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Vida entre animales ricos

Es un barco de lujo. Pero cuando los ricos se quitan la ropa no son nada. Sólo carne de charcutería. Un rico sin ropas es patético. Todo su poder radica en sus ropas de marcas. En sus relojes de oro. En que te puedan despedir si son los jefes de la oficina donde trabajas. En bañador, los ricos dan risa.

Las mujeres e hijas de los ricos bailan frente a los brasileños que imparten clases de salsa en cubierta. Porque les pica el chocho. La mujer del rico quiere ser follada por ese veinteañero musculoso y estúpido que han traído desde Brasil y al que pagan una mierda. La hija del rico también quiere ser follada por él. Ese brasileño veinteañero tiene la polla pequeña, folla fatal y cuando se folla a la mujer o hija de algún rico les escupe en la cara porque las desprecia. Por eso, todas, hacen el ridículo en cubierta. Los hombres las miran desde los jacuzzis.

También desean follar. Pero sólo miran a la joven, a la de 17 años. Desechan a las demás. Porque es la única que sirve para eso. Las demás fueron mujeres bellas que evolucionaron en vacas. Mujeres que solo sirven para limpiar el culo a la gente.

A la izquierda de la primera foto un paralítico piensa en qué injusto es el mundo. Tener piernas para eso. El paralítico mira sobre cubierta y piensa que si él tuviera unas piernas fuertes correría tan rápido que podría hacerlo sobre el mar: que llegaría al infinito y que luego, se tiraría por la gran cascada del fin del mundo: la que da a las galaxias. Flotar por el universo en silencio. Eso sí que tiene sentido.

Por la noche salgo a fumar (normalmente sólo fumo porros pero en este crucero fumo tabaco para hacerme el interesante) y conozco a un matrimonio de mafiosos italianos. Esta vez he aprendido la lección: no miro a su mujer. No me resulta difícil.

Su mujer es demasiado huesuda para mi gusto, no tiene tetas y para colmo tiene cara de hombre (todas las mujeres a partir de los cuarenta años tienen cara de hombre). Tras unas copas, al marido le caigo simpático. Me hace un ofrecimiento:

-Tengo una finca en una ciudad de África. Cuando quieras te invito y te quedas unos días. Es un lugar ideal para cazar. Incluso a negros. Si matas alguno, no pasa nada.

Tengo ganas de insultarle: menuda mierda de ser humano enfermo tengo delante, pero no me apetece tener más líos con la mafia, más aun cuando mañana voy a estar en Sicilia, tierra de mafiosos. Así que le digo:

-La gran ilusión de mi vida siempre ha sido matar a un ser humano. Ver qué se siente después.

-Pero eso no lo sabrás matando negros. Son tan tontos y se humillan tanto por un plato de comida que es como si mataras a un animal.

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