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Razones para el cierre de Garoña

Carlos Bravo – Coordinador del Secretariado técnico de Alianza Mar Blava

Hace unas semanas recibí, con cierta sorpresa, un escrito de la Subdirección General de Energía Nuclear (SGEN) del Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital (MINETAD) en el que, en resumidas cuentas, informaba que se había recibido en ese Ministerio el informe del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) sobre la renovación de la autorización de explotación de la central nuclear de Garoña y que podíamos alegar al respecto. ¡Ojalá fuera la Administración siempre tan diligente y deseosa de fomentar la participación pública!

Ya sabemos que el pasado mes de febrero, el Pleno del CSN, con el único voto en contra de la consejera Cristina Narbona, emitió un informe positivo al alargamiento sine die de la vida de la central de Garoña. Este informe del CSN es preceptivo, pero no vinculante para el Gobierno, que es quién tiene la decisión final sobre la renovación del permiso de explotación solicitado por el titular de la planta, Nuclenor (participada al 50% por Endesa y por Iberdrola). Aunque recientemente Iberdrola ha dejado claro que no quiere que Garoña vuelva a ponerse en marcha porque, dice ahora, que no le salen las cuentas y que la central no sería rentable si ésta volviera a funcionar.

El motivo de la SGEN para enviar de oficio dicho escrito era el cumplimiento del artículo 35.a) de la Ley 30/1992 del Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, que dice: “Los ciudadanos, en sus relaciones con las Administraciones Públicas, tienen los siguientes derechos: a) A conocer, en cualquier momento, el estado de la tramitación de los procedimientos en los que tengan la condición de interesados y obtener copias de documentos contenidos en ellos. (…)”. Ello, sin perjuicio, seguía informando, del posterior trámite de audiencia que se ha de llevar a cabo en relación con este expediente.  

Pero, puesto que el MINETAD nos lo facilita tanto, démosle argumentos para que decidan no renovar el permiso de explotación de Garoña y ésta se cierre ya definitivamente. El 16 de diciembre de 2016 se cumplieron cuatro años desde que la central fuera desconectada de la red eléctrica por decisión de la compañía propietaria y ojalá no vuelva a producir ni un solo kilovatio-hora más.

Tanto en Europa como en Japón y Estados Unidos, la energía nuclear está viviendo un proceso de declive, más pronunciado a medida que se van cerrando cada vez más centrales, se reducen los encargos de nuevas, las pocas que están en construcción se enfrentan a graves problemas económicos y técnicos e importantes retrasos, cada vez más gobiernos (lamentablemente no el español) se mueven decididamente hacia las energías renovables y las grandes empresas de la industria nuclear se enfrentan a serios problemas financieros. De hecho, incluso dentro del sector nuclear, algunos de sus mayores promotores creen que esta energía está ya en una crisis terminal.

Como el tiempo y los hechos se han encargado de demostrar, la energía nuclear es un fracaso económico, tecnológico, medioambiental y social, que ha causado ya graves problemas a la salud pública y al medio ambiente: accidentes nucleares, la generación de residuos radiactivos imposibles de eliminar y, además, contribuye a la proliferación de armas nucleares.

De hecho, la energía nuclear es considerada ya, para la opinión pública y la mayor parte de los grandes inversionistas, un dinosaurio industrial del siglo XX.

Garoña es, siguiendo el símil anterior, una especie de fósil viviente. Es una central nuclear de la llamada “primera generación”, diseñada en los años 60, que empezó a funcionar en 1971 y está ahora entre las más viejas del mundo.

Es, además, idéntica a una de las centrales nucleares cuyo edificio de contención vimos saltar por los aires cuando se produjo el gravísimo accidente nuclear de Fukushima en 2011, que provocó cientos de miles de afectados y desplazados y contaminó amplias zonas del territorio con altos niveles de radiación.

Ese mismo año, Garoña, la central gemela de Fukushima, debiera haber sido cerrada de forma inmediata. Sus defectos de diseño y los numerosos problemas de seguridad que ya venía padeciendo, largo tiempo atrás, hubieran requerido inversiones muy importantes en la instalación para que ésta pudiera seguir operando en las condiciones de seguridad exigibles tras la catástrofe nuclear de Fukushima (accidente catalogado de nivel 7, el máximo, en la Escala Internacional de Sucesos Nucleares, como el de Chernóbil).

 Con una potencia de 460 Megavatios (MW), su contribución eléctrica, cuando funcionaba, era escasa, de poco más del 1% de total del Sistema Eléctrico peninsular. En suma, una central totalmente prescindible, más aun, teniendo en cuenta el enorme sobredimensionamiento que padece desde hace años nuestro Sistema Eléctrico.

Y por supuesto, como toda central nuclear, cumple todas las características de esta tecnología:

  • La energía nuclear es intrínsecamente peligrosa y, como se demostró en el desastre de Chernóbil y luego en el de Fukushima, la radiactividad liberada en un grave accidente nuclear puede viajar miles de kilómetros, traspasando todo tipo de fronteras.
  • Las centrales nucleares son objeto potencial de ataques terroristas. Además, existe la posibilidad del desvío de materiales nucleares para la fabricación de armas atómicas.
  • Es la energía más sucia. Las centrales nucleares generan residuos radiactivos cuya peligrosidad permanece durante decenas de miles de años y cuya gestión, tratamiento y/o eliminación son cuestiones aún no resueltas. La industria atómica no ha sido capaz de encontrar una solución técnica definitiva, satisfactoria y segura, para este grave problema.
  • En su funcionamiento rutinario emiten al medio ambiente radiactividad en forma líquida (que se traslada al mar, a los ríos y embalses, de los que depende para su refrigeración) y en forma gaseosa a la atmósfera. Esa contaminación está ahí, aunque la radiactividad no la podamos percibir con nuestros sentidos.
  • La energía nuclear no es necesaria puesto que la viabilidad técnica y económica de un sistema de generación eléctrica basado al 100% en energías renovables es un hecho ya comprobado científicamente. Hay muchas combinaciones de un mix 100% renovable que tendrían un coste menor que el de un sistema basado en tecnologías convencionales.
  • Por sus características de funcionamiento dentro del Sistema Eléctrico, las centrales nucleares son un gran obstáculo para el despliegue a gran escala de las energías renovables. En la transición a un sistema 100% renovable se necesitaría una fuente de energía de respaldo que fuera flexible, capaz de encenderse y apagarse en el corto plazo. Pero la energía nuclear, pensada para un funcionamiento en base 24/7, nunca podría hacer eso satisfactoriamente.
  • Es la fuente de energía que menos empleo genera por unidad de energía producida. Menos que cualquier energía renovable.
  • La energía nuclear nunca podrá ser una solución económicamente viable y eficiente para reducir emisiones de CO2 en la lucha contra el cambio climático.
  • En España la energía nuclear no genera independencia energética. España importa el 100% del uranio que se emplea como combustible en sus centrales nucleares, por lo que nuestra dependencia del extranjero al respecto es absoluta. También dependemos totalmente de países extranjeros en otras fases básicas del ciclo nuclear, como es el enriquecimiento del combustible.

En resumen, la energía nuclear es incompatible con un modelo energético sostenible ya que no cumple ninguna de sus premisas: no es económicamente eficiente, ni socialmente justa, ni medioambientalmente aceptable. Como la central de Garoña (y todas las demás).

 

 

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