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El cambio climático en la región mediterránea: muy malas perspectivas

El pasado 11 de diciembre, Greta Thunberg, en su intervención en el plenario de la COP25 sobre el clima, preguntó a los representantes y negociadores de los países asistentes cómo podían reaccionar sin sentir pánico ante los irrefutables datos que la ciencia ofrece sobre los devastadores efectos que ya tiene el cambio climático.

Esa misma pregunta es la que también se podía haber hecho a los representantes de los países firmantes del convenio para la protección del medio marino y la región costera del Mediterráneo (Convenio de Barcelona) que participaron en la 21ª Reunión de las Partes Contratantes del Convenio (COP21) que se ha celebrado en Nápoles del 2 al 5 de diciembre.

Los datos científicos que maneja el Convenio de Barcelona sobre cómo está afectando el cambio climático al Mediterráneo son estremecedores (ver más abajo) pero, aunque en todos los discursos de apertura y de clausura de la COP21 se hicieron referencias a la emergencia climática y a la necesidad de actuar urgentemente reduciendo las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), lo cierto es que durante las sesiones de esta última cumbre no ha habido indicios de ningún tipo de debate serio al respecto. En mi opinión, Greta Thunberg acierta plenamente cuando critica a los políticos porque hablan todo el rato de emergencia climática, pero, incoherentemente, se comportan y actúan como si no estuviéramos realmente en una situación de urgencia.

En esa misma línea, el Convenio de Barcelona, no sólo no ha adoptado ninguna decisión conjunta de establecer objetivos medibles de descarbonización para la región a corto, medio o largo plazo, sino que, por el contrario, la mayoría de los países miembros siguen haciéndole el juego a la industria petrolera, fomentando las actividades de exploración y explotación de hidrocarburos, en total contradicción con los esfuerzos y objetivos de transición energética del Acuerdo de París, del que también esos mismos países son parte. Es más, en la COP21 se adoptó una decisión al aprobar unas directrices que regulan las actividades offshore, que permitirían a la industria de hidrocarburos explorar nuevos recursos, incluso dentro de áreas marinas protegidas.

La COP21 del Convenio de Barcelona ilustró claramente la ausencia de compromiso conjunto de este foro internacional con respecto al cambio climático. Como reconoce el “Informe 2019 sobre el estado del medio ambiente y el desarrollo en el Mediterráneo” (SoED 2019) del Convenio de Barcelona, que se llevó a aprobación a la COP21:

“Actualmente, más de doscientas plataformas de petróleo y gas en alta mar están activas en el Mediterráneo. Con nuevos descubrimientos de grandes reservas de combustibles fósiles y exploraciones en la región, esta cifra aumentará. La exploración en alta mar en curso en la cuenca del Levante, en el Líbano y la República Árabe Siria, así como en la cuenca del Delta del Nilo y la cuenca del Egeo podría contener importantes reservas de petróleo y gas y podría transformar los ecosistemas y economías del Mediterráneo oriental”.

En otras palabras, el problema ya no es sólo que los gobernantes no tengan un verdadero sentimiento de urgencia ante el desafío del cambio climático, como denuncia Greta, sino que, al menos en el caso de los países de la cuenca mediterránea (salvo muy contadas excepciones), los gobiernos mayoritariamente siguen manteniendo políticas energéticas activas de fomento de los combustibles fósiles, que impiden avanzar en la necesaria descarbonización de la economía.

Y ello pese a las aterradoras perspectivas para todo el área del Mediterráneo frente a los efectos del cambio climático. Según datos del citado informe del Convenio de Barcelona presentado ante la COP21:

  • La cuenca mediterránea se ve afectada por el cambio climático a un ritmo muy superior al promedio mundial, en particular por un calentamiento más rápido del aire y de la superficie del mar en todas las estaciones.
  • Mientras que la temperatura media mundial del aire ahora es aproximadamente 1.1°C por encima de los valores preindustriales, la región mediterránea se acerca a un calentamiento de 1.6°C. Se espera que se haya calentado 2.2°C entre 2030 y 2052.
  • En paralelo, la temperatura de la superficie del mar en el Mediterráneo ya se ha calentado alrededor de 0,4°C por década durante el período comprendido entre 1985 y 2006 y se espera que alcance entre +1.8°C y + 3.5°C para 2100 en comparación con el período entre 1961 y 1990.
  • Las olas de calor son cada vez más fuertes y frecuentes y se acentúan especialmente en los centros urbanos debido al efecto de isla de calor. Se espera que las precipitaciones de verano disminuyan entre un 10% y un 30% con el aumento atmosférico global de 2°C y es muy probable que los eventos de fuertes lluvias se intensifiquen y se vuelva más erráticos.
  • El mar está absorbiendo CO2, lo que provoca la acidificación de los océanos a una velocidad sin precedentes de 0,018 a 0,028 unidades de pH por década, con importantes consecuencias esperadas sobre los organismos calcificadores, que afectan a la biodiversidad marina y a la acuicultura.
  • El cambio climático ya exacerba los desafíos regionales, induciendo un aumento en los riesgos de sequías, inundaciones, erosión e incendios. En las próximas décadas, se espera que el cambio climático amenace aún más la seguridad alimentaria y del agua, así como los medios de vida y la salud humana.
  • El turismo, la pesca, la acuicultura y la agricultura ya han comenzado a verse negativamente afectados tanto por los cambios en los patrones climáticos generales como por los eventos extremos.
  • La calidad y la cantidad de los recursos de agua dulce disminuyen, mientras que el calentamiento y la disminución de las precipitaciones a nivel local conducen a la reducción de los rendimientos (especialmente para los cultivos de invierno y primavera en el sur) y aumentan los requisitos de riego.
  • La composición y distribución del stock de peces probablemente cambiará, con más especies de aguas cálidas y una disminución en el tamaño de los peces.
  • Debido a un rango de marea limitado, las infraestructuras y los asentamientos costeros mediterráneos a menudo están más cerca del nivel medio del mar que en la mayoría de las regiones del mundo, lo que los hace muy vulnerables al aumento del nivel del mar, tormentas, inundaciones, erosión y subsidencia local de la tierra.
  • El mar está aumentando su nivel a un ritmo acelerado de 2,6, a 2,9 mm por año, lo que implica un aumento estimado actualmente de 52 a 190 cm para 2100. Considerando la alta concentración de población humana y las actividades en la zona costera mediterránea, la exposición es muy alta. Además, el aumento del nivel del mar también provoca la salinización de los humedales y acuíferos costeros.
  • Teniendo en cuenta la intensidad particular del forzamiento climático (aumento de la temperatura, disminución de la precipitación, acidificación, aumento de eventos extremos), del forzamiento no climático (crecimiento de la población, incluidas las llegadas de turistas) y la vulnerabilidad y exposición de los principales riesgos (cobertura del suelo, densidad de población, actividades económicas, sitios de patrimonio), la cuenca mediterránea se considera un punto caliente de cambio climático.

En resumen, las Partes Contratantes del Convenio de Barcelona reconocen abiertamente -y lo ponen por escrito- que el cambio climático ya se está expresando con gran dureza hoy en día y que los efectos esperados en las próximas décadas serán devastadores, pero siguen actuando como si nada pasara.

Me temo que, aunque algunas cosas están empezando a cambiar, la sociedad civil tendrá que seguir presionando durante más tiempo, y cada vez más fuerte, para que los gobiernos de todo el mundo decidan actuar de forma verdaderamente responsable.

Por Carlos Bravo – Consultor para OceanCare y socio protector de la Fundación Renovables