Archivo de septiembre, 2021

La educación hacia el horizonte 2030

Ya están las aulas completas, incluso la mayoría de las universitarias. Un año tras otro los cursos se consumen. Se supone que para preparar mejor a la sociedad en su conjunto. Poner en marcha el entramado educativo en septiembre es algo más que meter al alumnado en las aulas, mejor o peor, con más o menos presencialidad. No se sabe lo convulso que será este porque el futuro social nos atropella con sus incertidumbres. Todos estamos de acuerdo en que adquiere más relevancia que nunca desentrañar para qué acude cada cual a las distintas enseñanzas. Es difícil saber si los estudiantes encuentran lo que buscan, si la sociedad les da lo que necesitan. No hay unanimidad en la respuesta a esta incógnita. Ni siquiera entre el alumnado. ¡Qué decir si preguntamos a las administraciones educativas, al profesorado o a las familias! Las empresas también tienen su modelo. ¡Vaya lío!

Se sospecha que llegará el año 2030 (sobre el que tantos deseos se han formulado) y nos pillará sin hechuras firmes. Las variables ecosociales que se manifestarán de aquí a entonces no se resuelven con argumentos frágiles. Incluso tenemos dudas sobre lo que significa el Espacio Europeo de Educación para 2025. Mal asunto pues afecta también a la familia y a la sociedad entera. Se decía no hace mucho que la educación es uno de los eslabones más fuertes de la malla familiar. Sobre él habría que hablar mucho, parlamentar, llegar a acuerdos, revisar el pasado para anticipar el futuro, contribuir cada cual con su esfuerzo y convencimiento. Mejor tener el presente por testigo en la coeducación recíproca entre todos los miembros. De lo contrario, malo será el proceso de crecimiento del grupo, pero especialmente de los más pequeños, de su corresponsabilidad.

De todo se ve en la enseñanza no escolar. Algunas familias ejercen con éxito, otras se enrocan demasiado y las hay que hace tiempo que se vieron superadas por las circunstancias. Sobre bastantes de ellas planea el concepto de que educación es llenar un recipiente de contenidos antes que prender una llama para que cada cual se alumbre en su búsqueda. Las familias deberían fijarse básicamente en animar a la exploración de caminos reflexivos. Pensemos en asuntos tan serios como el respeto al prójimo, el cambio climático, lo que suponen derechos humanos universales, la pertenencia a un conjunto multidiverso, la ecodependencia social, el complejo mundo de las emociones, etc. Esto es educación hacia 2030.

En ese año y los años siguientes no habrá sociedad posible, entendida en sus interrelaciones favorables, si la educación no se toma en serio. Si salimos del ámbito familiar nos encontramos con que la educación de calidad (ODS. 4) -se supone que derecho universal- debe mejorar, no solamente en los países menos avanzados. En el nuestro, detrás de bastantes decisiones sobre su estilo y contenido en el Estado y las CC.AA. hay intereses excesivamente parciales. Defensores y detractores se enfrentan por asuntos varios, dentro y fuera de los escenarios legislativos. Por eso, cada vez que se quiere revisar la Educación, suponemos que para mejorarla, se origina una esporádica tragedia nacional en forma de ideologías contrapuestas, que poco tienen que ver con el sentido social y transformador que le sería propio. Suelen provocarla con más intensidad quienes no mandan en ese momento, o grupos minoritarios impelidos por cierta incomodidad de perder privilegios o por inquinas diversas.

Hemos escuchado y leído últimamente que la Lomloe supone una vulneración de la libertad de las familias, una cierta ideologización. Lo han enfatizado quienes cuestionan el conjunto de valores de la educación que en la ley se defiende. Recordemos que en la nueva norma se ha apostado por animar a que los escolares se interroguen sobre estilos de vida, anteponiendo esta estrategia a la mera acumulación de contenidos. Lo exige el mundo cambiante actual; no podemos anclarnos en la escuela de hace décadas. Seamos reflexivos en torno a aquello que afirmaba Emilio Lledó sobre el hecho de utilizar la bandera ideológica como única señal para educar pues lo que consigue es entorpecer. Apostillaba que valdría más tener como referencia una enseña bordada de “de justicia, de bondad, de educación, de cultura, de sensibilidad, de amor a los otros, de los que formamos parte nosotros”

Da la impresión de que para los rivales políticos, antiguos y nuevos, lo mejor es que poco cambie, por más que critiquen lo mal que está la educación. Podrían pensar un rato que sin la superación de las discriminaciones ahora vigentes, construidas a lo largo de muchos años, no hay comunidad posible. Se necesita el concurso universal para construir un edificio social permanente; en ese cometido la educación debe desempeñar un papel básico. El reciente informe de la OCDE sobre la educación en España supone un rapapolvo en algunas cuestiones como el fracaso escolar o las repeticiones. Queda pendiente la reflexiva respuesta a aquella afirmación que se atribuye a San Agustín de que hay que hacer más caso a quién enseña que a los que mandan, o aspiran a conseguirlo.

La educación es algo más que asegurar una plaza a cada niño o niña, adolescente o joven que camina por la enseñanza obligatoria o quiere cursar FP o un grado universitario. La desigualdad educativa no es para nada una metáfora. El dinero particular o los recursos públicos no deben restringir los niveles de educación como derecho universal. Ni siquiera en los países avanzados como España, que es el objeto de nuestro artículo. La educación formal debe ser un escenario activo multiforme y no tan pasivo como ahora. Sería algo así como la antesala de las vidas de los actuales escolares, que serán más incógnitas e inciertas en años futuros. Porque al paso que vamos, y si las crisis anunciadas para las décadas futuras se hacen realidad, servirá mucho más una educación que se haya volcado en la ética social y ecológica.

Algo así, más o menos, decía Hegel, entre otras muchas cosas. Algo de esto planea sobre la nueva ley. Enseñar es saber escuchar las preguntas del alumnado, sus dudas, sus expectativas, antes que el profesorado les exponga un friso de sus necesidades, que en realidad no lo son. Esta encomienda molesta a quienes anuncian recursos varios al desarrollo de la Lomloe: unos más justificados que otros. Queremos pensar que no han calibrado bien sus posturas. Vendría mejor que participasen de forma crítica en la construcción de una ley educativa adaptada a los tiempos, en el cuestionamiento razonado de los aspectos mejorables, que los tendrá, y en la adaptación al año 2030 y siguientes de los desarrollos curriculares. Necesitamos un pacto o convenio duradero por la Educación en España.

John Dewey, al que citamos muchas veces nos dejó un pensamiento que debería ser objeto de análisis permanente: la educación es algo más que una preparación para la vida; es la vida misma.  A lo que podríamos añadir aquello de que educar es impregnar de sentido crítico y reflexivo, de acuerdo con las capacidades de cada cual, lo que los escolares construyen desde la primaria hasta la universidad. Porque en el año 2030 y sucesivos sabrán responder a los nuevos retos si sus competencias han sido acrecentadas con visiones multiperspectivas. En fin: ¿Qué enseñar y para qué? ¡Vaya curso que nos espera!

(GTRES)

Olímpico(d)s 2030

Por más que uno no le asombre ya casi nada del comportamiento humano, debe hacer continuos esfuerzos para comprender las palabras políticas, para desentrañar las ideas éticas que deben tener detrás. En este ejercicio intenta asociarlas a los previsibles hechos; el resultado es peor todavía. La pretensión de celebrar unos juegos olímpicos de invierno en los Pirineos en el año 2030 confunde el pensamiento de mucha gente. Parece que la idea ha partido del Gobierno catalán pero el asunto merece figurar en la enciclopedia de las quimeras. Porque como tal se asemeja a un tobogán novelesco, visto desde la óptica de la crisis climática global. Menos se entiende desde el ángulo creciente de la preocupación por el medioambiente ecosocial. Será por eso que alguien ha escrito que se trata de un globo sonda; incluso en la red lo han calificado como una información falseada. En verdad, es algo así como un producto de la imaginación que lucha por desmentir los hechos probables. Si bien se dijo en su presentación que el proyecto pretendía llevar de la mano el consenso social y territorial. Es más, queremos recordar que en la manifestación de intenciones que Generalitat hizo al COE se decía que el proyecto “debe permitir desarrollar los compromisos de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas”.

Esa última fecha está anotada con grandes grafismos en el calendario mundial. Es el primer punto de revisión de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Entre estos tiene una influencia especial el que afecta al cambio climático, más bien la emergencia climática global que actúa como condicionante de otros muchos ODS. Pocos recuerdan los Acuerdos de París 2015. Bueno sí, la minoría que anota sus éxitos o fracasos.

Pero, si me lo permiten, el asunto olímpico de invierno tiene algo de pendencia. Alimenta bastantes contiendas. Se dan entre quienes ven en él el futuro poblacional y laboral de las repobladas montañas frente a los que defienden preservar lo poco que queda de los Pirineos menos antropizados. También se han generado torcidos mensajes cruzados entre Cataluña y Aragón con el Gobierno central mediando en no sabemos qué, al margen del nombre del evento. No faltan posiciones encontradas entre quienes defienden unos Pirineos muy protegidos y aquellos que quieren colocar el cartel de “disfrute de las montañas urbanizadas”. Por más que estos últimos digan que solamente se aprovecharán instalaciones ya existentes. Nos cuesta creer que semejante limitación esté detrás de la iniciativa. Ya vemos grandes autovías surcando los valles en desigual competencia con los ríos y los montes.

Alguien ve en esos hipotéticos juegos olímpicos la solución al reto demográfico de la montaña, mientras para mucha gente no resulta nada creíble. Unos y otros conocen que la quimera del oro de la nieve, del esquí, como riqueza para la gente de la montaña se encuentra en entredicho. Es más, el valor añadido durante/después del posible evento sigue caminos diversos. Será por estas incógnitas que los ecologistas/naturalistas no lo vemos bien, pero no es porque seamos miopes sino que con el tiempo se nos ha generado presbicia. Por lo que se conoce, la gente que habita nuestros Pirineos prefiere solucionar antes cinco cuestiones básicas actuales: que no les falle la luz, que el agua siga siendo su acompañante en las actividades, que las comunicaciones digitales sean rápidas y universales y que en invierno el hielo en la carretera no le impida ir a trabajar, a gestionar sus actividades cotidianas, y disfrutar de unos servicios comunitarios o sanitarios más cercanos.

Vamos a imaginar que todo está movido por buenas intenciones. Pero aunque fuese así, se nos aparecen otras muchas actuaciones que beneficiarían mucho más al conjunto ecosocial en España y en el mundo en el año 2030. Para distinguirlas de las que no lo son, se nos ocurre recordar a nuestros políticos, empresarios y la gente el general que somos ecodependientes. En un medioambiente global con muchas más vulnerabilidades que hace 150 años, cuando la antropización no había hecho tanto daño.

Prudencia en las expectativas generadas, prevención en lo que se va a hacer junto al dilema de la supervivencia de los espacios naturales, de su biodiversidad. Son argumentos presentes en bastantes de los ODS. Mientras no se diga lo contrario figuran en los postulados de las administraciones, también insignia política del Gobierno actual de España, que quieren celebrar esos Juegos Olimpic(ODS). Cuesta creer aquello que dijo la consellera del ramo de que el proyecto debe basarse en la cohesión territorial y la sostenibilidad.  Por cierto, parece que van a someter la iniciativa a referéndum para conocer la opinión de las gentes de la montaña. No se dice si solo allí, en algún otro lugar como Barcelona y Zaragoza; tampoco con qué intención y condiciones.

Otro asunto clave: ¿de dónde piensan sacar la nieve? ¿Acaso transportándola a pistas en camiones como han hecho otras veces? Han de atenerse a las últimas investigaciones y previsiones sobre el clima que pronostican un calentamiento acelerado. En fin, un asunto de difícil comprensión para quienes nos encontramos alejados de los nodos de decisión y no entendemos las estrategias de comunicación política.

Es más, en este sin vivir eléctrico y energético, cómo se asegurará el suministro en las diferentes instalaciones del Pirineo o fuera de él sin detraer lo necesario para las demás actividades vivenciales, laborales y comerciales del resto de los territorios. ¿Se podrá pagar la factura eléctrica o ese consumo hipotecará el futuro? ¿Llegará el Gwh a los 1000 €? Queda poco tiempo para pensar, decidir, consensuar y adaptar la vida todo lo posible a los argumentos esgrimidos por las distintas administraciones en torno a si los ODS marcan de tal manera el futuro que el año 2030 no puede estar “olimpiado en invierno” en los Pirineos, ni escorado hacia el aumento progresivo de las emisiones contaminantes como ahora se ve después de la parada productiva de la pandemia. ¡Sentido común y mesura en el desempeño “odsiano”!

A quien corresponda: ¡Por favor, no conviertan los Pirineos en un parque de atracciones!

La nieve cubre la montaña en los Pirineos, en una imagen de archivo. (GTRES)

Saint Louis como epítome de la emergencia ecosocial africana

En alguna ocasión nos habremos preguntado por qué esa costumbre de nombrar a las ciudades por el nombre de un santo o santa. Suponemos que eso conllevaría un bautizo piadoso, o quizás interesado, de quien mandaba entonces. ¡Vayamos a saber! De lo que no hay duda es que a la larga supone una encomienda a alguien que puede hacer bien o se merece un reconocimiento perpetuo. Es de suponer que suceda lo mismo en lugares donde la religión cristiana no abunde. Una web polaca ha estudiado este asunto y dice que son más de 20.000 los lugares “cristianados” en Europa. La realidad es que Europa entera parece un santoral en su toponimia, especialmente Francia con 8.963 localidades “santas”. Algo similar podemos observar en el noroeste de la península Ibérica y en el nordeste de España que suman 4.444. Detrás Italia con 2.863. Esta costumbre la exportaron los españoles a América y allí siguen brillando San Francisco, San Antonio o Los Ángeles por poner solo tres de los ejemplos más nombrados. En el lado opuesto Suecia y Noriega apenas cuentan con dos localidades “sacralizadas”. ¿Por qué será? Seguramente habrá alguna tesis que lo explique pero aquí la desconocemos.

Dudamos si el nombre hace a las ciudades o supone siempre un escondite. A veces se les añade el sobrenombre del río o mar que las circunda, los cuales les causan pesares cada cierto tiempo. Pero volvamos a las dedicadas a santos o deidades. En el antiguo Egipto o en la Grecia clásica eran muy dados a estas ceremonias, también en aquellos lugares del mundo con religiones más o menos sincréticas. ¡Qué decir de Benarés o de las ciudades santas ligadas a las corrientes del Islam!

En realidad todo lo anterior nos ha servido de escusa para retomar el significado de una ciudad, no para hablar de su advocación a San Luis. Por cierto con el mismo nombre debe haber unas cinco emplazadas en México, al menos dos en EEUU, Cuba, Perú, Honduras y Colombia. También en Venezuela o Argentina. En México, San Luis Potosí debe valer un montón. Asombro produce enterarnos de que en Filipinas hay al menos 6. ¿Quién era ese san Luis inspirador? En una página de esas que buscan de todo hemos encontrado que se dedican al santo o sus compuestos unos 10 días del año. ¿Algo tendrá San Luis cuando tanto cunde? Hablamos esto pasado agosto, que es cuando su día dedicado tiene más presencia.

Ciudades parecidas o totalmente diferentes donde vivirán ricos y pobres, quién sabe en qué proporción. Esperemos que no en todas se adivinen porvenires tan inestables como en la que nos sirve de ejemplo. La realidad que las una o separe se sobrepasa cuando pensamos en las repercusiones de las fracturas que serán visibles allí entre medioambiente y sociedad.

De todas ellas hemos elegido una que no está ni en Europa ni en América. Se trata de Saint Louis en Senegal, la ciudad Patrimonio de la Unesco desde el año 2000. ¿Por qué esta? Quizás debido a que la santidad toponímica ni el patrocinio Unesco la ha salvado frente al cambio climático y otros avatares ecosociales que la amenazan actualmente. En tiempos se llamó la “Venecia africana”. El aumento de las aguas del mar que anega casas y propiedades es creciente, como el cambio climático que aseguran que lo provoca. En otros casos son esporádicas crecidas del río Senegal. Sus habitantes se sienten olvidados por las autoridades.  La ciudad pesquera se ahoga. Ya no pesca y ha debido retirarse de la orilla del mar. Para colmo, un pretendido canal salvador construido para que recondujese las crecidas ha provocado mayores desastres todavía.

Todo acontece a pesar de las ayudas del Banco Mundial, de las nuevas construcciones provisionales alejadas de la costa que alojan a unos 10.000 refugiados climáticos que se han quedado sin hogar, demasiado alejados de la costa para un pueblo pequero. Sin árboles, sin medios de defensa, acosados por el calor y sin pesca accesible, muchos jóvenes montan en cayucos con destino Canarias y Europa. Una ciudad de unos 250.000 habitantes que apenas depura un 10% de sus aguas residuales que se dirigen sin cortapisas por canales hacia el mar, en el cual vive la pesca que apenas llega. Una ciudad particularmente vulnerable situada en el encuentro entre el río Senegal y el Océano Atlántico. Los lugareños se ven castigados y vinculan estos hechos con el cambio climático pero no llegan a asimilarlos con sus actuaciones aceleradoras, según publica The Conversation; deben preocuparse en vivir cada día. Algo parecido sucederá en otros muchos lugares. Máxime en las zonas costeras cercanas al peligro. Como alertaba Greenpeace para el caso de España y reproducía en la costa en cifras.

Puede tener sentido positivo o negativo, resaltar la belleza o hablar de penurias, ensalzar lo bello o llamar la atención sobre lo pendiente en ciudades peligrosamente ubicadas, como Saint Louis en EE.UU.  El epítome actual diría que bastantes ciudades están expuestas a peligros crecientes por la subida del nivel del mar y por el comportamiento anómalo de variables diversas como los ciclones que periódicamente castigan a esa urbe americana. Muchas de la penurias están incrementadas por la actuación humana ante la cual poco resuelve la protección religiosa que la ciudad porta en su nombre. Por lo que parece los dioses ya no pueden reducir nuestros desmanes, tampoco quienes se encuentran cerca de ellos. ¿A quién encomendarse de ahora en adelante? La cosa está clara para quien lo quiera ver: las herramientas más eficientes para luchar contra el cambio climático somos nosotros. Las generaciones futuras valorarán los resultados ecosociales, tanto en EE.UU. como en Senegal.

¡Suerte para Saint Louis y sus habitantes! Los cayucos no son la solución, sino una escapatoria de lo imposible sin destino asegurado.

(Remi Jouan/Wikimedia Commons)

El frágil medioambiente no guarda vacaciones

En mi ignorancia, o buena disposición no razonada, suponía que el tiempo existencial se había detenido por una urgencia ambiental. Imaginaba un mundo que estaba dedicado a restañar una parte de los olvidos y desperfectos. La premura mandaba. Veía a todo el mundo buscando a los culpables del cambio climático y del resto de crisis ecológicas. Dado que soy un preocupón positivo pienso que cada persona es, debería ser más bien, una sucursal del medioambiente. Dotada de criterio propio pero ligado al colectivo. Si así fuera, haríamos cola para penetrar en el medioambiente o transfigurarnos en uno consolidado, por pequeñito que fuera. A veces sucede y despegamos hacia la ilusión transformadora. Si lo conseguimos enseguida nos sentimos frágiles frente a esa complejidad medioambiental que otros no se molestan ni siquiera en mirar.

Ahora me doy cuenta de que era una mera impresión. Al final los abandonos nos superan. No tenemos un foco iluminador de lo coherente, de lo conveniente. Obrar al libre albedrío de cada uno deja muchos espacios vacíos. La vida es una inconcreta paradoja.

Será por esa razón que perseguimos la existencia de un lugar seguro, que nos dé su habitabilidad protectora. Se podría catalogar como una especie de franquicia ambiental. Porque la mayor parte de las personas reconocemos que no somos inocentes observadores. Es ese estadio mental o sitio físico al que invitaríamos a visitar a mucha gente. En él nos empeñaríamos en vender un pretendido orden ecológico. No resultará fácil divulgar convencimiento y ofrecer transformación individual y ciertos hábitos proambientales. Casi tendría más efecto poner carteles o imágenes provocadoras para que la gente entre simplemente a pensar. Un rótulo grande, para leer al principio y al final, avisaría de que somos ecodependientes. Pagarían una prenda los que se manifestasen negacionistas, si es que la curiosidad los animaba a la visita. Permanecería custodiada allí hasta que un suceso ecosocial que les hubiese demostrase la incerteza hecha realidad.

En un escenario comprometido las ciudades se llenarían de franquicias personales, familiares o de grupo. Hace falta pues el asunto ambiental está que arde, o inunda, o quema, o emponzoña el aire, o se filtra en los suelos, o enmierda las masas de agua. Llegó el verano y la mente ambiental, o el rincón cerebral que la maneja, se tomó un descanso, solo roto por las olas de calor. El tenue pensamiento colectivo perdió su trascendencia, o arrinconó su presencia. Además lo hizo con simetría universal. Llamativa esa unanimidad que tendrá que explicarnos la sociopsicología. La desidia ecológica que parecía una despistada praxis pasó a ser un asunto que se podría calificar de lesa humanidad, pues se tornaba mayoritaria. ¿No lo es que poca gente se implique en conocer por qué se baten récords de temperaturas mínimas y máximas por todo el mundo?

Frente a ese parón de pensamiento, no falta ciudadanía que va y viene impelida por lo que supone que el conjunto social ignore la evidencia. A decir verdad, duda a dónde se dirige y para qué. También intuye que lo que puede acontecer apenas importa al resto. Es consciente de que no se trata de dar un paso global hacia el más allá totalmente seguro sino de no superar el crítico presente ascendente. Duda si sirve más lo poco que necesitamos con lo mucho que ambicionamos. Querría pregonarlo a ver qué sucede. ¿Acaso será un plan de fuga del territorio habitual? Titubea porque la oscuridad social está llena de fracasos ambientales, incluso en el caso del cambio climático y sus consecuencias (como “Alerta Roja” lo ha calificado el Secretario General de la ONU). El abandono se da más todavía en verano que es época placentera por definición. Empieza como vacaciones que se asocian a dejar vagar o vaciar el pensamiento. Demasiadas uves al mismo tiempo.

Entonces se asoma sin querer el apocalipsis del mundo, o el provenir enmascarado. Una idea mucha veces imaginada. No solo sucedió hacia el año mil. Es normal que surja en épocas tumultuosas. La pandemia actual las incita. El colapso no viene en forma de meteorito, como aquel que se llevó a los dinosaurios hace unos 66 millones de años. Hoy las amenazas son más sutiles. Hay advertencias sobre los dilemas del presente: olvidos éticos, desastres ambientales, récords de temperaturas que se quedarán en anécdotas, evidencias científicas, disgresiones políticas y desigualdades crecientes, entre otras. El miedo atenaza por momentos con episodios muy sonados por su intensidad y recurrencia. Pero en verano los nubarrones se disipan pronto, aunque descarguen tormentas y agobios por el calor. Las emisiones olímpicas alejaron al medioambiente de nuestras ataduras mentales.

A pesar de todo, algunos inquietos se dieron una vuelta por los medios de comunicación. Buscaron el rincón ambiental. Si lo encontraron fue exiguo, reducido casi al mínimo. Como si no tuviera importancia. Les pareció que el verano había limpiado la(s) crisis ambiental(es). Bueno, todas no. Quedaron en forma de incendios en los países ribereños del Mediterráneo, en California o Siberia y sequías varias. Anteriormente en inundaciones porque los ríos quisieron recuperar sus cauces usurpados. Las máximas mandatarias europeas Der Leyen y Merkel se acordaron momentáneamente del cambio climático. Pero pasó el ruido mediático y la preocupación se disipó. La malla mediática apenas se hizo eco del deshielo de Groenlandia o de las liberaciones del permafrost en Siberia. Otros iconos veraniegos acapararon la audiencia, como la publicación del informe del IPCC culpando a los humanos del desatino climático, pero su eco se apagó enseguida. Lo que dicen los aguafiestas, por más que sean científicos, no es bien recibido. No hay nada mejor que taparlo con todo un santoral de iconos placenteros alejados de los daños ambientales. La gente recuperaba la playa y las vacaciones en la liberación pospandémica. Casi al final ha estallado el drama social de Afganistán, que también es medioambiente.

Algo se dijo de la huella ecológica y del día de sobrepaso del Planeta. Pero en verano casi nada es lo que parece. Quienes buscan los olvidos se preguntan si como individuos pensantes están en el sitio que les corresponde. Máxime cuando políticos y comerciales han incorporado mensajes ambientales bonitos. Son conscientes de que la autoría del posible cataclismo y de la naciente solución les(nos) pertenece. Si bien a veces dudan sobre si eso es el medioambiente, o un camino intermedio que aunque no deseado pueda producir algún cambio. No llegan a comprender la fragilidad ambiental a la que aboca el crecimiento económico. Los rebeldes no se dejan engañar porque la subversión ambiental no vendrá nunca desde el poder. Si tuviese ese origen tendría forma de símbolo o mercancía, sería poco eficaz.

Aún así, los inconformistas no dejan de darle vueltas al asunto. Se diría que permanecen en una noche de insomnio incómodo, con visiones apocalípticas y continuas interrupciones. En ellas su mente les repite una y otra vez, mediante imágenes perturbadoras, que el futuro ecosocial es un sueño permanente que se vive estando despierto. A su lado, alguien ronca.

(GTRES)