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Los dos dedos que le metí a Natalia

Le metí dos dedos a Natalia: uno por el coño y el otro por el culo. Al mismo tiempo. Ese fue mi único trofeo.

-No conseguiste follarme –me dice.

-¿Y qué?

-¿A qué nunca te habían rechazado?

-Menuda puta ¿Eso era lo que querías? ¿Rechazarme? ¿Eso te hace sentir importante? ¡Porque nunca había escrito que me habían rechazado! ¿Quieres quedar en el blog como la única chica que no conseguí follarme? ¿Crees que vas a pasar a la historia de la literatura por yo no haberte follado? ¡Estúpida! ¡Esto es desesperante!

-Te leo desde hace mucho tiempo.

-¿Por eso estamos en la cama?

Me dejó chuparle todo el cuerpo pero, cuando llegué a su chocho, dijo que no:

-Para mi eso es follar –habló-. Y no quiero ponerle los cuernos a mi novio.

Otra mujer con novio desnuda en mi cama. Y, para colmo, con razonamientos de imbécil. Estuvimos mucho tiempo bajo las sábanas: me dio tiempo a correrme sobre su culo, hablar, recuperarme, correrme sobre su espalda, hablar, recuperarme, sentarme tras sus tetas: ya iba a correrme sobre su cara:

-Sobre mi cara, no –me dijo-. Te dejaría si no escribieras sobre eso, de esa forma tan despreciable. Sentir tu semen sobre mi cara me haría sentir como una puta.

Avergonzado, aparté mi polla de su cara: como si correrse sobre su cara no fuera la historia de amor más bonita del mundo: como, si no fuera verdad, que todos los hombres y mujeres del mundo, no somos más que unas putas. Me sentí un monstruo viejo, gordo y feo: un pedófilo: sentí que había tratado de cometer el peor de los delitos: como, si por haberme querido correr sobre su cara, la justicia tuviera derecho a encarcelarme. Sentí que ella, y todas sus amigas, me señalaban con el dedo, riéndose de mí:

-El “eZcritor” se quería correr sobre mi cara y no le dejé ¡Ja, ja, ja, ja!

Y ahora, estoy sólo en esta habitación: humillado, muerto de hambre. Echo de menos su culo, sus risas, sus besos de adolescente, un plato de espaguetis. No tengo nada. Nada. Nada. Nada. Absolutamente nada. Sólo dos dedos con los que conseguí hacerle gemir de gusto. Ese es mi único trofeo. La única vez que, quizá, conseguí demostrarle que yo valía la pena.

Dos días más tarde, recibo un SMS suyo:

-“NOS VEMOS?”

Muero de rabia: no tengo ni un euro, ni un ticket de metro, con el que contestarle que sí, que nos vemos inmediatamente: que quiero metérsela de una puta vez: que, hasta que no lo consiga, voy a caminar avergonzado por las calles de Madrid.

Quiero dejar de ser Lavapies. Quiero ser la Cibeles, de una puta vez.

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