Archivo de abril, 2021

El perfil ambiental de España visto de perfil

Reconocer la dimensión ambiental, sus esperanzas y limitaciones, siempre tiene sus riesgos, ya sea de todo un colectivo o de un territorio. Te expones a no hacerlo con objetividad, a ensalzar lo bueno y silenciar lo mejorable; o al revés, hablas demasiado de las carencias y te olvidas de aquello que se hace convenientemente, incluso omites posibles estructuras bien armadas que quedan oscurecidas por el ropaje exterior. Si tienes alguna responsabilidad administrativa o empresarial corres el peligro de caer en los silencios interesados. Menos mal que siempre hay gente fuera de esos ámbitos –ONGs, equipos de investigación, entidades naturalistas o sociales, asociaciones de diverso tipo- que se encargan de evidenciar los olvidos. Sin embargo, no siempre sus voces son escuchadas, o quienes se ven perfilados se encargan de ponerse sordinas con argumentos varios: no es urgente, por el momento no se puede, excede a lo previsto, se hará pronto, tramitaremos una ley o norma, etc. Pasa también en la lectura crítica que cada cual realiza de sí mismo en sus acciones en/con respecto al medioambiente o el colectivo social; el dejarlo para mañana o cuando los vientos sean favorables enlentece lo posible. Será porque no estamos entrenados en actuar por beneficios ajenos, ni siquiera tras la cobertura reflexiva; nos cuesta interiorizar cambios en los estilos de vida, tan contundentes como la situación exigiría.

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Todo lo anterior podría ser el resultado de la percepción ambiental, o quizás de la cultura adquirida por el uso o heredada de la tradición. Cuesta hacerse idea de que vivimos en una época en la que la gobernanza no se puede poner de perfil ante los problemas socioambientales. A la hora de medir la dimensión de los logros colectivos, se entremezclan la potencial focal de rigurosidad con pequeños detalles poco comprometidos; los podríamos catalogar como fuegos de artificio. Calificar con los clásicos bueno o malo el perfil ambiental de España, incluso con los “progresa adecuadamente o necesita mejorar” como se decía en la escuela, tiene evidentes riesgos y ayuda poco a la progresión renovadora. Así pues, aquí vamos a presentar el perfil, a mirarlo de frente, siempre relacionando lo hecho con lo pendiente.

La estampa nunca tendrá una silueta armónica, pues semejante empeño se puede calificar como imposible. Ningún país alcanza un manejo ambiental extraordinario, ni tan siquiera esos nórdicos que se nos presentan como modelo pero arrastran unas huellas ecológicas desmesuradas, muy relacionadas con sus estados de bienestar vital, que no siempre coinciden con el “bienpensar” que se les supone y que llevamos tanto tiempo envidiando. Pero volvamos a lo nuestro, a mirarnos en el espejo para ver con que parte de él se está de acuerdo o no, también si alguien se considera coautor en su manufactura.

En este cometido, no debemos fijarnos solamente en los ecogestos o en el ecodiseño. Esos que están muy presentes en el lenguaje común que lanzan las grandes cadenas de comunicación o productivas, los distintos sistemas de gobernanza. Valga un solo ejemplo pero muy llamativo. Hace unos días conocimos un trabajo de investigación de los abogados ambientales de ClientHearth titulado más o menos Los archivos del lavado verde que interpretaba el lenguaje de las grandes petroleras que encabezan la lista mundial de beneficios. Se encuentran entre los mayores emisores de gases de efecto invernadero mientras venden su descarbonización casi inmediata. No son solo las petroleras, también lo hacen las multinacionales de la globalización. Y claro, dado que tienen tanto poder mediático y de todo tipo nos provocan distorsiones del perfil que tenemos ahora y el que deberíamos mejorar. Disponen de efectivas campañas de marketing verde, nosotros caemos en la maraña y consumimos sus productos. Para ello se aprovechan de las redes sociales para llegar a un público joven, incluso no falta el pago a influencers. Nos despistan, pues ya no sabemos a dónde mirar y lo peor, qué pensar y si este ejercicio merece la pena.

Cuando buceamos un poco en estas prácticas nos recuerda la etimología de la palabra perfil. Dicen de ella que su procedencia occitana la asimila a dobladillo de tela o vestimenta. De ella formarían parte “per”, paso a través o acción completa, y “fil”, de latín filum (filo, línea de contorno o hilo). Es posible que si observamos un perfil estemos viendo a la vez una acción completa o un simple acercamiento; quizás un paso rápido además de un hilo que todo lo relaciona, tanto que completa un contorno que ayuda a su definición, a la formación de un bosquejo que nos enseña y a la vez interroga. Por si el lío no fuera suficiente, y no es banal toda esta disquisición que llevamos escrita hasta ahora, el Diccionario de la RAE asigna a perfil 13 significados posibles. Pero vayamos al objeto inicial de esta entrada y dejamos para quien esto lea la selección de aquellas acepciones que más le sirvan para entender lo que se llamaría el perfil ambiental de la sociedad actual, que siempre será incompleto.

Han pasado unos meses desde que el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico dio a conocer el Perfil Ambiental de España 2019. Elabora uno de cada año con su PAE desde hace más de una década. En la presente edición dedica un preámbulo inicial a relacionar medioambiente y salud, asunto que emerge en cualquier escenario de debate social que aborda las incertezas del futuro. Lo presenta como un problema global pues se sabe que las alteraciones del medioambiente tienen una influencia inmediata y duradera en la salud colectiva; de tal forma que dificulta que sea haga realidad como derecho humano para todas las personas, a cualquier edad y en todo el mundo. En el caso de España, el PAE analiza aquellos agentes físicos, biológicos, climáticos y otros que condicionan la salud. Nos recuerda que en el año 2017 se firmó la Declaración de Ostrava que buscaba definir el perfil de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Ese documento señala los fundamentos de la interacción entre salud y medioambiente: la calidad del aire interior y exterior; el acceso universal, equitativo y sostenible al agua potable, el saneamiento y la higiene; la minimización de los efectos adversos de los químicos en la salud humana y el medioambiente; la gestión saludable y sostenible de los residuos y los sitios contaminados; la adaptación al cambio climático y el esfuerzo general en su mitigación; la conversión de ciudades y regiones en espacios físicos y sociales más saludables e inclusivos, seguros, resistentes y sostenibles; la consideración de la sostenibilidad ambiental en los sistemas de salud. Es imprescindible creer en esos fines, además de convencerse de que es posible acercarse si se establecen las necesarias alianzas entre todos los agentes sociales y la ciudadanía.

El documento PAE 2019 incluye la consideración de toda una serie indicadores, serían los hilos y trazos del perfil de los que hemos hablado anteriormente, sobre la calidad del aire, suelos, costas y mares, aguas superficiales y subterráneas. También realiza un estudio de la contribución de los sectores económicos (agricultura y ganadería, pesca, industria, transporte, medio urbano y turismo) al logro global. Para quienes tengan interés en componer una figura de lo cercano incluye, a partir de la página 166, una infografía detallada de las comunidades autónomas. Con todo, lograremos no habernos puesto de perfil para conocer, entender y meternos con razonado compromiso en el Perfil Ambiental de España.

Ecogestos que susurran placer

Si alguien se asoma a los medios de comunicación o se aventura en las redes sociales se verá salpicado, quizás cabría decir mejor abrumado, por la cantidad de gente, empresas de todo pelaje y gobiernos más o menos democráticos, que manifiestan portar la bandera ecológica como argumento de vida o regulador de su actividad. Muchos se atreven incluso a ponerse la etiqueta de sostenibilidad, sustentabilidad en otros lugares, aun a riesgo de devaluar su fin primero que no era otro que dejar de hacer lo que en sí mismo en insostenible por las afecciones que causa en la gente y en el medioambiente. Por cierto, no sabría cómo calificar a la gente que vive en un presente continuo ni atreverme a decir si eso es bueno o malo. Cabría resumirlo en una novela de aventuras pero no alcanzo a ver ni siquiera el nudo y desenlace; el epílogo que le pondría no me acaba de convencer.

Claro que el asunto de la sostenibilidad, uno ya duda qué significado darle en el contexto mundial, no es fácil de conducir hacia metas menos difuminadas. Puede que en algún momento conviniese pensar aquello de que todos, en cierta manera, somos una réplica del yo. Entonces cabría cavilar si lo que esos otros yos hacen no me vendría bien a mí; o al contrario, como les haría llegar mi yo actuante a ellos. Aquí me surge otra dificultad, el yo se mezcla con el mío o lo mío, ya no sé si como característica o pertenencia. Lo mío propio se enfrente con lo ajeno. Los países malinterpretan esas interferencias, los individuos las ven de otra manera, quienes las creen se acercan más al mío universal, o no.

Sea como fuera, el sistema se está demostrando insostenible. Actúa cual centrifugadora, al menos eso piensa el yo que esto escribe, que lanza lejos a los seres humanos mal agarrados, y destartala una parte del planeta que nos acoge. Uno se pregunta dónde caerán, más cerca o lejos, más dañados o menos. Las actuales crisis ecológica, sanitaria, social y económica son unos grandes toboganes que para nada querríamos ver en uso, pero en la feria de la vida los hay, incluso acompañados por casas mágicas, norias más o menos altas, martillos zigzagueantes, látigos circulares  y todos los artilugios que componen la feria de atracciones que es la vida. Ni siquiera faltan las clásicas tómbolas.

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Por eso bastante gente se apunta a los ecogestos y sociogestos, no digamos ya las administraciones y los grupos empresariales. Es el nuevo lenguaje, unas veces explícito y otras sin decir una palabra. Sostenibilidad es una idea sanadora, compleja y a veces inabarcable, que se contamina con facilidad. Como creación humana está sujeta a simbiosis complejas: lo de ahora y el futuro, lo conveniente y demasiado incógnito, lo de aquí y lo de allá, lo posible y lo improbable, lo urgente y lo aplazable, lo imprescindible y lo que suena a ecogestos, y así podríamos seguir con otro párrafo. Cerremos los ojos para bucear en la sontenibilidad propia y de los otros. Dicen que hay personas, instituciones de diversos tipos, que la portan en su ADN mientras que a otras se les ve que es un adorno estético. Pero la sostenibilidad estará siempre ahí, nos tenemos que comunicar a través de ella; mejor incluso dentro de ella. Aquí no tratamos de criminalizar a quienes no encuentran motivos para actuar de otra forma, sino de reclamar un puesto para ella en el controvertido ideario global de la especie.

Este mismo blog es un simple cronista del propósito, como hay otros por ahí. Un cuentacuentos del que alguien notará un suave runrún; a veces suelta una algarabía ante una problemática concreta que afecta a las personas de un lugar o al planeta en su conjunto. Pero apetece decirle a la gente que puede ir más allá de los ecogestos –seleccionar mejor la basura, gastar menos agua o utilizar un poco más el transporte público podrán servir de ejemplos- y de los sociogestos –atender a los peticionarios de las ONG que nos asedian por la calle, mandar un sms cuando surge una catástrofe, o poner la X en la casilla de la renta-. La gente no es buena o mala, egoísta o desprendida porque sí; simplemente no es consciente del momento. Hay factores diversos que condicionan su aportación a la sostenibilidad ecosocial.

Solo así se explica que no salten cuando observan una imagen de una catástrofe ambiental o aquellas que recogen la vida corriente de la gente a la que la vulnerabilidad dejó tan maltrecha, valdría cualesquiera de los refugiados que se hacinan en condiciones penosas en campos por todo el mundo. No me atrevo a imaginar qué pensarán de la sostenibilidad esos millones de expatriados. Aunque las estampas, que son en sí misma denuncia, aparezcan en los medios de comunicación, ante ellas el yo tarda en sintonizar con el otro. Mientras, el álbum de las catástrofes humanitaria y ambiental se amplía sin cesar; a veces están concatenadas las dos. Así sucede con el creciente cambio climático, el punto de encuentro de la incertidumbre ambiental y de los trastornos sociales, ecológicos y económicos. La pandemia oscurecida por otras preocupaciones vitales.

Niños refugiados sirios, en el campo de refugiados de Mohammara, Líbano. (Nabil Mounzer / EFE/Archivo)

Acaso el despiste se deba a que cuando entra la acción lo cotidiano nuestro cerebro tarda en reaccionar. La capacidad de sufrimiento no lanza acciones más allá del “ecosociogesto”, tranquilizante y un poco exonerador, y dificulta el salto comprometido, o lo lamina considerablemente. Sí se pone en marcha la acción contundente ante una catástrofe más o menos apocalíptica. Esta nos aboca a acciones que nos congratulan un poco con la propia humanidad escondida. La capacidad de sufrir por las desgracias ajenas y de alegrarnos por sus conquistas funciona de manera intermitente, incluso es evanescente. Depende demasiadas veces del lugar en dónde suceden las cosas o catástrofes, del color de la piel o de la religión profesada por los malheridos. Entonces cuesta ver que quienes sufren son una réplica del yo posible, que los desastres naturales podrían habernos afectado.

Los ecogestos sin compromiso, los sociogestos también, aunque se repitan, están bien pero no debemos contentarnos con ellos. La mayoría son poco menos que nada en lo tocante a la sostenibilidad, al futuro multidiverso de la ciudadanía global, sobre todo porque no hay mucha gente que los practique a diario en casi todo lo que hace. Pasó su tiempo como alerta colectiva; ahora se necesita una revolución en el pensamiento. Solo suponen un placer para el yo colectivo cuando se justifican en la creencia proactiva que todas las personas llevamos dentro, más o menos escondido; cuando el susurro anima a desvelar el secreto de la sostenibilidad, cuando lo que deseamos realmente es cambiar el modelo de vida y hacerlo saber a los demás. Convenzámonos de una vez: no podemos conseguir resultados distintos haciendo casi lo mismo, o siendo tan lentos.

El rescate del futuro climático, algo más que una ley

El espacio social no es un territorio fijo sino una construcción sometida a continuas evoluciones y procesos. La transformación industrial europea de hace poco más de 200 años o la acaecida en el mundo de las ideas tras la revolución francesa servirían como ejemplo. Los últimos 100 años, más o menos, nos han traído otros cambios trascendentales, entre ellos el uso masivo de los combustibles fósiles y la tecnología para todo, trabajo y vida. Paralelamente, los avances en salud, más o menos universal, han favorecido un aumento poblacional casi exponencial. Aquí estamos, cuando redacto estas líneas, unos 7.858.499.510 habitantes en el planeta finito, todos herederos del pasado y constructores del futuro.  En este convulso año 2021, el deseo particular de mejorar ciertas cuestiones vitales se ve condicionado por el entramado comercial y geopolítico llamado globalización: la licencia para subordinar la vida de las personas al consumo de bienes y servicios, tanto que tergiversó buena parte del entramado social, y condicionó la interacción entre sociedad, demandante de recursos, y naturaleza, proveedora de los mismos.

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Ahora hay muchas voces que claman por la necesaria transformación social. El cambio climático podría ser el espacio olvidado. Tiene riesgos, algunos muy graves y de difícil gestión. Ya son apreciables a escala global, en países concretos y afectan a actividades cotidianas. Seguir como si nada pasara no solo es cosa de demasiados ciudadanos “mal educados” que no se plantean otras formas de vida. La organización social y comercial es renuente a los cambios, aunque de un tiempo a esta parte intentan vendernos lo contrario. Todo tiene bastante relación, aparte de evidentes mejoras en la vida global, con la esencia consumista: el elixir de la felicidad según nos vendieron. Tal ha sido el impacto que nos han sumido en una distopía creciente.

Pero han aparecido novedosos mensajes, sumamente atractivos aunque siempre aventurados en el teatro de la vida. Unos lo titulan economía circular, otros Green New Deal y por aquí Pacto Verde Europeo; en el extremo de lo poco amable se llama colapso planetario, y no hay que desdeñar este significado. Con diferentes matices, en las acepciones prima algo tan sencillo y grandioso como liberar el entramado climático de una buena parte de las ataduras antropogénicas. Se trata de poner en marcha transformaciones; algunas inciertas debido más que nada a las inercias pasadas que hemos expuesto. Pongamos como ejemplo la movilidad, la generación energética y su consumo o la industria turística. De lo que se habla aquí es algo así como una operación de rescate. Si triunfase esta intención que ha sido calificada como utópica, muchas personas (las citadas en la cifra antes señalada y los miles y miles que habrán nacido desde que se escribió esta entrada) se verían beneficiadas. Es más, se repondrían estilos de vida menos agresivos con el incierto armazón climático. ¿Una quimera?, más bien algo imprescindible. La dialéctica entre los distópicos -los pesimistas de la realidad- y los utópicos -los optimistas de la intervención comprometida- probablemente tendrá un efecto revitalizador para lo que se titula como bien común.

La utopía fundamentada en estudios proactivos empieza a generar un cierto movimiento en ese necesario (a la vez que posible) rescate, o reducción de varias magnitudes, si se acomete como estrategia colectiva. Gente de ciencia, ONGs y cada vez más entidades públicas y privadas son conscientes de que su aspiración nunca debe parecer inalcanzable, por más que ahora mismo sean visibles múltiples transgresiones que la dificultan demasiado. Por más que muchos sucesos de la vida se presenten escalonados o superpuestos sin orden aparente; por más que para encontrarlo hagan falta abstracciones, y ese ejercicio es en sí mismo perezoso. Es por eso que se movilizan en la búsqueda de un universo social, ecológico y económico, que a otros parece quimérico; son plenamente conscientes desde el principio de que costará lograrlo. Aún así, se quiere ralentizar el inexorable avance del cambio climático, ampliar el espacio vital que justifica un sueño: vivir de otra forma, sufrir menos efectos más gente, poner las bases de un futuro menos incierto. Quieren imaginar y representar una sociedad futura con características favorecedoras del bien humano. Los renovadores de las estrategias de vida más generosa climáticamente se encuentran también entre los organismos de gobernanza y en unas cuantas agrupaciones de signos varios. Es más, hay mucha ciudadanía que va por libre en la misma intención, convencida de su acción positiva y comprometida.

La globalización generó monstruos modernos que hubieran inspirado a Goya para mezclar algo de ignorancia con bastante estupidez de los grandes, en un mundo nada estable en donde prevalece demasiado la noche y cunden las pesadillas; aquel paraíso soñado en el que mucha gente vio agrandada su vulnerabilidad. Los males climáticos venían de antes pero crecieron sin tasa, pese a las muchas cumbres del clima celebradas. El combate contra el cambio climático, la utopía si se quiere ver así, exige una amplia negociación social que ponga al descubierto las múltiples esferas de responsabilidad, en diferentes lugares, ahora mismo o para el rescate del futuro; empeño que perderá visibilidad si lo inmediatamente gratificante es el único interés. Vaya en una momentánea descarga de culpa que los individuos no percibimos de inmediato la acción-efecto sobre el conjunto; ahí está una de las razones de nuestro descuido o pasotismo.

A veces, quienes se ocupan de la gobernanza generan normas y ordenan sus utopías para acudir al rescate climático vía descarbonización, que se ha convertido en la palabra mágica. Acaba de aprobarse en España en la Ley de Cambio Climático y Transición Energética impulsada desde el primer ministerio de España que se ha creído de verdad que se puede hacer algo por el medioambiente y las personas que interaccionan con él; alguna iniciativa en esta dirección empezó hace más de una década. Pero toda ley tiene tramitaciones zigzagueantes que la despojan de parte de su ser, por eso de las cavilaciones y presiones varias. Lo que nos llega a los ciudadanos no son las mejoras buscadas, si el compromiso es suficiente o se queda corto como denuncian las organizaciones ecologistas. Si así fuese según lo primero se entenderían los protocolos del camino a recorrer, para acelerar el paso si se intuye que la resolución de la crisis climática se ve cada vez más lejos. Los medios de comunicación no se han ocupado del tema, con escasas excepciones. En general han estado más pendientes de los argumentos de laboratorio mesiánico de algunos negacionistas exhibidos en los diferentes ámbitos legislativos, de partido y mediáticos. Cuando lo conveniente hubiera sido adentrarse en la utopía de forma pedagógica, animando a reflexionar sobre lo que dice la ciencia para organizar la gobernanza de cualquier país o actividad vivencial y productiva; cuando lo deseable para el rescate sería esforzarse en compaginar la política con la ética, la macroeconomía con la vida cotidiana de la gente. Si no sucede así se corre el riesgo de que la sociedad, cada vez más confundida, sea renuente a sumarse al rescate.

La ministra Teresa Ribera en el Congreso en una imagen de archivo. (GTRES)

Es evidente que la Ley aborda muchas cuestiones pendientes, quiere poner orden en el desbarajuste climático y avanzar en la imprescindible transición energética y ecológica. Se cuenta que al final las leyes se convierten en el máximo posible o en el mínimo común. El sí quiero pero no puedo, o no me lo permiten otros ministerios o fuerzas sociales y económicas, se deja ver. Por eso no extrañe que desde diversas instancias se haya criticado la escasa ambición de la ley citada. La ciencia ya dice que es insuficiente pues le falta velocidad en sus fases y deseos más contundentes. Algo parecido opinan Equo y Más País, también las organizaciones ecologistas Greenpeace y Ecologistas en Acción, que la ven desdibujada y poco atrevida, una oportunidad perdida para abordar con contundencia la emergencia climática. También se le achaca que no lleve pareja una educación ambiental que sostenga a los gestores y anime a la ciudadanía. Al final corremos el riesgo de que nos quede la historia interminable de la esperanza climatizadora; así no haremos Historia relevante en forma de una revolución de la trascendencia de las citadas al comienzo de este artículo. Pero ahí estará la Ley, para quienes las quieran enriquecer.

Es lo que tenemos ya para empezar a caminar, para exigir su cumplimiento, para enriquecer los intentos y detectar las ausencias, para que nadie quede al margen. Seguro que habrá un antes y un después a partir de esta Ley, por más que su andadura no sea fácil. Por lo tanto, gracias a quienes han luchado por sacarla adelante. Pero para salir de esta situación de crisis climática se necesita algo más que una ley, hay que convertir el rescate climático en una suerte de utopía en la modificación del estilo de vida, imprescindible en ese distinto escenario social que, querámoslo o no, será realidad en poco tiempo, más bien ya estamos inmersos en él. Ojalá el lastre del pasado espacio social, demasiado escorado hacia el consumo desmesurado, no dificulte la configuración de comportamientos más acordes con la estrategia climática emergente.

Comer y vivir de la basura: un panorama crítico, diferente, en pleno siglo XXI

En alguna otra ocasión ya hemos aludido a que basura es una palabra polisémica, cuyos significados prevalentes se han enriquecido a lo largo del tiempo. Su origen latino, verrere la asimila con algo que hay que barrer o limpiar. Llevado al mundo actual, se entiende mejor como desperdicios, desechos, inmundicias, y cosas por el estilo. Cuando se utiliza como adjetivo empeora el valor del sustantivo que va delante. Aplíquese a basura televisiva, política basura, comida basura y más cosas. También se dice que tiene que ver con vertere, verter. Algo asimilable a residuo, lo que seguramente sobró del cometido principal de uso del objeto o producto, o quedó tras su utilización. Además equivale a dar vuelta; y aquí viene lo que antes decíamos del cambio de sentido a lo largo del paso de años y culturas, y la posibilidad de otorgarle un segundo o más usos. Nos gusta más este significado.

Hay basuras de diversos tipos, como el derroche alimentario del que ya hemos hablado en este blog. Es necesario reiterar esa mala praxis porque las tendencias no van a mejor, con el consiguiente despilfarro ecológico, de recursos y tintes de desigualdad que ello supone. Pero hay más, una parte del desperdicio alimentario de unos se convierte en comida de otros. Dicho sin más explicación, comer lo que se podría llamar basura o desperdicios escuece hasta a la persona más insensible. Pero esta sociedad no deja de asombrarnos. Recuerdo haber leído hace unos 5 años un artículo sobre la experiencia personal de alguien que por unos días, más que nada para documentarse antes de escribir algo sobre el tema, decidió convertirse al friganismo. Tal estrategia vital consiste en aprovechar los alimentos que por circunstancias diversas van a los contenedores de residuos de la calle; incluso los más seguidores de esta tendencia no toman otras viandas. La cosa no deja de parecer un poco rara para los no friganos, es verdad, pero hay gente que la practicaba en aquel tiempo, desconozco si ahora tiene muchos seguidores. ¿Por qué lo hacían? Puede que fuese por convicción, para ahorrar recursos globales, o dinero propio. Quizás para elevar una crítica del sistema y para boicotear a la sociedad del consumo; o por todas cosas a la vez. El caso es que por creencia, o por necesidad, no disminuyen las personas que se alimentan de lo que otros desechan. Quiero recordar que un restaurante de París, Freegan Pony, servía comida vegetariana elaborada con alimentos recuperados a la gente sin recursos; incluso había llegado a un acuerdo con el ayuntamiento de la capital francesa que apoyaba semejante actuación.

Hace unos años se comentaba que casi la mitad de los alimentos producidos en EE UU iban a la basura, se  quedaban sin recoger o se dedicaban a la alimentación del ganado, por no dar la talla o por tener una presencia que no gustaba a los consumidores americanos; la estética primaba sobre todo. ¡Cómo comer algo feo, aunque sea igual de nutritivo! Que se lo pregunten a aquel veterano militar de San Francisco que vivía de la basura que se tiraba en la casa de Zuckerberg y otros multimillonarios vecinos, por más que hurgar en los basureros fuese ilegal en California. Así lo contaba hace un par de años The New York Times, que recogía las palabras del protagonista en el sentido de que la basura de unos es un tesoro para otros. Ahí queríamos llegar para enriquecer el término basura y de paso invitar a la RAE a que lo incluya en su diccionario. Ecologistas en Acción viene desplegando una perseverante iniciativa para demostrar los tesoros que guardan los residuos de todo tipo, así como la incorrecta gestión que de ellos se realiza después de tantos tiempos y leyes. Merece la pena rebuscar un poco en su página y contrastar lo que se dice que está bien o mal sobre las campañas gubernamentales y, cómo no, relacionado con la implicación ciudadana. Aquí cabría retomar el título del presente artículo en forma de pregunta: ¿Qué parte de lo que va a la basura es un despilfarro que nos impide a todos comer y vivir con más coherencia?

Un niño recoge botellas de plástico en un vertedero gigante a las afueras de Naypyidaw, capital de Birmania. (Lynn Bo Bo / EFE)

Lo que en otros tiempos pudo significar un castigo, rebuscar en la basura, ahora se ha tornado en una situación cada vez más extendida entre la gente atrapada por la espiral de vulnerabilidad. Si lo miras bien hiere, parece una maldición de la sociedad de consumo. No se entiende que sobrando alimentos haya gente que necesite rebuscarlos en la basura para sobrevivir. Pero cualquiera que escudriñe un poco más verá la cara oculta de la basura. A finales del año pasado, sí el de la crisis pandémica, conocimos que de media los españoles desperdiciamos unos 179 kg de alimentos al año, lo que supondría unos 3.000 millones de euros en conjunto. Al mismo tiempo, en esas fechas próximas a las navidades, se desarrollaba la Gran Recogida de Alimentos , cuyas necesidades sociales han aumentado con la pandemia. Pero la generosidad de quienes la impulsaron y de los que la apoyaron ha evitado que muchas personas comiesen alimentos caducados o deteriorados de los contenedores de los hipermercados, estrategia de supervivencia para demasiada gente tras la anterior crisis económica de comienzos de la década anterior. Paradojas de la vida, la ética en formatos diferenciados.

La Sexta dedicaba hace un par de años un espacio crítico La basura en España: un problema al cubo que merece la pena visionar y comentar en el ámbito familiar o con las amistades. Una enseñanza mínima debería salir de ahí: generamos más basura de la necesaria, mucha más de la que podemos reciclar. Al final el consumo nos sepultará con episodios más o menos luctuosos como los acontecidos en Bens (A Coruña) o en el más reciente de Zaldíbar. Los vertederos legales son gestionados con más o menos eficacia, pero los ilegales superan el millar en España, en 2018 eran más de 1.500, lo cual ha motivado continuas multas de la UE. ¡Qué lejos queda la iniciativa de cero residuos! Al menos podríamos empezar por restar hasta ver de lo que somos capaces.

Lo cierto es que cientos y miles de personas en todo el mundo viven sobre de la basura, removiendo toneladas de residuos de los vertederos para recuperar los tesoros que esconden. Una periodista chilena, María José Terré, decidió vivir 21 días con los recogedores hace cuatro años para poder sentir el ritmo de la basura en La Chimba, el vertedero de Antofagasta, en el que cada cual busca su exclusivo territorio, como una rica propiedad. Su relato en TVN (Televisión Nacional de Chile) es estremecedor. No se lo pierdan, es algo así como el espejo del mundo, o la trastienda donde se esconde la vulnerabilidad consentida. Un panorama crítico que se repite en muchos lugares del ancho mundo.

Pásense si lo desean por este fotorreportaje de La Concepción en Colombia. O lean el artículo que se publicó en El Blog Solidario de 20.minutos.es Vivir al borde del vertedero, sobre la vida cerca de Deonar, donde se acumula la basura de Bombay. Aun hay más. Algunos llaman ‘La ciudad basura’ a El Cairo, sin duda debido a la dedicación de los cristianos coptos de Manshiyat Naser, un barrio de un millón de habitantes de los cuales una buena parte viven de su oficio de basureros recicladores. Y como estos ejemplos concretos, muchas más realidades diversas en el ancho mundo. También en la rica Europa hay episodios de escándalo, especialmente en el sur pues en Suecia, Dinamarca, Alemania o Países Bajos los vertederos llaman la atención por su ausencia.

¿Qué significa vivir en pleno siglo XXI? Nos prometíamos algo diferente, pero la incerteza se adueñó del mundo y redujo considerablemente hasta las buenas intenciones de la ética que movieron la formulación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, las múltiples acciones de la gente de las ONG que se preocupan por la vida de los demás, entre otras muchas iniciativas. La estampa social nos confunde. Atentos: buscamos un nuevo significado para la palabra basura, sea sustantivo o adjetivo.

Dos niñas juegan en una pila de botellas de plástico en el vertedero de Kampung Jawa, en Banda Aceh, Indonesia. (Hotli Simanjuntak / EFE)