El planeta es como es; no le pidamos imposibles. Más bien ayudémosle

El planeta Tierra es algo multiforme. Cada cual lo percibe a su manera, según intereses concretos y saberes más o menos cultivados. Mafalda lo veía achacoso, le hacía muchas preguntas para resolver cuestiones para ella incomprensibles. El personaje de Quino no había caído en la cuenta, lo barruntaba pero nadie se lo había explicado, que la Tierra se encuentra en una entropía permanente, lo cual quiere decir si seguimos su etimología griega que cambia (evoluciona, se transforma) a cada instante; mídase con el reloj que se quiera. Quino, Mafalda, se ocupó de ella en muchas viñetas: le adhirió un cartel donde ponía irresponsables trabajando; le dio la vuelta colgada del polo Sur para imaginarla diferente; le colocó macetas con plantas al lado para hacerle la vida más placentera y restituirle un poco la masa vegetal perdida; también quiso embellecerla con cremas para darle otro aspecto a su ajada piel. En una ocasión le pidió que parase de girar porque ella quería bajarse del mundo. Incluso la imaginó tan enferma, después de escuchar las noticias en la televisión, que le puso el termómetro para ver si tenía calentura. En Pinterest hemos encontrado más de 400 viñetas de Quino.

La Tierra se expresa en momentos planetarios: nos proporcionan bienestar o no, a según quién más y a otros menos. Por ahí se dice que es un conjunto unitario –formado por una infinidad de seres vivos, relaciones, intereses y muchas más cosas geológicas y astronómicas-. Con tanta complejidad no puede ser perfecta cada día, al menos no tiene la prestancia que nosotros querríamos; escuchemos que la ciencia dice que su propiedad física es la entropía, de la que comentaremos algo más adelante. Si la miramos con un poco de reposo, cosa que ella no tiene, observamos que sus ritmos son diversos. Se diría que siempre va a su marcha. Por más que varias religiones, y culturas de diverso tipo, se empeñen en señalar al “Gran Hacedor” como regulador de todo lo que sucede, incluido el comportamiento planetario, la cosa no parece tan sencilla.

La entropía, que no es exactamente desorden, gusta en general menos que el orden. Este, no nos engañemos, no es una propiedad de las cosas de la naturaleza, y por extensión del planeta, sino una manera de percibirlo y clasificarlo por nuestras mentes. Sin embargo, la entropía planetaria y la vida interaccionan continuamente. Varias películas nos acercan a este multiforme escenario: Earth (Tierra- La película de nuestro planeta) o La Belle Verte, de la francesa Coline Serreau, que en España se tituló como Planeta Libre y que algunos calificaron como utopía. Sin olvidar otras muchas, como la archifamosa El planeta de los simios o aquella de animación La planète sauvage, premiada en Cannes ’73.

Dejémonos de ficciones, más o menos controladas, y fijémonos en uno de los desórdenes que ahora nos golpean: el cambio climático. Nos cuesta reconocer que no podemos conducirlo a nuestra conveniencia, que los científicos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) nos dicen que la cosa va a ir a peor, sobre todo por nuestra persistente emisión de gases de efecto invernadero. A pesar de eso, algo deberemos hacer. Se dice que a mayor entropía mayor tendencia al caos, y eso ya hemos visto que nos afecta en la vida y en el mantenimiento de nuestras costas, ciudades y la sociedad en su conjunto. En el lado contrario, si somos gente eficiente con baja entropía podremos reducir un poco las incertidumbres. En la vida aparecen siempre caos y equilibrio, realidades y deseos, crecimiento económico y límites necesarios, naturaleza cambiante y sociedad expectante. Así más o menos lo vio Mafalda, aunque no identificaría con entropía.

Las entradas de este blog son un ejemplo de esa manía o estrategia de supervivencia, de querer arreglar todo. El modelo de entender el mundo que lanzó Ludwig von Bertalanffy con su Teoría General de Sistemas, y otra gente le dio muchas vueltas, puede ayudarnos a explorar la realidad y a dibujar el futuro, siempre imperfecto. Dado que los diferentes subsistemas del planeta están cada vez más interconectados, debemos ser conscientes de que lo que suceda en una de sus partes afecta a otras e incluso al sistema. No faltan regiones de ese conjunto que comparten características y finalidades comunes, que se retroalimentan; en ocasiones tienden a mantenerse estables y en otras puede más su tendencia al cambio. Puesto que no tenemos un planeta B, como nos recordó aquel que fue secretario General de la ONU y mucha gente lo asimiló enseguida, solamente nos queda tratar de desordenar lo menos posible el sitito donde vivimos; otros más prosaicos lo llaman dejar de ensuciar el nido. Hay que insistir en esta cuestión. Llamémosle egoísmo o simple supervivencia, pero por mucho que nos empeñemos en lo contrario, el quehacer colectivo debe adaptarse a sus cambiantes, y en ocasiones incomprensibles, ritmos climáticos.

Para colmo de nuestras incertidumbres, al planeta parece que le importa poco lo que nos suceda. Aquel lema de “Salvemos el planeta”, del que incluso se hizo eco Pocoyó y sus amigos en Rtve, tuvo tirón mediático pero poco más. Aquí nos movemos en un asunto crucial: cualquier episodio propio de las diversas entropías nos afectará antes o después. Si es una modificación brusca de los ámbitos que nos procuran recursos y bienestar: aire, agua y suelo, además de las biodiversidades, los efectos serán inmediatos, y seguramente graves. “No se trata de salvar el planeta, se trata de resguardar el bienestar humano”, hemos leído recientemente en una entrevista hecha a Christiana Figueres, hasta hace poco máxima responsable de la lucha contra el cambio climático en la ONU.

Quizás por eso, la sociedad global, la ONU la representa en cierta manera ha formulado los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para el año 2030, como una manera de decirnos que nuestras tropelías se puedan reconducir. En la misma entrevista, Figueres recomienda que cada persona haga su plan para reducir sus emisiones a la mitad en ese año tan citado..

Necesitamos la consolidación de una moral planetaria, siendo conscientes de que mucha gente todavía no está dispuesta a renunciar a la entropía elevada en la que vivimos actualmente, impulsada por la rápida satisfacción de las necesidades materiales. Habría que empezar por limitar la economía destructiva, reducir buena parte de los residuos de todo tipo, pensar que progreso significa reducir las desigualdades sociales, entre otras metas urgentes. Sí, ya sabemos que, como diría Mafalda, hay más “problemólogos que solucionólogos” deambulando por la vida colectiva, pero qué le vamos a hacer. Aquí lo dejamos, totalmente abierto, desordenado y entrópico pero buscando una estrategia de ayuda al planeta que nos proteja de sus imposibles.

(PIXABAY)

 

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