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BLOG DE CONTENIDO SOLAMENTE PARA ADULTOS (+18 AÑOS)

El hombre misterioso: o es un poeta o es un loco.

Regresé a casa, a las 3 de la madrugada.

Entonces le vi: sentado en mitad de la calle:

Es un camarero de un bar, creo que uno de los dueños, no estoy seguro: pero ahora estaba sentado en el suelo de la calle, como muy preocupado, casi llorando: normalmente, ese bar, cierra temprano: a las 10 de la noche. Y abre sobre las 6: era muy extraño que ese hombre estuviera sentado en mitad de la calle, a esa hora. Me miró: me sentí reconocido: él también se había acostumbrado a verme caminar por esa calle: no pude evitarlo entonces: me sentí obligado a preguntar:

-¿Puedo ayudarle?

-¿Vos sabés algo de poesía? –preguntó angustiado, preocupado.

No supe qué contestar ¿Sería un loco?… Así que contesté la verdad:

-No. No sé nada de poesía.

Y me miró como si me escupiera en la boca: como si me despreciara. Me miró con un asco infinito. Seguí caminando y, cuando llegué a la habitación de mi pensión, la forma que tuvo de mirarme, aun me hacia sentir sucio e incómodo.

Al mediodía, al despertarme, lo hice con demasiada hambre: salí a comer algo: no pude evitar pasar por esa calle, por ese bar: siempre está medio vacío: miré por la cristalera: allí estaba él, en el fondo del local, frente al ordenador: yo juraría que componiendo versos:

Ya que eso era un bar, yo tenía hambre y moría de curiosidad, entré:

-Hola –saludé.

El hombre levantó la mirada: como si le estuviera sacando de un foso: parecía que se encontraba en el suelo de una tumba, en un agujero lleno de musgo, flores y duendes: se había hecho amigo de los duendes: seguro que estaba hablando, extraños secretos, con ellos.

-¿Qué quieres? –preguntó enfadado por la interrupción.

-¿Puedo comer algo?

-¿Necesitas comer? ¿Seguro?

Quedé extrañado por la pregunta. Muy extrañado ¿Estaba ese hombre retándome? Sin embargo, como algunas veces me da por pensar que soy un paranoico y tomo cualquier cosa como una ofensa, pasé por alto la extraña pregunta… también, no lo oculto, porque deseaba permanecer más tiempo dentro del local, averiguar más sobre ese hombre, de su comportamiento tan extraño.

-Sí.

-Pues siéntate –dijo malhumorado.

No me senté, estaba realmente nervioso. Quedé en la barra, vigilando mientras cocinaba: tenía miedo de que escupiera sobre mi comida: realmente sentía que ese hombre me despreciaba: ni siquiera me había preguntado que qué quería comer: le saqué una foto, sin que se diera cuenta:

Era un hombre alto. En otro tiempo debió de ser muy fornido. Sin embargo, aun, en una pelea, sería peligroso. Vi que puso -en sartenes, sobre el fuego, con bastante mala gana- patatas y un trozo de carne. Luego, regresó frente a su ordenador: a hundirse en la fosa de su extraña tumba: con las flores y con los duendes de los que era amigo.

Esperé un rato, mirándole de reojo. Cuando él me miraba, aun enfadado, yo hacía como que veía la televisión: sintonizada en un canal de videos musicales. Empecé a oler a quemado: las patatas.

-Creo que se está quemando algo ahí dentro –atreví a observar.

El hombre, que ahora se me antojó tenía pinta de druida, volvió a salir de su tumba: se dirigió a la cocina. Efectivamente, las patatas se habían quemado. Aun así, no le importó en absoluto servírmelas en el plato: para que me las comiera.

-Oiga –le dije- estas patatas están quemadas.

-A los que no saben nada de poesía, en este local –contestó- les servimos siempre las patatas quemadas.

Y regresó a su portátil, dándome la espalda: lo único que le importaba, a ese hombre, eran los versos que, sin duda estaba componiendo: lo único que le importaba era su literatura.

…Yo, contra la literatura, no puedo ni quiero luchar. Me comí el bistec, aparté las patatas, pagué sin rechistar y me fui del local: deseando regresar mañana para volver a ver a ese hermano.

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