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BLOG DE CONTENIDO SOLAMENTE PARA ADULTOS (+18 AÑOS)

Pudrirme en un sillón mientras veo la televisión.

Ya compré el billete de avión. Llego a Madrid el día 8, por la tarde. Estoy un poco incómodo, aun no tengo ningún sitio donde quedarme. Sólo tengo 1.600 euros en mi cuenta bancaria. He tanteado algunos zulos para vivir (en Madrid los llaman estudios y sus dueños no son encarcelados) pero me piden fianza, dinero que no tengo y contrato laboral: yo soy autónomo.

Algo encontraré: en algún lugar de Madrid habrá un zulo para desechos como yo. Si los inmigrantes sin papeles sobreviven, yo también. Algunos lectores, con grandes corazones, me han ofrecido quedarme en sus casas, gratuitamente. Pero no puedo aceptar. Me sentiría que me estoy aprovechando de ellos. Tengo 32 años, no soy un niño. Tengo que valerme por mi mismo, sin ayudas de nadie. No me gusta pedir limosna ni que me regalen nada. No quiero llegar a sentirme como un parásito. Tengo la vida que me merezco, por mis acciones pasadas: por concentrarme, únicamente, en querer ser escritor. Yo soy el único responsable. Si no tengo donde vivir, es mi problema, no el de la gente que me lee.

Llegaré a Madrid por la tarde. Buscaré un hostal barato. Dejaré mi maleta allí e iré a la presentación del libro “Conversaciones de Ciencia” de Edaf, en el que está incluido “El Robo del Milenio” escrito por mi admirado José Cervera. Me llevaré la cámara de fotos, supongo que mi primer post en “20 minutos” escrito en Madrid será sobre la presentación de ese libro.

Al día siguiente, me levantaré temprano: buscaré un lugar donde quedarme todo el mes. Y un trabajo que pueda compatibilizar con éste de bloguer: de camarero o de lo que sea. A ver si tengo suerte.

Hoy, varias veces, he estado a punto de echarme atrás: de quedarme en esta isla. Aquí vivo en un adosado de dos pisos. Con “Elena”, la perra, una cocina de 6.000 euros, ADSL y Canal Satélite (el próximo lunes echan los dos últimos capítulos de “Prision Break” por la Fox, me los voy a perder). Aquí no necesito trabajar: con el sueldo que me paga “20 minutos” por escribir este blog vivo perfectamente. Aquí paso los días en el sillón de la salita: en calzoncillos: pudriéndome de calor: masturbándome con fotos jpg

o viendo la tele: pensando que, si de pronto, viniera un médico y me dijera que ha descubierto que tengo cáncer terminal me daría absolutamente igual. Hasta me alegraría.

Creo que es uno de los más repugnantes pecados: desprecio la vida. Pero es la puta verdad: así me siento. Para qué mentir si esto es lo que soy.

Dios me dio la vida (una carretera con rumbo a donde yo desee) y un cuerpo (un coche) marca Ferrari y ¿Qué hago yo? Lo tengo en el garaje lleno de polvo, sin usarlo. Gente muere en los hospitales: deseando, con todas sus fuerzas, vivir un poco más, estar con sus seres queridos, tener un último día tranquilo, en la playa. Y a mi me daría igual tener cáncer, morirme ahora mismo. Por eso me voy de esta isla. Por pijo. Por injusto. Porque la vida es la búsqueda de un Santo Grial. Y si te paras o te confundes de camino, te pudres. Por lo menos yo me he podrido: gordo, seboso, con cara de gilipollas.

Y mi perra, ya sabe, no sé como, que me voy y que la dejo -por ahora- con Elena. Y, cuando mi perra me mira así, callada y obediente, mis ojos no dejan de inundarse en lágrimas cada dos por tres. Nunca pensé que se pudiera llegar a querer tanto a un perro.

-No puedes –me digo- quedarte en esta isla y pudrirte por un perro. Tú eres un ser humano. Vales más.

Pero tengo mis dudas.

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