Archivo de abril, 2020

Pasado mañana de anteayer

Lo que sigue es más que nada una conversación con uno mismo, por tanto cargada de subjetividad. ¿Quién sabe si puede servir a alguien más? En este escenario que nos ha tocado vivir sucede todo tan despacio que uno no acaba de entender qué día es hoy. Si el que sumó uno a ayer o el que restó algo al mañana. A la vez, los ciclos pasan sin darnos cuenta; cada cual tiene su calendario, a veces una misma hoja contiene muchos renglones de escritura. El número del mes apenas importa, 18 es más o menos lo mismo que 24; si es lunes o viernes casi es lo de menos, a no ser que se trabaje de forma presencial o telemática. Las jornadas se cuentan y sin quererlo te pasas al descuento que no sabes de qué restarlo; que se lo pregunten a quienes fueron atrapados por la espiral pandémica o a la gente que cuida.

El hoy se ha dilatado tanto, por las similitudes entre las jornadas, que parece que las 24 horas que antes lo delimitaban tienen una duración indeterminada, acaso interrumpida por las noches, más o menos durmientes. El reloj, tan reconocido hasta hace poco, ha perdido su función primordial para muchos de nosotros. Si miramos bien, de verdad, queda reducido a un amasijo de cuestiones puramente biológicas, propias y ajenas. Acaso logremos algo de paz emocional si se recuerda lo que sucedió anteayer, aquel lejano estadio de hace un par de meses. Sirve para no lamentar el pasado mañana, o creer que estos días que llevamos de confinamiento sean simplemente un paréntesis. En esta condición colectivo de shock hasta ha perdido casi todo su valor el “más pronto que tarde”, porque a nada que te descuides compite con su contrario.

Empiezas a sumar desde el 15 de marzo, más que nada para ser consciente de tu templanza y ahora te enteras de que la cosa empezó mucho antes, en febrero y llegó por distintas vías. El calendario se desdibuja, casi se ha borrado el mes en el que nos encontramos; de él han desaparecido efemérides y fiestas. Algunas se retrasan, otras se suspenden para pasado mañana, pero ya no será lo mismo. Poco hay que celebrar colectivamente, aunque quienes sufren directamente el impacto de los días sufrientes soporten las cosas de otra forma, sobre todo si no aciertan a ver el mañana, mucho más si el anteayer ya los tenía malheridos. Perdimos la cuenta de los que faltan, esos que dejaron de mirar el calendario. Para los no infectados por ahora, el desconcierto con pena. El tiempo desapareció tras las rutinas, aunque estas ayuden a sobrellevarlo mejor. En momentos concretos, da casi lo mismo que los números de damnificados crezcan o se estabilicen, pues ni siquiera de eso hay seguridad.

Hablan los que saben de cifras y datos, comparan con ayer o anteayer, periodos que no se sabe si es cuando empezaron a contar. Tras los números vienen los porcentajes, sostenidos o crecientes, mezclados con criterios cambiantes. Se diluye el tiempo, qué más da. Las gráficas tratan de esclarecer el futuro que tampoco tiene marca en el calendario. Seguro que será pasado mañana, en un mes, un año o quién sabe. Hay números para pensar en positivo o no tanto; depende de quien los lea. Ya lo versó el poeta Ángel González: “Ayer fue miércoles toda la mañana./ Por la tarde cambió:/ se puso casi lunes,/ la tristeza invadió los corazones/ y hubo un claro/ movimiento de pánico/…/Por eso mismo,/ porque es como os digo,/ dejadme que os hable/ de ayer, una vez más/ de ayer: el día/ incomparable que ya nadie nunca/ volverá a ver jamás sobre la tierra”.

Tiemblan incluso quienes disfrutaban de todas la bienaventuranzas, no digamos aquellos que ya tenían un pasado extremadamente vulnerable, que son en parte una sombra derribada que no sabe como pronunciar el mañana. El virus se ha enseñoreado por todos los lados, ha puesto en quiebra el neoliberalismo de anteayer, que dicen estaba sustentado en un proyecto ideológico de libertades: ganancias sin límites que han debilitado hasta las instituciones supranacionales que antes miraban hacia el futuro para librarnos de las incertidumbres de anteayer. Ha sido un golpe brutal en su línea de flotación, supuestamente asentada en el beneficio para todos cuando hay mucho a repartir. Tanto ha cundido el desánimo que mucha gente se pregunta dónde ha quedado del espíritu combativo colectivo de hace unos 40 años.

Dicen que estos episodios nos devolverán un poco la humildad de tiempos pasados, más o menos remotos, que para nada eran la Arcadia feliz. Lo que sí es seguro es que nos han recordado la fragilidad de pasado mañana. Pocos se atreven a pronosticar cuándo y cómo llegará ese momento. No hay garantías sobre lo que surgirá después, este año y los siguientes. Si atendemos a los augures económicos es para ponerse a temblar. En particular quienes ayer ya vivían en precario, cuando el dinero no alcanza. Como se vuelva a los sistemas mercantiles de anteayer cualquiera sabe la revuelta social que puede generar. No la queremos. Por eso, huimos de las previsiones económicas, para no hundirnos en el desánimo. Nos preguntamos quién pagará todo lo que necesitamos para volver a la diferente normalidad que pronostican los que mandan. ¿Quién socorrerá a los vulnerables que ya lo eran y ahora han visto crecer la distancia social en sus vidas?.

El pasado mañana era cosa de otros, ahora es temido por todos, inexorable. No estará exento de espantos; el cambio climático arreará fuerte. Por eso, es urgente prever una renta mínima básica, como un derecho humano. Cada euro o dólar que se invierta ahora mismo traerá algo de legitimación del concierto colectivo, el único que asegura el futuro, si es que existe tal cual lo imaginamos. Cada euro entrará en la cadena mercantil viajando tras dar muchas vueltas a no se sabe dónde -puede que una buena parte hacia los acaparadores- pero al menos habrá librado en algún momento de la penuria particular. Parece indudable que una sociedad que tiene mal repartida la riqueza no solucionará mañana las sucesivas crisis que le van a llegar. Hemos oído comentar que los países septentrionales europeos -que ya no son lo que eran por cierto- pasarán menos males que los demás porque las desigualdades no son tan grandes. Algo similar se dice de Nueva Zelanda, algunas de cuyas últimas prevenciones están en las antípodas de las de aquí. Lo que sería bueno, conveniente incluso para los privilegiados pues de otra manera se les estropea el negocio, es que se articulase un pacto social, intergeneracional, marcadamente ambiental.

Pasado mañana no será como anteayer. Acaso tenga una liturgia propia. ¿Quién sabe? En ocasiones, cuando la mente se adorna de ilusiones se aclara un poco, aunque mantiene veladuras. En esos momentos, imagina proyectos y esperanzas. Los compartimos con quienes tenemos cerca para acrecentarlos; los enviamos vía Internet, a cuanta más gente mejor. Aunque el ejercicio sea efímero nos reconforta, volvemos a mirar bien el calendario, con cautela, eso sí. En el tiempo prolongado de los días monótonos nos llegan imágenes de cierta esperanza. En España, las lanzan batallas personales superadas o gente con ropaje sanitario, y de otros colores. Las emociones que transmiten nos evocan una pasado mañana un poco menos agresivo. Es de esperar que toda esa gente tenga pocas dudas de que hace falta un nuevo contrato social, más centrado en las personas, más acogedor con los más vulnerables, menos obstruido por los múltiples egoísmos de los partidos políticos. Portugal en el horizonte, por si no queremos mirar muy lejos.

Una niña mirando desde su balcón. (EUROPA PRESS)

Escuelas en suspense pandémico, con penas diferenciadas

Cuando todo empezó el mundo occidental –qué difícil es catalogar este concepto o colectivo- era feliz, al menos así se vestía. Ese conjunto indeterminado que se traduce en muchas siglas (UE, OCDE, OEA, ONU, etc.) se sentía bastante seguro de su poder infinito para sortear toda clase de enemigos que le llegasen; más bien se diría que el parapeto de PIB escondía sus debilidades. Entonces, pocos organismos educativos (UNESCO, Ministerios y Departamentos de Educación de todo el mundo), políticos, familias o profesores podrían suponer que llegaríamos a lo nunca visto: suspender las clases en todas enseñanzas, por todo el mundo. Algunos países en donde el maldito virus empezó antes a tambalear todo lacraron las escuelas para proteger a los más pequeños, pero también las universidades. En España, muchos tildaban de exagerada la postura de las CC AA que empezaron a cerrar sus aulas, dado que se decía que los niños no cogían el bicho inmundo.

Las cosas empezaban a ir de mal en peor. Ante esa tesitura, el Gobierno de España se asustó y decretó el cierre físico escolar; hasta los universitarios volvieron a sus lugares de origen. Nadie podía prever entonces la duración, se pensaba que la espera acabaría cuando remitieran los primeros acosos de la pandemia; ni siquiera había sido catalogada así. Las autoridades suspendían las clases para que los estudiantes –más auto protegidos según decían las cifras de afectados- no hiciesen de vectores transmisores a los más débiles, los ya mayores o ancianos y quienes padecían patologías serias. El confinamiento general y los datos del Covid-19 distorsionaron tanto la vida que las escasas controversias por la suspensión de las actividades escolares desaparecieron. En esos momentos de marzo, la preocupación por lo educativo era menor; se trataba de sobrevivir, de que la enfermedad colectiva no se destrozase. Abril camina hacia su final y seguimos sin clases.

Cuando todo esto amaine, y si volvemos siquiera unos días a las aulas para retomar las clases hay una lección sobre la que hablar detenidamente, un buen tema de diálogo para tratar con el alumnado de los cursos más mayores, una experiencia o muchas a compartir entre los más pequeños. Unos y otros deberán comunicar(se) cómo han sido capaces de superarlo, qué estrategias les han resultado más valiosas. Un trance social tan doloroso (apreciable en múltiples emergencias) del que debemos aprender y saber explicar a quienes ahora estudian, para que figure siempre en su libro personal con letras más o menos grandes: viviremos siempre en alguna incertidumbre; otras vendrán, más mortíferas o menos. Los ahora estudiantes habrán de estar preparados, educados en desarrollar hábitos personales dentro de estrategias colectivas. Si se retoman antes del verano algunos días de clase, es necesario concretar si es más importante evaluar contenidos (poner una nota más o menos justa) que reflexionar sobre lo vivido, que siempre enseña si se aprende de forma colectiva. La escuela no debería retomar, en septiembre o cuando sea, el pulso normal como si nada hubiese sucedido. Sin embargo, la educación reglada es esclava de las calificaciones; mal asunto siempre, un tremendo desatino en momentos de múltiples incógnitas.

Aula de Infantil del Colegio de Educación Infantil y Primaria ‘Joaquín Costa’ de Madrid. (EP)

La educación formal intentó combatir la pandemia mediante la formación en Red, en distintas plataformas. Pero no es lo mismo, cuesta entender una escuela sin muros; no estábamos preparados todavía. Las escuelas y universidades han programado actividades para mantener ocupados a los estudiantes, para que “no pierdan curso”. Loable intención si el cierre es corto, envite complicado cuando se alarga como está sucediendo. Las rutinas han funcionado en unos casos, en otros no porque la pereza puede con los deseos, a veces las tareas –empeñadas en lo curricular y tradicional- han sobredimensionado el objetivo de no romper el hábito de querer aprender, siempre difuso cuando la recompensa no se divisa cerca. Transcurridas un par de semanas el alumnado ya habría perdido algo de su motivación; el profesorado dudaría si sus mensajes llegaban bien, si al otro lado se entendería que la situación tan excepcional requería disciplina en el trabajo propio y compromiso. A la vez, buena parte de las familias, que han necesitado estar bastante más implicadas en la educación escolar –seguramente por ello habrán entendido de otra manera el valor de la escuela- se empezarían a despistar porque no sabían cómo desarrollar bien la tarea. Seguro que todos los confinamientos serán difíciles, más todavía en esos domicilios reducidos en donde no es sencillo canalizar las energías de los más pequeños. La tarea escolar es una cosa, se hará mejor o peor; la (con)vivencia diaria otra, pues disfruta y sufre momentos más o menos relajados. Llevamos así más un mes; ya se anuló la socialización, que es el primer argumento de cohesión para el desarrollo, y los niños y jóvenes la necesitan pues la interacción entre semejantes también es profesora. Las redes no las pueden suplantar porque carecen de afectividad. Cabe preguntarse si después de esto la vida será como antes o aumentarán actos de rechazo ante tareas o comportamientos. Habrá que escuchar con detalle lo que dice el ilustre pedagogo Francesco Tonucci sobre el asunto.

Qué decir de esos casos en los que la familia no puede ayudar porque no sabe o no puede, o de aquellas viviendas que carecen de pantallas que animen a trabajar. La segregación actual reduce mucho la eficacia de la educación a distancia; carencia que algunas CC AA aseguran que han solucionado. También habrá que preguntarse cómo se ha apoyado a quienes necesitaban cuidados especiales para aprender cosas que les exigen la ayuda de personal cualificado, máxime si hay por medio alguna discapacidad. No cabe la menor duda, el cierre agravará las desigualdades educativas; mal que nos pese, la brecha social no hará sino crecer. Cabe volverse a preguntar si esto no habrá sido más que un paréntesis para los estudiantes. Las penas siempre son diferenciadas; cuando todo pase hay que hacer mucho para revertir la situación de los más vulnerables.

Nunca hubiéramos aventurado un cierre escolar que expulsase de las aulas a más de 1.300 millones de estudiantes en 185 países, lo cual alcanza al 80 % del total. Si se prolonga demasiado, supondrá un grave quebranto para los estudiantes, sus familias y cada país en su conjunto; el tiempo nos dirá. La UNESCO alerta en su último trabajo GEM de que las respuestas al cierre escolar son muy diferentes en unos países y en otros. En unos casos se ha fortalecido la educación a distancia, en otros se ha hecho mediante MOOC o por televisión. ¿Para cuánto tiempo servirán estos sistemas? En todo el mundo, pero en particular en los países de ingresos bajos o en las comunidades pobres, hay muchos niños y niñas, incluso estudiantes universitarios que no tienen pantallas, ni siquiera disponen de electricidad en sus casas. Siempre los pobres se llevan la peor parte de todo. Padecen la fatiga anticipada de la negación educativa, que destruye la humana ambición de huir de la miseria, castigo que siempre resulta más fuerte si es iletrado.

También el cierre de las escuelas impide el acceso a comidas nutritivas que la institución escolar proporcionaba en entornos pobres o desfavorecidos. ¿Cuál será la situación de estos chicos y chicas si como parece el curso escolar ha acabado ya en algunos sitios? Seguro que los países ricos saben encontrar cuidados paliativos, en un plazo más o menos corto, acaso opten por acortar las pretensiones curriculares o por refuerzos en verano o a comienzo del siguiente curso escolar. Por cierto, vaya desde aquí el homenaje a tantos profesores y profesoras empeñados – sin instrucciones precisas- en no romper los lazos educativos a través de la red; no son pocos los que se quejan de que las administraciones de su comunidad los han dejado prácticamente solos. Si bien hay que decir también que ha habido quienes han enviado a su alumnado aluviones de trabajos, tal cual si lo hubiera tenido delante cuando es más fácil incentivarlo, transmitirle afectividad y solucionar dudas.

En estos momentos en los que pocos chicos y chicas se sienten a gusto con la situación, en estos episodios de cierre escolar, hemos de acordarnos de todos esos niños y niñas refugiados y desplazados de Grecia, Turquía, Jordania, Irak, Líbano, Siria, Afganistán, Yemen; Eritrea, Guyana o el África subsahariana, etc., para los cuales la escuela es un simulacro continuado, como denunciaba UNESCO hace unos meses; cifraba en más de 250 millones los niños y jóvenes privados de escuela. Lo más probable es que el Covid-19 no tenga en cuenta desgracias previas y también se cebe con sus familias y con ellos. ¿Quién los protegerá de la posible hecatombe vital y escolar? Para paliarlo un poco UNICEF ha puesto en marcha la iniciativa “La escuela en una maleta”.

En España se debate ahora si es mejor la promoción automática para todos o no; se ha escrito ya tanto –mezclando evaluar con calificar, aprobar y promocionar, premiar esfuerzos o castigar ausencias- que de poco sirve analizar pros y contras. Por lo que leemos importa más la nota que la mitigación de los trastornos educativos y personales que han dañado la vida de los estudiantes; mucho menos cuestionar si sirve para mañana la educación de ayer. La evaluación sí hay que hacerla al sistema de trabajo implantado, a los medios dispuestos, a la agilidad de las administraciones para reparar desigualdades, al funcionamiento de las redes, a la pertinencia de los trabajos propuestos. El trabajo en remoto ha venido para quedarse, por lo que habrá que preparar al profesorado y dotar de los recursos necesarios a estos y al alumnado menos favorecido. Habrá que inventar y potenciar una pedagogía de la emergencia, basada en el fomento del aprendizaje autónomo, para tenerla dispuesta en casos de crisis. Sin embargo, ante todo esto, todavía hay quienes apuestan por la continuidad organizativa y estructural: retomar la enseñanza como si nada hubiese sucedido.

Una situación sin precedentes no se soluciona con parches clásicos. El estamento educativo en general debería leer despacio propuestas como las que recoge el Manifiesto por otra educación en tiempos de crisis. Por otra política educativa difundido por el Foro de Sevilla, y debatir sobre ellas. Hace falta un concierto entre todas las administraciones que ayude a entender que nos encontramos en un cambio de era; que frente a tamaña incógnita, si se vuelve a las aulas un día o siete antes del verano es tarea menor. Les iría bien repensar si la educación es el argumento básico de la vida, pleno de reflexiones y compromiso crítico de cara a acrecentar la autonomía en el aprendizaje, bastante antes que la acumulación de contenidos curriculares. Por eso algunos nos animamos repitiendo una y otra vez aquello que nos decía Mario Benedetti en un poema: No te rindas que la vida es eso,/ continuar el viaje, /perseguir tus sueños,/ destrabar el tiempo,/ correr los escombros y destapar el cielo. En consecuencia, reclamamos a los gobiernos que piensen y sientan la educación comprometida, tantos años apartada del concierto social como estamos comprobando que le sucedió a la sanidad. La necesitamos para continuar el viaje que circulará por otros itinerarios, para soñar despiertos con realidades, para destrabar los nuevos tiempos, para destapar un cielo al que siempre mirar que refleje penas menos diferenciadas, para sentirnos orgullosos de haber aprovechado las enseñanzas de la pandemia en rescatar a la educación de su estancamiento, demasiado tiempo en suspense permitido u olvidado.

¡Ojalá la escuela se abra en septiembre, del todo o no, con nuevos horizontes que lleven a los estudiantes a prepararse para entender la sempiterna incertidumbre! Necesitan llegar mejor capacitados al año 2030, ese en el que tantas esperanzas se habían depositado.

Antecrónica de una pesadilla anunciada

Decir que nada es como parece se asemeja a una simpleza, si bien en estos tiempos es una frase adecuada para hablar de algo que se desconoce, como le sucede a la mayoría de la gente que se ve asediada de una u otra forma con la pesadilla de la pandemia. Por si el padecimiento no fuera poco, tienen que soportar la matraca de quienes sí aparentan que saben en redes de todo tipo, y no digamos en las cadenas televisivas. Menos mal que, de vez en cuando, personas con cordura científica nos previenen de lo que esta incertidumbre esconde detrás, de las dudas que esconde. Lo que sí aseguran es que las pandemias serán definitivamente una parte de nuestra vida. Ante ellas no vale el exceso de confianza que nos nubló ahora, ni el creer que el impacto se quedaría limitado a los países pobres, como en recientes dramas mundiales de salud colectiva.

Esta pandemia no se encontraba sellada en ningún cofre, como dicen los historiadores romanos que pasó con la peste antonina. Como aquella gente se empeñaba en ir a guerrear por todo el orbe mediterráneo, la pillaron por Asia Menor, más o menos, y se la llevaron tan pegada que asoló una parte del Imperio Romano en la segunda mitad del siglo II; menos mal que por aquel entonces vivía el griego Galeno. Este marchó rápidamente a Roma y logró describirla, además de pronosticarle una gran persistencia y su contagio por todo el mundo conocido. La historia está llena de ejemplos, que van desde la plaga de la época de Justiniano a mediados del siglo VI a todas las irrupciones de la peste y otras invasiones malignas que han castigado al mundo conocido; seguramente también a lo ignoto, pero eso no lo recoge la historia.

La OMS (Organización Mundial de la Salud), que acierta en unas cosas y yerra en otras, publicaba en septiembre del año pasado Un mundo en peligro: Informe anual sobre preparación mundial para las emergencias sanitarias. En verdad que sus previsiones eran tremebundas: “Nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5% de la economía mundial. Una pandemia mundial de esa escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad e inseguridad generalizadas. El mundo no está preparado”. Ante semejante afirmación cabría haberse puesto en prevención pero los gobiernos no le hicieron ni caso. La OMS no goza de mucha atención pues casi siempre riñe o da malas noticias sobre salud. También el mortífero brote pilló despistada a la gente del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC, por sus siglas en inglés), o no tenían ni idea de cómo interpretar lo que se les venía encima o sus alertas no tuvieron audiencia.

(EFE)

Prologaba el documento antes citado, la Sra. Gro Harlem Brundtland, Vicepresidenta del GPMB (The Global Preparedness Monitoring Board), junto con el Sr. Elhadj As Sy -Secretario General de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja-. Sí, aquella exprimera ministra noruega que hacia 1987 redactó el Informe Brundtland, Nuestro Futuro Común (Our Common Future, en inglés), algo así como una alerta sobre el deterioro que el desarrollo económico de entonces, y el que se avecinaba, iba a causar en la sostenibilidad ambiental. En él se analizaba y criticaba que las tácticas de desarrollo económico globalizador podían suponer un avance social pero tendrían un costo medioambiental demasiado alto, quizás irrecuperable. En ese texto se habló por primera vez de algo que ahora nos suena mucho: el desarrollo sostenible. Ahí estamos ahora mismo preguntándonos el ir y venir de la globalización, cuando han transcurrido más de 30 años y se han firmado miles de acuerdos para cambiar el mundo a mejor (sic).

En Un mundo en peligro se proponen medidas imprescindibles, urgentes, para afrontar las siguientes pandemias, además de otras incertidumbres. Se recomienda/exige a los gobiernos de todos los países un compromiso por mejorar la preparación aplicando las obligaciones vinculantes que les corresponden en virtud de los Reglamentos Sanitarios Internacionales mediante la construcción de sistemas sólidos, “designando a una persona coordinadora de alto nivel con autoridad y responsabilidad política para liderar los enfoques y llevar a cabo sistemáticamente ejercicios de simulación multisectoriales para poner en marcha una preparación eficaz y mantenerla”. Se exige a los estados miembros del G7, G20 y G77, y las organizaciones intergubernamentales regionales el cumplimiento de los compromisos políticos y financieros ya adquiridos, y la concreción de otros que aseguren la preparación ante la siguiente pandemia. Porque, subraya una y otra vez, “la propagación rápida de una pandemia debida a un patógeno respiratorio letal (de origen natural o liberado accidental o intencionadamente) conlleva requisitos adicionales de preparación. Por eso, se deben garantizar inversiones suficientes para el desarrollo de vacunas y tratamientos innovadores, la capacidad de fabricación en caso de aumento súbito de la demanda, los antivíricos de amplio espectro e intervenciones no farmacéuticas adecuadas”. Además de otras muchas sugerencias para limitar los estragos sanitarios, sociales y económicos que traerá la siguiente oleada.

Cabría preguntar si nos suena todo esto, si caso de haberse concretado las anteriores propuestas nos encontraríamos en el lamentable estado que ahora tanto nos asusta. Alertar sobre las seguras incertidumbres no es ser alarmistas. Lo dice el informe y lo saben quienes nos gobiernan, y los científicos que los asesoran. Son conocedores de que los miles o millones de vidas perdidas irán acompañadas de una tremenda desestabilización económica y conllevarán un caos social de tal magnitud que no se puede ni imaginar. El Informe da cuenta de que entre 2011 y 2018, la OMS realizó un seguimiento de 1.483 brotes epidémicos (la gripe, el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), el ébola, el zika, la peste o la fiebre amarilla, entre otras) en 172 países. Son muchas las enfermedades que vendrán acompañadas de diversos brotes de consecuencias nefastas y serán de propagación potencialmente rápida. Por consiguiente, cada vez más difíciles de gestionar, a no ser que haya un entrenamiento previo de los sistemas de salud globales, de la UE y de cada Estado.

Qué lejos queda el Imperio Romano, qué repetidas han sido las pandemias. No olvidamos aquella “gripe española” de la influenza (virus A, H1N1) de hace ya más de cien años, que queda guardada en datos horrorosos, pero también en imágenes similares a las actuales. La diferencia es que hoy sabemos que lavarnos las manos con jabón consigue romper la envoltura lipídica del agresivo coronavirus; algo impensable o casi imposible entonces con una higiene personal de tragedia. Además, frente a la antigüedad, disponemos de mejores sistemas de tratamiento, pero nos falta la prevención, a pesar de los grandes avances de modelos matemáticos y virológicos que podemos utilizar. Como entonces, los pobres y los más vulnerables serán quienes más sufrirán esta pandemia y las siguientes, pero toda la sociedad resultará dañada.

En la actual crisis, la solidaridad –escrita muchas veces con el sacrificio personal muy dañino- está siendo un recurso eficaz ante algunos impactos –Camus ya escribió en La peste que esa fue la única arma para derrotar al maldito virus-, pero no podrá con todos si la virulencia se agranda o si la siguiente pesadilla nos llega demasiado pronto o nos pilla despreocupados. Por eso, si no se pertrecha a los actuales galenos –sanitarios de todo tipo y científicos- del tiempo, de la organización y de los recursos necesarios, estaremos intentando regatear a las escurridizas incertidumbres. ¡Qué ilusos! Cuando superemos la actual emergencia, debemos retomar el axioma olvidado: ni la vida ni la salud colectiva pueden continuar como si nada hubiese sucedido; mucho menos dejar la sanidad colectiva tan depauperada como estaba y tan desentrenada en protocolos críticos. No alcanzamos a imaginar cómo será el mundo en el año 2030. Mientras tanto, intentemos descifrar un par de pensamientos que se atribuyen a Galeno de Pérgamo: “El médico es el ayudante de la naturaleza” y “Cuida mejor quien tiene la confianza de la gente”.

¡Qué todo esto no sea el prólogo de la siguiente!

Anónimos no cifrados pero con gran dolor

“El dolor silencioso es el más funesto” vino a decir Jean-Baptiste Racine. Bien se podría aplicar la afirmación al momento actual en el cual sufrimos todos, desde los sanitarios y demás servidores que ponen barreras o prestan servicios esenciales contra el coronavirus hasta los afectados por las secuelas que deja, también sus familias y acompañantes. Pena que comparten, con distintas cualidades e intensidades, quienes están confinados en su casa para preservar su salud y la de otros; más todavía los invisibles sin techo, quienes habitan infraviviendas y los usuarios de centros de internamiento.

El dolor silencioso lo llevan de otra forma los niños y jóvenes –algunos con patologías que aconsejan la dosis diaria de libertad y aire libre- privados de la compañía de sus amistades, de la libertad de sus juegos. Los recluidos anónimos son decenas de millones en España, centenares de millones en todo el mundo. En ese dolor reservado quieren escuchar que las cosas van mejor; están saciados de espantos. Empiezan a cansarse de noticias duras que son presentadas con cierta blandura como si no se deseara hacerlos partícipes de lo que quienes saben de esto quieren ocultarles, quizás porque dudan bastante sobre el ritmo que va a llevar la pandemia.

En este complejo conglomerado de españoles recluidos en escucha activa se podrían anotar muchos grupos sociales: mayores y más jóvenes, niños y adolescentes, gente universitaria o que trabajaba en la precariedad, teletrabajadores, gente en paro o sometida a ERTES y tantos otros que siguen las pautas de aislamiento y sanitarias a la espera de retomar la vida activa. Su dolor está confinado pero no por eso es menos importante. Sufren en silencio preocupaciones de salud o económicas y otros deterioros. Poco se dice de ellos, ni siquiera los remiendos televisivos les confortan del todo. Se les agradece lo que se les exige, y ese premio es casi una expiación según como se mire. Viven con la puerta de casa como frontera que los separa del mundo. Las redes sociales les envían mensajes de ánimo, les acercan estrategias de supervivencia que seguramente harán más llevadero el día tras día. Se emocionan cada vez que escuchan acciones solidarias y desprendidas de otros grupos; así pasan mejor los días, especialmente los mayores que ni siquiera pueden salir a comprar y dependen de la adhesión de otros. Esos anónimos confinados se empeñan en capturar el polvo tenue de lo trivial, ese que mañana será irrelevante; por eso se inventan ficciones salvadoras. Si reparamos en el momento, todas las personas estamos aprendiendo a vivir. Nos queda la satisfacción de haber hecho lo que nos mandan, también la esperanza de que algún día se abrirá el telón y detrás de él aparecerá algo grato. “No hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que te supera”, escribió el Nobel de Literatura Albert Camus.

(JORGE PARÍS)

Frente a esos “afortunados” que no padecen males físicos, los contagiados pueden más en las conversaciones públicas diarias. No podría ser de otra forma. A los enfermos y fallecidos nos los encontramos encerrados en cifras que miden la salud del sistema sanitario público español, bastante maltratado tras la debacle de 2008, como le ocurrió a la investigación biomédica. Una vez que los más dañados superen el trance, o si pierden la batalla personal –en este momento ni siquiera habrán tenido el aliento del último adiós-, pasarán al anonimato total, excepto para sus allegados. También perderá protagonismo el personal sanitario y de múltiples servicios, de los cuales no sabemos los números sanos o enfermos, pese a ser un valor que debería figurar como riqueza principal en los haberes de cualquier país. Se trata de salir hacia adelante, pero habrá que entender perfectamente nuestras circunstancias para que ahora y siempre la felicidad buque el triunfo sobre el absurdo, pues ambos son omnipresentes en la vida, dijo Camus. Las cosas nunca suceden en abstracto, alguien hubo a habrá detrás poniéndoles una imagen.

Racine escribió en el siglo XVII Los litigantes, una crítica rebuscada de la querulancia, en donde se procesa hasta a un perro por haberse comido un capón. Por allí aparecen abogados improvisados que lanzan a diestro y siniestro discursos incoherentes. Esa inclinación a discutir sobre lo necesario o lo superfluo aparece a menudo en la vida corriente. Casi nos atreveríamos a calificarla como inclinación humana. La hemos desarrollado bien los españoles que sabemos hacer discordia de casi todo; un remedo del “saputismo” del pleito al sol de Braulio Foz sigue muy vivo. En esta crisis encontramos verdaderos maestros en esto de querellar en ciertos políticos y bastantes opinadores televisivos, esos que todo lo saben. Lo más que consiguen es desestabilizar al colectivo sanitario y de servicios, desanimar a la anónima mayoría silenciosa; cuando ambos colectivos necesitan agarrarse a algo más razonado para mantener la lucha.

Las voces discrepantes siempre hacen falta si consiguen mejorar acciones puntuales, pero en estos momentos de colapso social se necesitan antes otras cosas que los órdagos que lanzan los creadores de nada. En tiempos de Racine, su paisano autor de teatro Molière representaba la comedia Le malade imaginaire en la que desde la atmósfera de un hipocondríaco ridiculizaba a los médicos de entonces, según él demasiado formalistas y charlatanescos.

En la respuesta española a la pandemia no se sabe si los síntomas se han menospreciado, si falló el diagnóstico anticipador, si las prescripciones han sido las posibles o las mejores, si las rectificaciones han sido las adecuadas, si algunas autonomías han gestionado mejor o peor la información sanitaria y los recursos. Pero sí se ha apreciado una batalla descalificadora hacia los equipos técnicos que aconsejaban la toma de decisiones para frenar la trayectoria desbocada del ciclón de la enfermedad; quienes han gestionado esto con enorme dedicación no son anónimos pero sí soportan un dolor silencioso, por ellos mismos y por los demás. Si bien parece que buena parte del mal, tiempo habrá de analizarlo y cuestionar lo que se ha hecho bien o no, estaba dentro. En España y en Europa, la industria dejó de fabricar las máscaras y otros dispositivos básicos que protegen nuestra salud; el sistema sanitario no era tan perfecto como parecía y se habían abandonado líneas de investigación vírica muy fiables. Además, como sociedad, nos habíamos alejado demasiado de lo inesperado. ¡Qué penoso es depender del dolor silencioso por no haber previsto antes las cosas! El principio de precaución desapareció hace décadas de la vida individual, colectiva y política. Por eso, una petición que apoyarían masivamente los anónimos es que la continuada investigación, con todos los recursos necesarios, sea el mejor escudo para proteger de la siguiente pandemia. Los invisibles sin techo o en precario demandarían además un salario social (renta básica) sin que se note el estigma de la caridad.

Todo es incierto por ahora, a la espera de que triunfen en la escena los comprometidos sanadores de todo tipo pertrechos con sus dispositivos anímicos. Pero eso será en el acto tercero de la obra, cuando la acción contaminadora sea más plana o baja de bajada. Aun así, si esto acaba algún día deberemos estar preparados tanto para la reflexión crítica y el diseño de otras estrategias de presente/futuro como para la irrupción masiva de los litigantes, todavía más fieros que los que pintaba Racine, pues ya están poniendo demandas judiciales a quienes deben tomar decisiones difíciles, sin saber lo que vendrá mañana. Estos disruptores sociales enseguida olvidarán el respeto debido a los más afectados por el virus y a quienes –con gran dolor y miedo- fueron luchadores en primera línea de contagio y a esos anónimos pacientes colaboradores durante tantos días en la derrota vírica.

A este paso, en todo el mundo, llegarán menos personas y bastante maltrechas a La Cima 2030. Es posible que debamos ralentizar la ascensión, para que nadie se quede atrás.