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En el trineo de Schopenhauer: por Yasmina Reza.

Camino por la librería, desolado: no encuentro nada que me apetezca leer: nada a lo que me apetezca agarrar para no hundirme en el mar: veo este libro:

Me suena que alguien de confianza me dijo que era un buen libro: ni idea de quién: lo abro: la cara de la autora me transmite cariño y tranquilidad:

re-miro el título: “En el trineo de Schopenhauer”: lo tomo, hago la cola para comprar el libro: en mi vida, nunca he robado libros: he robado dinero, comida, bicicletas, ropa interior, besos, dientes, cds, mujeres: pero nunca libros: libros, es lo único que me han robado a mi:… y lo único que me robo yo, a mi mismo, es mi vida: hace tiempo que me estoy robando mi felicidad: encerrado, siempre, en casa.

De madrugada, me acuesto en el sillón de la salita, frente al televisor al que, pese a la gran superproducción súper americana que emiten, ignoro… desde que empiezo a leer, el libro me atrapa: empieza con una narración simple que, sin embargo, parece crucial, casi parece que los acontecimientos que narra van a desembocar en una gran guerra mundial: la mujer del libro piensa en el modo en que pela naranjas su marido: le desagrada: un hecho vulgar y cotidiano al que convierte en un acontecimiento extraordinario gracias a la magia de la literatura: entre esas líneas, encuentro las primeras frases que subrayo: “nos gustan los libros en los que nos reflejamos”, algo así escribió Zafón:

“…los incordios de la vida cotidiana, siempre queremos otra vida ¿verdad? Creemos que las cosas que son la vida no son la vida…”

Bravo: pero luego pienso que quizá esa mujer es una sub humana que se conforma con cualquier cosa: por ejemplo: no soporta a su marido pelando naranjas: ¡Y no se atreve a decírselo!: quizá ella tiene razón: yo estoy loco: hemos de conformarnos y acobardarnos: porque si no lo hacemos en algún momento de nuestra vida, al final vamos a perder: corriendo y corriendo: hasta que nuestras fuerzas, un día, nos abandonan –eso es inevitable- y entonces miramos a nuestro lado: y no tenemos nada: no hemos formado un castillo a nuestro alrededor para ese momento: un castillo donde nos quieran, cuiden y sirven: la familia: hay que formar una familia antes de que sea demasiado tarde: para que, cuando seas viejo, te defiendan de los animales salvajes.

Sigo leyendo el libro: la escritora está influenciada por Bernhard o quizá es un poco esquizofrénica también como él: lo que está claro es que está soltando sin parar todos sus pensamientos, sobre el papel: me la imagino escribiendo: tecleando sin parar: relamiéndose: la hija de la gran puta se sabe muy buena escritora: este libro no tiene (aun no he visto ninguno) puntos y apartes: es un monólogo constante: leo una imagen cultural bellísima:

“…quién es Spinoza, a fin de cuentas un chico sin cambios de humor que organizaba combates de arañas y moscas para ver en qué consistía la vida…”

Y sigo leyendo: estoy en pleno siglo XXI y yo, escritor, no tengo lápiz ni bolígrafo con el que subrayar lo que leo así que, cada vez que encuentro algo que deseo recordar, me levanto del sillón y me siento frente al ordenador: lo escribo: cada vez que me levanto del sillón tengo la mano chupeteada y mordida por mi perra Anais: mientras leo, mi perra me podría arrancar los dedos y no me enteraría del todo: o quizá sí que me entero: pero ignoro el dolor porque veo que se está divirtiendo mordiéndome: yo tengo el libro, que está de cojones, y ella mi mano: me gusta sentir a mi perra, aunque sea mordiéndome:

“…qué error fatal poner el amor en el centro del matrimonio, amor y matrimonio no tienen nada que ver, los sentimientos entre un hombre y una mujer, dentro de ese dispositivo, sólo pueden esfumarse…”

Me gustaría encontrarme, cara a cara, con-contra la autora de este libro: mirar en sus ojos profundamente: bucear en ellos mientras tomamos un café: para tratar de descubrir si es una idiota que dice cosas por decir o, lo que escribe, lo sabe por algún tipo de conocimiento infinito ¿Habrá alguna persona que sepa más de la vida que otra? Los que han vivido más pero ¿Hasta que punto se puede vivir más? ¿Acaso no hay un límite? Vivir más: a menudo la gente confunde vivir más con destruirse el cuerpo: con drogas y mala vida: pero eso no es vivir: vivir está en la otra dirección: dirección opuesta a lo que te limita físicamente e intelectualmente: como esta sociedad de consumo, la heroína o el horrible trabajo en las oficinas: sigo leyendo: una verdad aplastante:

“…¿Me puedes decir por qué no se organizó una fiesta nacional el día en que se cerró la última mina? Tenemos carbón bajo los pies pero ya no hace falta enviar a pobres desgraciados seiscientos metros bajo tierra para intentar extraerlo mientras cogen la silicosis o se libran de una explosión de grisú. Es maravilloso. En vez de eso, tuvimos que soportar un discurso lacrimógeno del estilo es una parte de la historia de la clase obrera que desaparece. ¡Coño, pues tanto mejor! ¿Te gustaría tener a tus hijos en el fondo de una mina? Es extraordinario vivir en un país que tiene carbón bajo sus pies y que puede prescindir de ir a buscarlo…”

…Algunas veces te encuentras con libros que demuestran que los seres humanos son espíritus exquisitos que están encerrados en cuerpos de animales: algunas veces te encuentras con mujeres que escriben como si fueran una taza de té y, entonces, dices, aleluya.

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Aun estamos ultimando los últimos diseños y el proyecto aun está bastante verde, pero ya hay material propio en la web con la que voy a colaborar: “Blackshines”: relatos con humor muy negro donde además daré rienda suelta al sexo explícito que a algunos lectores molesta por aquí.

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