¡Adiós Ártico!; voló la cigüeña

Hemos tomado el título, puede ser que a contrapelo, de Adiós, cigüeña, adiós, aquella película dirigida por Manuel Summers que fue estrenada en 1971, tras sortear varios problemas con la censura. El caso es que contribuyó a decir a las generaciones de adolescentes que eso de que la cigüeña traía a los bebés desde París era un mentira, más bien un invento de los mayores para evitar explicar a los niños y jóvenes cualquier cosa que tuviera que ver con la procreación. Permaneció más de un año en cartel. Hemos querido recordarlo porque bien merece una mención agradecida cuando va a cumplir 50. En bastantes situaciones, hilvanar y ordenar secuencias ciertas para explicar la realidad ocultada -en aras de no se sabe qué- es una práctica que deberíamos acostumbrarnos a ejercitar. Máxime si hablamos de asuntos necesarios para la educación personal o social.

Por cierto, Alfred López, que dinamiza el blog Ya está el listo que todo lo sabe aquí mismo, explica en una entrada que este pájaro tan grande ya gozaba de popularidad en las mitologías griega, romana, germana o escandinava, donde se asociaba con buenaventura y prosperidad. No es de extrañar que autores varios relacionasen a las cigüeñas con la dicha de la llegada de los bebés, pero fue Hans Christian Andersen quien lo popularizó en un relato escrito en 1838. Lo de París debió venir asociado a la ciudad del amor. Como las clases pudientes de la segunda mitad del XIX viajaban a la capital gala para celebrar el reciente casamiento, se supone que de allí traían el ovulito fecundado. Por lo que fuera, las cigüeñas se llevaron la fama de traer los niños, y nos dejaron con el cuento mal contado que sumió a demasiada gente en la desinformación durante largo tiempo.

Las primeras cigüeñas de la primavera frente a una ‘superluna’ en Macedonia del Norte. (Georgi Licovski/EFE/Archivo)

Hablando de asuntos poco conocidos, o si se quiere de escaso interés general, traemos al Océano Ártico al escenario ecosocial que anima este blog. No por naciente, sino por haber sido durante mucho tiempo algo así como una parte de la epistemología de la vida, por su papel regulador dentro del clima global. Si se me permite, el remedo del título de esta entrada puede servir como metáfora de la percepción ártica que posee la gente del Hemisferio norte. Se preguntarán qué tiene que ver lo uno con lo otro; más tarde se verá. Suponemos que quienes habitan en el sur del planeta están poco interesados en lo que sucede por el Círculo Polar Ártico, tanto por lejano como por desconocido. Pero además, por una u otra razón, lo que hace unas décadas parecía incuestionable: el Ártico es un océano helado que cubre varios meses del año la parte más septentrional de la esfera terrestre, ha dejado de ser verdad, o está en el camino.

Las tierras árticas casi pertenecían al mundo de la fábula. Gente extraña como los vikingos -la historia que  nos contaron decía que estaban siempre ocupados en molestar a los demás- moraban y navegaban por sus cercanías, como cuenta National Geographic. Los dioses Thor –no confundir con la diosa del trueno que tanto éxito le dio a la editorial Marvel- y Odín los acompañaban. El primero tenía, por lo que se dice, influencia en el clima y las cosechas, amén de otras cosas entre las que destacaba lógicamente el trueno. El segundo atesoraba más clase pues estaba cerca de la sabiduría, la poesía y más cuestiones del espíritu.

Varios siglos más tarde, los pioneros aventureros se lanzaron a la carrera para ser los primeros en atravesar los hielos –barrera infranqueable también mítica- y llegar al Polo Norte. Antaño, como hoy mismo, los pobladores lapones o inuit hacían de la lucha contra las adversidades climáticas una virtud. Con el tiempo descubrimos que desde allí, vive en Rovaniemi (Laponia finlandesa), Papá Noel visita a la gente del Hemisferio Norte cada Navidad para llevarle regalos, no niños, montado en su trineo tirado por renos. Por cierto, de entre las muchas películas, de animación o no, que hablan del Ártico no pueden perderse la española Klaus, que trata sobre la apertura de una oficina de correos –regalos que van y vienen- en tierras árticas y se hizo acreedora al prestigioso galardón Bafta a mejor película de animación en la 73 edición de los premios de la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión; y tuvo serios competidores. Por si todos estos detalles árticos no fueran suficientes, las auroras boreales pintan los cielos del norte de sugestivos colores. El recóndito océano helado sostiene además otros muchos atractivos, entre ellos el magnetismo, pero también una rica biodiversidad, como se empeñan en demostrarnos la gente de CAFF (Conservation of Artic Flora and Fauna), que curiosamente celebraron su Congreso sobre Biodiversidad en el Ártico en Rovaniemi del 9 al 12 de octubre de 2018.

Pero ahora sabemos que el Ártico lleva camino de no serlo en su esencia, de perder una parte de su asombroso misterio. Nos hemos quedado, como en el caso de la mentira de la cigüeña, con cara de tontos, de no saber de qué va la vida, lo cual nos coloca en una situación muy embarazosa. Es más, da la impresión de que es tal la cantidad de catástrofes anunciadas relacionadas con la zona septentrional en su relación con el cambio climático que la gente ha optado por hacer oídos sordos; no se achaque esta postura a la negligencia de las personas sino que es posible que se sientan desbordadas. ¿Le ocurrirá lo mismo a los gobiernos que no reaccionan ante lo que ya está aquí? Pero estos tienen sin duda más responsabilidades. Bien es cierto que ha habido intentos de convenios internacionales como el OSPAR, entró en vigor en 1998, pero sus antecedentes vienen de la Convención de Oslo hace casi 50 años, en 1972. Está signado por varios países entre ellos España, para proteger el medio marino del Atlántico Nordeste de algunas prácticas contaminantes, pero devenires posteriores y lo del cambio climático desborda aquellas buenas intenciones. ¿Dónde dirían que se renovó la Convención? En París claro, un par de años más tarde, cual si lo hubiera traído la cigüeña, esta vez el acuerdo estaba más referido a la contaminación marina de origen terrestre.

(EUROPA PRESS/’LA CAIXA’/ANDONI CANELA)

Ya disculparán quienes se asomen a este blog que seamos tan insistentes con los cambios árticos, pero es que tienen una enorme repercusión en la dinámica climática, y a la vez son una consecuencia de la misma. La zona ártica actúa como sensor global, emite alarmas en forma de deshielo, de disminución de su superficie, de alteración de las condiciones de biodiversidad. Hemos leído en una web de la UE que Groenlandia se deshace en agua que amenaza con subir el nivel del mar unos 15 cm en unos pocos años; un estudio recogido en PNAS (Proceedigns of the National Academy of Sciences of United States of America) lo atestigua. Sepamos todos que por allí el clima está mudando hacia otro definido por más lluvia y aire más cálido; con menos hielo.

¿Y si el Ártico, tal como era, se nos va? Echen un vistazo a esta simulación de la pérdida de su masa helada. Reparen en algunos años en concreto y el ritmo que ha tomado desde hace un tiempo.

Si esto se mantiene o acrecienta, no servirá con decirle simplemente adiós, como en la película de Summers y agradecerle los servicios prestados y que ahora nos haya abierto los ojos ante la emergencia climática. Es más, ni siquiera las cigüeñas podrían/deberían llevar a cabo sus desplazamientos anuales de ida y vuelta hacia tierras más cálidas; incluso algunas veranearían por allí. A este paso, se quedarán en Rovaniemi y desde allí traerán los bebés. En serio, malos presagios si las vemos durante todo el año en los tejados de las iglesias de la zona septentrional de Eurasia y América. Además, el Ártico – “El punto más caliente del cambio climático, como lo titula un artículo de la Universidad Complutense de Madrid, se desvanece porque en torno a él surgen muchas apetencias comerciales y extractivas. No podemos cruzarnos de brazos y decirle un adiós anodino a este santuario.

Una última cuestión: ¿Le traerá algo la cigüeña al Ártico en este 2021 tan incógnito? A saber si partirá desde París o Rovaniemi.

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