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No la voy a llamar

Ella me besó una vez, hace tiempo. Lo hizo como si nada.

Sin embargo, su beso, se deslizó por el hueco de mi garganta. Y cayó, sin que ella lo supiera, en mi corazón.

La casualidad hizo que hoy me cruzara con ella en la calle.

-¿Qué tal? -me preguntó

-Bien. Muchas gracias. ¿Y tú?

-No me puedo quejar.

-Bueno, pues que sigas bien –le dije.

-Igualmente Rafa.

Esquivo, seguí caminando: aterrorizado por si descubría que me tiene clavado en una cruz en la que no quiero hacer otra cosa que verla caminar con su abrigo oscuro y botas de tubo.

Hace unos días me quemé la mano con un cigarrillo. Las quemaduras son las heridas que más se asemejan a las del amor: las que más tardan en cicatrizar.

Al llegar a casa, me asusté porque mi voluntad, sin habérmelo consultado, había decidido llamarla. Así que rompí el papel donde tengo anotado su número de teléfono, lo tiré a la basura. Luego, me incliné sobre la bolsa de la basura y saqué todos los trocitos del papel que antes había roto: lo reconstruí. Me sentí a salvo cuando comprobé que, de nuevo, tenía en mi poder, su número de teléfono.

Con él en la mano, me tendí sobre la cama y disfruté del dolor de esta locura maravillosa que se llama amor. Y, por supuesto, cuando me levanté, no la llamé.

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