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Apaga el ordenador. No sueñes

Escribí mi primer relato a los 22 años de edad: no me atreví hacerlo antes: me limitaba a dejar pasar los días componiendo historias con mi imaginación: no tenía huevos para escribir: empecé algún relato, pero nunca lo terminé.

A los 22 años estudiaba en el instituto. Sí, a los 22 años. Era el alumno de mayor edad del instituto y, ni siquiera, estaba en los cursos finales. Para desesperación de mis abuelos, con los que vivía, repetía curso tras curso. Yo estaba repleto de complejos: nunca hablaba con nadie, siempre que podía no iba a clase: daba vueltas por la ciudad, sin rumbo: sólo iba al instituto para ver a una chica que me gustaba mucho y, cada vez que la veía, pegaba mi espalda a la pared: quedaba paralizado: nunca me atreví a decirle nada: incluso hoy en día, cuando la veo por la calle, me pongo nervioso: jamás le he hablado. De ese sentimiento, nació el primer relato que escribí: trata de una pared que se enamora de una chica: lo titulé: “Relato sincero de una pared enamorada” (por aquel entonces mi Henry Miller era Gabriel García Márquez).

Escribí ese relato a bolígrafo, en una hora: siempre que estoy escribiendo algo que me parece bueno siento que no lo estoy escribiendo yo: que estoy poseído por otra persona: porque, ni yo mismo, sé como van a terminar la frases que estoy escribiendo en ese momento: es como si abriera un grifo del que sale agua: yo solamente soy el tubo por donde sale: cuando pasa eso estoy seguro que dentro de mí vive un gran escritor que, misteriosamente, ha elegido mi cuerpo, el de un payaso inculto, para vivir.

Enseñé mi relato a mi hermana mientras mis manos temblaban: ¡Mi primer relato! ¡Por fin me había atrevido a escribir uno! ¡Mi hermana iba a ser la primera persona que lo iba a leer! ¡El primer relato de Rafael Fernández! ¡Un momento histórico!: mi hermana lo leyó: me dijo que era un relato mediocre: que no le gustaba: que no creía que nunca fuera a conseguir ser escritor.

A los pocos días, vi un anuncio en el tablón de anuncios de la biblioteca: “CONCURSO REGIONAL DE RELATOS PEDRO GARCÍA CABRERA”: decidí presentar el relato: yo confiaba en mi escrito: era entrañable y original, estaba bien escrito: las bases del concurso especificaba que todos los trabajos debían de presentarse escritos a máquina: yo no tenía máquina de escribir: pero sí mi abuelo, que era periodista: se la pedí:

-Yo no te dejo la máquina para escribir tonterías –me dijo- No es un juguete, Rafa.

No le repliqué. Me encerré en mi cuarto y lloré. Siempre he querido que mi abuelo esté orgulloso de mí: jamás lo he conseguido ni conseguiré: menos, si lee la novela que preparo.

Pedí ayuda a un chico de mi clase: vivía cerca de mi casa y sus padres le habían comprado un ordenador: un 486: me costó muchísimo convencerle: no porque no quisiera que fuera a su casa o porque no quisiera dejarme su ordenador: sino porque me decía:

-Es imposible que ganes ese concurso. Tú no eres más que un colegial. Y a ese concurso se va a presentar gente de nivel. No pierdas tu tiempo. Y recuerda que la profesora de literatura dice que escribes fatal.

Insistí tanto que le convencí: esa noche fue la primera vez en mi vida que me senté frente a un ordenador: tardé 5 horas en transcribir mi texto de 4 páginas: yo no tenía ni idea de dónde estaban las letras del teclado: no tenía ni puta idea de mecanografía ni informática y quería que mi relato quedara presentado perfectamente: era tarde: su familia se fue a dormir: mi amigo apareció en pijama, me dijo:

-Yo también me voy a dormir. Cuando termines, apaga el ordenador y no te olvides de cerrar la puerta.

…regresé a mi casa de madrugada (tras despertar a toda esa familia, las impresoras de agujas de aquel entonces hacían un ruido infernal): salí de aquella casa como un ladrón: como si tuviera una obra de arte entre mis manos: no podía dejar de mirar mi escrito impreso en letras mecánicas: me parecía fantástico, maravilloso: recuerdo que llegué a mi casa y puse cada hoja sobre el suelo de mi dormitorio: me acosté en mi cama y quedé dormido, mirándolas: al día siguiente desperté temprano, hice la plica, y envié por correo el relato al concurso:…quedé mirando el buzón: tenía miedo que el buzón cobrara vida y escupiera mi sobre.

El día del fallo del premio no podía controlar mi emoción: no podía quedarme en casa, quieto: esperando una llamada que quizá no se produciría nunca:

-A ese concurso se presentarán profesionales –decía mi amigo- No te presentes. No vas a ganar.

-No sabes escribir –decía mi profesora de literatura.

-No te dejo mi máquina de escribir para tus chorradas –decía mi abuelo.

Nunca conseguirás ser escritor –decía mi hermana.

Salí a caminar por la ciudad, sin rumbo fijo: con todas esas frases atormentándome en la cabeza: pero, sin embargo, dentro de mi escuchaba otra voz: la mía:

-Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar. Vas a ganar…

Me cansé de caminar: tomé un autobús del que no me bajé hasta que se hizo la hora de comer: entonces, regresé a casa: nada más entrar mi hermana me lo dijo:

-Han llamado del ayuntamiento. Has ganado un premio regional de no sé qué poeta por un relato ¿Qué escribiste?

Me encerré en mi cuarto, lloré. No tenía nadie con quien celebrarlo: nadie era partícipe de mi triunfo: solo yo: estaba solo: lloré lagrimas dulces: mientras reía me decía, mirándome en el espejo roto de mi habitación:

-No soy el imbécil que todos creen: tengo talento: voy a convertirme en el escritor más importante de todos los tiempos: Rafa ¡Cree en ti! ¡Nadie más lo va hacer!

Ese premio me llenó de confianza: nunca más me fiaría de nadie: sólo de mi mismo: comencé a escribir relatos todos los días: me presenté a más de 100 concursos: no volví a ganar ningún premio: 100 golpes en el estómago: 100 golpes a 1: (salvo la publicación de un relato publicitario) hasta este año que, en un taxi, volví a llorar lágrimas dulces: solo: había ganado el premio “20 blogs” y el periódico “20 minutos”, el periódico más leído de España, me ofrecía un trabajo de bloguer: por un tiempo podría vivir mi sueño: vivir de escribir: por fin: aleluya.

Nadie que me rodeara, nunca, nadie, ha confiado en mi: todos me han pedido, alguna vez, muchas veces, que me centre: que madure: que abandone el sueño loco de querer ser escritor: que me busque un trabajo serio: he visto reírse de mi, de mis ideas, de mis proyectos a las personas que más he querido: no entienden que lo que me mueve es una pasión irrefrenable: no quiero reprimir jamás mis deseos: porque sólo cuando sueño y lucho me siento vivo: y cuando me dejo llevar: cuando actúo como los demás quieren, me siento muerto: estoy dispuesto a morir por mi sueño: por eso sé que, algún día, lo voy a conseguir.

La semana pasada, un organismo subvencionado por el cabildo contactó conmigo: querían hacer “Relato sincero de una pared enamorada” en el teatro: hoy ese organismo me ha contratado para hacer el guión: un nuevo sueldo de escritor, tres meses de trabajo: increíble: lo estoy consiguiendo: gracias Rafa por confiar en ti mismo: estoy super orgulloso de ti… Rafa ¿Te acuerdas de tu otro sueño? El oscar al mejor guión: ya has empezado ese camino: la gente se va a volver a reír de ti cuando se entere: ¡El oscar de Hollywood! ¡Eso es imposible! Pero ya sabes: sigue en tu locura: sigue luchando: eres feliz.

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