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BLOG DE CONTENIDO SOLAMENTE PARA ADULTOS (+18 AÑOS)

Cuando un amigo te traiciona te salen arrugas en la cara.

Cuando llegué a la pensión abrí las maletas rajándolas con una navaja que compré en un puesto callejero: las llaves me las había dejado en Fuerteventura: siempre he sido un imbécil: hoy, que me mudo, he tenido que comprar cinta adhesiva gruesa para forrarlas y poder cerrarlas: he comprado dos fundas de colchones: voy a cubrir el colchón de mi zulo de Lavapies con las dos fundas a la vez: me daría mucho asco estar en contacto con los restos de semen de las pajas del anterior inquilino: he comprado sábanas: Salva Dávila me va a dejar un edredón hasta que yo pueda comprar uno: también he comprado telas azules para forrar las paredes: odio el papel arrancado de esas paredes: hoy me mudo a esa hedionda buhardilla de Lavapies.

Pero.

Justo cuando me voy a ir de la pensión, la familia que la regenta me hace una oferta especial por una habitación individual: 540 euros por mes, con agua, luz y asistenta incluida que me limpia y plancha, hace unos días pedían 750:

La habitación es interna: no podré fumar porros con ninguna chica en la cama: dentro de la habitación tengo un lavabo pero, el resto del baño, es de uso comunitario y está en el pasillo:

-Has de pagar 3 meses por adelantado –me dicen.

No tardo ni un segundo en aceptar.

La buhardilla de Lavapies me entristece muchísimo. Pago los 1.620 euros que, junto a los gastos del viaje y algunos imprevistos que han surgido me dejan sin un euro con el que comer. No hay problema: para hoy tengo 3 manzanas en una bolsa, dentro de 7 días cobro mi sueldo en “20 minutos” y además, mañana, un buen amigo me devolverá 500 euros que me debe: le llamo por teléfono para recordárselo:

-Mañana sin falta –le pido- Que llevo semanas pidiéndotelos y siempre te olvidas o te confundes de número de cuenta.

-No te preocupes –me dice desde su trabajo de recepcionista, en la isla de Fuerteventura- un amigo es como un futbolista: demuestra lo bueno que es en los momentos claves. Te los ingresaré mañana por la mañana, en cuanto me levante.

Sin embargo, al día siguiente, no ingresa el dinero. Al otro no contesta a mis llamadas. Y me cuelga el teléfono. Le dejé dinero cuando su padre murió, para que pudiera tomar un avión e ir a su entierro, le dejé dinero para que se sacara una muela que no le dejaba dormir por el dolor. Le dejé dinero, para que comiera, cuando él no tenía empleo. Paseé innumerables veces a su lado, cuando él necesitaba ser escuchado: aunque yo, lo único que quería en esos momentos, era estar sentado delante del ordenador, escribiendo: me ponía los pantalones y bajaba a caminar a su lado: cuando un amigo te traiciona te salen arrugas en la cara.

Tengo hambre, mucha hambre. La vida, ahora, es diferente. Estoy en contra de la gente que entra en los bares: esa gente me resulta odiosa, repugnante, sebosa, gente malvada a la que podría sacarle un cuchillo y robarles: la sociedad diría que soy una mala persona por hacer eso: pero no es así si sólo tienes 3 manzanas y nadie en el mundo a quien pedir ayuda. No es así, si tienes hambre y hay un bar lleno de gente comiendo gambas, pulpo y vino.

Estos días, cuando voy a la redacción de “20 minutos” a actualizar este blog (no podría hacerlo desde un cyber ya que no tengo dinero) huyo de esa compañera, tan buena gente, que me ha dicho de tomarnos un café en el bar de abajo: huyo de ella: porque no tengo con que pagar los cafés (soy un machista en eso: no dejo nunca que una mujer me pague nada). Me invento excusas:

-Es que me voy a Canarias, mi perra se ha puesto mala.

Y, al día siguiente, me invento otra.

-Es que he quedado, ya mismo, con una O.N.G para una entrevista.

No he mentido del todo. Realmente iba a apuntarme a una O.N.G que hace una ruta, de lunes a jueves, para dar bocadillos y café caliente a los sin techos de Madrid. Pero no puedo ir hasta que cobre. Porque, si fuera con el hambre que tengo, ahora, sería yo quien se comiera todos esos bocadillos. No creo que quedara muy bien delante de los demás voluntarios.

-Lo que daría por un vaso de zumo –pienso mientras camino por la Gran Vía.

Un zumo, un euro. No puedo.

-Hola –me dice una voz- Estamos haciendo una degustación de unos zumos que van a salir al mercado ¿Le gustaría probarlos?

Miro a la mujer que me lo ha dicho: no me lo puedo creer.

-Sí –contesto-.

Pasamos al interior de un local:

Bebo 3 vasos de zumo: contesto la encuesta: me despido: salgo a la calle: voy al cajero: aun tengo esperanzas de que mi amigo no sea un cerdo cabrón: miro mi cuenta: mi amigo es un cerdo cabrón.

Pero.

Tras 2 semanas sin una venta, justo hoy, a Groucho y a Paulo le ha dado por comprarme dos camiZetas. Aleluya. Dios siempre me ayuda cuando estoy solo. O quizá sea mi madre, desde el cielo. O María Auxiliadora de los cristianos a quién le pedí que fuera mi nueva madre cuando esta murió. Con esos 34 euros podré comer, perfectamente, hasta el día del cobro.

Ya no tengo ningún problema. Ya no necesito ayuda de nadie. Sólo me ha costado 500 euros descubrir que una persona a la que consideraba un gran amigo era, en realidad, un parásito, un moco, una cucaracha. Y eso, si lo pienso bien, es una gran suerte. A esas personas hay que quitárselas de encima cuanto antes: cueste lo que cueste.

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