuya carne, en un gran porcentaje, se exporta a otros países. Parece evidente que algo no tiene mucho sentido en este modelo. O, mejor dicho, que solo lo tiene para unos pocos.

Así que esa bandeja de lomo de cerdo de oferta del supermercado, en realidad es mucho más cara de lo que quieren hacernos creer. Y lo peor es que la factura igual la acaban pagando nuestros hijos.

El abridor de huevos de codorniz que no sabíamos que existía (y que ahora necesitamos)

Se suele decir que hay aparatos de cocina casi para cualquier cosa que podamos imaginar. Así que si existe un trasto para abrir aguacates -que como todo el mundo sabe, es dificilísimo-, parece lógico que exista un abridor de huevos de codorniz. Que estos sí que cuesta abrirlos en crudo sin destrozarlos.

Asumimos que igual muchos ya sabían de su existencia, pero confesamos que nosotros acabamos de descubrirlo. Concretamente gracias a José Santiago, cocinero del restaurante Cuinas de Santa Caterina, ubicado en el mercado con el mismo nombre de Barcelona.

Andábamos por allí haciendo la compra con él en el mercado y descubriendo algunas de sus recetas cuando este gadget nos llamó la atención. El sistema, como puede verse, es de lo más sencillo y, básicamente, lo que permite es abrir un huevo de codorniz sin tener que recurrir a una puntilla, que sería el método alternativo y manual.

¿El típico aparato que usaremos dos veces y luego acabará olvidado en el cajón junto a otros gadgets especializados? Posiblemente. Salvo que seamos muy fans de los huevos de codorniz fritos, la verdad es que su uso doméstico parece bastante limitado. Otro tema es, claro, la cocina de un restaurante, donde no solo puede tener más uso, sino que hace falta cierto ritmo sin romper la mitad de los huevos.

Por cierto, nos consta que no somos los únicos en haber descubierto ahora el invento. Ni en pensar que necesitamos, urgentemente, uno. ¿Dónde encontrarlo? En cualquier tienda de menaje de cocina, en Amazon -como no- y su precio no suele llegar a los 10 euros.

Los sospechosos chipirones frescos o por qué es mala idea tomar el pelo a los clientes del mercado

Comprar en el mercado es para muchos casi un acto de militancia gastronómica o incluso política. Hablamos del mercado de abastos de toda la vida. La plaza. Esa sucesión de puestos de productos frescos que, con mejor o peor fortuna, ha conseguido sobrevivir hasta ahora frente a las cadenas de supermercados.

La calidad del producto fresco suele ser mucho mejor, defendemos muchos. Y suele ser cierto. Pero la comodidad y el precio hacen que la batalla sea complicada. Además, en algunas ciudades hay que sumarle el efecto del turismo, que ha convertido los mercados en parques temáticos más pensados para que los visitantes tomen zumos de colores y tapas recalentadas que para que los vecinos hagan la compra.

La subsistencia de los mercados pasa por los clientes de toda la vida, por las nuevas generaciones que reivindiquen esta forma de hacer la compra y, por supuesto, por cierta competitividad, sino en precio, sí en calidad. Queremos seguir yendo al mercado a por la carne, la fruta y el pescado, pero es importante que no nos tomen el pelo.

De ahí que esta fotografía de unos curiosos chipirones frescos en el puesto de un mercado que hace unos días compartía en Twitter Félix Vallugera -sus cursos online de arroces secos arrasan, por cierto- nos parezca un desastre. No la foto ni el comentario, que compartimos totalmente, sino la gracia de la pescadería de turno.

Da igual el nombre o el mercado, porque esta picaresca no conoce fronteras. Pero al menos un poco de elegancia a la hora de tomar el pelo al cliente, porque o esos chipirones se han pescado en la Antártida y vienen directos de allí o, ejem, igual muy frescos no son.

Dejaremos al margen las cuestiones legales y sanitarias. Bueno no: vender como fresco un producto descongelado es un peligro, porque si el cliente vuelve a congelarlo antes de cocinarlo puede dar algún que otro problema. De hecho, estamos convencidos de que el timo está en el cartel grande y que esa etiqueta que no podemos leer se cuida un poco más y, en letra pequeña, indicará que, ejem, se trata de producto descongelado.

Pero, insistimos, no es ya la mentira o el timo cutre. Tampoco que, lógicamente, los clientes tengan ahora todo el derecho a desconfiar del resto de productos que venda la pescadería (si me engañas con los chipirones, seguro que alguna otra me quieres colar).

Lo peor de todo es que estás engañando a quien ha resistido la tentación de hacer toda la compra en alguno de los catorce supermercados que posiblemente tiene a mano en el barrio y sigue apostando por el mercado, pese a que posiblemente no es tan cómodo e incluso igual más caro.

Se hace por calidad, por cercanía, porque quieres saber el nombre de quien te atiende o por lo bien que saca dos filetes de cada caballa o, si no hay mucha gente, igual hasta te limpia las anchoas. Pero también porque esa forma de comprar y ese modelo de barrio y comercio de proximidad tiene futuro.

Que la gran industria alimentaria nos engaña cada día y al mínimo descuido, lo damos por hecho. Pero de ti, pescadero del mercado, se supone que podemos fiarnos un poco más. Así que no cometas el error de traicionar a tus clientes y arrastrar al resto de puestos del mercado por ganar cuatro céntimo más con unos puñeteros chipirones congelados. O, al menos, descongélalos mejor la próxima vez.

MasterChef 10: “Esto no es un show, es el reflejo de una cocina profesional”

Aunque parezca increíble, así arrancaba esta edición de MasterChef en palabras del propio Jordi Cruz. Y con solo tres semanas de programa hay ya tantos momentos para llevarle la contraria que parece un gag.

Empezando ya por la selección de los concursantes de esta edición aniversario. ¿En serio pretenden que nos creamos que unas ex novias se han encontrado por casualidad en el casting del programa? ¿Y que, casualmente, las dos hayan sido seleccionadas para participar? Lo único que justifica su elección es que ambas, y especialmente María Lo, son muy buenas en la cocina. El resto, bueno, lo de siempre: no olvidemos que esto es televisión.

Y por eso tampoco pueden faltar las dosis de sensacionalismo al más puro estilo Diario de Patricia. Sin ir más lejos, en el programa de la semana pasada, mientras Adrián intentaba cocinar algo en el caos que era su equipo de exteriores, Pepe se acercó a las brasas y se puso a hurgar en la vida de Adrián.

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‘Lettuce Chips’: en Tik Tok han descubierto la ensalada de lechuga

Muy atentos porque esta receta es de esas solo al alcance de los foodies más experimentados. Necesitaremos una lechuga limpia y lo más crujiente posible, aceite, vinagre y sal. La técnica para la elaboración también es muy sofisticada: trocear la lechuga con las manos, añadir limón exprimido, un poco de vinagre de vino y sal. Remover y ya lo tenemos.

Oiga, que esto es una ensalada de toda la vida. Lo parece, pero en realidad es algo mucho más moderno: lettuce chips. Es decir, chips de lechuga. Y aunque parezca una tomadura de pelo, es una de las recetas -por llamarlo de algún modo- que se han puesto últimamente de moda en Tik Tok, esa fuente inagotable de trucos gastronómicos y tontadas tan inmensas como esto de descubrir en 2022 la lechuga.

Por supuesto, los vídeos dedicados a explicar cómo hacer estos chips de lechuga se cuentan por centenares y suman millones de visitas. O los sumaban, porque la historia se remonta a mediados de marzo y las modas duran muy poco en el particular universo de Tik Tok.

El origen de esta receta viral es, por lo visto, el intento de una tiktoker para conseguir una alternativa sana a las patatas fritas. Y, en un giro de guión inesperado, descubrió que las hojas de lechuga, efectivamente, son más saludables. Si tienen algo que ver con las patatas fritas ya es otro tema.

Ante el éxito, claro, muchos más usuarios se unieron a la moda por si la receta original no había quedado suficientemente clara. Por supuesto, tampoco faltaron los medios que, atentos siempre a este tipo de cosas, lejos de tomárselo a cachondeo, han publicado la receta en cuestión. ¡Como si fuera una receta de verdad!

Cuesta no tomárselo a risa, la verdad. Sobre todo viendo la cara de sorpresa de las protagonistas del vídeo al probar la ensalada y confirmar lo buena que está. ¿Es la primera vez en su vida que están comiendo lechuga? ¿Nunca habían aliñado una ensalada con limón pese a ser, supuestamente, aficionados a la cocina que comparten rectas? ¿Se están riendo de todos nosotros? Posiblemente.

¿Piña en la pasta? Los británicos cabrean a los italianos con su ‘Hawaiian spaghetti’

La capacidad de los ingleses para tunear recetas de fuera y enfadar al país originario es casi tan grande como nuestra afición a este tipo de conflictos gastronómicos transfronterizos. No parece que esto vaya a suponer una escalada bélica como lo del chorizo en la paella de Jamie Oliver -se rumorea que todavía tienen su foto en los aeropuertos de la región, por si intenta acercarse-, pero la última del recetario de la BBC también da para conflicto diplomático.

Y es que, por si los italianos no tenían suficiente con ver cómo medio mundo -siendo optimistas- destroza su santa pizza e incluso algunos debaten si se le puede o no echar piña, ahora este ingrediente maldito se asoma también a un plato de espaguetis.

Bautizados como hawaiian spaghetti, la receta en cuestión recurre a piña en lata, jamón, queso crema, mantequilla, cebolla y ajo para cocinar una salsa con la que rematar el plato de pasta. Aunque es verdad que la pasta lo admite casi todo, da la sensación de que la receta en cuestión es de esas de vaciar nevera y todo a la cazuela.

A la espera de ver si Italia llama a consultas a su embajador en Londres, la verdad es que eso de meterle piña en lata (¿en almíbar?) a unos espaguetis no acaba de convencernos.

Salvo que sea para deshacernos de ese bote que tenemos de la cesta de navidad de hace cinco años. Pero incluso así, lo de añadirle a la salsa el líquido de la piña -tal y como indican en la receta- nos parece una provocación directa al pueblo italiano. De hecho, aprovechamos el inciso para recordar un sencillo truco que mejora cualquier salsa para la pasta y que consiste en añadir el agua de la cocción. No de piña.

En todo caso, mejor no ponernos muy dignos por aquí con eso de las afrentas a la cocina italiana o a la pasta porque somos un país donde se estila mucho la carbonara en versión hereje, con bien de nata.