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El poder infinito de la mente.

Pude decir a Anais que no destroce el cojín, pude evitarlo desde el principio: pero le veía tan feliz, tan interesada sacando el relleno que le dejé hacer… voy a tener que volver a esa tienda: y comprar un nuevo cojín: Elena no tiene la culpa de que yo esté loco: que me importen una mierda sus cojines y la humanidad. Yo, Rafael Fernández Ruiz, desprecio a esta sociedad y a sus complementos de hogar.

Este mundo de mierda. Construido a base de cemento. Voy a morir sin ver un mundo digno de la especia humana. Nunca voy a saber a donde nos lleva el poder infinito que tenemos dentro de nuestra mente: un epiléptico juega al ordenador utilizando sólo su mente: nuestra mente, ilimitada que sólo usamos para temas relacionadas con tarjetas de crédito: o para jugar a los marcianitos.

Yo soy un gran escritor: el más grande que se ha parido en la historia del universo: sin embargo, me entretengo haciendo videos estúpidos sobre pollas y tetas para quedar como un machista borrico y así poder irritar a las feministas radicales enfadadas con los hombres porque no hay ninguno que quiera follárselas o porque, esos hombres, les quitan a sus novias ya que, en realidad, son tortilleras radicales:

He quedado, para cenar, con Elena y su madre: camino por la calle, veo un mendigo: un viejo de 60 años: tirado en el suelo de la calle: tres metros allá veo a un chico de unos 27 años frente a una chica: van bien vestidos: con ropa cara: parece una primera cita ¿Qué reveces del destino llevarán a ese chico a convertirse en ese viejo mendigo que está tirado en el suelo?

Como somos el colmo de la exquisitez y de la elegancia, Elena, su madre y yo, comemos en un vulgar restaurante chino: el más barato de la zona:

-Cómetelo todo –me dice Elena- Si no, estos chinos ponen los restos de comida en otro plato, para el siguiente.

-Se dice tanto sobre los chinos: dicen que algunos restaurantes sirven comida humana –apunta la madre, como si yo no hubiera oído esa leyenda urbana más de 1000.0000.0000 millones de veces-.

-Si fuera carne humana –contesto a la madre- yo seguiría viniendo.

-¿No te da asco?

-Me da asco la raza humana –contesto- pero no comérmela si está cocinada. Al fin y al cabo ¿En qué nos diferenciamos de un pollo?

-¿En la inteligencia? –dice Elena (que realmente es un pollo).

Tras la grasienta cena, vamos al cine: elijo yo: ellas no tienen conocimiento alguno sobre las películas que están proyectando: se ponen a mirar los carteles de las películas con cara de imbéciles: como si estuvieran descifrando jeroglíficos egipcios: no conocen a los actores ni a los directores: si me despisto, estas estúpidas me van a meter a ver “Pequeño pero matón”: elijo “El laberinto de Fauno”: qué película extraña: un cuento sangriento para ¿niños? No, un cuento precioso, ambientado en la posguerra, lleno de sangre, para mayores: con unos personajes secundarios inolvidables: sobre todo el monstruo, asesino en serie: un monstruo que sólo ve con los ojos que tiene metidos dentro de la palma de la mano:

“El laberinto de Fauno” es una película sobre gente como yo: los que nos mentimos creyendo firmemente en los sueños y en la fantasía: todo vale para alejarnos lo más posible de este mundo de mierda: de esta sociedad que se creó tras siglos y siglos de ir por el camino equivocado: adorando el dinero, ignorando el poder infinito de la mente.

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