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Henry Miller muerto habla sobre la guerra de Israel

Henry Miller no es sólo mi escritor favorito sino también al que más quiero. Un gran escritor se diferencia del resto porque sus escritos, sin importar cuando los haya escrito, siguen siendo actuales. Por eso, hoy, yo le hago una entrevista en exclusiva para “20 minutos” sobre la guerra de Israel.

Henry ¿Qué opinas sobre la guerra que apoya tu país?

Yo no soy americano, ni neoyorquino, y menos todavía europeo, ni parisino. Yo no debo lealtad a ningún país; ni tengo responsabilidades, ni odios, ni preocupaciones, ni prejuicios, ni pasión. Soy neutral.

Lo que no entiendo es porqué podemos hacer un exceso de aviones para destruir los hogares de otros pueblos y no los hacemos en cantidad todavía mayor para abastecer a esa gente desdichada con alimentos, ropa y materiales de construcción. Si podemos desorganizar nuestra economía, según dicen, para matar, mutilar y destruir ¿Por qué no podemos desorganizarla todavía más para ayudar, alimentar y proteger? Si no levantamos una mano para impedir que la gente se muera de hambre no es porque seamos incapaces de hacerlo, como sostienen nuestros políticos, sino porque no nos preocupamos por hacerlo. Es porque carecemos de imaginación para ver que un pueblo que permanece con los brazos cruzados mientras el resto del mundo agoniza es tan asesino en el fondo como el ejército que devasta su territorio.

¿Qué opinas sobre el gobierno de tu país?

Un hombre auténtico no tiene necesidad de gobiernos, de leyes, de códigos morales o éticos, y mucho menos de acorazados, porras de policía, bombarderos súper pesados y otras cosas por el estilo. Creo que cuando llegue el momento decisivo surgirá un dirigente más grande que cualquiera de los que hemos conocido en el pasado y nos sacará del actual callejón sin salida. Pero para que surja esa figura la humanidad tendrá que pasar por una prueba superior a cualquiera de las conocidas hasta ahora; tendremos que llegar a un punto de tan profunda desesperación que estaremos dispuestos por fin a asumir todas las responsabilidades de la condición de hombres. Eso significa vivir los unos para los otros en el absoluto significado religioso de la frase; tendremos que hacernos ciudadanos planetarios de la Tierra, relacionados mutuamente no por el país, la raza, la clase, la religión, la profesión o la ideología, sino por un ritmo del corazón común e instintivo.

Si hubiéramos tenido entre los que mandan hombres que cumplen su deber, hombres que prestan un servicio, hombres dispuestos a sacrificarse, no habría habido necesidad de exigir esas cualidades a los de abajo. Pero los que están en el poder sólo han mostrado las cualidades opuestas: codicia, temor, egoísmo. Ahora bien, cuando su seguridad está amenazada sacan a relucir esas palabras nobles, atracan con ellas las gargantas de los oprimidos ¿Qué haría yo si atacaran a mi madre? Ese es asunto particular mío, y cualquier cosa que pudiera hacer debo decir que no tiene relación alguna con esta cuestión de ir o no ir a la guerra. ¿Dónde estabas tú -podría preguntar a mi interlocutor- cuando mi madre carecía de comida y hogar, cuando no podía encontrar los medios de mantener a sus hijos hambrientos, cuando no podía encontrar una cama para morir porque no tenía dinero? ¿Dónde estabas tú cuando el pan mismo que se le ofrecía carecía de sustancias vitales? ¿Dónde estabas tú cuando la desalojaron y arrojaron a la calle? ¿Dónde estabas tú cuando, por pedir el derecho a un salario vital, la aporreó la policía, le arrojó gases lacrimógenos y la encarcelaron como un criminal? Se podría seguir así ad nausseam. El deber es admirable cuando se cumple espontáneamente y silenciosamente; cuando nos lo exigen ladrones y canallas, apesta. Yo preferiría ver que un hombre elude su deber a ver que se lo imponen con amenazas y golpes. Mi deber concierne a mi propia conducta, no a la de mi vecino. Mi deber es tratarlo como un semejante y no juzgarlo. Si yo cumplo mis deberes correctamente lo probable es que también él los cumpla. Nada hay como el ejemplo para inspirar una buena conducta. Y la conducta más ignominiosa que puedo imaginar consiste en predicar el deber y eludirlo uno mismo.

Yo nada tendría que decir si los hombres que nos incitan a la guerra fuesen los primeros en despojarse de todo, los primeros en atacar al enemigo, los primeros en quedar heridos y arruinados. Yo nada tendría que decir contra la disciplina militar si los oficiales fuesen los primeros en sufrir el choque del asalto. Tendría todavía menos que decir si los generales y almirantes lucharan entre ellos exclusivamente. Guardaría un silencio absoluto si los dirigentes de los países beligerantes se ofrecieran como sacrificios. Al fin y al cabo, nadie es lo suficiente pequeño o pobre para ser ignorado

Nota.- Visiten el contador de muertes de esta guerra

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